1 Corintios
1 Corintios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 9

El apóstol Pablo y su ministerio I

Henchidos por sus dones y conocimientos, ciertos hombres se habían atribuido un lugar preponderante en la iglesia de Corinto. Así como el que se enaltece a sí mismo siempre es llevado a rebajar a los demás, ellos habían llegado a poner en duda la autoridad del apóstol, es decir, la de Dios. Por este hecho, Pablo se vio obligado a justificar su ministerio y su conducta. Su deber era evangelizar; esto le había sido encomendado por el Señor. “No fui rebelde a la visión celestial”, afirma Pablo en su defensa ante el rey Agripa (Hechos 26:17-19).

El ejemplo del labrador se repite frecuentemente en la Palabra de Dios. Primero subraya el cansancio ligado al trabajo de la tierra (Génesis 3:17); luego, la esperanza y la fe que debe alentar al agricultor (v. 10; 2 Timoteo 2:6); por último, la paciencia con la cual debe aguardar “el precioso fruto de la tierra” (Santiago 5:7). Los corintios eran la “labranza de Dios” (cap. 3:9), y el fiel obrero del Señor proseguía en ella su labor al precio del renunciamiento a muchas cosas legítimas para no poner ninguna traba al Evangelio de Cristo. ¡Cuántas cosas menos legítimas obstaculizan a menudo nuestro servicio! En aquel entonces Pablo efectuaba un penoso trabajo, extirpando, por así decirlo, todas las malas hierbas que habían crecido en el campo de Corinto.

El apóstol Pablo y su ministerio II

El apóstol Pablo se hacía el siervo de todos a fin de ganar el mayor número de almas para Cristo. ¿Debe entenderse, pues, que estaba dispuesto a aceptar todos los términos medios? ¡En absoluto! Si algunos consideraban a Pablo como engañador, a los ojos de Dios era veraz (2 Corintios 6:8). Pero, como Jesús mismo lo hizo con la samaritana junto al pozo de Sicar, Pablo sabía encontrar a cada alma sobre su propio terreno y hablarle el lenguaje que ésta podía entender. A los judíos les presentaba al Dios de Israel, la remisión de pecados y la responsabilidad que tenían por haber rechazado al Salvador, Hijo de David (Hechos 13:14-43). A los gentiles idólatras les anunciaba al Dios único, paciente para con su criatura y que manda a todos los hombres que se arrepientan (véase Hechos 17:22-31). El apóstol siempre tenía ante los ojos el premio de sus esfuerzos: todas las almas salvadas por su ministerio (véase 1 Tesalonicenses 2:19; Filipenses 4:1). Esforzándose para alcanzar la meta, corría como el atleta en el estadio, disciplinando su cuerpo estrictamente y pensando solo en la victoria. El campeón deportivo tiene ante sí una victoria efímera, laureles que se marchitan (v. 25), mientras que nuestra carrera cristiana tiene como premio una corona mucho más gloriosa, inmarchitable. Corramos de manera que la obtengamos (v. 24).