2 Samuel
2 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 2 Samuel

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Capítulos 21-24

Rizpa, capítulo 21:1-14

Restaurado de nuevo el reino de Israel, después de las pruebas terribles y merecidas que lo han acosado, se podría creer que una era de apacible prosperidad iba a abrirse para él; al contrario, es visitado por una plaga. No dudo de que esta hambre haya podido tener lugar en otro momento del reinado, ya que se dice: “Hubo hambre en los días de David…” (v. 1), pero nunca es su intención que el Espíritu de Dios invierte el orden del relato, como lo vemos al final de los Jueces y en cien lugares de los Evangelios.

El gobierno de Dios no puede ignorar el mal, sea este cual sea, y lo juzga con tanta más severidad por cuanto la asamblea está relativamente en un buen estado. Muchos años habían transcurrido desde el acto sanguinario de Saúl; la historia de este rey no lo menciona; el pueblo quizás lo ha olvidado, quizás también es desconocido para David, pero Dios no lo ha olvidado, y este hecho ha quedado delante de sus ojos. La congregación de Israel no había participado en el crimen; Saúl quien lo había cometido estaba muerto desde hace mucho tiempo; ¿por qué, pues, volverlo a traer a la memoria? Es que aquí se trata de un principio de alta importancia en los caminos de Dios, sea para con su antiguo pueblo, sea para con la Iglesia. El pueblo es solidario del acto de Saúl, porque este ocurre sobre el terreno de la asamblea de Israel. La violación de los compromisos y del juramento hecho en el nombre de Jehová (Josué 9:18), hacía a la congregación culpable del pecado de su dirigente. Unas generaciones se habían sucedido desde entonces, y ellas podían invocar su ignorancia; pero el crimen permanece, y Dios, en tiempo oportuno, vuelve a traerlo a la memoria.

¿Acaso no ocurren hechos parecidos en nuestros días, y no hablan a las conciencias de los santos? Poco importa el tiempo transcurrido, la asamblea es solidaria de la iniquidad que ha dejado cometer y permanece manchada por un acto contra el cual no ha protestado.

El lector conocer la historia de los gabaonitas, que se puede leer en el capítulo 9 de Josué. Los amorreos se habían hecho recibir por la astucia en la congregación de Israel, para escapar del juicio de su pueblo. Dios consideraba atado lo que se asamblea había atado: esta no podía retractarse de su juramento. Sin duda, al colocar a los gabaonitas en una posición de servidumbre frente al pueblo, la gracia de Dios había librado a Israel de las consecuencias de un paso en falso dado a la ligera y por ignorancia, pero la consecuencia de una decisión según la carne permanecía vigente. Saúl lo juzga de otra manera, porque un hombre en la carne siempre hace exactamente lo contrario de lo que el Espíritu habría enseñado. Y sin embargo Saúl estaba lleno de “celo por los hijos de Israel y de Judá” (v. 2), pero de un celo que, desgraciadamente, se aliaba muy bien con el odio contra el ungido de Jehová. Saulo de Tarso también estaba lleno de un celo que le hacía el perseguidor de Cristo en su Iglesia. Todavía en nuestros días se puede mostrar celo por su nación, por su Iglesia, sin que Dios tenga parte alguna en ello.

Este Saúl, que por su propio juramente temerario habría sacrificado a su propio hijo, libertador de Israel (1 Samuel 14:24, 44), este mismo Saúl desprecia el juramento por el cual Josué y los príncipes de Israel se habían comprometido en el nombre de Jehová para con los gabaonitas.

El hambre arrasa por tres años seguidos; los golpes se repiten sobre la asamblea de Dios. La conciencia de David es llevada, por la prueba, a desear conocer la causa: 

David consultó a Jehová
(v. 1). 

Este era su único recurso, y Dios le responde inmediatamente: “Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas” (v. 1). ¡“Aquella casa de sangre”! Cuando el hijo de Gera, al perseguir al David humillado, le gritaba: “¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te han dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl… porque eres hombre sanguinario!” Dios tomaba nota de estos insultos de un hombre de la casa de Saúl; pero ahora ha llegado el tiempo de expresar su pensamiento a esta injuria; Dios califica a la casa de Saúl como sanguinaria y justifica a la de David.

David, después de haber consultado a Jehová sobre la causa del castigo, sin duda tendría que seguir haciéndolo sobre la manera de hacerles justicia a los gabaonitas. En vez de eso, consulta a estos que piden siete hombres de la familia de Saúl “para que los ahorquemos delante de Jehová en Gabaa de Saúl” (v. 6). David consiente en ello, porque a pesar de su debilidad, el juicio era necesario. Mefi-boset es perdonado. David quien, en otra ocasión, le había tratado con apariencia de dureza, muestra aquí que todavía le lleva en su corazón. No es David quien olvida sus juramentos. ¿No había jurado a Jonatán: 

Jehová esté entre tú y yo, entre tu descendencia y mi descendencia, para siempre
(1 Samuel 20:42)?

Los dos hijos de Rizpa, y los cinco hijos de Mical (o Merab) hijo de Saúl (véase 1 Samuel 18:19), son entregados a los gabaonitas. El procedimiento de estos –uno no puede extrañarse por su indiferencia por las prescripciones de la ley– no está de acuerdo con la ordenanza del Deuteronomio: “Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad” (Deuteronomio 21:22-23).

La “siega de la cebada” podía ser una disculpa para desobedecer así los órdenes expresas de las Escrituras, pero las disculpas no justifican la desobediencia. Sin embargo es probable, según el relato, que fuesen quitados del madero para quedar expuestos sobre la roca, en vez de recibir sepultura.

