Capítulo 7
El amor se goza de la verdad
El amor de Cristo apremiaba a Pablo con respecto a los corintios (cap. 5:14). Cuando les escribió su primera y severa carta, ese amor era igual de verdadero y grande. Pero ahora su corazón está a sus anchas; puede dejar que sus afectos hablen libremente. Recordamos a nuestros jóvenes lectores que quienes les reprenden y advierten con más severidad, generalmente son los que más los aman.
Yo reprendo y castigo a todos los que amo,
dice el Señor (Apocalipsis 3:19).
La iglesia había juzgado el mal que se hallaba en ella; había demostrado que era recta y limpia (v. 11); si había tolerado un horrible pecado, lo había hecho por ignorancia y negligencia. No obstante, los corintios habían tenido que humillarse por su estado, pues este había permitido que semejante mal apareciera en medio de ellos y habían sido contristados según Dios.
El versículo 10 nos muestra que el simple pesar, la vergüenza y el remordimiento no son el arrepentimiento. Este consiste en emitir el mismo juicio que Dios emite sobre nuestros pecados; en reconocer el mal y abandonarlo, trátese de actos cometidos antes o después de la conversión (Proverbios 28:13). El arrepentimiento es el primer fruto de la fe. Ser contristados según Dios es, pues, en sí un hecho regocijador (v. 9). ¿Ha experimentado el verdadero arrepentimiento?
Un hermoso ejemplo
La obediencia de los corintios había motivado el gozo y el afecto de Tito y, en consecuencia, había regocijado y confortado doblemente al apóstol Pablo (7:13, 15). Pero aún estaban lejos de tener el celo de los creyentes de Macedonia (cap. 8:1-5). Estos últimos no habían dado sencillamente tal o cual parte de sus recursos y de su tiempo, sino que se habían dado a sí mismos por completo. No habían aguardado, como algunos, el final de la vida para ofrecer a Dios solo un pobre resto de sus fuerzas; se habían dado “primeramente”… Tampoco habían empezado con “el servicio para los santos” (v. 4). No; se dieron primeramente al Señor. Y ese primer don había acarreado todos los demás. También pertenecían a los apóstoles, por ser ellos siervos del Señor. ¿Era esto algo penoso para los macedonios? ¡Todo al contrario! “La abundancia de su gozo” podía soportar una gran “prueba de tribulación”, y “su profunda pobreza” cambiarse “en riquezas de su generosidad” (v. 2). Lo que llamaríamos fácilmente una carga, ellos lo llamaban un “privilegio” (v. 4).
¡Que Dios nos otorgue esa misma dichosa consagración a nuestro Señor, a quien tenemos el privilegio de poder servir, sirviendo a los suyos!
