Capítulo 14
¿Para qué sirven los dones espirituales?
Muchos se quejan de la debilidad actual debida a la ausencia de dones en las iglesias. Pero, ¿los anhelan como el versículo 1 los invita a hacerlo? El Señor tal vez se ha propuesto confiarle cierto don, y espera notar en usted ese anhelo para recibirlo. Pídaselo… junto con la humildad que le impida vanagloriarse de ese don que no es para uso propio, sino “para edificación de la iglesia” (v. 12). Los corintios empleaban sus dones para su propia gloria y ello originó un grandísimo desorden. El apóstol los induce a tener una justa apreciación de las cosas y les muestra que el don del cual más se vanagloriaban –el don de lenguas– era precisamente uno de los menos importantes (v. 5). En cambio, el don de la profecía era y sigue siendo particularmente deseable. No implica, como otrora, la revelación del porvenir, sino que
el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación (v. 3).
El versículo 15 nos recuerda que tanto para orar como para cantar es necesaria la participación de nuestra inteligencia. A menudo nos distraemos en la presencia del Señor, cuando es necesario que pensemos en lo que expresamos ante Dios. Apliquémonos a meditar en profundidad, encomendando nuestro espíritu a la guía del Espíritu Santo.
Desarrollo de las reuniones de la asamblea
El don de lenguas no fue otorgado para edificar a la Iglesia, ni para evangelizar, sino para convencer a los judíos incrédulos de que Dios ofrecía la gracia a las naciones (v. 21-22), hecho que hoy en día ya no es necesario demostrar. La palabra clave de este capítulo es la edificación; es la prueba a la cual debe someterse toda acción. Lo que me propongo decir o hacer, ¿es realmente para el bien de mis hermanos? (Efesios 4:29). Además, si tengo en cuenta su provecho, siempre hallaré una bendición para mí mismo. Por el contrario, si pienso en mi interés o mi gloria, finalmente resultará una pérdida para los demás y para mí (véase 1 Corintios 3:15).
Dos condiciones más rigen la vida de la Iglesia: la decencia y el orden (v. 40). Son los dos diques entre los cuales debe ser encauzada la corriente del Espíritu. Imponen reglas prácticas relativas al sentido común (v. 26-33) o al orden divino (v. 34-35). El apóstol no quería que los corintios fuesen ignorantes (cap. 12:1). Sin embargo, si alguien descuida su instrucción en lo tocante a la Iglesia, ¡que permanezca ignorante (v. 38)! Dios es un Dios de paz (v. 33) y quiere que la Iglesia, respondiendo a sus propios caracteres, sea el lugar al que pueda traer a los inconversos, quienes reconocerán allí Su presencia (v. 24-25).