Rizpa, hija de Aja, madre de dos de ellos, ya mencionada en relación con un altercado entre Abner e Is-boset (cap. 3:7), Rizpa cumple un acto de piedad que merece que su nombre viva en la memoria de los creyentes. Se constituye guardiana de los siete cadáveres. El motivo de su abnegación no es que sus dos hijos se hallen entre los condenados, ya que vela también sobre los otros cinco. La posteridad de aquel que había sido el 

escogido de Jehová
(v. 6), 

la lleva en el corazón. Muestra su piedad para con la casa de su esposo y su dueño. Además, Rizpa es una mujer de fe. Guarda sus cuerpos de toda profanación y vigila sobre ellos, no teniendo más para cumplir su penosa tarea que la tela de cilicio (o saco de duelo) que tiende debajo de sí. Ella une así su duelo con su piedad vigilante hacia los muertos. Es preciso que por lo menos sea honrada su sepultura. No quiere dejarles de día como pasto para las aves del cielo, ni de noche para las fieras del campo, como si fuesen criminales y reprobados. Es así como obraban las naciones para con el pueblo de Dios (Salmo 79:2) ¡pero no es así como Jehová ha mandado ni cómo se obra en Israel!

La fe de Rizpa se ve recompensada: “Fue dicho a David lo que hacía Rizpa” (v. 11). El acto de esta mujer es digno de ser registrado en el corazón del rey. En medio de su duelo, ¡qué gozo! Ha encontrado un corazón que la comprende y que halla su felicidad en recompensarla; una gracia que responde a sus deseos. Los huesos de los descendientes de Saúl son reunidos junto a los de sus padres en el sepulcro de Cis. Esta mujer estaba en el camino de Dios y obtuvo la respuesta que reclamaba su fe.

En adelante Jehová puede ser propicio a la tierra, ya que el juicio se ha ejecutado; pero la gracia también ha seguido su curso, porque, en sus caminos, Dios no se detiene en el juicio sino que prepara el camino al triunfo de la gracia.

Los hijos del gigante, capítulo 21:15-22

El fin de la historia de David tiene el mismo carácter que su comienzo. Goliat parece volver a la vida. Así desierto con el Señor: después de la tentación en el desierto, Satanás le dejó por un tiempo y volvió a aparecer en Getsemaní, intentando atemorizarle Para hacerle desistir de su obra. Fueron vanos sus esfuerzos y, tanto en el último caso como en el primero, la dependencia de Jesús ganó la victoria.

Si después de la victoria de Cristo los “hijos del gigante” a atacan a sus redimidos, pensando que prevalecerán con mayor facilidad sobre ellos que sobre su Dueño, su suerte será la misa: saldrán vencidos de la lucha. Este combate se repite cuatro veces con los filisteos; de estos enemigos internos proceden los hijos del gigante, estos “lobos rapaces” que buscan arrebatar el rebaño asustando a sus conductores.

La primera vez, David está personalmente en el juego (v. 15-17). Había descendido con sus siervos, no teniendo en cuenta su edad ni sus fuerzas: “David se cansó” (v. 15). Isbi-benob, que era de los hijos del gigante, temible por su arma (“cuya lanza pesaba trescientos siclos de bronce”), invulnerable a causa de la “espada nueva” con la cual iba ceñido, quiere aprovechar la aparente debilidad del rey. “Más Abisai hijo de Sarvia llegó en su ayuda, e hirió al filisteo y lo mató” (v. 17). Es así como este siervo de David es puesto a prueba; no abandona a su amo en el peligro y tiene el honor de ser el salvador de David. ¿No nos sucede lo mismo a nosotros? Habiendo combatido el Señor por nosotros y habiéndonos librado, ¿no tenemos, en cierto sentido, el deber de ayudarle? Su nombre, su persona, su gloria, son amenazados por los agentes del enemigo. Este ataca a nuestro David para aniquilar todo recuerdo de Él, y sabe que tiene poco tiempo porque ya el alba de su reinado glorioso está a punto de aparecer en la persona de Salomón. ¿Tendrá éxito el enemigo? Nosotros somos responsables de su victoria o de su derrota. Nos toca a nosotros ahora, en el poder del Espíritu de Dios, herir al hijo del gigante, vencer lo que ataca a Cristo, guardar su nombre y su Palabra intactos delante del enemigo que quisiera aniquilarlos.

E incluso si no fuéramos “valientes de David”, ¿no deberíamos jurarle todavía, como lo hicieron todos sus servidores: “Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel” (v. 17)? La fe de todos es puesta a prueba así. Se dan cuenta de que han de combatir ellos mismos, cada uno en su rango, para que la lámpara del pueblo de Dios no se apague sino que siga brillando en todo su resplandor. Sin duda, nuestro David nunca se cansa, como el de esta historia: 

El Dios eterno, Jehová, el cual creó los confines de la tierra, no desfallece, ni se fatiga con cansancio
(Isaías 40:28); 

pero, para probar y fortalecer nuestra fe, para animar nuestros corazones en la lucha y regocijarlos por la victoria y la recompensa, le gusta colocarse, frente a los suyos, en una posición en la cual. El, vencedor de Satanás, parece necesitar nuestra ayuda. ¡Qué privilegio es combatir por El! Los días son peligrosos; Cristo es atacado por todas partes; el esfuerzo parece formidable y sobrepasa con mucho a nuestros débiles recursos. Los que deberían estar con Él y defender la integridad de su Palabra y de su Persona, ¡por desgracia! la mayor parte del tiempo hacen casa común con los hijos del gigante, diciendo: No nos metamos en dificultades.

El hecho de que nuestro David esté ausente, como en los dos combates de Gob (v. 18-19), no importa; el mismo Espíritu que le animaba todavía está con nosotros. Quizás estaremos solos, como Sibecai husatita, solos contra Saf, pues el gigante herido siempre renace en otra forma. Aun así, ¿qué importa? Quizás –circunstancia desalentadora– el lugar en donde fue vencido, Gob, nos presentará por segunda vez el mismo terreno de batalla. ¿Qué importa si hemos de volver a entrar en las mismas huellas, justamente cuando creíamos haber acabado con una lucha desigual?

