Efesios
Efesios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Antes y después

Los versículos 1 a 3 describen en pocas palabras nuestra trágica condición de otrora. Como “hijos de ira”, andábamos según el mundo, conforme a su príncipe y de acuerdo con nuestros culpables deseos. Pero Dios intervino (v. 4). “Su gran amor” superó semejante miseria: dio vida a los muertos espirituales, los resucitó y, más aun, los hizo sentar en su propio cielo, el mismo lugar donde Cristo está sentado (v. 6; cap. 1:20). No hay posición intermedia: estar muerto en sus pecados o estar sentado en los lugares celestiales. ¿Cuál es la del lector?

Los versículos 8 a 10 atestiguan, por un lado, la inutilidad de nuestras obras para la salvación y, por otro, el pleno valor de la obra de Dios: “Somos hechura suya”. Pero el hecho de estar sentados en los lugares celestiales, ¿nos exime de toda actividad en la tierra? ¡Al contrario! Siendo salvos por gracia, hemos sido creados de nuevo (cap. 4:24). Del mismo modo que una herramienta es hecha para un uso preciso, así fuimos creados para cumplir las buenas obras que ese Dios de bondad (v. 7) dispuso de antemano en nuestro camino (Salmos 100:3; 119:73). No es que él tenga necesidad de nuestro trabajo, sino que quiere nuestra consagración. Por tanto, no dejemos de pedirle cada mañana:

Señor, muéstrame lo que tú mismo has preparado hoy para mí y concédeme tu ayuda para cumplirlo
(Hebreos 13:21).

Cristo cumple el plan de Dios

En comparación con el pueblo judío, el estado de las naciones era particularmente miserable. No tenían ningún derecho a las promesas hechas por Dios a Abraham y a sus descendientes (Romanos 9:4). Y nosotros formábamos parte de esos extraños. Sí, recordemos (v. 11) aquel triste tiempo en que estábamos sin Cristo y, por consiguiente, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Así, todo lo que poseemos ahora en él nos parecerá mucho más precioso. Tenemos más que un pacto con Dios: una paz gratuita (Romanos 5:1), garantizada por la presencia del Señor Jesús en el cielo. “Porque él es nuestra paz” (v. 14). Fue él quien la hizo (v. 15, al final) y pagó por ella todo el precio. Finalmente, fue él quien la anunció (v. 17). No quería que ningún otro la anunciara a sus queridos discípulos la tarde de su resurrección: “Paz a vosotros”, les dijo (Juan 20:21; Isaías 52:7); y luego agregó: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Nosotros, que hemos oído y creído ese venturoso Evangelio, somos responsables a la vez de darlo a conocer a otros.

El final del capítulo nos muestra a la Iglesia de Dios como un edificio en construcción (v. 20-22, comp. Hechos 2:47) fundado sobre Cristo, la principal piedra del ángulo. Así, la Iglesia, o Asamblea de Dios, es ya en este mundo “morada de Dios en el Espíritu”.