2 Samuel
2 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 2 Samuel

Pedir en la tienda

Realeza sobre Israel, capítulos 5-10

David antes de su caída, capítulos 5-10

La fortaleza de Sion, capítulo 5:1-10

Por espíritu de venganza contra Is-boset, Abner había recomendado a David a las once tribus: “Jehová ha hablado a David, diciendo: Por la mano de mi siervo David libraré a mi pueblo Israel de mano de los filisteos, y de mano de todos sus enemigos” (cap. 3:18). Abner era, en cierto sentido, el mensajero de Jehová para volver a traer su ungido el corazón del pueblo; pero había un abismo entre sus funciones y su estado moral. Debemos sacar de ello una lección para nosotros mismos. Dios puede obrar por un hombre que anuncia unas verdades según Dios aun cuando su corazón no tenga relación alguna con El. Convenía que Israel prestase oído a las palabras de Abner, pero no me tomaste afecto a su persona. Cuando escuchamos a los que presentan la Palabra de Dios, es preciso que tengamos cuidado en distinguir la persona de lo que esta anuncia, y no atribuirle una importancia que tan solo pertenece a las Escrituras. Es algo muy bueno si podemos comprobar que la conducta de aquel que habla es consecuente con su doctrina y no se separa de ella. Este era el caso de Timoteo con respecto al apóstol Pablo; había podido comprender y seguir su doctrina, su conducta (2 Timoteo 3:10), cómo estas dos cosas estaban de acuerdo en el gran apóstol de los gentiles. Bueno es insistir sobre este punto: el don es distinto del estado moral. Cuando un hombre tiene un don, es necesario que se juzgue continuamente ante Dios, para poner su estado moral en la consonancia con lo que se le ha confiado. Si hay un gran peligro para los oyentes, de seguir al hombre por causa de su don, hay un peligro por igual para el que habla, de obrar sin que su corazón y su marcha estén en relación con las verdades que presenta.

De hecho, las palabras de Abner no tuvieron ningún resultado real para el pueblo, porque el Espíritu de Dios nos obraba en los corazones. No cambiaron en nada su conducta hasta que Is-boset hubo sido suprimido, y solamente cuando su apoyo les fue quitado “vinieron todas las tribus de Israel a David en Hebrón” (v. 1).

El estado de las tribus tiene algo notable: que sabían y siempre habían sabido lo que Dios pensaba de David. El pueblo dice: “Antes de ahora, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien sacabas a Israel a la guerra y lo volvías a traer. Además Jehová te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, y tú serás príncipe sobre Israel” (v. 2). Eso lo sabían perfectamente, pero este conocimiento no ejercía ninguna acción sobre sus conciencias. El mismo fenómeno se produce hoy entre los cristianos. La Palabra de Dios les es familiar; conocen los pensamientos respecto a su Hijo y a su Iglesia pero estas verdades permanecen sin resultado práctico para ellos. Ellas no han bajado a sus conciencias. Es allí donde hay que buscar la principal razón de las divisiones entre los hijos de Dios. Uno sigue una secta, el otro otra; uno acepta tal doctrina, el otro tal doctrina contraria; uno recurre a un hombre, el otro a otro hombre. Estas divergencias no provienen tanto del estado de su conocimiento como del de su conciencia, y no sienten la necesidad de andar según la verdad que conocen.

Los tres primeros versículos de nuestro capítulo nos muestran que a Israel le faltaba todavía otra cosa. No tenían afecto por David; su afecto era para Is-boset. Cuando el corazón está de parte del mundo, no puede estar de parte del hombre según Dios. ¿Cómo reunir a los cristianos en torno a Cristo cuando sus pensamientos están en las cosas de la tierra, y la gracia y la belleza del Señor no han alcanzado sus corazones? Su persona tiene poco valor para un corazón dividido; este no la busca. Pero si las conciencias son alcanzadas, los corazones lo serán pronto: “Henos aquí, hueso tuyo y carne tuya somos” (v. 1). Ahora estos israelitas proclaman su relación con David; la conocían bien pero no la reconocían como un hecho que dominaba todo lo demás. Entonces vuelven a recordar repentinamente lo que Dios había dicho respecto a su muy amado. Cuando el espíritu empieza a obrar en las almas, la conciencia habla, el corazón se dirige hacia Cristo, y uno es llevado a reconocer su soberanía y sus derechos. 