En este terreno, he aquí a Goliat, el antiguo enemigo, que vuelve a aparecer. “Hubo otra vez guerra en Gob contra los filisteos; en la cual Elhanán, hijo de Jaare-oregim de Belén, mató Goliat geteo, el asta de cuya lanza era como el rodillo de un telar” (v. 19). Entonces, ¿es que Goliat no fue vencido por David? No te inquietes por eso, no te asustes, Elhanán, héroe de “la gracia de Dios” b; este Goliat geteo es un falso Goliat que usa un nombre que engaña, un nombre de mentira. No es más que Lahmi su hermano (véase 1 Crónicas 20:5). ¡Pero lleva la misma lanza, como un rodillo de telar! (Véase 1 Samuel 17:7). Pregúntale, Elhanán, ¿dónde está su espada? Ha quedado en las manos de David, y allí quedará para siempre. La victoria, Elhanán, te está asegurada; para lograrla ni siquiera hace falta una piedra de honda que, por cierto, no sabrías manejar como tu rey. Lo que le vencerá es la confianza, es la humilde dependencia que has visto en David. Sí; sea como sea, la victoria es tuya; ¡es nuestra, porque es de El!

El último enemigo, monstruoso, formidable, no se nombra, pero este “también era descendiente del gigante”, “hombre de gran estatura, el cual tenía doce dedos en las manos, y otros doce en los pies, veinticuatro por todos” (v. 20). Como antiguamente Goliat, él “desafió a Israel” (v. 21; 1 Samuel 17:10). En la ausencia de Cristo, tenemos que combatir tanto por El cómo por su pueblo. Insultar al uno es insultar al otro. Tenemos hermanos cautivos del enemigo, como Lot, tristemente aliados como él con el mundo, a los cuales hay que “salvar, arrebatándolos del fuego… temor” (Judas 23). Pongámonos en la brecha, como Jonatán, hijo de Simea; mostremos, como él, que llevamos por gracia el nombre de “hermanos de David” (v. 21). Tengamos en el corazón, como él, los intereses de su pueblo.

Cuán penoso es oír decir: ¿En qué se mete usted? Estamos bien donde nos hallamos; usted nos hace la guerra. Porque los que hablan así se identifican con el enemigo que les subyuga y prefieren su servidumbre a la libertad que se les ofrece. Otra vez, ¿qué importa? Combatamos por ellos, matemos a ese poder formidable que desafía al pueblo de Dios. Un golpe más, este será el último. Una victoria más, y Jehová nos habrán librado de la mano de todos nuestros enemigos, ¡y podremos dirigirle a Él en paz, como David, las palabras de nuestro cántico!

  • a

    En la mayoría de las versiones dice “hijos del gigante” y no “hijo de los gigantes” como en RV 1960.

  • b

    Elhanán significa: la gracia de Dios.

El cántico de la liberación, capítulo 22

Llegamos aquí a la liberación definitiva de David. Todos su enemigos, de los cuales Saúl formaba parte (v. 1), han desaparecido. Este cántico que tendría lugar, históricamente, al principio del capítulo 7 (v. 1), se coloca aquí, porque el último de los adversarios de David y de su pueblo acaba de ser aniquilado (cap. 21:21), y porque, desde entonces, este poder hostil no alzará ya la cabeza. De hecho, estas palabras, que volvemos a encontrar en el Salmo 18, no pudieron ser pronunciadas en esa ocasión, ya que mencionan un tiempo en el cual David no estaba bajo la disciplina sino que, por gracia, había sido guardado de caer en medio de las persecuciones de su cruel enemigo. Pero, aun en estos tiempos de fuerza y de santidad que habían caracterizado el primer período de su carrera, nunca David habría podido aplicarse todas las palabras de este Salmo, como veremos. David era profeta; sus cantos proféticos salían de sus experiencias personales, pero no habrían sido proféticos si no hubiesen tenido a Cristo por objeto. En sus experiencias David es un reflejo de Cristo, y esto es un inmenso privilegio, pero ese reflejo no es más que la luz debilitada, una reproducción atenuada del modelo perfecto.

Este salmo se divide en tres partes:

La primera parte (v. 1-19) celebra la liberación de la mano de Saúl: 

Me libró de poderoso enemigo
(v. 18). 

Esta liberación recuerda la de Israel, salvado de la persecución de Faraón, a través del Mar Rojo: “Aparecieron los torrentes de las aguas, y quedaron al descubierto los cimientos del mundo; a la reprensión de Jehová, por el soplo del aliento de su nariz. Envió desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas” (v. 16-17). Sin embargo este cuadro no corresponde exactamente a la liberación de David por una parte, ni a la de Israel fuera de Egipto por otra parte. Se trata de un tiempo futuro y profético. Es la liberación del remanente del fin, cuando Dios intervendrá abierta y visiblemente en su favor (v. 8-15). Será llevado a las puertas del sepulcro, y entonces Dios se mostrará en su favor, y en un instante dispersará a sus enemigos. Antes de esta liberación el remanente aprenderá que su Mesías, el hijo de David, El solo ha atravesado estas angustias y las ha llevado, asociándose así con la angustia futura de su pueblo, para poder librarlo. David no ha podido realizar sino en una pequeña medida estas palabras, que nos hacen pensar en las angustias de Getsemaní: “Me rodearon ondas de muerte, y torrentes de perversidad me atemorizaron. Ligaduras del Seol me rodearon; tendieron sobre mí lazos de muerte” (v. 5-6).

La segunda parte del salmo (v. 20-30) es aún sorprendente, bajo este punto de vista, que la primera. La causa de la liberación de David es que Dios se complace en su ungido, según toda la perfección del carácter de este. Ahora bien, ni siquiera antes de su caída, y cuánto menos después, el carácter de David corresponde exactamente a estos versículos: “Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí. Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios. Pues todos sus decretos estuvieron delante de mí, y no me he apartado de sus estatutos. Fui recto para con él, y me he guardado de mi maldad; por lo cual me ha recompensado Jehová conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos delante de su vista. Con el misericordioso te mostrarás misericordioso, y recto para con el hombre íntegro. Limpio te mostrarás para con el limpio, y rígido serás para con el perverso” (v. 20-27). Celebra La perfección de otro: 

Me ha recompensado Jehová conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos delante de su vista. 

Solo Cristo podía dar motivo a su Padre para amarle y salvarle; pero su salvación ha venido a ser la de su pueblo (v. 28).

