Capítulo 15
Testigos de la resurrección del Señor
Una grave cuestión quedaba por resolver: algunas personas en Corinto negaban la resurrección. Pablo demuestra que esta doctrina no se puede tocar sin derrumbar todo el edificio de la fe cristiana. Si la resurrección no existe, Cristo mismo no ha resucitado; su obra no ha recibido la aprobación de Dios; la muerte queda invicta y nosotros estamos aún en nuestros pecados. En consecuencia, el Evangelio no tiene sentido y nuestra fe pierde todo su sustento. La vida de renunciamiento y de separación del creyente se vuelve entonces absurda y, de todos los hombres, el cristiano es el más digno de conmiseración.
¡Bendito sea Dios! No es así, sino que:
Ha resucitado el Señor verdaderamente
(Lucas 24:34).
Pero, ante la importancia de esa verdad, comprendemos por qué Dios tuvo tanto cuidado para establecerla. Primeramente a través de las Escrituras (v. 3-4); luego por los testigos irrecusables en razón de su calidad: Cefas (Simón Pedro), Jacobo y Pablo mismo (aunque se declara indigno de ello); o por su número: unos quinientos hermanos a quienes se podía preguntar al respecto. Seguramente muchos de nuestros lectores, sin haber visto con sus propios ojos al Señor Jesús, habrán experimentado por sí mismos que su Salvador vive (Job 19:25).
Consecuencias de Su resurrección
Cristo resucitado no hizo más que preceder a los creyentes que “durmieron” y que resucitarán cuando él venga. En cuanto a los demás muertos, solo más tarde se les restituirá la vida, cuando tengan que comparecer ante el trono del juicio (véase Apocalipsis 20:12). Solo entonces “todas las cosas” serán definitivamente sujetas a Cristo. Después de esto, el pensamiento se pierde en las profundidades de la bienaventurada eternidad en que Dios será finalmente todo en todos (v. 28).
Una vez cerrado el glorioso paréntesis de los versículos 20 a 28, el apóstol muestra cómo el hecho de creer o no creer en la existencia de la vida futura determina el comportamiento de todos los hombres, empezando por el suyo (v. 30-32). ¡Cuántos desdichados hay cuya religión se resume en estas palabras: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”! (v. 32). Se persuaden a sí mismos de que no existe nada más allá de la tumba, para así animarse a gozar sin trabas de su breve existencia “como animales irracionales” (2 Pedro 2:12). En cuanto al creyente, su fe tendría que mantenerle despierto (v. 34), preservarle de asociarse a peligrosas compañías, impedirle comer y beber con los borrachos de este mundo (v. 33; Mateo 24:49). ¡Que la compañía del Señor y de los suyos nos basten hasta que él venga!
"¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?"
¿Cómo será el nuevo cuerpo del creyente en la gloria? (v. 35). La Biblia jamás satisface nuestra curiosidad. “Necio…”, contesta ella a los esfuerzos de nuestra imaginación. Si presento al lector una semilla desconocida, no me podrá decir qué clase de planta saldrá de ella. Igualmente sucede con una oruga repugnante y apagada: nada deja prever la radiante mariposa que se desarrollará bajo todos los efectos de la luz.
Pero, para poder asistir a los pequeños milagros de la germinación o de la metamorfosis, es necesaria la muerte de la semilla (Juan 12:24) y el sueño de la crisálida. Del mismo modo, el redimido que se “durmió” aparecerá vestido de un cuerpo de resurrección. ¡Qué porvenir más prodigioso está reservado a ese cuerpo hecho con el polvo de la tierra, simple envoltura del alma! Resucitará “en incorrupción”: la muerte no tendrá más poder sobre él; “en gloria” y “en poder”: sin debilidad ni flaqueza; “cuerpo espiritual”: definitivamente librado del viejo hombre y sus deseos, instrumento perfecto del Espíritu Santo. Finalmente será semejante al de Cristo resucitado. Con esto ya tenemos bastantes y preciosas informaciones acerca de nuestro futuro estado… y motivos para glorificar a Dios desde ahora en nuestro cuerpo.
Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu
(1 Corintios 6:20).
Último misterio – Ofrendas
Esta magistral exposición de la doctrina de la resurrección no estaría completa sin una última revelación: no todos los creyentes pasarán por el sueño de la muerte. Los vivos no serán olvidados cuando Jesús venga. “En un abrir y cerrar de ojos” tendrá lugar la extraordinaria transformación que hará apto a cada uno para la presencia de Dios. Así como los invitados a la boda real de la parábola debían cambiar sus harapos por el glorioso vestido (Mateo 22:1-14), muertos y vivos vestirán un cuerpo incorruptible e inmortal. Entonces la victoria de Cristo sobre la muerte, de la que dio una prueba con su propia resurrección, tendrá su grandioso cumplimiento en los suyos.
Como toda verdad bíblica, este “misterio” debe tener una consecuencia práctica en la vida de cada redimido. Tenemos una esperanza “firme” (Hebreos 6:19); seamos firmes nosotros también, “constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”. Nuestro trabajo nunca será en vano si lo hacemos “en el Señor” (v. 58). Aunque en la tierra ningún fruto haya sido visible, habrá una valoración en la resurrección.
El capítulo 16 ofrece un ejemplo de servicio cristiano: las ofrendas recogidas el primer día de la semana. Este servicio tiene mucha importancia para el corazón del apóstol y para el del Señor.