Ungieron a David por rey sobre Israel
(v. 3). 
 

David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová, 

y por este pacto él reconoce a Israel como su pueblo de ahí en adelante.

Este capítulo comienza el segundo período del reinado de David. En adelante será rey sobre todo Israel en Jerusalén. El espíritu Santo acentúa esta distinción en el versículo 5: “En Hebrón reinó sobre Judá siete años y seis meses, y en Jerusalén reinó treinta y tres sobre todo Israel y Judá”.

Lo mismo sucederá en cuanto a Cristo: como historia típica del establecimiento de su reinado, este libro, comenta por la profecía, es de interés particular. No se trata en el segundo libro de Samuel, repitámoslo, de la realeza establecida (no lo será hasta Salomón) sino del establecimiento de la realeza con David, lo que es otra cosa. Encontramos, pues, aquí los caminos de Dios para fundar el trono de David, congregar en torno suyo a las doce tribus, y someter las naciones a él, subyugando a sus enemigos.

Habiendo sido reconocido David como rey sobre todo Israel, uno ve desarrollarse una serie de acontecimientos en relación con esta proclamación.

El primero de estos acontecimientos es de importancia capital (v. 6-9). A menudo, hechos de inmenso alcance se ven tratados por la Palabra en unos cuantos versículos. No podemos medir el valor que presta Dios a cierto acontecimiento por lo largo del relato. Un corto paréntesis contiene a veces una cantidad infinita de verdades, por ejemplo el del primer capítulo a los Efesios, que desarrolla los consejos de Dios con respecto a Cristo y la Iglesia (Efesios 1:20-23). Igualmente, los tres primeros versículos de Apocalipsis 21 nos hacen entrar en todas las glorias de la eternidad. Y todavía, el Salmo 23 nos da en seis versículos toda la vida, toda la conducta, todas las experiencias del creyente sobre la tierra, desde la cruz hasta la introducción en la casa de Jehová. Se podría multiplicar hasta el infinito estos ejemplos. Encontramos uno en el pasaje que nos ocupa. Se trata de la toma de Jerusalén. Es el principio de un modo de obrar completamente nuevo de parte de Dios: es el establecimiento de su gracia en la persona del rey, el poder unido a la gracia para cumplir las intenciones de Dios, cuando, del lado del hombre, todo ha fallado.

El libro de los Jueces y el primer libro de Samuel (sin hablar de los libros de Moisés) nos han presentado esta verdad: la ruina completa, en las manos del hombre, de todo lo que Dios había confiado a la responsabilidad de este. Israel, puesto bajo la ley, estaba arruinado como pueblo, arruinados los jueces, arruinado el sacerdocio, arruinada la realeza según la carne; todo esto había terminado definitivamente. En presencia de todas estas ruinas, “¡lo que ha hecho Dios!” (Números 23:23). Su gracia se manifiesta cuando el fin de la historia del pueblo bajo la ley ya es manifestado; no sería gracia si no se ocupase de seres caídos. Su plenitud resplandece cuando la historia del pueblo responsable ha terminado en una ruina irremediable. Dios escoge el momento en que es proclamada la realeza según su corazón, para ocupar a Jerusalén y darla a David.

¿Qué razón tenía Dios para interesarse en este lugar más que en otro? Ninguna, sino por haber amado a esta ciudad que estaba en poder de los jebuseos, enemigos de Jehová y de su ungido. Pero su corazón estaba ligado con este lugar, pues quería establecer allí definitivamente el trono de su gracia aquí en la tierra. “Porque Jehová ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí: Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque la he querido” (Salmo 132:13-14). “Su cimiento está en el monte santo. Ama Jehová las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” (Salmo 87:1-2).

He aquí lo que Dios dice de Sion: la amaba. Cuando sus ojos recorrían la tierra, se detuvieron en este sitio particular para hacer de él su habitación. “¿Por qué observáis, oh montes altos, al monte que deseó Dios para su morada? Ciertamente Jehová habitará en él para siempre” (Salmo 68:16). Es, pues, el lugar escogido por Dios, el lugar de su gusto, porque introduce y establece allí a su rey de gracia. ¿Acaso no es allí también donde el Hijo de David debía colocar el fundamento de la salvación eterna? Jesús, la raíz de David, es el Rey de gracia cuando todo está arruinado, así como Jesús, la posteridad de David, el verdadero Salomón, será el Rey de gloria.

