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La redención por la victoria o por el pago de un rescate
El Antiguo Testamento habla frecuentemente de la redención, en particular en los libros del Éxodo, de Rut y de Isaías. A menudo ella consiste en una liberación que se obtiene por una victoria o por un pago. En efecto, para liberar a un prisionero de guerra, hacía falta vencer a aquel que le tenía en su poder, mientras que, para liberar a un esclavo, se necesitaba pagar el rescate.
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La salvación diaria
Estamos en un mundo lleno de seducciones. En lo interior, la carne quiere obrar; en lo exterior, el diablo nos tiende toda clase de trampas. ¡Cuántos peligros rodean al creyente! Tenemos necesidad de ser salvados de ellos cada día; precisamos una salvación prácticamente continua. Felizmente, la Escritura habla con claridad de esta salvación presente.
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La salvación en el Antiguo Testamento
La salvación es mencionada muy frecuentemente en la historia del pueblo de Israel.
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La salvación futura
Nos queda por considerar otro grupo de pasajes que hablan de la salvación como de una cosa que esperamos (Hebreos 9:28; Romanos 13:11). Efectivamente, todavía debemos ser salvos de la ira de Dios en su sentido terrenal, es decir, salvos de los juicios apocalípticos. También debemos ser salvos de la muerte física de nuestro cuerpo. Todo esto forma parte de la esperanza cristiana.
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La salvación inicial
Como el pecado es la raíz de todos los peligros que nos amenazan, el Nuevo Testamento, deliberadamente, comienza por la salvación relativa a los pecados. Desde el primer capítulo de Mateo se habla de Jesús como de aquel que “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Ello sitúa la cuestión a un nivel mucho más elevado que el de las liberaciones temporales.
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La salvación ofrecida a los que perecen
“¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25). Este angustioso grito de los discípulos en medio de la tempestad muestra claramente que la salvación responde a la perdición, como lo confirman otros varios pasajes. En 1 Corintios 1:18 se establece un contraste entre “los que se pierden” y “los que se salvan”.
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La santificación de posición
¡Cómo el hombre ha sido profanado por el pecado! Su espíritu, su corazón, su ser entero han sido invadidos por el mal. Felizmente, la gracia se dedica a ganarlo. Para ello, separa a los creyentes para Dios, les santifica, les da el título de “santos”.
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La santificación práctica
Cuando hemos comprendido nuestra posición de “santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2), estamos en condiciones de hacer frente a nuestras responsabilidades relativas a la santidad práctica. Estas responsabilidades derivan del hecho de ser puestos aparte para Dios.
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La seguridad de la justificación
“Jesús, Señor nuestro… fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:24-25). Hace falta comprender las dos partes de este versículo para gozar de una total seguridad respecto a nuestra justificación.
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La verdadera obra del Espíritu Santo
Este Espíritu, más que nunca contristado en la cristiandad, no puede actuar como si la Iglesia fuera fiel. Efectuar los actos de potestad del principio sería aprobar el desorden, la revuelta contra Dios y la insumisión al dueño de la Asamblea.
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La vida de los creyentes muestra, en su conjunto, caracteres muy diferentes
Se ve a creyentes, o cristianos, que empiezan mal su carrera, pero al aprender a juzgarse bajo la disciplina, terminan bien su curso, y a veces de una manera gloriosa. Este fue el caso de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9), pero cuya vida termina con plena visión de la gloria (cap. 49).
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La vivificación del cuerpo
En Cristo hemos sido vivificados, pero todavía conservamos nuestros cuerpos mortales. La vivificación de estos –así como su redención– es todavía futura. Dios vivificará nuestros cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en nosotros (Romanos 8:11).
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La vivificación por medio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
Juan 5 empieza por la curación de un hombre enfermo. Una corriente de vida parece penetrar en sus miembros, toma su lecho y anda. El Señor, viéndose entonces obligado a responder a la oposición de los judíos, habla de las obras que él hará y que serán mucho más grandes que esta curación. Primeramente, vivificará a aquellos que él quiera (v.
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La vivificación y el nuevo nacimiento
Así como Ezequiel 36 da una idea del nuevo nacimiento, el capítulo siguiente presenta más la vivificación. Encontramos allí la visión de los huesos secos que se juntan, son cubiertos de carne y vuelven a la vida. Esto representa a Israel en su estado de muerte espiritual y la futura acción de Dios para vivificar antes de impartir las bendiciones milenarias.
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Las dos santificaciones
En el Antiguo Testamento, la santificación abarca a las cosas y a las personas, mientras que en el Nuevo Testamento está limitada a estas últimas. La santificación de las personas posee dos significados diferentes que conviene clarificar para evitar las falsas interpretaciones que son corrientes a este respecto.
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Lleno del Espíritu
El día de Pentecostés, los discípulos no recibieron simplemente el Espíritu para que morara en ellos, sino que “fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Cuando un creyente está lleno del Espíritu, la carne en él permanece inactiva, y nada puede oponerse a Su poder. Esto lo vemos en Esteban, quien estaba “lleno de fe y del Espíritu Santo”, “lleno de gracia y de poder”.
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Los que deben dar el ejemplo tienen más responsabilidad
Por su pecado, un sumo sacerdote debía ofrendar un becerro (v. 3), un príncipe o jefe debía ofrecer un macho cabrío (v. 22-23) y una persona cualquiera del pueblo solo tenía que ofrecer una cabra o un cordero (v. 27-28, 32). Quienes deben dar el ejemplo tienen una responsabilidad más grande, expresada por la importancia del animal ofrendado.
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Mi pecado mancha el testimonio del Señor Jesús
Por mi pecado yo hago comprender a todos los que me ven (Dios, los ángeles, el diablo y sus ángeles, los creyentes y el mundo) que no tomo en cuenta a Dios, que más bien hago caso al diablo y que no me he dejado separar enteramente del mundo por la cruz del Señor Jesús (Gálatas 6:14).
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Mi pecado me aleja de los hijos de Dios
Este es otro punto importante: Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él esta en luz, tenemos comunión los unos con los otros (1 Juan 1:6-7).
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Mi pecado me coloca bajo la disciplina de la asamblea
En la Palabra de Dios encontramos varias formas de disciplina ejercidas por la asamblea o iglesia local reunida en el Nombre del Señor Jesús. Esto comienza con formas de actuar de carácter pastoral, como la de restaurar a un hermano que ha sido sorprendido en alguna falta (Gálatas 6:1).
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Mi pecado ofende a Dios
Este es un punto poco considerado. No olvidemos que el pecado ha entrado en el mundo porque el hombre ha creído en las mentiras del diablo y no en las declaraciones de su Dios y Creador. El diablo sugirió que Dios había mentido, no queriendo el bien del hombre.
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Muertos en cuanto a Dios y vivificados por él
La epístola a los Efesios revela nuestra verdadera condición: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). El versículo siguiente muestra que, no obstante este estado de muerte, andábamos activamente en esos delitos y pecados. Ello es así porque la muerte de la que se trata aquí es la muerte con relación a Dios.
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Nacer de agua y del Espíritu
Después de haber mostrado a Nicodemo la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, el Señor precisa por qué medios se lo obtiene: El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:5).
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Nacer del Espíritu y ser la morada del Espíritu
En Ezequiel 36 y 37 se formulan profecías que conciernen al nuevo nacimiento y a la vivificación que se cumplirán en el remanente de Israel a fin de prepararlo para la bendición milenaria. En esos dos capítulos también se trata el don del Espíritu Santo. “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (cap.
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