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La disciplina del Padre
Aunque sea un asunto distinto al que este folleto pretende presentar, quiero decir unas palabras respecto al gobierno del Padre sobre nosotros, sus amados hijos en Cristo y por Cristo. En su insondable amor por nosotros, el Padre se ve en el deber de castigarnos y azotarnos a menudo.
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La expiación
Durante tres horas las tinieblas envolvieron la tierra y, en el aislamiento de esta obscuridad, el Salvador padeció todo lo que merecían los pecados de los cuales voluntariamente se había hecho cargo. Dice proféticamente:
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La fe que recibe el don de Dios
«¿Y qué debo hacer –preguntará usted– para obtener su perdón?» ¿Qué hacer? Nada. No podemos hacer nada; sólo tenemos que creer. La gracia es un don libre que no requiere nada a cambio (Romanos 4:3-5). «Hacer» es el vocablo del hombre orgulloso, quien no quiere convenir en que su incapacidad es total y querría añadir algo de él mismo a la obra perfecta de Dios.
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La gracia ofrecida
¿A quién le es ofrecida esta gracia? Al pecador perdido. Si lo es al pecador perdido, lo es a todos, puesto que todos somos pecadores. Jesús dijo Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:31-32).
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La incertidumbre viene de la incredulidad
Probablemente alguien diga: «Yo no soy indiferente al bienestar de mi alma; pero mi problema es la incertidumbre. Siguiendo el ejemplo, podría decir que estoy entre los viajeros de segunda clase».
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La luna y el lago
Permítame, para concluir, que me valga de otro ejemplo. En una hermosa noche de luna llena, dos hombres están mirando atentamente una laguna en cuyas aguas se ve reflejada la luna. Uno de ellos le dice a su amigo: –¡Qué brillante y redonda está la luna esta noche! ¡Qué silenciosa y majestuosamente sigue su curso!
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La obra cumplida
El juicio estaba ejecutado. Aquel que había tomado nuestro lugar bajo el juicio expió las faltas de las cuales voluntariamente se hizo cargo. Pudo proclamar: “Consumado es” (Juan 19:30). Entraba en la muerte para pagar enteramente lo que merecía el pecado.
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La santificación
Esta presencia del Espíritu Santo en el creyente impone una separación práctica del mal. ¿“Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19-20).
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La unción
Dios nos ha ungido con el Espíritu como con un aceite de consagración para servirle, para conocer las cosas profundas de Dios, para recibir y comunicar sus pensamientos (2 Corintios 1:21; 1 Corintios 2:10-15; 1 Juan 2:20, 27).
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Las arras
Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.
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Lazos familiares
Veamos el siguiente ejemplo: Su hijo le ha desobedecido. El semblante del niño manifiesta que ha hecho algo que no debía. Media hora antes disfrutaba paseando con usted en el jardín, admirando lo que usted admiraba, alegrándose con aquello con que usted se alegraba. En otras palabras, estaba en comunión con usted; sus sentimientos y gustos eran iguales a los suyos.
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Liberación de la antigua posición en Adán
En las epístolas de Pablo, el Espíritu Santo nos presenta la completa liberación del creyente de su antigua posición en Adán, y nos da a conocer su nueva posición: completamente justificado y perfectamente aceptado en Cristo.
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Lo que Dios establece y nuestras experiencias
Muchos creyentes pasan por grandes angustias porque continuamente están escudriñando sus propios corazones, pensando encontrar en él la evidencia de su conversión a Dios. Se puede que tal persona diga:
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Lo que Dios ha hecho
Examinemos ahora los cuatro hechos de Juan 3:35-36 mencionados anteriormente:
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Los creyentes esperan el retorno de Cristo – ¿por qué?
Ahora bien, ¿por qué habría de ser distinto para ti y para mí cuando oímos hablar del regreso del Señor? ¿Acaso no experimentamos la dulzura de su amor? ¿No fue él quien sufrió y murió por nosotros? ¿No nos ha guardado a lo largo del camino, desde el día que le conocimos, llevando nuestros dolores y restaurándonos después de muchas caídas?
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Los hechos divinos y nuestros sentimientos y experiencias
Desde el momento en que Dios establece un hecho en su Palabra, debemos creerlo y aceptarlo, aun cuando nuestra razón no pueda comprenderlo, o aquello no concuerde con nuestra experiencia o nuestros sentimientos. Dios es su propio intérprete y, a su tiempo, aclarará todo al que pacientemente espera en él. Y aunque no lo haga, nuestro deber siempre es creer, puesto que Dios no se equivoca.
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Nacido de nuevo
En efecto, Dios no se contenta con borrar los pecados cometidos por nuestra vieja naturaleza –a la que su Palabra llama “la carne”, y que no puede producir otra cosa que el mal– sino que nos da otra vida, otra naturaleza. Hay un nuevo nacimiento operado por la Palabra –simbolizada por el agua– y por el Espíritu Santo.
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¿No forman estos cristianos una nueva denominación?
Al volver a lo que se ha oído desde el principio, estos creyentes no forman una nueva denominación, sino que desean llevar a cabo en obediencia a la Palabra y a la voluntad de Dios, la unidad de los hijos de Dios en el vínculo de la paz (véase Efesios 4:3).
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¿Por qué no tienen un nombre distintivo?
Una designación particular es absolutamente condenada por la Biblia: “Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído” (1 Corintios 3:4-5). “Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).
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¿Puede la nueva naturaleza mejorar a la vieja?
Sólo existe una respuesta: Nada puede mejorar a la carne. Se ha intentado hacerlo de todas las maneras posibles, desde la caída de Adán en el Edén hasta la cruz de Cristo en el Calvario. Pero, ¿cuál ha sido el resultado? El hombre desobedeció voluntariamente la santa ley de Dios, cuando Dios, por ser justo, le pedía que le obedeciese.
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¿Qué diferencia hay entre los dos casos?
Ahora bien, ¿cuál de estas dos familias le parece que estaba más salva? Tal vez diga que la segunda, cuyos miembros gozaban de la tranquilidad que les daba la confianza en Dios.
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¿Qué doctrina tienen estos cristianos?
Ellos tienen única y exclusivamente la doctrina de la Palabra de Dios. Reconocen que la Biblia (el Antiguo y el Nuevo Testamento) es en su totalidad la Revelación dada por Dios. Esta Palabra debe ser la única base de sus enseñanzas y la única guía para todos los asuntos de su vida.
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¿Qué había en el principio?
Los primeros cristianos se reunían en el nombre de Jesús según Su palabra: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos "(Mateo 18:20). En el transcurso de los siglos esta cita a menudo ha sido interpretada de una manera no conforme a la Palabra de Dios.
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¿Qué naturaleza satisfacer?
Hemos visto la convivencia de dos naturalezas que, debido a su diferencia de origen, tienen gustos completamente distintos; existen, pues, “las cosas de la carne” y “las cosas del “Espíritu” (v. 5). No olvidemos que estas dos naturalezas reclaman a diario ser satisfechas, conforme a sus respectivas necesidades.
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