En la tercera parte del salmo (v. 31-51), David celebra lo que Dios ha hecho por él. Dios le ha respondido librándole de “las contiendas del pueblo” (lo que en la historia de David corresponde al cap. 20), y haciéndole “cabeza de las naciones” a la cuales había subyugado (v. 44). Los hijos de Amón, los filisteos, los sirios, Edom, todos tuvieron que doblegarse bajo su yugo. Pero ¡cómo nos habla todo eso de Uno más grande que David! El sale de la prueba para ser declarado rey de Israel y jefe de las naciones. “Los hijos de extraños” se someterán a él (v. 45). Dios venga sus agravios, y sujeta pueblos debajo de él (v. 48); le exalta sobre los que se levantan contra él (v. 49; véase Salmo 2:2, 6)

Con todo, también David podía celebrar estas cosas con un corazón lleno de agradecimiento. La gracia descansaba entonces sobre él, a causa de la integridad y de la perfección de su conducta. Había llegado al final del camino de las dificultades, y este camino era el de la marcha con Dios. Celebraba con un corazón tranquilo y gozoso la liberación que la gracia concede a la fidelidad. Del lado de David todos es gozo, libertad, poder, acciones de gracias; del lado de Dios todo es favor y gracia.

¿Qué encontraremos en el capítulo siguiente, donde se trata de la responsabilidad del rey?

Las últimas palabras de David, capítulo 23:1-7

He aquí las palabras que terminan la carrera de David. En vísperas de su muerte, considera el resultado de toda su vida como rey favorecido por Dios, pero responsable. Esta vida abarca todas sus experiencias, su caída y la disciplina que fue su consecuencia. En el momento de dejar el mundo, sus miradas se dirigen hacia atrás, hacia adelante, a su alrededor, y su vista es más clara de lo que jamás ha sido. Vuelve a ver el pasado, considera el presente y contempla el porvenir, y aprendemos lo que piensa de todo eso, iluminado por la enseñanza y la inspiración del Espíritu de Dios.

El versículo 1 no pertenece a las últimas palabras de David. Nos presenta solemnemente y como algo muy importante, lo que caracterizaba al hombre que las pronunció. El primer punto es que, para pronunciarlas, estaba inspirado por Dios. La palabra “dijo”, repetida dos veces, significa que David hablaba en oráculos (palabras de Dios). Estaba, pues, inspirado en las cuatro aceptaciones que este versículo nos describe: como “hijo de Isaí”, en el humilde carácter de su descendencia humana; como el “varón que fue levantado en alto”, en el carácter que Dios le ha dado al levantarle como hombre; como “el ungido del Dios de Jacob”, en su carácter de rey sobre Israel, el pueblo de las promesas; por fin, como 

el dulce cantor de Israel, 

en su carácter de profeta que trae la gracia a su pueblo.

¿Cuáles son ahora las palabras de este hombre que Dios acaba de describirnos? Primero dio testimonio de que era el Espíritu de Dios quien había hablado por él. “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua” (v. 2). Luego, que Dios le había comunicado directamente sus pensamientos para Israel, su pueblo: “El Dios de Israel ha dicho, me habló la Roca de Israel” (v. 3). Tenemos aquí la autoridad divina y solemne, al mismo tiempo que la afirmación más nítida de lo que es la inspiración. Esta emplea al hombre, al hombre completo, y sirve, para expresarse, de todos los caracteres de este instrumento humano. Si este dice, es como oráculo; si habla, es que Jehová ha hablado por él. Él no ha mezclado nada que fuese de sí mismo: “Su palabra ha estado en mi lengua”. Dios emplea del hombre lo que quiere para presentar sus pensamientos en la integridad absoluta de su Palabra. Pero si Dios habla por David, también le habla a David: “Me habló la Roca de Israel”. Lo que ha dicho forma parte del tesoro de sus experiencias personales.

¿Qué nos comunicará esta palabra, tan maravillosamente conservada? Lo hemos dicho, y lo vamos a ver: el pasado y el porvenir: El pasado soy yo, es mi historia; el presente es la gracia; el porvenir es Cristo, es la gloria.

No obstante, el primer objeto que Dios presenta a David y por medio de él, no es él mismo, es decir su pasado, sino Cristo, es decir su porvenir, y el nuestro con Él. Sin duda David anunciaba aquí, como porvenir inmediato, el reinado de Salomón; pero en realidad Salomón no ha respondido en absoluto a la espléndida descripción que se nos hace aquí del futuro rey de gloria. Era, como siempre, una profecía de Cristo. El porvenir es el asunto inmediato en los pensamientos de Dios y lo debe ser también en los nuestros, como lo era en los días de David. ¡Qué maravillosa revelación del carácter del verdadero rey! 

Habrá en justo que gobierne entre los hombres, que gobierne en el temor de Dios. Será como la luz de la mañana, como el resplandor del sol en una mañana sin nubes
(v. 3-4). 

¡Cómo está todo fresco, nuevo, joven, inmaculado, en esta gloria, en este resplandor del sol de justicia! Será el comienzo de una era de felicidad completa. ¿Quién no ha asistido, en una mañana de primavera, a la salida del sol en un cielo de perfecta pureza? ¿Quién no ha sentido dilatar su corazón, lleno de este frescor y de esta paz inefable? La belleza de esta aparición nos encanta; nada viene a turbar este gozo; ni una mancha negra en el horizonte; parece que la posibilidad de una tormenta ha pasado para siempre; uno vive, uno disfruta sin reservas este espectáculo: ¡una mañana sin nubes!

Pero la salida del sol ofrece todavía otra cosa que el resplandor de este astro en un cielo puro: 

que hace brotar la hierba de la tierra después de la lluvia
(v. 4 a). 

La tierra renovada nos parece como resucitada por su resplandor. Se dice de Salomón, figura de Cristo: “Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada, como el rocío que destila sobre la tierra” (Salmo 72:6; véase Deuteronomio 32:2, Proverbios 19:12, Isaías 66:14, Miqueas 5:7). Los hombres, su pueblo, son penetrados de sus rayos. La hierba segada por el juicio cederá su lugar a la hierba nueva, que será el remanente, un pueblo de libre voluntad. El resplandor del sol de justicia la hará crecer, después de que haya bajado, con abundancia de bendiciones como la lluvia refrescante, sobre su pueblo humillado. “Desde el seno de la aurora” tiene el rocío de su juventud (Salmo 110:3).

