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Con el corazón y el entendimiento
Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.
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Condiciones favorables para la oración
La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).
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Conscientes de nuestra necesidad
Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.
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Consejos finales
Y ahora, para concluir, el consejo que les doy a todos los creyentes es: «Caminen todos los días dependiendo de Dios». Pero les diré que hace poco, al hacer la misma exhortación, un amigo mío la rectificó así: «Caminen todas las horas —o a toda hora— dependiendo de Dios». Esto me sugirió lo siguiente: «Anden todos los minutos (esto es: siempre) en la dependencia y comunión con Dios».
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Creer en el nombre del Hijo de Dios
Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna (1 Juan 5:13).
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Dar crédito a la carta de Dios
Ustedes tienen una carta enviada por Dios y, sin embargo, desde hace muchos años están llevando una carga de dudas y temores. Lean por favor esta carta. ¿Pueden darle crédito? Si es así, arrojen al suelo su carga y digan: «No la volveremos a cargar. En vez de ser miserables pecadores, somos hijos de Dios».
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Dediquémonos al Libro más importante
Estamos seguros de que no haremos progresos espirituales si no somos personas dedicadas al Libro más importante y desconocemos, por lo tanto, nuestras Biblias. Dios se reveló a nosotros por medio de un solo Libro, y nuestro privilegio consiste en leerlo, conocerlo y amarlo.
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¿Dentro o fuera?
¿Pueden decir ustedes que aman a Dios de todo corazón? ¿Pueden afirmar que Cristo es para ustedes el señalado entre diez mil? ¿Están perdonados todos sus pecados? ¿O pueden únicamente decir: Hemos sido bautizados, vamos a la iglesia y tomamos la comunión?
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El castigo es educativo
Ahora bien, en la Sagrada Escritura, éste es el sentido de la corrección. No todo es castigo; una gran parte de ella es educación. Incluye al castigo, por cuanto es necesario, porque el castigo es educativo.
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El creyente ha nacido de nuevo
Ahora bien, una persona que es verdaderamente cristiana ha nacido de nuevo; y el deseo de su naturaleza es llevar una vida santa que agrade a Dios. Hay dos cosas en el cristiano: una naturaleza mala y corrompida —la carne— y el Espíritu Santo. La una se opone constantemente al otro, resultando de esto que no hacemos las cosas que de otro modo llevaríamos a cabo:
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El Espíritu mora en los creyentes
Entre los creyentes del Antiguo Testamento y los del Nuevo, existe una diferencia parecida a la que hay entre los barcos de vela y los de vapor. Los creyentes de los tiempos del Antiguo Testamento son como barcos de vela; los del Nuevo Testamento como los vapores. El Espíritu de Dios vino sobre los creyentes antiguos, mientras que ahora el Espíritu mora en los creyentes.
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El Espíritu, poder de la unidad
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino a la Iglesia, la que de esta manera llegó a ser “morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22). El Espíritu Santo igualmente hace su morada en cada creyente (2 Timoteo 1:14 y 1 Corintios 6:19). Estas dos moradas, aunque muy unidas, deben ser distinguidas.
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El Espíritu, poder del servicio
El apóstol Pablo es un ejemplo para los creyentes. Observemos, pues, los resultados de la acción del Espíritu en su vida de servicio. En el intervalo de casi veinticinco años había evangelizado a pueblos diferentes que ocupaban vastos territorios. Tal obra no habría podido ser cumplida sin la energía comunicada por el Espíritu de Dios.
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El Espíritu Santo es el poder que necesitamos
Por último, permítanme que les diga que si como cristianos desean disfrutar de gozo y de felicidad en su carrera, no deben esperar más para confesar sus faltas a Dios. Confiesen sincera y claramente el delito del que son culpables. Pero no digan: «Nunca más haré tal cosa», porque nuestras resoluciones no merecen confianza alguna.
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El fundamento de la reconciliación
Dios envió a su Hijo entre los hombres animado de un espíritu de reconciliación: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19). El Señor no era portador de juicio, sino de perdón. Él no imputó culpabilidad, aun cuando esta era manifiesta.
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El fundamento de la redención
El hombre es esclavo del pecado, está “vendido al pecado” (Romanos 7:14; véase también Juan 8:34). Es el punto fundamental por el cual necesita su redención.
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El fundamento del perdón
Un hombre preocupado por sus pecados no encontrará descanso si no ve claramente cuál es el fundamento del perdón. Se puede tener ciertos vagos pensamientos con relación a la misericordia y a la bondad de Dios, de su disposición a recibir a los pecadores, pero también hace falta saber que el perdón se funda sobre la justicia divina.
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El infinito precio de la liberación
Voy a servirme de una pequeña ilustración, pues estoy seguro de que contiene toda la sustancia del asunto. Un conocido predicador, empleando un lenguaje muy gráfico, comparaba este mundo con una descomunal cárcel de formidables murallas y pesadas puertas de hierro. La Misericordia –decía él– miró desde el cielo y le dio mucho pesar ver a los prisioneros.
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El nuevo hombre creado en Cristo
Somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Este es el aspecto práctico de la nueva creación. Como somos creados en Cristo Jesús, tenemos capacidad para hacer buenas obras según Dios. Estas buenas obras fueron hechas por Cristo en el más alto grado, pero nosotros también las podemos hacer.
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El nuevo nacimiento prefigurado en el Antiguo Testamento
Cuando Nicodemo muestra su total ignorancia respecto del nuevo nacimiento, Jesús le hace notar que eso es sorprendente. En efecto, esa enseñanza tiene sus raíces en la de los profetas. En particular, Ezequiel (cap. 36:24-27) muestra lo que Jehová hará cuando reúna a su pueblo Israel trayéndolo desde los lugares en los que está disperso. Derramará sobre ellos agua limpia y serán limpiados.
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El nuevo nacimiento y la fe
Como el nuevo nacimiento es una operación divina, ¿cuál es la responsabilidad del hombre en esta última? Esta difícil cuestión ha sido debatida con frecuencia. Se trata concretamente de conciliar en nuestros espíritus la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. No es el razonamiento el que nos ayudará a hacerlo, sino la sumisión a la Palabra de Dios.
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El perdón de los pecados
Como queda demostrada la culpabilidad del hombre, el perdón es una necesidad apremiante. Además, está mencionado desde el principio de las instrucciones dadas por el Señor resucitado. En Lucas 24:45-48, el Señor dice a los apóstoles que el arrepentimiento y el perdón de los pecados debían ser predicados en su nombre a todas las naciones.
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El perdón y la justificación
Como acabamos de verlo, en la epístola a los Romanos el Espíritu Santo pronuncia el veredicto de culpable ante Dios. Habríamos podido esperar que inmediatamente después se desarrollara la doctrina del perdón; sin embargo, esta doctrina se encuentra mencionada una sola vez en toda la epístola:
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El testimonio de un paralítico
Cierto ateo dijo un día a un pobre cristiano paralítico: —¡Hace años que estás ahí padeciendo en ese lecho y dices que Dios te ama! Mira, yo tengo un pecho sano, una salud perfecta y disfruto de la vida. No creo en tu Dios. En cambio, tú te pasas los días postrado en un lecho; y ¡dices que Dios te ama!
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