Agradables a él (n° 12, parte 2)

2 Corintios 5:9

Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.

2 Corintios 5:9

Para agradar a una persona, es necesario conocerla. Lo mismo ocurre con nuestro Señor. No podemos conocerlo bien e íntimamente si no pasamos tiempo con él. Debemos vivir para él y no para nosotros mismos. Si el Señor Jesús murió por mí, para que yo pudiera vivir, la vida que vivo debe ser para él y por él.

No me refiero tanto al servicio, aunque él aprecia nuestro servicio. Al Señor le agrada cuando un hermano joven se pone de pie y habla fervientemente del amado Salvador que ha encontrado. También le agrada cuando una hermana joven reúne a niños para hablarles de su Señor. Pero para que esto tenga pleno valor ante Sus ojos, debe fluir del conocimiento que se tenga de él.

Cuando el Señor Jesús eligió a sus apóstoles, no fue para enviarlos a predicar, en primer lugar, sino para que estuvieran con él; la predicación vino después. Le agradamos cuando deseamos su compañía por encima de todo, cuando para nosotros «su amor es mejor que el vino» (Cantares 1:2). Juan agradaba al Señor cuando apoyaba su cabeza en su pecho. No era una persona vieja y canosa cuando hizo eso. Era el más joven de los discípulos, y por lo que podemos deducir, no tenía más de 20 años. En un momento de angustia, halló consuelo en ese pecho donde latía el corazón más tierno del universo. Cuando llegó la gran prueba y todos los hermanos mayores huyeron, este joven, acompañado por unas pocas mujeres, se quedó junto a la cruz de Jesús. Y su Señor pudo confiarle a su madre, una preciada herencia.

Recuesta tu cabeza en su seno, y así vivirás para él; serás su amigo, y él podrá confiar en ti, y cuando llegue la prueba, darás testimonio, y tu servicio le será muy agradable.