Es, pues, la aparición de la gloria de Cristo, su gozo y su esperanza, lo que precede a todo otro pensamiento en el corazón de los que le conocen y le aman.

Al ver esa gloria, ahora David vuelve sobre sí mismo y su historia. Es como si dijera: He aquí lo que debería haber sido y lo que será otro; he aquí lo que debería haber sido y lo que será otro; he aquí ahora lo que soy: “No es así mi casa para con Dios” (v. 5). ¡Ay! Para escribir esta historia de humillación y de vergüenza, y para leerla, pocas palabras son necesarias. Pero uno ve aquí David, en presencia de la muerte, ya no tenía más que aprender. No tiene ninguna confianza en sí mismo, ni en su casa, y los condena tanto el uno como la otra. ¿No son éstas las palabras del patriarca: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9)? Esto vale para el pasado. David no había respondido a lo que Dios esperaba de él, ni había mostrado lo que debía ser el “justo gobernador de los hombres”.

Pero una cosa quedaba, establecida para el presente y para la eternidad: 

Él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado
(v. 5). 

El presente es la gracia, lo que Dios ha hecho para David, a pesar de lo que David ha sido. “Será dicho… ¡Lo que ha hecho Dios!” (Números 23:23). El pacto de Dios es eterno, seguro. Es un nuevo pacto, puesto que el antiguo estaba bien ordenado, pero no seguro, ni eterno, por causa de la responsabilidad del hombre. Dios buscó en sí mismo un motivo para el nuevo pacto; en este el hombre no entra como parte contratante. Por eso puede durar y no terminar nunca. David descansa en lo que Dios ha hecho: “Aunque todavía no haga él florecer toda mi salvación y mi deseo” (v. 5). No florece ahora este pacto: florecerá con un pueblo nuevo (v. 4). Para que pueda florecer, y sea introducida la plena bendición, es preciso primero que el juicio sea ejecutado, que “los impíos sean todos ellos como espinos arrancados… son del todo quemados en su lugar” (v. 6-7); pero David puede apoyarse firmemente en este pacto y en las promesas de Dios.

Siempre se vuelve a encontrar las tres cosas de las cuales acabamos de hablar, en un alma que se mantiene en la presencia del Señor. ¿No han resplandecido con todo su fulgor, incluso en un ladrón en la cruz? Este hombre se juzgaba a sí mismo al reconocer la justicia del juicio de Dios: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos”. Tomaba como medida lo que Cristo había sido: “Mas este ningún mal hizo”. Contaba con su gracia: “Acuérdate de mí” y, contemplando su gloria futura, añadía: “cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:39-43).

  • a

    Nota del Traductor: Esta parece ser una mejor traducción de esta parte.

Los valientes de David, capítulo 23:8-39

Después de las últimas palabras de David, Dios nos muestra que guarda memoria de los valientes, los compañeros de su ungido hasta el establecimiento definitivo de su reinado. Otros hombres abnegados, como Itai, como Sobi, se encontraron en su camino cuando huía de Jerusalén, pero los que son mencionados aquí eran los asociados de la primera hora. Así se distinguían los discípulos por haber acompañado al Señor “todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía con ellos” (Lucas 22:28-29; Hechos 1:21). Es también así como serán distinguidos los que le habrán seguido mientras el mundo le rechaza y le menosprecia.

Estos hombres aquí suman el número de treinta y siete (véase 1 Crónicas 11 y 12).

Joab, que tenía un sitio preponderante como jefe del ejército, hasta el fin del reinado, queda excluido de los valientes. Tal vez había hecho más hazañas que todos los otros; en él había mucho valor y aun cierto apego exterior al rey, pero estas cualidades en sí mismas no dan un sitio en el registro de Dios; si fuera así, la Palabra enumeraría a casi todos los grandes héroes de la humanidad. El Salmo 87 nos informa lo que Dios entiende por hombres valientes: “Yo me acordaré de Rahab (Egipto) y de Babilonia entre los que me conocen; he aquí Filistea y Tiro, con Etiopía; este nació allá” (Salmo 87:4). La gloria de estos héroes de las naciones había pasado y no permaneció más allá de su corta existencia, aunque hubiesen llenado la tierra con el ruido de su nombre. “Y de Sion se dirá: Este y aquel han nacido en ella, y el Altísimo mismo la establecerá”. Tal era el carácter de los valientes de David: eran considerados como si pertenecieran por su origen a la ciudad de la gracia real. Pero el Espíritu añade: “Jehová contará al inscribir a los pueblos: Este nació allí” (v. 6). A pesar de todos los “este” anteriores, cuando el registro de las naciones sea abierto ante Jehová, no será hallado más que uno, uno solo, el Hombre de su diestra, que merecerá tener su origen en Sion. Los jefes de las naciones han tenido su día, y su gloria se ha desvanecido como humo; Este dominará sobre todos los pueblos, el punto de partida y el centro de su reino estarán en Jerusalén, y “todas las fuentes” de los suyos estarán en El (v. 7). Pero sus valientes, “este y aquel”, estarán asociados con Él en su reino.

Lo que caracterizaba a los hombres de David era, pues, la asociación que la gracia les había dado con el ungido de Jehová. Joab nunca había tenido tal relación; esto nos lo ha mostrado ampliamente este libro. Se buscaba a sí mismo al servir a David, y nunca sus actos tuvieron por punto de partida la comunión con su jefe. Su nombre se pasa en silencio.

Entre los valientes, la Palabra cita en primer lugar a tres de ellos que fueron honrados más que todos los otros. ¿Cuál fue la causa de este honor? Estos hombres habían dado pruebas de una energía perseverante para procurar la liberación del pueblo de Dios, pero en el combate no se apoyaban en sí mismos; era Jehová quien operaba la liberación por medio de ellos. “Jehová dio una gran victoria”, se repite por dos veces en los versículos 10 y 12.

