Capítulo 12
Los dones
Al hablar de reunirse “como iglesia” en el capítulo precedente, el apóstol Pablo dio el primer lugar a la celebración de la cena (cap. 11:20-34). Solo después habla de los dones y servicios con miras a la edificación. No olvidemos que la celebración de la cena es la más importante de todas las reuniones.
Pablo les recuerda a esos antiguos idólatras que otrora ellos habían sido extraviados por espíritus satánicos (v. 2). ¡Qué cambio! Ahora es el Espíritu de Dios quien los dirige, obrando en ellos “como él quiere” mediante los dones que les otorga (v. 11). El apóstol enumera esos dones precisando que son dados “para provecho” (v. 7). Y, para ilustrar a la vez la unidad de la Iglesia y la diversidad de los servicios, toma el ejemplo del cuerpo humano, el cual si bien está compuesto por muchos miembros y órganos –ninguno de los cuales puede funcionar sin los demás– constituye un único organismo conducido por una única voluntad: la que la cabeza comunica a cada miembro. Tal es el cuerpo de Cristo. Aunque está integrado por muchos miembros (tantos como creyentes), es animado por un solo Espíritu para acatar una sola voluntad: la del Señor, que es el Jefe, es decir, la cabeza (Efesios 4:15-16). No tenemos, pues, que escoger nuestra actividad (v. 11) ni el lugar en donde la debemos ejercer, ya que “Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (v. 18).
La vida del cuerpo
Sin ir más lejos, ¡qué objeto de admiración constituye el cuerpo en el que moramos!
Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras,
exclama David en el Salmo 139:14, al hablar de la formación del cuerpo. Sí, ¡qué diversidad y, sin embargo, qué armonía hay en ese complejo conjunto de miembros y órganos de los cuales aun el más pequeño tiene su razón de ser y su propia función! El ojo y el meñique, por ejemplo, no pueden reemplazarse el uno al otro. Pero el segundo permite quitar el granito de polvo que irrita al primero. Basta que un solo órgano funcione deficientemente para que pronto todo el cuerpo esté enfermo.
Todo esto tiene su equivalente en la Iglesia, cuerpo de Cristo, el cual no es una organización, sino un organismo vivo. “Los miembros… que parecen más débiles, son los más necesarios” (v. 22), y cada uno debe cuidarse de no menospreciar su propia función (v. 15-16), ni la de los demás (v. 21). Una creyente de edad avanzada o minusválida podrá sostener, a través de sus oraciones, por una palabra oportuna o simplemente por un servicio práctico, el celo de un predicador o de un anciano. Así, pues, que cada uno, como un buen administrador “de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10), emplee para los demás lo que ha recibido.
