Efesios
Efesios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 3

El misterio del cuerpo de Cristo

Este capítulo constituye un paréntesis, como para resaltar el misterio –ahora revelado– que constituye su tema (v. 3, 9), el de Cristo y la Iglesia. La historia del hombre se divide en en períodos llamados “siglos” (cap. 1:21, 2:7), o a veces dispensaciones, economías (cap. 3:9), a lo largo de las cuales Dios se revela bajo cierto nombre a cierta clase de personas. Durante la dispensación de la gracia, la nuestra, caracterizada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra, Dios se revela como Padre y llama a un pueblo celestial.

Si bien la sabiduría divina puede ser contemplada en la creación (Salmo 104:24; Proverbios 3:19), ¡cuánto más brilla en los inmutables consejos de Dios con miras a la gloria y al eterno gozo de su Hijo amado! Esa “multiforme sabiduría” se manifestó de un modo soberano y enteramente nuevo “por medio de la Iglesia”. Los ángeles la admiran; las naciones, hasta entonces sin esperanza, reciben esa buena nueva. A Pablo, mediante un llamado especial, le fue confiada esa revelación cuya magnitud lo disminuye a sus propios ojos (v. 8). Estaba encargado de dar a conocer a todos las riquezas de la gracia (cap. 1:7; 2:7) y de la gloria divinas (cap. 1:18; 3:16). La promesa del Salmo 84:11: “Gracia y gloria dará Jehová”, fue cumplida en la cruz. Esos dones, maravillosos y gratuitos, son desde ahora nuestra parte. No existe un tesoro más grande que esas “inescrutables riquezas de Cristo”.

Segunda oración de Pablo

Esta nueva oración del apóstol está dirigida al “Padre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 14; comp. cap. 1:16-17). Que “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (v. 20) cumpla el deseo del apóstol respecto a cada uno de nosotros. Que nos otorgue comprender algo de su gloria, la cual es insondable y eterna. Pero, por maravillosas e infinitas que sean las perspectivas de esa gloria, no fijan ni retienen nuestros afectos. Por eso el apóstol agrega: “Y (de) conocer el amor de Cristo” (v. 19). Supongamos que de repente yo sea transportado a la corte de un soberano; sin duda quedaré deslumbrado y me sentiré desorientado. Pero si allí encuentro a mi mejor amigo y veo que él es el personaje principal de esa corte, pronto me sentiré feliz y a gusto. Lo mismo ocurre con la gloria: es la de Jesús, a quien amamos.

Al igual que el apóstol, pidamos que su Espíritu fortalezca nuestro “hombre interior”. Si Cristo habita en nosotros (v. 17), “toda la plenitud de Dios” nos llenará (v. 19; Colosenses 2:9-10), y con ella el poder, el amor, la fe y el entendimiento. Queridos amigos, el Padre nos ha preparado lugar en su casa (cap. 1 y 2). ¿Hemos dado lugar a Jesús en nuestro corazón?