¿De dónde provenía su perseverancia? Si hubiesen estado solos ciertamente se habrían debilitado, pero los tres estaban “con David” y ante sus ojos (v. 9) durante el combate. Él les infundía el valor y la paciencia del esfuerzo. Le habían tomado por modelo a él, quien podía decir: “Contigo desbarataré ejércitos”; “quien adiestra mis manos para la batalla, de manera que se doble el arco de bronce con mis brazos”; y además: “Perseguiré a mis enemigos, y los destruiré, y no volveré hasta acabarlos” (cap. 22:30, 35, 38).

¿Contra cuál enemigo luchaban estos hombres valientes? El filisteo, el enemigo de adentro, como lo hemos visto tantas veces en el curso de estas meditaciones. No hay enemigo más peligroso que ese; los egipcios, los moabitas eran menos temibles que aquellos quienes, viviendo dentro de los límites de Israel, se oponían continuamente a la posesión apacible del país que Dios le había dado como herencia.

Estos tres hombres no habían flaqueado en esta lucha. El primero, Joseb-basebet, había levantado su lanza contra ochocientos hombres a; los había matado de una vez y no se había detenido sino por falta de combatientes. De ahí su preeminencia, porque su nombre se traduce: “aquel que está sentado en el primer sitio”.

El segundo, Eleazar hijo de Dodo, combatió solo en presencia de los hombres de Israel. No esperaba de ellos ningún socorro, pues no se apoyaba en la fuerza del hombre. Le bastaba estar con David (v. 9) para desafiar a los filisteos. Los hiere y no para hasta que “su mano se cansó” (v. 10). Puede haber límites en el combate de la fe, ya que Dios se vale de instrumentos imperfectos, sujetos a alcanzar el límite de sus fuerzas; pero la perseverancia de Eleazar fue tal que “quedó pegada su mano a la espada” (v. 10), y le fue imposible separarla del arma que había manejado. ¡Que la victoria de Eleazar sea también la nuestra! Nuestras armas no son carnales; tenemos la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios. Sirvámonos de ella de modo que, por así decirlo, nos confundamos con ella, incluso después del combate. Que este tenga siempre por efecto el de hacernos apreciar más la Palabra, de modo que nos resulte imposible despegarnos de ella.

El tercero de estos hombres fue Sama hijo de Age, ararita. Bajo Eleazar, el pueblo había subido bastante flojamente, parece, ya que había vuelto en pos de Eleazar “tan solo para recoger el botín” (v. 10). Aquí, el pueblo “había huido delante de los filisteos” (v. 11). El objeto de su contienda era “un pequeño terreno lleno de lentejas”, una parte muy pequeña de la herencia que Dios había dado a Israel, pero que contenía alimento para este pueblo. El enemigo procuraba quitarle el campo y su cosecha. Sama (y los otros dos con él, 1 Crónicas 11:14) se había parado en medio del campo y lo había conservado para el pueblo de Dios. Este hecho habla a nuestras conciencias. Nuestra herencia y nuestro “pequeño terreno” son celestiales, y hemos de defenderlos al mismo tiempo que al alimento celestial, la Palabra, que Dios nos ha confiado. El pueblo de Dios huye cobardemente delante del enemigo al reconocer, para vergüenza suya, los derechos de la incredulidad de aniquilar la Palabra de Dios. Seamos como Sama; defendámosla sin temor para los santos, puesto que estamos con David. Contemos con Dios, quien dará “una gran victoria”.

Los versículos 13 al 17 presentan una segunda serie de tres jefes. No son nombrados, por alguna razón, en el acto que estos versículos relatan, pero luego lo son a continuación en sus hazañas. ¿Por qué esta noble omisión de sus nombres en el relato de su hazaña? Es que aquí tampoco se trata de la energía y de la perseverancia, sino de la abnegación de la fe. Pues bien, esta abnegación es evidente para el corazón de los siervos que conocen y aprecian a su Amo. Por naturaleza, la abnegación es algo desconocido. ¿Qué hombre tiene derecho de jactarse de ella? Nuestro David rechazado, invisible para el mundo, ¿tiene o no derecho a nuestra abnegación por la todopoderosa perfección de su carácter? Conocerle es amarle. Estos tres visitantes de la cueva de Adulam se habían adherido inmediatamente a él. Un simple deseo de su rey bastaba para hacerles atravesar todos los obstáculos, sin tener en cuenta su vida, para poderle satisfacer. Su afecto, mucho más que su energía, fue puesto a prueba así. El peligro no les espantaba cuando se trataba de ir a sacar una gota de agua del pozo de Belén, porque su muy amado tenía sed en el tiempo de la siega. Incluso si hubieran sucumbido como consecuencia de esta empresa, no habrían pagado demasiado caro lo que podía ofrecer una satisfacción, aun pasajera, a David. Dios consigna esta abnegación en su libro; el rey lo aprecia, pero no quiere beneficiarse de ello: “¿He de beber yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida?” (v. 17). Si provoca la abnegación de los suyos, su carácter es el de dedicarse a ellos. El agua que le ha sido ofrecido tan solo pasa por sus manos para ser presentada por libación “para Jehová” (v. 16), ya que todo lo que se hace para Cristo es hecho para Dios, y Dios lo acepta, ofrecido por Cristo, como sacrificio excelente. Un simple vaso de agua dado a “uno de estos pequeñitos” por amor a Cristo, pasa de su corazón al corazón de Dios mismo.

Las hazañas de estos tres hombres no igualan a las de los tres primeros. Primero tenemos a Abisai quien, como Joseb-basebet, levanta su lanza contra trescientos hombres a quien mató, pero no tenía la misma perseverancia de fe (v. 18-19).

