Capítulo 5
Como hijos de luz
¡Cuidado con las palabras vanas y necias que pronunciemos o escuchemos! (v. 3-6). Así como antes éramos tinieblas, ahora somos “luz en el Señor”. Entre las dos posiciones se halla nuestra conversión. A estos dos estados corresponden dos maneras de andar: la de antes (cap. 2:2; 4:17-19) y la que debe caracterizarnos ahora. Como hemos sido creados para buenas obras, andemos en ellas (cap. 2:10). Ya que hemos sido llamados para participar desde ahora en la gloria de Cristo, andemos de un modo digno de esa vocación (cap. 4:1). Puesto que somos hijos del Dios de amor, andemos en amor (cap. 5:1-2). Si hemos sido transformados en “luz en el Señor”, andemos como hijos de luz (v. 8; comp. Juan 11:10). En estos días peligrosos y malos, miremos dónde pisamos; andemos con cuidado (v. 15). Todas estas exhortaciones, ¿son una penosa obligación? De ningún modo; y los versículos 19 y 20 muestran de qué manera el creyente traduce su felicidad y agradecimiento.
Meditemos frecuentemente en el versículo 16. Desgraciadamente, cada uno de nosotros conoce el pesar de haber desaprovechado repetidas oportunidades para servir al Señor o para dar testimonio de él. Por lo menos, sepamos aprovechar las que se presenten. Y no perdamos la única y maravillosa ocasión de vivir el resto de nuestra corta vida terrenal para el Señor Jesucristo. Solo él es digno de ello.
Maridos y mujeres – Cristo y la Iglesia
Desde el versículo 22 hasta el versículo 9 del capítulo 6, el apóstol introduce el cristianismo en el círculo familiar. La sumisión de una esposa a su marido actualmente es considerada, en nuestros países, como un principio anticuado. Pero si el amor de Cristo constituye la atmósfera de un hogar, el marido no exigirá nada que sea arbitrario, y la mujer, por su lado, reconocerá que todo lo que se le pide corresponde a la voluntad del Señor. De hecho, el amor dictará al marido su actitud. Y de nuevo es evocado el Modelo perfecto: Cristo en sus divinos afectos por su Iglesia. En los capítulos 1 (v. 23) y 4 vemos a la Iglesia como su Cuerpo y a él como la Cabeza. En el capítulo 2 nos es presentada como un edificio del cual él es la piedra angular. Finalmente, en estos pasajes ella es su Esposa. Como tal, recibió, recibe y recibirá las más excelentes demostraciones de su amor. Ayer, Cristo se entregó a sí mismo por la Iglesia (v. 2). Hoy, la colma de sus cuidados, la purifica, la alimenta y con ternura la prepara para el glorioso encuentro (v. 26, 29; 4:11 y sig.). Mañana se la presentará a sí mismo, para su gozo, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino gloriosa, santa e irreprochable, porque entonces estará revestida de las mismas perfecciones de Cristo (v. 27).
