Jonás
Jonás

H. Rossier - 1991

El libro de Jonás no contiene profecía propiamente dicha, sino tan sólo una que no fue cumplida a causa del arrepentimiento de los habitantes de Nínive. Por lo demás, no es en la sentencia sobre Nínive donde se debe buscar la enseñanza principal del libro de Jonás. Lo que éste nos presenta, desde el principio hasta el fin, es la persona misma del profeta. Es un hombre señal y también hombre símbolo. Vemos en él ante todo la imagen de su propio pueblo rechazado, hundido en la angustia, luego saliendo resucitado de las profundidades del abismo. El profeta se presenta sucesivamente ante nuestros ojos como el testigo que se aleja de Dios, el profeta orgulloso, el pueblo culpable y el Re- manente arrepentido, atravesando la escena de las naciones. Pero, además, un per- sonaje misterioso, uno más grande que Jonás -el Señor Jesús (Mateo 12:41)- entra y sale de allí resucitado para la liberación del pueblo de Dios.

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Capítulo 6 - La persona de Cristo

La persona de Jonás representa al Cristo bajo dos aspectos diferentes. El primero –la muerte y la resurrección de Cristo, para cumplir la obra de la redención– lo encontramos en el evangelio de Mateo y en el de Lucas.

En Mateo 12, los escribas y los fariseos que acababan de acusar al Señor de “no echar fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios” (Mateo 12:24), le piden una «señal de su parte» (Mateo 12:38), un milagro que pueda acreditarle a sus ojos. ¡Pedirle a Jesús algo que lo acreditara, cuando toda su vida y los milagros de bondad que obraba a cada paso proclamaban que era Emanuel, Dios con nosotros! Esa generación mala y adúltera, ¿podría todavía ser convencida por una señal? Por eso el Señor les contesta: “Pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches” (Mateo 12:39-40). ¡Maravillosa figura, en la persona de Jonás, de los sufrimientos de Cristo, cerca de 900 años antes de Su venida! En efecto, Sus sufrimientos y Su muerte son el primer tema de la profecía.

Pero la entrada de Cristo en la tumba fue también la señal de que entonces era demasiado tarde para el pueblo; que para él ya no había posibilidad de recibir al Profeta, al Enviado, al Hijo del Hombre, al Hijo de Dios, como Rey suyo. Desde ese momento, todas las antiguas relaciones de Dios con su pueblo quedaban interrumpidas y, para ser reanudadas, tan solo podrían estar basadas en su rechazo y ya no en su presentación al pueblo suyo como Mesías y como Rey. Cristo vino a tomar, por amor, el lugar de Israel, rechazado por su desobediencia, para que este, en virtud de la expiación cumplida, pudiese volver a encontrar su sitio en el reino. Para nosotros, los cristianos, Él tomó en el juicio nuestro lugar de pecadores convictos, para que los cielos pudiesen sernos abiertos.

A estas palabras añade Jesús (Mateo 12:41): “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar”. Las naciones, tan despreciadas por los judíos, eran mucho menos culpables que este pueblo. Nínive se había arrepentido sin ninguna señal,  por la simple predicación de un profeta del juicio. ¿Se había arrepentido Jerusalén con la predicación de uno más grande que Jonás, de Aquel que no solo era el Profeta de gracia, obediente a la voluntad de Dios, sino Hijo de Dios? Por lo tanto esos hombres de las naciones serán, en el día del juicio, los testigos abrumadores de la justa condenación de Israel, el que rechazó a Dios en la persona de Cristo venido en gracia.

En Lucas 11:29-32, la instrucción es algo diferente. Después de haber dicho, en el versículo 29, que no sería dada a esa generación mala otra señal que la de Jonás, Jesús añade: “Porque así como Jonás fue señal a los ninivitas, también lo será el Hijo del Hombre a esta generación” (Lucas 11:30). Compara esta generación judía culpable con los ninivitas, un pueblo pagano.