Encontramos luego a Benaía, hijo de Joiada. Pelea contra los enemigos de afuera, Moab y Egipto. Hiere a dos héroes de Moab b. Como David, lucha contra un león a solas; mata al egipcio, como David había matado a Goliat; y, tal como David se había apoderado de la espada del gigante para decapitarle, Benaía da muerte al egipcio con su propia lanza. Benaía marcha fielmente en los pasos de su amo, y su gran afecto por él l lleva a reproducir los rasgos de su modelo. Semejante marcha encuentra su recompensa: “Los puso David como jefe de su guardia personal” (v. 23); sitio de confianza, de intimidad y de comunión. Benaía comparte los secretos de su amo, recibe la comunicación de sus proyectos y en todo momento ve la faz del rey. ¡Qué porción bienaventurada! Si amamos al Señor Jesús para seguirle en obediencia y servirle, seremos recompensados por una proximidad semejante a la de Juan, el discípulo amado, cuyo sitio era en el seno de Jesús.

Asael no tiene mención especial. Había podido hacer alguna hazaña, pero su confianza en sí mismo y en su agilidad le hicieron perder temprano su carrera en su encuentro con Abner (cap. 2:18-23).

Encontramos por fin a los “treinta”, menos célebres que los seis precedentes, aunque el Señor no olvida a ninguno de los suyos. Cuando David repasaba la lista de sus servidores, con qué dolor habría de detener sus ojos sobre el nombre de Urías heteo que la termina. Estaba entre los valientes, y no era el menor de estos corazones consagrados al rey y a su pueblo. ¡Y David le había inmolado para satisfacer una de sus codicias! Su nombre quedaba allí como testimonio contra aquel a quien había servido. Este solo nombre de Urías recordaba a David todo su pasado de vergüenza y de castigo; pero, condenándose a sí mismo y exaltando la gracia que le había restaurado, nunca habría soñado en borrar este nombre del libro en donde quedaba registrado.

Para terminar, puede ser de algún interés dar aquí las razones para ver en Abisai, Benaía y Asael los tres jefes del versículo 13. Se dice en el versículo 17: “Los tres valientes hicieron esto”; y en el versículo 22: 

Y ganó renombre con los tres valientes. 

Es preciso, además, fijarnos en que cuando dice, en el versículo 23, que Benaía “fue renombrado entre los treinta”, estos treinta resultan ser treinta y dos en los versículos 24 al 39. Si de estos se elimina a Asael que “fue de los treinta” (v. 24) pero completaba el número tres con Abisai y Benaía, y si se pone aparte a Urías heteo, tan notablemente colocado al final de la lista mientras que 1 Crónicas 11 le mezcla con los otros, se encuentra “los treinta”; pero, como lo hemos dicho, su número completo es de treinta y siete. 1 Crónicas 11 y 12 cita de ellos, por otro motivo, un número más grande.

  • a

    Aquí hay una dificultad de traducción, tal vez también algún error de copista (compárese el cap. 23:8 con 1 Crónicas 11:11).

  • b

    “Dos ariel" o leones de Dios, héroes.

Moriah, capítulo 24

El segundo libro de Samuel termina por la más maravillosa revelación de la obra redentora que haya sido dada bajo la dispensación de la ley.

La Palabra nos dice que “volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel” (v. 1). No nos revela en qué ocasión; pero hemos visto, en el capítulo 21, que los hechos transcurridos hace mucho tiempo permanecen delante de Dios, cuando se trata del castigo o de la disciplina de su pecado. David fue el instrumento de este castigo: “Jehová… había incitado a David contra ellos, con decirle: ¡Anda, toma la cuenta de Israel y de Judá!” (V. M.). Encontramos en 1 Crónicas 21:1 que, como en el caso de Job, Satanás fue el agente empleado contra el pueblo y para seducir a David. “El acusador de los hermanos” hubiera querido que Dios maldijese a su pueblo y a su príncipe; no podía saber que Dios le emplearía como siervo involuntario de sus designios para la bendición final y el triunfo de sus elegidos.

Uno podría preguntarse en qué el censo del pueblo era tan contrario a los pensamientos de Jehová, puesto que, desde la salida de Egipto, varios censos de los hombres aptos de Israel habían sido ordenados y aprobados por Dios.

El primer censo que se menciona (Éxodo 38:25-27), tenía por propósito recoger la plata (se elevaba a medio siclo por cabeza) destinada a formar las bazas de las columnas del tabernáculo; tuvo, pues, lugar para Jehová y en vista de su culto.

El segundo censo (Números 1-3) estaba destinado a establecer el número de hombres aptos para la guerra, en el momento en el cual Israel iba a entrar en conflicto con el enemigo. Esto era según Dios; era preciso que cada israelita, de veinte años arriba, entendiese su responsabilidad personal en los combates de Jehová.

Un censo suplementario (Números 3:40) fue ordenado respecto a los primogénitos, desde la edad de un mes arriba. Los levitas sustituyeron a estos para pertenecer a Jehová. Los que excedían al número de los levitas tuvieron que ser redimidos, y el dinero de su rescate se entregó a Aarón y a sus hijos.

La Palabra menciona un tercer censo (Números 26:2, 52-65) de los que eran propios para el servicio militar, en vista del repartimiento de la tierra. Aquí el censo era aún más importante, puesto que cada familia veía disminuir o aumentar su herencia en Canaán según el número de sus hijos.

El censo de nuestro capítulo no tenía ninguna de estas características. Edificado el tabernáculo, Leví sustituyendo a los primogénitos, conquistada en gran parte la herencia, quedaban los hombres aptos para la guerra, pero Dios “había librado (a David) de la mano de todos sus enemigos” (cap 22:1). ¿Por qué tenía necesidad de conocer el número de sus guerreros? Su propósito, le dijo a Joab, era “saber el número de la gente” (v. 2). A instigación de Satanás, el corazón de este rey piadoso sufría hacia el final de su vida una tentación muy contraria a su carácter. David siempre había sido un hombre humilde delante de Jehová (cap. 7:18) y delante de los hombres (1 Samuel 26:20). Parecía que no tuviese necesidad de guardarse del orgullo. Antiguamente, la codicia de los ojos y de la carne le había arrastrado, y había sido castigado severamente por ello; ahora, tentado por el orgullo de la vida, no resiste al deseo de darse cuenta a sus propias fuerzas, para saber en qué medida puede apoyarse en ellas. El castigo le alcanza para enseñarle que no puede y no debe contar sino solo con Dios.