El monte de Sion ofrece el contraste más absoluto con el de Sinaí. En Hebreos 12:22 el apóstol dice a los judíos, libertados de la ley y ahora cristianos: “Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”: Es un cambio absoluto en los caminos de Dios para con Israel. Los versículos 6 al 9 del capítulo 5 nos indican el momento histórico en el cual ocurrió este cambio, cuando Dios escogió el nuevo monte, en contraste con Sinaí, para establecer allí para siempre la fortaleza de David. De hecho, esto no pudo realizarse entonces para Israel, a causa de la infidelidad del rey responsable, y hará falta que el pueblo espere el establecimiento del reinado de Cristo para ser introducidos en las bendiciones de esta nueva alianza. Para nosotros, cristianos, ya ha ocurrido. “Os habéis acercado al monte de Sion”, dice el apóstol. Ninguna de las exigencias ni de los terrores del Sinaí existe ya para los que creen. Hemos encontrado aquí en la tierra el monte de gracia en el lugar donde fue erigida la cruz de Cristo, y nuestro pie se ha colocado sobre este seguro fundamento, el primer peldaño para subir a todas las bendiciones celestiales, desde la “ciudad del Dios vivo” hasta la “congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. Todas estas cosas nos pertenecen ahora; pronto las poseeremos en la gloria.

Los diversos pasajes de este capítulo corresponden a otros pasajes del primer libro de las Crónicas, que nos dan a veces dan a veces detalles suplementarios sobre estos acontecimientos. La toma de Jerusalén se relata allí en el capítulo 11:4-9. En nuestro capítulo, los jebuseos dicen a David: “Tú no entrarás acá, pues aun los ciegos y los cojos te echarán” (v. 6). Tanto contaban con sus muros y con su fortaleza inexpugnable, que no juzgaban necesario emplear hombres válidos para rechazar el ataque del rey; hasta los mismos lisiados, creían ellos, bastarían ampliamente para esa tarea. 

Pero David tomó la fortaleza de Sion
(v. 7). 

Ni una palabra más; sucedió, tan sencillamente como si hubiese costado nada. En efecto, esta victoria no le cuesta nada a Dios. Es así como combatirá toda enemistad del hombre contra sí y contra su Ungido. ¡Qué ironía divina! “Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas”. Dios responde: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo 2).

David se muestra indignado por estas palabras injuriosas de los jebuseos, y su indignación es según Dios. Cuando vemos al mundo ocupando el territorio de Dios, siendo enemigo de Cristo, nuestros corazones, animados por el Espíritu Santo, bien pueden llenarse de indignación. Podemos desear ardientemente que el Señor tenga por fin el sitio que le corresponde por derecho, que ya no sea escarnecido por un mundo que le ha rechazado; que su reinado se establezca sobre la tierra, después del juicio de los vivos. Este sentimiento es legítimo.

Pero encontramos otro sentimiento, menos confesable, en el corazón de David. Este es, al lado del personaje típico, el hombre enérgico al cual Dios ha confiado el poder. Su autoridad es puesta en duda; es arrebatado por una indignación humana y sus palabras lo prueban (1 Crónicas 11:6): “El que primero derrote a los jebuseos será cabeza y jefe”. ¿Qué pasa? “Entonces Joab hijo de Sarvia subió el primero, y fue hecho jefe”. Joab, el hombre cuyas astucias hemos visto desde el principio; Joab, cuya maldad David ha reconocido, a quien este ha marcado delante de todo el pueblo con el nombre de “hijo iniquidad” (v. 34, V. M.), sobre cuya cabeza ha invocado el juicio de Dios (cap. 3:28-30), a quien ha declarado ser “muy duro con él”, Joab es el hombre al cual la palabra de David provee la ocasión de ser general en jefe.

El hecho de que Joab es llevado a la cabeza del ejército, es uno de los más desgraciados del reino de David; y comprobamos aquí la debilidad del rey. Una sola palabra que no fue dictada por el Espíritu Santo y que estimulaba la competencia de la carne, bastó para tener semejantes consecuencias. ¡Cuán fácilmente abusa el hombre del poder que Dios le ha confiado, para servirse de él en una manera independiente! Este hecho debería darnos en qué reflexionar. Una palabra según la carne a menudo lleva frutos más perniciosos que una mala acción.