Jonás, muerto y resucitado figuradamente, era no solamente predicador, sino señal a los ninivitas, señal que lo acreditaba ante ellos. En efecto, en este pasaje no se trata de la predicación, sino de la persona de Jonás. Un Cristo muerto y resucitado, recibido ahora entre las naciones como Salvador, y del cual Jonás es figura, condena en adelante a Israel. Este pueblo era culpable de su muerte, y Dios, al resucitarle, declaraba su plena satisfacción respecto de la obra de su Amado, del cual Israel nada había querido, lo que le condenaba sin remisión. El Señor añade: “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque a la predicación de Jonás se arrepintieron, y he aquí más que Jonás en este lugar” (Lucas 11:32). De hecho, los ninivitas se habían arrepentido sin señal, mientras que los judíos pedían una. La predicación de Jonás les había llevado al arrepentimiento; su palabra había producido este resultado. ¿Qué habían hecho ellos, esos judíos, de la predicación del Cristo? Y, sin embargo, ¡qué diferencia existía entre estos dos testimonios! Jonás venía para anunciar el juicio y la destrucción de Nínive; Cristo venía para anunciar la gracia a su pueblo culpable. ¡Cuán grande era, pues, el endurecimiento de Israel para haber rechazado tal mensaje!

Esa es la figura de Jonás en el Nuevo Testamento: Jonás rechazado, Jonás pasando tres días y tres noches en las entrañas del pez, Jonás resucitado; es figura de Cristo y, como tal, es presentado hoy para salvación a todos los hombres.

Por lo demás, el libro de Jonás nos muestra, más que ningún otro, que la profecía no puede interpretarse por el cumplimiento de acontecimientos históricos –uno de los numerosos errores de la Teología moderna– sino que Cristo es el objetivo final de aquélla y la única solución.

Cristo nos es presentado en este libro bajo un segundo aspecto. Jonás en él es figura de Cristo, por cuanto sufre él mismo la ira de Dios en su gobierno y es librado de esta para que los fieles del fin (el remanente judío), al atravesar la gran tribulación encuentren así ánimo y consolación, de los cuales precisarán para sufrirla ellos mismos. Esta verdad importante es resumida en un pasaje de Isaías: “Y fue su Salvador. En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó” (Isaías 63:8-9). De modo que el remanente de Judá, culpable del rechazamiento del Mesías, al pasar, en virtud de este pecado, por el horno y la angustia y verse rechazado, según Mateo 16:4, descubrirá, cuando sea tragado en las aguas profundas, que otro, su Salvador y su Redentor, estuvo allí antes que él y por él, y que fue librado de ellas. Tal descubrimiento ¡qué seguridad dará a su alma! En efecto, en la escena de Getsemaní, pudo decir: “En el día de mi angustia, inclina a mí tu oído” y “Mi bebida mezclo con lágrimas, a causa de tu enojo y de tu ira; pues me alzaste, y me has arrojado” (Salmo 102:2; 9-10). Él mismo dijo también: “Las aguas han entrado hasta el alma” (Salmo 69:1). Él mismo, “en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7). Vemos en estos pasajes –y en otros muchos– a Cristo en Getsemaní, mientras atraviesa el día de la “angustia” (Salmo 102:2) y las angustias del juicio merecido por su pueblo, con el cual simpatiza1), ya que siente en su alma lo que es la ira de Dios contra el Israel culpable. Al considerar eso, los fieles del remanente del fin serán animados en su piedad, en su confianza en Dios, en la seguridad de su liberación final, y podrán decir: “¿Hasta cuándo?”, seguros de que un día tendrán res­puesta. Aprenderán a conocer a Cristo al compartir su angustia en la profundidad de las aguas, pero sabrán que Él salió del gran abismo en resurrección para que ellos volviesen a encontrar la bendición en la “tierra de los vivientes” (Salmos 116:9; 142:5).

Esta liberación que nosotros, los cristianos, poseemos hoy día, nos ha abierto el cielo; la de Israel, en los últimos días, le abrirá la tierra renovada bajo el reinado del Rey de paz, de suerte que ese pueblo podrá decir con la misma certidumbre que nosotros actualmente: “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9).