Joab reprocha a su amo. Este hombre, que nunca se había juzgado, condena al hombre de Dios. La palabra del rey le “era abominable” (1 Crónicas 21:6). ¡Qué vergüenza para un David ser reprendido por un Joab! No se puede descubrir más que una sola causa por la repugnancia de este por obedecer las órdenes del rey: no había beneficio que sacar de este acto, ni ventaja en desafiar a Dios. Nunca Joab lo había hecho sino cuando podía sacar un beneficio para sí y cuando peligraban sus intereses. ¿Por qué, pues, había de cometer David este acto profano e inútil?

Prevalece el deseo del rey. Durante más de nueve meses Joab y sus jefes del ejército se dedican al censo, y durante estos nueve meses la conciencia de David no habla; pero, en cuanto ha obtenido el fruto de su deseo, le haya un sabor amargo. ¡Tanta molestia desperdiciada por un objeto tan miserable! Y todavía faltaba algo, pues ni Leví ni Benjamín habían sido censados. Ante este resultado incompleto, David debía sentir doblemente la locura de su persecución.

Nosotros tenemos las mismas experiencias que él. Satanás nos engaña por las codicias. Nunca la posesión de un objeto puede saciar el corazón de un hijo de Dios, porque no puede hacer callar su conciencia. El hombre del mundo no encuentra más satisfacción que el cristiano, pero se lanza al perseguimiento de objetos nuevos por medio de los cuales espera llenar el vacío que experimenta. Se despierta espantado, vacías las manos, vacío el corazón, imagen de la miseria moral, habiendo perdido la comunión con Dios y el disfrute del cielo, y sin haber ganado el de la tierra. Su conciencia le reprende, y llega a Dios lleno de arrepentimiento. ¡Ah! ¡Cuánto quisiera David borrar ahora estos nueve meses funestos! No lo puede. Entonces se aferra al único recurso que le queda y se dirige a Jehová:

Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque yo he hecho muy neciamente
(v. 10). 

Había visto, en otra ocasión, cuanto costaba ofender la santidad de Dios. ¿Iba a caer un nuevo juicio sobre él? Las consecuencias de su acto le dan miedo, pero demasiado tarde; deberían haberle espantado antes de emprender este camino. Su arrepentimiento no puede hacer al mal menos culpable ni menos digno de juicio; no puede expiar su pecado, ni librarle de sus consecuencias. ¿Qué le queda, pues, a David? Sufrir el juicio que hubiera querido evitar.

Pero aquí se muestra su fe. Jehová, por boca de Gad, pone delante de él tres alternativas; escoge la última. La espada de Jehová, esta espada de dos filos, le es más tranquilizadora que la espada del hombre, porque conoce a Dios. ¿Acaso no ha aprendido, en su larga carrera de dolores, pruebas y combates, que 

sus misericordias son muchas
(v. 14)?

Se entrega en las manos de la justicia, porque sabe que esta es inseparable de la misericordia. David se ve “en grande angustia” (v. 14), como el remanente de Israel al final, pero sabe que puede contar con la gracia de Dios (véase cap. 12:13).

La peste hace estragos; el ángel ha atacado de norte a sur, desde hasta Beerseba (v. 15), en toda la esfera del censo (véase v. 7); llega a Jerusalén, extiende su espada sobre la ciudad muy amada (1 Crónicas 21:16). En este momento, “Dios se arrepiente” y detiene la mano del ángel. No la detiene a causa del arrepentimiento de David, sino a causa de su propio arrepentimiento. Su juicio cede el paso a su gracia, sin que uno ni otro sea debilitado o sacrificado.

Pero antes David interviene como intercesor y como árbitro entre Dios y el pueblo: “Yo pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre” (v. 17). Toma el juicio sobre sí y se pone en la brecha, para que las ovejas sean guardadas; se carga a sí mismo con el pecado y con la iniquidad; pero, ¡ay! Este pecado era su pecado, este juicio lo había merecido. Otro, un solo árbitro llevó nuestros pecados sin tener ninguno y, haciéndoles suyos, puso su vida por sus ovejas, diciendo: “Si me buscáis a mí, dejad ir a estos” (Juan 18:8).

Ahora se presenta un tercer gran hecho. El primero era la gracia; el segundo, la intervención de un árbitro entre Dios y los hombres; el tercero es el sacrificio. Es la misericordia por una parte, y el sacrificio por la otra, lo que para el juicio definitivo, y el verdadero árbitro puede levantarse y decir: “Yo he hallado el rescate” (Job 33:24, V. M.). Jerusalén, la ciudad de la gracia es perdonada, pero no puede serlo sino por el sacrificio expiatorio ofrecido en Moriah, en la era de Ornán jebuseo (2 Crónicas 3:1)

Moriah era el lugar histórico en donde Abraham había ofrecido a Isaac a (Génesis 22:2). Es en este monte de Jehová donde “fue provisto”. ¡Cuánto más, cuando el pecado de Israel y de su rey había suscitado contra el pueblo el juicio de Jehová! Ahora se había provisto por un sacrificio que no le costaba nada al pueblo, pero cuyo precio completo lo pagaba David. Se ha provisto de un modo mucho más perfecto en este mismo monte donde Cristo ha sido crucificado por nosotros.

Dios, quien en otro tiempo había provisto la víctima para el holocausto, acepta el sacrificio, después de haber previsto su eficacia, y así la gracia soberana, reinado en justicia, manifestada como tal en la cruz, viene a ser el medio de acercamiento para Israel. El antiguo tabernáculo es abandonado con su altar; solo el arca queda en el monte Sion. Empieza un nuevo orden de cosas. El sistema de la ley es dejado de lado como caducado; la libre gracia, que provee el sacrificio, vale más que todo lo que el hombre podría ofrecer. Es allí donde Jehová responde a las necesidades de cada pobre pecador, allí también donde el creyente ofrece sacrificios y adora (véase 1 Crónicas 22:1). ¡Ya no es el tabernáculo de Moisés sino lo era de un jebuseo, extranjero a las promesas, lo que viene a ser el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo!

  • a

    El hecho ha sido discutido por la crítica moderna pero sus objeciones no tienen valor.