Capítulo 1
Ser consolado y saber consolar
El apóstol Pablo no escribió su primera carta a los corintios como un censor o juez severo. Él mismo había sido humillado y turbado por las noticias recibidas de esa iglesia, tanto más cuanto que le habían llegado en un momento en que pasaba por una aflicción extrema en aquella ciudad de Éfeso, en donde tenía muchos adversarios (v. 8; 1 Corintios 16:9).
Pero aun semejante cúmulo de sufrimientos puede ser un motivo de gratitud, pues trae una doble y preciosa consecuencia. Primeramente, hace perder al creyente toda confianza en sí mismo (v. 9). En segundo lugar, le hace profundizar en las simpatías del Señor para con los suyos. La abundancia de los sufrimientos reveló al apóstol la abundancia de la consolación (v. 5). Una consolación siempre es personal, pero, al que la experimenta le permite entrar a su vez en las penas de los demás y expresarles una verdadera simpatía. El hecho de haber pasado por las pruebas con el sostén del Señor capacita a un creyente para dirigirse a los afligidos y orientar sus miradas hacia “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (v. 3).
Jesucristo, garante de todas las promesas
El apóstol Pablo no acostumbraba decir sí y pensar no (v. 17). Los corintios podían confiar en él; no hacía reservas mentales y daba prueba de la misma sinceridad en sus actos y decisiones de la vida diaria que cuando les había anunciado un Evangelio no falsificado (cap. 2:17; 4:2, final). ¡Cuán importante es esto! Si un hijo de Dios falta a la verdad, induce a quienes le observan a poner igualmente en duda la Palabra de Dios, de la que él es un testigo tan poco fiable. Él, Pablo, manifestaba una perfecta rectitud, trátese de sus relaciones con el mundo o con los demás creyentes (v. 12). Él era mensajero de Aquel que es el
Amén, el testigo fiel y verdadero,
el Garante del cumplimiento de todas las promesas de Dios (v. 20; Apocalipsis 3:14).
Los versículos 21 y 22 nos recuerdan tres aspectos del don del Espíritu Santo: por él, Dios nos “ungió”, es decir, nos consagró para él y nos hizo aptos para captar sus pensamientos. Nos “ha sellado” o, dicho de otro modo, nos ha marcado como pertenencia suya. Finalmente nos “ha dado las arras”, prenda de nuestros bienes celestiales otorgándonos a la vez una primera prueba de su realidad y el medio de gozar de ellos “en nuestros corazones”. El apóstol también escribe a los efesios: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:13-14).
