Capítulo 4
Un tesoro en vasos de barro
Cada uno de nosotros ¿ha renunciado, como el apóstol, “a lo oculto y vergonzoso”? (v. 2). El corazón de Pablo era como un espejo; reflejaba fielmente a su alrededor cada rayo que recibía. Y, ¿cuál era el objeto que resplandecía en él y que manifestaba a los demás?
La gloria de Dios en la faz de Jesucristo (v. 6).
Ese conocimiento de Cristo en la gloria, ¡qué tesoro era para Pablo! Él solo era un vaso que contenía ese conocimiento; un pobre vaso de barro, frágil y sin valor propio. Si el instrumento de Dios se hubiese destacado por brillantes cualidades humanas, habría llamado la atención sobre sí mismo en detrimento del tesoro que debía presentar. Los joyeros saben muy bien que un estuche demasiado lujoso tiende a eclipsar la joya exhibida; por eso exponen sus más hermosas alhajas sobre un simple terciopelo negro. Del mismo modo, el vaso de barro –Pablo– estaba atribulado, en apuros, perseguido, derribado… para que el tesoro –la vida de Jesús en él– fuese plenamente manifestado (v. 10). Las pruebas de un creyente contribuyen a despojarle de todo brillo personal para que resplandezca aquel del cual el creyente es, en cierto modo, solo el pie de la lámpara.
Tribulación efímera – ¿Miedo al tribunal?
¡Cómo nos cuidamos para conservar y hacer prosperar “nuestro hombre exterior”! (v. 16). ¡Ojalá nuestro hombre “interior” pudiera ser tan bien tratado! Lo que renovaba el corazón del apóstol era ese eterno peso de gloria, incomparable con la tribulación que atravesaba. Andando “por fe” y “no por vista” (cap. 5:7), con las miradas de su alma fijas en las cosas que no se ven pero que son eternas, él gozaba ya de las arras del Espíritu (v. 5); por eso no desmayaba (cap. 4:1, 16).
¡Qué temor y ardor debería producir constantemente en nosotros el pensamiento del tribunal de Cristo! Nuestra salvación está asegurada; no compareceremos ante él para condenación sino que, como en una película, toda nuestra vida se desarrollará allí, revelando todo lo que hayamos hecho, “sea bueno o sea malo”, y recibiremos ganancias o soportaremos pérdidas. Pero, al mismo tiempo, el Señor mostrará cómo su gracia supo sacar su brillo aun de nuestros pecados. Un artista que termina de restaurar un retrato deteriorado le da valor poniendo al lado la fotografía del cuadro inicial. Así como a menudo mostramos poca sensibilidad frente al pecado, también valoramos poco la gracia que nos perdona y nos soporta. El tribunal de Cristo nos hará experimentar toda la inmensidad de ella.
