Efesios
Efesios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Una plenitud de bendiciones

La epístola a los Efesios considera al creyente en su posición celestial. El cielo no solo es la futura mansión para el hijo de Dios, pues desde ahora posee allá su morada en Cristo. A un cabeza de familia que trabaja fuera de su domicilio no se le ocurriría confundir este con la fábrica o la oficina. El estar ausente de su casa no le impide tener allí su hogar, en el que se hallan sus afectos, sus intereses, todo lo que posee. Tal es el cielo para el redimido: un hogar donde se encuentran su tesoro y su corazón (Lucas 12:34); porque allí está su Salvador. Cristo está en el cielo y nosotros estamos en Cristo. Este doble hecho nos asegura nuestro derecho a acceder a las altas y preciosas bendiciones que le pertenecen. Todo lo que concierne al Amado, igualmente concierne a los que son hechos aceptos en él (v. 6). Por eso el apóstol desarrolla el conjunto del propósito de Dios en Cristo –fuente de toda bendición– en esa larga frase (v. 3-14), que no admite ninguna supresión, pues todo está unido y ligado en el pensamiento de Dios. De igual modo, lo que Dios hace por nosotros es inseparable de lo que hace por Cristo, y debe contribuir finalmente a la “alabanza de su gloria” (v. 12) y a la “alabanza de la gloria de su gracia” (v. 6).

Primera oración de Pablo

En su oración dirigida al “Dios de nuestro Señor Jesucristo” (v. 17), el apóstol intercede a favor de los santos para que sepan primeramente cuál es su posición (v. 18) y luego cuál es el poder que los introduce en ella (v. 19-20). «La plenitud de nuestra bendición surge del hecho de que somos bendecidos con Cristo. Asociados a la ruina con el primer Adán, ahora estamos asociados en gloria con el segundo hombre. Como tal, él nos hace participar de todo lo que posee, señal del perfecto amor cuya consecuencia es “la gloria” (Juan 17:22), “el gozo” (Juan 15:11), “la paz” (Juan 14:27) y el amor del Padre (Juan 17:26). No tomará posesión de la herencia sin los coherederos… Pablo no pide que los santos participen de estas cosas –pues ya les pertenecen– sino que gocen de ellas» (J. N. Darby). Y nótese que son los ojos de nuestro corazón los que deben captar esas gloriosas realidades. El amor es la verdadera llave de la inteligencia (Lucas 24:31). Al alumbrar nuestros afectos, el Espíritu nos hace contemplar a Cristo; resucitado y revestido de poder y majestad según el Salmo 8. Su cuerpo –la Iglesia– lo completa como hombre; él es “la cabeza” glorificada en el cielo; ella es “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.