Jonás
Jonás

H. Rossier - 1991

El libro de Jonás no contiene profecía propiamente dicha, sino tan sólo una que no fue cumplida a causa del arrepentimiento de los habitantes de Nínive. Por lo demás, no es en la sentencia sobre Nínive donde se debe buscar la enseñanza principal del libro de Jonás. Lo que éste nos presenta, desde el principio hasta el fin, es la persona misma del profeta. Es un hombre señal y también hombre símbolo. Vemos en él ante todo la imagen de su propio pueblo rechazado, hundido en la angustia, luego saliendo resucitado de las profundidades del abismo. El profeta se presenta sucesivamente ante nuestros ojos como el testigo que se aleja de Dios, el profeta orgulloso, el pueblo culpable y el Re- manente arrepentido, atravesando la escena de las naciones. Pero, además, un per- sonaje misterioso, uno más grande que Jonás -el Señor Jesús (Mateo 12:41)- entra y sale de allí resucitado para la liberación del pueblo de Dios.

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Capítulo 2 - El profeta

Antes de recibir la orden de trasladarse a Nínive, Jonás había sido encargado de una misión profética para Israel. Este acontecimiento tuvo lugar durante el reinado de Jeroboam II, o bastante poco tiempo antes de subir ese rey al poder. En 2 Reyes 14:25 se dice que Jeroboam “restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá, conforme a la palabra de Jehová Dios de Israel, la cual él había hablado por su siervo Jonás hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer”. Oseas, Amós y Jonás también, sin duda, conocían el triste estado de las diez tribus y de la realeza de Israel. ¡Con qué indignación los dos primeros señalan los pecados de este pueblo y de sus conductores, al anunciar el juicio que esperaba a los unos y a los otros! Sin embargo, “Jehová miró la muy amarga aflicción de Israel; que no había siervo ni libre, ni quien diese ayuda a Israel; y Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo; por tanto, los salvó por mano de Jeroboam hijo de Joás” (2 Reyes 14:26-27). Se dice en otro lugar: “Y dio Jehová salvador a Israel, y salieron del poder de los sirios” (2 Reyes 13:5). De modo que, mientras los demás profetas anunciaban los juicios de Dios sobre Israel, Jonás fue dispuesto para anunciar una liberación momentánea por medio de un salvador suscitado con este fin (independientemente, por lo demás, de su carácter).

La frontera de Israel fue restablecida; se volvió a tomar a Hamat, barrera principal contra los enemigos que venían del Norte. Jonás había sido escogido para proclamar estas misericordias de Dios en los días en que Israel gemía bajo el yugo terrible del rey de Siria. Un profeta que anunciaba tan solo la liberación era un fenómeno, si no único, por lo menos muy escaso en Israel. Entonces, cuando fue enviado a Nínive, Jonás conocía ya a Jehová (y así lo expresa más tarde) como un “Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (Jonás 4:2). Cuando se trató de Israel, Jonás no había vacilado en anunciar la liberación de su pueblo. Su corazón la gozaba y su patriotismo encontraba en ella su satisfacción, pero, en su orgullo espiritual, no podía aceptar una misión única y especial en favor de las naciones, como había sido la realizada anteriormente en favor de Israel. Habría sido pasable si hubiese sido cierto que la amenaza de la destrucción de Nínive se cumpliría, pero ya había experimentado el carácter misericordioso de Jehová, tal como, además, se había revelado antiguamente a Moisés: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxodo 34:6-7). Estaba dispuesto a reconocer un acto de gracia para con su nación –acto, además, moderado por la ley–, pero no lo podía aceptar cuando se trataba de naciones idólatras. Dios no les había hecho el don de la ley; ¿cómo admitir que la gracia les fuese otorgada libremente?

Pero otro motivo –y el más importante quizás– le empujaba al profeta a desobedecer: Jonás pensaba en sí mismo. Eso se ve en toda su conducta, en los capítulos 3 y 4. Iba a clamar en Nínive: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3:4). Pero, ¿y si eso no ocurría? ¿Si Dios se arrepentía de su amenaza? ¿Qué sería de su carácter de profeta? ¡La misericordia de Dios sería el derrumbe de su autoridad, de su propia dignidad! Ni por un instante Jonás se imagina que Nínive pueda arrepentirse y así cambiar los designios de Dios respecto a ­ella. Sin embargo, otros profetas –y más tarde el mayor de ­ellos, Juan el Bautista–, predicaron el juicio y el arrepentimiento. Jonás ni siquiera ambicionaba semejante misión. Lo que quería proteger era su carácter, su dignidad, su autoridad de profeta. ¿Qué sería de todos sus atributos si lo que él había anunciado no se cumplía? Cuando había proclamado de antemano la recuperación de Hamat, su palabra le había acreditado a los ojos de su pueblo; ahora quería que el anuncio del juicio lo acreditase ante las naciones. ¡Triste cosa es el egoísmo del hombre, pero aun más triste es el egoísmo de un profeta!

