Efesios
Efesios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Edificación del cuerpo de Cristo

“No he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotros…” (Hechos 20:27-28). Estas palabras de Pablo a los ancianos de la iglesia de Éfeso corresponden a las dos divisiones de la epístola a los Efesios. Del capítulo 1 al 3, el apóstol expone el maravilloso consejodivino. Luego prosigue: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego…”, mostrando en los capítulos 4 a 6 el andar que corresponde a una vocación tan elevada (1 Tesalonicenses 2:12). Lo que debe caracterizarla, en primer lugar, es lo contrario de un espíritu de superioridad: la humildad con mansedumbre y la tolerancia hacia los demás en amor, en el vínculo de la paz. Así como hay una misma esperanza de nuestra vocación, hay un Espíritu que une los miembros de un Cuerpo (en cambio, los hombres han fundado numerosas iglesias y cada una cuenta sus miembros). Bajo la autoridad de un Señor nos es enseñada una fe cristiana y un bautismo confiere el nombre y la responsabilidad inherentes al cristiano (¡pero los hombres hablarán del bautismo de su religión!). Finalmente, un Dios y Padre, de quien todo y todos proceden, tiene sus derechos divinos sobre nosotros.

El Señor, como hombre glorificado, subió por encima de todos los cielos después de haber descendido a la muerte. Ahora distribuye a los suyos los múltiples dones de su gracia. ¿Nos sometemos a él?

No vivir más como los incrédulos

La mayoría de los jóvenes sienten impaciencia por gozar de los privilegios de los adultos. En cambio, no les importa prolongar, a veces durante toda su vida, un estado espiritual infantil. Los versículos 13 a 16 describen el crecimiento armonioso de ese cuerpo de Cristo del que formamos parte. Ese crecimiento resulta del desarrollo individual de cada creyente. Solo en Jesús el “varón perfecto” alcanza su completa estatura. Cristo en él es una “plenitud” (v. 13; 1 Juan 2:13). En cambio el niño, por falta de afianzamiento en la verdad, permanece receptivo a todos los errores. ¡Cuán peligroso es ese estado! Podemos comprobarlo al ver en qué tinieblas morales y espirituales está hundido el mundo por ignorar a Dios (v. 17-19). Nosotros, que hemos sido enseñados según la verdad que es en Jesús, mostremos, por medio de nuestra conducta, cómo hemos “aprendido… a Cristo” (v. 20). Nuestra doctrina, o mejor dicho, nuestra manera de vivir, es una Persona. Cristo se aprende. ¡Estudiémosle mucho y vivámosle!

Así como una persona se cambia una prenda de ropa por otra, nos hemos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo (v. 22-24). La vestimenta de alguien no pasa inadvertida. ¿Cuál es la nuestra a los ojos de los demás: la ropa manchada del viejo hombre o cierta semejanza moral con el Señor Jesús? (Hechos 4:13).

Nueva manera de vivir

Es verdaderamente triste que Dios deba hacer, a personas sentadas en lugares celestiales, tan elementales recomendaciones como: no mientan… no hurten… no se embriaguen (cap. 5:18). Pero él sabe de qué son capaces nuestros pobres corazones carnales, y el diablo, que también lo sabe, no perderá ninguna de las oportunidades que le ofrezcamos (v. 27).

Notemos que cada exhortación está acompañada de un motivo particularmente elevado y conmovedor, relacionado con las tres Personas divinas.

El Espíritu Santo está en nosotros; cuidémonos de contristarlo (v. 30).

2° Somos los amados hijos de Dios, y nuestro Padre, quien es el Dios de amor, desea ver su semejanza en nosotros (cap. 5:1). El versículo 32 dice: “… perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Esto va más lejos que la oración enseñada a los discípulos judíos: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4).

Jesús mismo es nuestro Modelo (cap. 5:2; Juan 13:14). Nos enseñó el amor amándonos hasta la muerte (1 Juan 3:16). No obstante, jamás olvidemos que él se ofreció primeramente a Dios en perfecto sacrificio; en olor infinitamente fragante.