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La redención de nuestros cuerpos
La redención hecha por Cristo tiene resultados eternos (Hebreos 9:12) que solo son visibles por medio de la fe. Satanás, aunque fue vencido en la cruz, todavía ejerce su dominio sobre el mundo y la creación aún gime bajo la “esclavitud de corrupción” (Romanos 8:21).
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La redención por la victoria o por el pago de un rescate
El Antiguo Testamento habla frecuentemente de la redención, en particular en los libros del Éxodo, de Rut y de Isaías. A menudo ella consiste en una liberación que se obtiene por una victoria o por un pago. En efecto, para liberar a un prisionero de guerra, hacía falta vencer a aquel que le tenía en su poder, mientras que, para liberar a un esclavo, se necesitaba pagar el rescate.
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La salvación diaria
Estamos en un mundo lleno de seducciones. En lo interior, la carne quiere obrar; en lo exterior, el diablo nos tiende toda clase de trampas. ¡Cuántos peligros rodean al creyente! Tenemos necesidad de ser salvados de ellos cada día; precisamos una salvación prácticamente continua. Felizmente, la Escritura habla con claridad de esta salvación presente.
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La salvación en el Antiguo Testamento
La salvación es mencionada muy frecuentemente en la historia del pueblo de Israel.
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La salvación futura
Nos queda por considerar otro grupo de pasajes que hablan de la salvación como de una cosa que esperamos (Hebreos 9:28; Romanos 13:11). Efectivamente, todavía debemos ser salvos de la ira de Dios en su sentido terrenal, es decir, salvos de los juicios apocalípticos. También debemos ser salvos de la muerte física de nuestro cuerpo. Todo esto forma parte de la esperanza cristiana.
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La salvación inicial
Como el pecado es la raíz de todos los peligros que nos amenazan, el Nuevo Testamento, deliberadamente, comienza por la salvación relativa a los pecados. Desde el primer capítulo de Mateo se habla de Jesús como de aquel que “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Ello sitúa la cuestión a un nivel mucho más elevado que el de las liberaciones temporales.
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La salvación ofrecida a los que perecen
“¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25). Este angustioso grito de los discípulos en medio de la tempestad muestra claramente que la salvación responde a la perdición, como lo confirman otros varios pasajes. En 1 Corintios 1:18 se establece un contraste entre “los que se pierden” y “los que se salvan”.
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La santificación
Esta presencia del Espíritu Santo en el creyente impone una separación práctica del mal. ¿“Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19-20).
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La santificación de posición
¡Cómo el hombre ha sido profanado por el pecado! Su espíritu, su corazón, su ser entero han sido invadidos por el mal. Felizmente, la gracia se dedica a ganarlo. Para ello, separa a los creyentes para Dios, les santifica, les da el título de “santos”.
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La santificación práctica
Cuando hemos comprendido nuestra posición de “santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2), estamos en condiciones de hacer frente a nuestras responsabilidades relativas a la santidad práctica. Estas responsabilidades derivan del hecho de ser puestos aparte para Dios.
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La seguridad de la justificación
“Jesús, Señor nuestro… fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:24-25). Hace falta comprender las dos partes de este versículo para gozar de una total seguridad respecto a nuestra justificación.
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La unción
Dios nos ha ungido con el Espíritu como con un aceite de consagración para servirle, para conocer las cosas profundas de Dios, para recibir y comunicar sus pensamientos (2 Corintios 1:21; 1 Corintios 2:10-15; 1 Juan 2:20, 27).
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La vivificación del cuerpo
En Cristo hemos sido vivificados, pero todavía conservamos nuestros cuerpos mortales. La vivificación de estos –así como su redención– es todavía futura. Dios vivificará nuestros cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en nosotros (Romanos 8:11).
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La vivificación por medio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
Juan 5 empieza por la curación de un hombre enfermo. Una corriente de vida parece penetrar en sus miembros, toma su lecho y anda. El Señor, viéndose entonces obligado a responder a la oposición de los judíos, habla de las obras que él hará y que serán mucho más grandes que esta curación. Primeramente, vivificará a aquellos que él quiera (v.
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La vivificación y el nuevo nacimiento
Así como Ezequiel 36 da una idea del nuevo nacimiento, el capítulo siguiente presenta más la vivificación. Encontramos allí la visión de los huesos secos que se juntan, son cubiertos de carne y vuelven a la vida. Esto representa a Israel en su estado de muerte espiritual y la futura acción de Dios para vivificar antes de impartir las bendiciones milenarias.
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Las arras
Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.
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Las dos santificaciones
En el Antiguo Testamento, la santificación abarca a las cosas y a las personas, mientras que en el Nuevo Testamento está limitada a estas últimas. La santificación de las personas posee dos significados diferentes que conviene clarificar para evitar las falsas interpretaciones que son corrientes a este respecto.
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Lleno del Espíritu
El día de Pentecostés, los discípulos no recibieron simplemente el Espíritu para que morara en ellos, sino que “fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Cuando un creyente está lleno del Espíritu, la carne en él permanece inactiva, y nada puede oponerse a Su poder. Esto lo vemos en Esteban, quien estaba “lleno de fe y del Espíritu Santo”, “lleno de gracia y de poder”.
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Muertos en cuanto a Dios y vivificados por él
La epístola a los Efesios revela nuestra verdadera condición: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). El versículo siguiente muestra que, no obstante este estado de muerte, andábamos activamente en esos delitos y pecados. Ello es así porque la muerte de la que se trata aquí es la muerte con relación a Dios.
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Nacer de agua y del Espíritu
Después de haber mostrado a Nicodemo la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, el Señor precisa por qué medios se lo obtiene: El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:5).
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Nacer del Espíritu y ser la morada del Espíritu
En Ezequiel 36 y 37 se formulan profecías que conciernen al nuevo nacimiento y a la vivificación que se cumplirán en el remanente de Israel a fin de prepararlo para la bendición milenaria. En esos dos capítulos también se trata el don del Espíritu Santo. “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (cap.
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Nacido de Dios
En su primera epístola, el apóstol Juan siempre se remonta a los principios esenciales. Afirma: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). No se menciona ni el medio empleado –la Palabra de Dios– ni el agente –el Espíritu Santo– que efectúa el trabajo en el alma.
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Nacido de nuevo
En efecto, Dios no se contenta con borrar los pecados cometidos por nuestra vieja naturaleza –a la que su Palabra llama “la carne”, y que no puede producir otra cosa que el mal– sino que nos da otra vida, otra naturaleza. Hay un nuevo nacimiento operado por la Palabra –simbolizada por el agua– y por el Espíritu Santo.
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“Ni la circuncisión… ni la incircuncisión, sino una nueva creación”
La epístola a los Gálatas insiste en la posición de los creyentes, refiriéndose para ello a su unidad en Cristo: “Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, “ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gálatas 3:28; 6:15).
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