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Mirar a un Cristo glorificado

Toda la vida de Pablo era el resultado de esa verdad y estaba completamente formada por ella. El Hijo de Dios formaba su vida día tras día y Pablo proseguía siempre su carrera hacia Él, sin hacer nunca otra cosa. Así, Pablo entraba –no solo como apóstol sino también como cristiano– en comunión con los sufrimientos de Cristo y en la semejanza a su muerte. Todo cristiano debería hacer como él.

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Movido por la fe, Moisés…

Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11:24-26).

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Movido por la fe, Noé…

Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe (Hebreos 11:7).

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Muerto en la carne y liberado del pecado

El apóstol añade (¡y qué bendición es para un hombre poder hablar así!): “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros” (v. 9). Así –destaquémoslo bien– el Dios de paz estará con nosotros.

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Nacido de nuevo

En efecto, Dios no se contenta con borrar los pecados cometidos por nuestra vieja naturaleza –a la que su Palabra llama “la carne”, y que no puede producir otra cosa que el mal– sino que nos da otra vida, otra naturaleza. Hay un nuevo nacimiento operado por la Palabra –simbolizada por el agua– y por el Espíritu Santo.

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Nada de méritos personales

La manera en que el apóstol trata aquí ese asunto es digna de destacar. No habla de una conciencia cargada de pecado, sino de la inutilidad de todas las ordenanzas. Por eso llama a todo el sistema con un nombre despreciativo: “la concisión” (v. 2, V.

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¿No forman estos cristianos una nueva denominación?

Al volver a lo que se ha oído desde el principio, estos creyentes no forman una nueva denominación, sino que desean llevar a cabo en obediencia a la Palabra y a la voluntad de Dios, la unidad de los hijos de Dios en el vínculo de la paz (véase Efesios 4:3).

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Nuestra conducta frente a las autoridades

Entonces, ¿qué tenemos que ver con las autoridades? Pues, someternos a ellas, ya que Dios las ordenó; cuando fijan sus impuestos, debemos pagarlos, e igualmente hacer rogativas por los reyes y por todos los que están en eminencia (1 Timoteo 2:1-2).

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Ocuparse del bien

Es algo de suma importancia tener el corazón adecuado y formado para hallar placer en las cosas en las que Dios se place. Incluso con el sentimiento de que Él juzga el mal como mal, el corazón no se siente feliz. Nosotros somos exhortados a vivir ahora como con Dios en el cielo, Y ¿acaso Dios tiene que juzgar algún mal cometido en el cielo?

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Pensar y obrar como Cristo

Si participo del sentir y de los pensamientos de Cristo, no soportaré ver el mal en los santos, sino que desearé verlos semejantes a Cristo. Él obra actualmente en el corazón de los santos, como lo leemos en Efesios 5:26: “para santificarla, purificándola por el lavamiento de agua por la palabra” (versión francesa de J. N.

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¿Por qué no tienen un nombre distintivo?

Una designación particular es absolutamente condenada por la Biblia: “Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído” (1 Corintios 3:4-5). “Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).

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Primero obediente, luego exaltado

Nosotros tenemos que tener el mismo sentimiento, el mismo pensamiento que estaba en Cristo. Dios le había “preparado cuerpo”, o, como lo dice otro pasaje, le había “horadado la oreja”. Como hombre, Él había tomado forma de siervo. Vino –la plenitud de la Deidad– a habitar en ese cuerpo y manifestó en él la obediencia perfecta, de manera que Dios le ensalzó a su diestra.

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¿Qué doctrina tienen estos cristianos?

Ellos tienen única y exclusivamente la doctrina de la Palabra de Dios. Reconocen que la Biblia (el Antiguo y el Nuevo Testamento) es en su totalidad la Revelación dada por Dios. Esta Palabra debe ser la única base de sus enseñanzas y la única guía para todos los asuntos de su vida.

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¿Qué había en el principio?

Los primeros cristianos se reunían en el nombre de Jesús según Su palabra: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos "(Mateo 18:20). En el transcurso de los siglos esta cita a menudo ha sido interpretada de una manera no conforme a la Palabra de Dios.

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¿Quiénes son esos cristianos?

Son hombres y mujeres que han venido a la cruz con sus pecados; personas que han encontrado en Jesús el perdón, la paz y la vida eterna. En ellas el Espíritu de Dios ha producido una vida nueva, la vida de Dios, por medio de su Palabra. No sólo llevan el nombre de cristianos, sino que verdaderamente han nacido de nuevo.

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Regocijarse en el Señor es olvidarse de uno mismo

¡Qué objetivo era el que Pablo tenía ante sí! ¡Qué energía producía! Los ojos de Pablo están fijos en todo aquello que se encuentra más allá del desierto. Él es un viajero que lo atraviesa, y, en su camino, se regocija siempre en el Señor. Así predicara en público o recibiera apaciblemente en su casa a todos aquellos que acudían a verle, él se regocijaba.

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Regocijo permanente

“Regocijaos en el Señor siempre” (v. 4). ¿Quién era el hombre que podía hablar así de parte de Dios? ¿El hombre que había estado en el tercer cielo? No, sino aquel que estaba prisionero en Roma. Eso era regocijarse siempre, como en otra parte lo dice el salmista: “En todo tiempo bendeciré a Jehová”.

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Resultado de la oración, y la suministración del Espíritu

Vean ahora cómo Pablo se eleva por encima de todas las pruebas de esos cuatro años de prisión (dos en Cesarea y dos en Roma). “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio” (v. 12).

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Salgamos, pues, a él, fuera del campamento

En realidad no hemos sido llevados a cosas visibles, terrenales, ni a valores mundanos. El tiempo de servir en el Tabernáculo erigido por el hombre ha pasado. Las figuras han cedido su lugar a la realidad.

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Satanás es el dios de este siglo

A quien pregunte los motivos por los cuales tal actitud debe caracterizarnos, respondemos: ¿No sabe que Satanás es “el dios de este siglo” (o mundo), “el príncipe de la potestad del aire” (2 Corintios 4:4; Efesios 2:2), el director de este sistema monstruoso? Él es su energía, su genio inspirador y su príncipe.

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Satanás vencido y atado

Los filipenses se hallaban aquí en una tribulación positiva; pero la vida cristiana por entero es una vida de lucha contra Satanás, lo que no significa que permanentemente debamos pensar en eso si nos hemos puesto toda la armadura de Dios; pero, si no tenemos conciencia de la victoria de Cristo, corremos el riesgo de ser intimidados; y aunque poco conocemos este conflicto, en alguna medida lo c

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Seguir un mismo modelo

“Hermanos, sed imitadores de mí…” dice el apóstol, colocándose ahora a sí mismo, de manera notable, como modelo ante los santos. Pone en contraste a aquellos cuya “ciudadanía (o conversación) está en los cielos” con aquellos “que solo piensan en lo terrenal” (v. 17 y subsiguientes). El fin de estos es la perdición, pues son enemigos del cristianismo.

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Si uno sufre, los demás sufren con él

“Por cuanto os tengo en el corazón; y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia” (v. 7). Poco sentimos cuán real es la unidad del Espíritu; hemos perdido grandemente la realidad de ella, aunque reconozcamos el hecho como una verdad.

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Siervo para siempre

Cristo no solo tomó la forma de siervo, sino que también tomó ese lugar para siempre, así como no dejará nunca de ser hombre ni abandonará el verdadero lugar de este ante Dios. Cristo tomó la forma de hombre y cumplió sus años de servicio en la tierra según la figura del siervo hebreo del capítulo 21 del Éxodo.

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