1 Corintios
1 Corintios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 11

El orden según Dios

Pocas porciones de la Biblia han sido objeto de tantas discusiones como las enseñanzas de estos versículos (v. 16). ¿Por qué se ocupa el apóstol –o más bien el Espíritu Santo– en cuestiones aparentemente tan mínimas como el hecho de que la mujer lleve el cabello largo o que se cubra la cabeza en ciertas ocasiones? Primeramente, recordemos que nuestro cristianismo no consiste en algunos actos destacables cumplidos de vez en cuando, sino que está compuesto por un conjunto de detalles que entretejen nuestra vida cotidiana (Lucas 16:10). Por otra parte, Dios es soberano y no está obligado a darnos razones de todo lo que nos pide en su Palabra. Obedecer sin discutir es la única verdadera obediencia. Así estas instrucciones son una clase de test para cada mujer o joven cristiana; es como si el Señor le preguntara: «¿Harás esto por mí? ¿Mostrarás tu dependencia y sumisión mediante esa señal exterior, o pondrás en primer lugar las exigencias de la moda o de la comodidad?».

Finalmente, no olvidemos este solemne hecho: los ángeles observan de qué manera los creyentes responden al pensamiento de Dios. El versículo 10 nos dice:

La mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles.

¿Qué espectáculo les ofrecemos?

La Cena del Señor

En Corinto se habían formado diferentes bandos y las reuniones se resentían por ello. Los ricos avergonzaban a los pobres y provocaban sus celos. Y lo que era más grave, la cena era tomada indignamente por muchos y confundida con el ágape (comida tomada en común).

El apóstol aprovechó esa oportunidad para señalar lo que el Señor le había revelado especialmente: la cena es el santo recuerdo de un Cristo que se entregó por nosotros. Este recuerdo por un lado habla al corazón de cada uno de los participantes, por otro lado, proclama universalmente el hecho trascendental de que el Señor tuvo que morir. Y, hasta su regreso, nos invita a anunciar su muerte mediante el lenguaje, tan grande y simple a la vez, que el mismo Señor nos ha enseñado.

Por último, ese memorial habla a la conciencia del creyente, pues la muerte de Cristo significa la condenación del pecado. Tomar la cena sin habernos juzgado a nosotros mismos, nos expone, pues, durante nuestra vida terrenal, a los efectos de esa condenación. Esto explicaba la debilidadde muchos en Corinto (y tal vez entre nosotros), la enfermedad e incluso la muerte que había alcanzado a muchos (v. 30). Sin embargo, el temor no debe mantenernos apartados (v. 28). Ese temor puede y debe concordar con una ferviente respuesta a Aquel que dijo:

Haced esto en memoria de mí (v. 24-25).