La mesa del Señor
La mesa del Señor

R. Brockhaus - 2000

En cierto sentido, la «cena del Señor» y la «mesa del Señor» expresan la misma idea; en otro sentido, reflejan un concepto totalmente distinto. A la primera se une la responsabilidad personal e individual; la segunda evoca una responsabilidad colectiva, la cual, naturalmente, recae sobre cada miembro de la colectividad, en la medida del conocimiento que tiene de la verdad. Lo que importa aquí es la autoridad del Señor y sus derechos sobre su Mesa y su Asamblea. De allí proviene la diferencia fundamental y esencial que caracteriza la enseñanza del apóstol en los capítulos 10 y 11 de la primera epístola a los Corintios.

Pedir en la tienda

Introducción

Por lo cual cuidaré siempre de recordaros estas cosas, aunque las conocéis, y estáis confirmados en la presente verdad. Y lo tengo por justo, mientras yo esté en esa frágil tienda, estimularos por medio de recuerdos… Y también haré lo posible para que podáis en todo tiempo, después de mi partida, conservar memoria de estas cosas
(2 Pedro 1:12-13, 15).

Estas hermosas palabras del apóstol Pedro –pastor y sobreveedor fiel del rebaño de Cristo– me alientan para presentar algunas consideraciones en cuanto a la mesa del Señor. Son el resumen de una correspondencia que entablé hace algún tiempo y cuyo propósito era recordar a todos –una vez más– los principios sencillos y positivos de la Palabra de Dios, tocante a la celebración de la cena del Señor, acerca de la reunión de los creyentes “fuera del campamento”, hacia el nombre de Jesús, y las verdades relativas a la mesa del Señor. Si en los albores de la Iglesia cristiana era necesario recordar estas cosas, cuánto más lo será en estos tiempos caracterizados por la indiferencia y la apostasía.

¡Quiera Dios que este breve estudio sea para bendición de Sus amados; que sirva de aliento a los ancianos y afirme a los jóvenes en la verdad!

Hoy día se oye y hasta se lee entre los creyentes afirmaciones contrarias a la Palabra de Dios. Son cosas de suma gravedad, pues semejantes opiniones hacen abandonar –tarde o temprano– los principios dados por Dios. Unos enseñan, por ejemplo, que la mesa del Señor fue establecida para la totalidad de la Iglesia, y que ninguna congregación de creyentes puede reclamarla para sí, a exclusión de las demás. Otros han dicho: «Si una asamblea o congregación de creyentes mantiene principios condenados por la Palabra de Dios, o si se comete una injusticia y, lejos de someterse a Dios, no quiere arrepentirse y separarse de la iniquidad o injusticia, no pretendemos que, por eso, no tenga la presencia del Señor o la mesa del Señor».

Estas declaraciones están, lo repito, en flagrante contradicción con lo que la Palabra nos enseña. Examinemos, pues, lo que Dios dice al respecto, y cuáles son sus pensamientos acerca de la cena del Señor.

Cuando Jesucristo la instituyó, aún no era cuestión de la Asamblea o Iglesia como tal. Esta fue formada con el descenso del Espíritu Santo siete semanas más tarde.