Por eso huye Jonás y soporta la penalidad de este acto de desobediencia. ¡Cuántas vocaciones cristianas se han tornado estériles por responder a la propia voluntad de los servidores de Dios, no importa cuáles hayan podido ser, por lo demás, sus motivos! Dios me quiere mandar a Nínive, pero ¡yo prefiero ir a Tarsis de España! Hoy día eso se ha hecho tan habitual en las costumbres de los discípulos del Señor que estos consideran que semejante desobediencia es algo muy natural. Uno se embarca en el navío que le aleja del propósito de Dios, y hace algo peor que Jonás, pues adorna esa desobediencia con el nombre de misión divina y de obediencia a la dirección del Espíritu. Jonás era, en cierto sentido, menos culpable que aquellos de quienes hablamos, pues él no temía declarar que huía de la presencia de Jehová (cap. 1:10). En otro sentido, era más culpable que ellos, pues sabía que hacía su propia voluntad al huir. En ellos, a menudo se trata de la ignorancia más completa, y por lo tanto quedan a salvo de la disciplina, mientras que el “siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes” (Lucas 12:47). ¡Ojalá que los siervos o evangelistas que ignoran lo que es realmente un llamado de Dios fuesen veraces ante Él y no tranquilizasen su conciencia dando el nombre de obediencia a lo que es exactamente lo contrario!

Al final del capítulo 2, Jonás parecía haber aprendido, como testigo, su lección bajo el peso de la disciplina, pues el pez lo había vomitado sobre terreno seco y el antiguo Jonás –tan parecido, por desgracia, al antiguo Adán– había venido a ser, en figura, un Jonás resucitado; mas, como profeta, lejos está de haber aprendido toda su lección, la que, como parece surgir de este relato, es muy difícil de aprender.  Sin duda, bajo el castigo había advertido que es duro dar coces contra el aguijón y que, cueste lo que costase, es preciso obedecer. Por eso, al producirse la segunda intimación, no rehusó hacer lo que Jehová le mandaba: “Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová” (cap. 3:3). Pero, ¿cómo y con qué espíritu obedeció? Cual judío que obedecía bajo la ley, con un espíritu de orgullo nacional y de justicia propia, con el pensamiento de que Dios debe juzgar a los gentiles “alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Jonás deberá aprender que la última palabra de un profeta no es el juicio: por seguro que esté, aún queda esperanza mientras no haya sido ejecutada la sentencia. Dios había dicho: “De aquí a cuarenta días” (cap. 3:4). Pero en la antigüedad no había hecho falta más para que el juicio fuese alejado en virtud de la intercesión de Moisés (Éxodo 34:28; 24:18); ni tampoco, más tarde, para que todas las astucias de Satanás fuesen desbaratadas en virtud de la obediencia de Cristo (Lucas 4:2). La última palabra de la profecía es la gracia y la gloria, y eso era lo que Jonás no sospechaba en absoluto. Su corazón era legalista, orgulloso, duro, y se complacía en el juicio. Él, a quien este mismo juicio le acababa de alcanzar, debió de haber conocido la gracia, no solo por haberla anunciado en tiempos pasados, sino por haber sido él mismo objeto de ella. ¿Qué es, pues, la dureza del corazón del hombre, si uno ve latir ese mismo corazón bajo la vestidura de un profeta? ¡Ah, cuán humillante es pensar que nuestra lección se aprende con tanta dificultad!

La profecía de Jonás produce un efecto considerable en la conciencia de la gente de Nínive. El propósito de Dios fue alcanzado, pues, si hace conocer sus juicios, es para que las almas se conviertan y vuelvan a Él. Entonces el corazón del Dios de gracia puede revelarse. Pero, cuando la gracia es proclamada, el orgullo y la justicia propia del profeta dan paso a una sorda irritación. Es lo que siempre caracterizó a los judíos. Se irritaban al ver anunciar la salvación a las naciones y no podían soportar que se les colocara al mismo nivel que ellas bajo el juicio. Jonás hace pensar en el hermano mayor del hijo pródigo que se enfada contra su padre y rehúsa entrar en la casa porque su hermano es objeto de gracia y motivo de gozo. Como el padre de la parábola, Dios reprende a Jonás –¡con qué paciencia!–, pero lo abandona finalmente a su obstinación, en la enramada que se había hecho, privado de su calabacera y bajo el ardor del sol. Allí se detiene la historia; pero, si bien no sabemos qué cambio se operó en el corazón del profeta, sí sabemos que la gracia de Jehová para con las naciones no ha cambiado hasta hoy, de lo cual somos los felices testigos.

La primera parte de la historia de Jonás muestra, en el corazón del profeta, más gracia que la segunda. Eso sucede con frecuencia en la carrera de los siervos de Dios. A medida que va creciendo su importancia legítima, su satisfacción de ellos mismos crece también y desemboca en un desacuerdo con los pensamientos de Dios, lo que les vuelve impropios para su servicio. Cuántos de ellos, como Jonás, se quedan a mitad de camino, con su carrera frustrada por el sentimiento de autosatisfacción, en vez de progresar en el conocimiento de la gracia. En el capítulo 1, la disciplina que alcanza al profeta está llena de enseñanza para él. Así reconoce –comprobación dolorosa– que él, profeta de Jehová, es la causa del juicio que recae sobre sus compañeros y el navío (cap. 1:12); acepta como legítimo el juicio que se ejerce sobre él mismo y anuncia que su rechazo viene a ser la liberación de las naciones. ¡Cuán precioso hubiera sido ver que esta humillación llevara sus frutos en la segunda parte de la historia del profeta!

Recibamos instrucción de todas estas cosas y, sobre todo, no empecemos por donde empezó Jonás. No evitemos la presencia de Dios; andemos en la luz; digámosle: «Escudríñame y conóceme» (Salmo 139:1, 23). Así evitaremos más de un castigo doloroso. Dios no nos envía al mundo como profetas, pero sí nos confía una misión como siervos. No cumplirla fielmente sería hacer como Jonás: ¡volverle la espalda a Dios!