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Jesús nos libera para conocer a Dios como nuestro Padre y a Jesús como nuestro Señor

Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios… (Gálatas 4:6-7).

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Jesús nos libera para estar al servicio de los demás

A libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros (Gálatas 5:13).

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Jesús nos libera para hacer el bien

El Dios de paz… os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (Hebreos 13:20-21).

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Jesús nos libera para ser conducidos por el Espíritu

Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Corintios 3:17)

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La absoluta necesidad de la conversión

El capítulo 1 de la primera epístola a los Tesalonicenses presenta una muy hermosa y notable descripción de lo que podemos llamar verdadera conversión. Esperamos que su estudio resulte de interés y de provecho para nuestras almas, pues nos proporciona una respuesta clara y precisa a la pregunta: «La conversión: ¿Qué es?». Este tema no es de poca importancia.

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La alabanza y la adoración

Centrarse sólo en Dios Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15).

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La autoridad

Por último, la autoridad sobre la cual recibimos la salvación es el testimonio del Espíritu Santo en las Escrituras. Es “conforme a las Escrituras”. Esta es una muy sólida y reconfortante verdad. No es cuestión de nuestros sentimientos o experiencias o pruebas; es una simple cuestión de fe en la Palabra de Dios, producida en el corazón por el Espíritu de Dios.

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La base moral de la oración

La Escritura nos presenta la base moral de la oración en palabras tales como estas: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).

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La causa que provocó la restauración de Simón Pedro

Esta se nos presenta con particular fuerza por la pluma del inspirado evangelista Lucas: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 22:31). Si a Satanás se le hubiera permitido hacer su voluntad, el pobre Simón habría quedado arruinado para siempre.

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La confesión de los pecados

Pero “si alguno hubiere pecado” ¿qué tiene que hacer? A esta pregunta el inspirado apóstol da una respuesta de las más claras y benditas: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). La confesión es el medio por el cual la conciencia es libertada.

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La confesión y la humillación

Hablar a Dios de nuestros pecados Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).

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La conversión no es cambiar de sistema religioso

La conversión tampoco consiste en cambiar de sistema religioso. Una persona puede dejar el judaísmo, el paganismo, el islamismo, el catolicismo y hacerse protestante sin por eso estar convertida.

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La conversión, ¿qué es?

Después de considerar la absoluta necesidad de la conversión y de ver, en alguna medida, lo que no es, tenemos que inquirir ahora qué es. Y, en esto, hemos de ceñirnos estrictamente a las infalibles enseñanzas de la Sagrada Escritura. No podemos aceptar nada menos ni cosa diferente de lo que muestra la Biblia.

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La espera en Dios

Abrir nuestro corazón a Dios Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová (Lamentaciones 3:25-26).

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La gracia de Dios

En primer lugar, la gracia de Dios –Su libre y soberano favor– es la fuente de donde mana la salvación –la salvación en toda su extensión, en toda su profundidad, en el sentido más amplio de esta preciosa palabra–; salvación que desciende, como una cadena de oro, desde el seno de Dios hasta el más profundo abismo de la culpa y la condición arruinada del pecador, y que sube de nuevo al trono de

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La importunidad

Pero hay todavía otro muy importante rasgo moral de la verdadera oración en la enseñanza del Señor en Lucas 11, y es la “importunidad” o insistencia. El Señor nos dice que el hombre logra su objetivo simplemente por su gran insistencia. No se dio por vencido; tenía que llevar los tres panes.

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La intercesión

Hablar a Dios de los demás Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres (1 Timoteo 2:1).

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La Palabra de Dios como instrumento del nuevo nacimiento

Para entender, pues, qué quiso decir el Señor con la expresión “nacer de agua”, citaremos dos o tres pasajes de la Palabra. En Juan 1:11-13 leemos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

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La paz

En una palabra, el lector debe tratar de comprender, con la mayor precisión y fundamento bíblico, la diferencia entre vida y paz. La primera es el resultado de nuestra relación con la Persona de Cristo, mientras que la segunda es el resultado de creer en su obra consumada.

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La Persona de Cristo

La persona de Cristo –y su obra terminada– constituyen el único canal por el cual la salvación puede fluir hacia el pecador perdido y culpable. No es la Iglesia, con sus sacramentos, ni la religión, con sus ritos y ceremonias; nada que provenga del hombre o de sus hechos, cualquiera que sea su forma o apariencia, sino la muerte y resurrección de Cristo.

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La petición

Hablar a Dios de nuestras necesidades

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La restauración de Pedro

Si hacemos un cuidadoso estudio de estos versículos encontraremos en ellos tres diferentes etapas en la restauración de un creyente: la restauración de la conciencia, la del corazón y la de la posición.

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La vida

Tomemos el caso del más vil pecador, que hasta el día de hoy ha vivido cometiendo las peores atrocidades.

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Las condiciones morales para orar

Vamos a considerar ahora, a la luz de la Palabra de Dios, las condiciones morales o los atributos de la oración. Nada es más precioso que tener la autoridad de las Escrituras para todo acto de nuestra vida cristiana práctica. La Escritura debe ser nuestro único, gran y supremo árbitro en todas nuestras dificultades; no lo olvidemos jamás.

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