Capítulo 11
¡Cuidado, malos obreros!
Falsos apóstoles buscaban reemplazar a Pablo en el corazón de los corintios. Por tal razón, este se vio obligado a hablar de sí mismo, y es lo que llama su “locura”; pero no es con el objetivo de ganarse el afecto de los creyentes en provecho propio (véase 12:15). Era celoso por Cristo y reivindicaba con vehemencia el amor de ellos para el único Esposo de la Iglesia.
Los corintios corrían el riesgo de prestar oídos a un evangelio diferente (v. 4). Eran menos espirituales que los efesios, quienes habían probado “a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son” (Apocalipsis 2:2), y los hallaron mentirosos. Muchos cristianos corren el mismo peligro porque les parece que en el fondo, el verdadero cristianismo es demasiado exigente. En cambio, soportarán mejor un evangelio que exalte al hombre y otorgue lugar a la naturaleza humana.
Detrás de esos obreros engañadores, el apóstol desenmascara a Satanás, el amo de ellos. Otrora resplandeciente querubín (Ezequiel 28:12-14), todavía sabe tomar esa apariencia para tentar a los hombres con su astucia, tal como lo hizo con Eva (v. 3, 14). Además, es más peligroso cuando se presenta como sutil serpiente que cuando nos ataca de frente como el “león rugiente” (1 Pedro 5:8). ¡Desbaratemos sus ardides permaneciendo apegados a la Palabra del Señor!
Sufrimientos soportados por Cristo
Estas arremetidas contra el ministerio de Pablo brindan al Espíritu Santo la oportunidad de darnos una idea más clara de sus trabajos y fatigas. Sí, él era ministro de Cristo y podía enumerar las pruebas de ello: una larga lista de sufrimientos soportados a causa del Evangelio. Los versículos 23 a 28, y 31, 32 nos muestran en qué consistía lo que el apóstol llama su “leve tribulación momentánea” en el capítulo 4:17.
Pero, ¿cuál era el divino recurso que le sostenía para soportar esas cosas excepcionales? “Un eterno peso de gloria” estaba constantemente en su pensamiento: Cristo glorificado, su eterna remuneración.
Queridos amigos, retengamos este secreto: Cuanto más dediquemos nuestros pensamientos al Señor, tanto menos tiempo nos quedará para pensar en nuestras pequeñas dificultades (¿y qué son ellas al lado de las tribulaciones del gran apóstol?). Cuanto más pese el eterno amor divino en la balanza de nuestros corazones, tanto menos importancia tendrán las circunstancias momentáneas y menos nos agobiarán. Sin embargo, existe una cosa que nunca nos apremiará demasiado:
La preocupación por las iglesias (v. 28).
Ésta se manifiesta, en primer lugar, mediante las oraciones. ¡Que el Señor nos dé amor por su amada Iglesia y por cada uno de sus miembros!