Al final del versículo 8 leemos: “Los cojos y ciegos aborrecidos del alma de David. Por esto se dijo: Ciego ni cojo no entrará en la casa”. ¿Quién habla así? Es el mismo David. En eso, ¡cuánto difiere de Cristo! El Señor Jesús, al entrar en el mundo, hace exactamente lo contrario: “Los ciegos, ven los cojos andan” (Mateo 11:5); Él no puede encontrar uno solo de estos desheredados sin que su amor y su poder se pongan de acuerdo para sanarlo. Aun en el caso en el cual da salida a su ira, ira divina, ¿no es maravilloso verla, abriendo las esclusas para su gracia? “Entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mateo 21:12-14). Su ira y su indignación se muestran en el celo de la casa de Dios que le consume (Salmo 69:9); pero El purifica su casa, no como David, para impedir la entrada a los ciegos y los cojos, sino para introducirlos en ella al sanarlos. De esto encontramos un segundo ejemplo en la parábola de la cena. Todos los invitados se han disculpado de no venir allí. “Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos” (Lucas 14:21). La ira del padre de familia contra los invitados tiene por resultado el de hacer sentar los ciegos y los cojos a la mesa de su gran fiesta.

A nosotros nos ha sucedido lo mismo. La indignación del Maestro hacia este pueblo que no ha querido su llamado de gracia, ha abierto la puerta de la cena de las bodas a unos pobres gentiles, ajenos a sus promesas, incapaces de verle o de ir a Él.

Todos estos hechos nos prueban cuánto importa, para una verdadera comprensión de esta parte de las Escrituras, mantener la diferencia entre David como hombre y David como tipo de Cristo.

Victorias, capítulo 5:11-25

El establecimiento del trono sobre el monte de Sion tiene por primer resultado el de hacer que David sea reconocido por las naciones. “Hiram rey de Tiro envió embajadores a David, y madera de cedro, y carpinteros, y canteros para los muros, los cuales edificaron la casa de David” (v. 11), pues Hiram quería contribuir, en su medida, al esplendor del reinado que comenzaba. Más tarde, durante el reinado de Salomón, este mismo Hiram trabaja en la edificación del templo. Desempeña, en esta historia, un papel importante como representante de las naciones amigas que vendrán, de buena voluntad, a someterse al reinado del Mesías.

La historia de David, figura de Cristo, sigue desarrollándose en este capítulo. Entre las naciones, las habrá que no reconocerán en absoluto su supremacía y buscarán sacudirse su yugo. Los filisteos suben contra David; la rebeldía comienza por el enemigo interno que ocupa la heredad del pueblo. Veremos más adelante a las naciones situadas en los confines de Israel: Moab y los hijos de Amón, luego Siria y Asiria, rebelarse a su vez. La victoria sobre las naciones, como la sumisión de las tribus, tiene lugar de manera gradual. Filistea es subyugada, y el Señor dirá de ella, por boca de David: “Me regocijaré sobre Filistea” (Salmo 108:9), pues no hay que olvidar –la profecía es muy explícita a este respecto– que los antiguos enemigos de Israel, ahora en parte desaparecidos, volverán a nacer en el tiempo del fin, sea para sufrir su juicio definitivo, sea para tener parte, con el pueblo de Dios, en las bendiciones milenarias. Los filisteos son subyugados, sus ídolos aniquilados.

Al mismo tiempo que la historia de David como tipo del Mesías, la de David como rey responsable sigue desarrollándose. Nos presenta muchas debilidades, requiriendo una disciplina que le lleva a juzgarse a sí mismo para que, restaurado, recobre la comunión con Dios. Nos es infinitamente provechoso aprender a reconocernos en esta historia, y comprender las exigencias de la santidad de Dios y sus caminos para con nosotros.

El final de este capítulo nos da una lección muy especial. Cuando Hiram viene para someterse al rey, sucede un hecho conmovedor y característico. Un rasgo particular del carácter de David es la ausencia completa de confianza en sí mismo; era humilde y había guardado este carácter desde que Dios le había “tomado del redil de las ovejas”. Al mismo tiempo que aprecia el favor que Dios le hacía al darle un trono glorioso, no tenía una opinión muy alta de sí mismo. 

Entendió David que Jehová le había confirmado por rey sobre Israel, y que había engrandecido su reino por amor de su pueblo Israel
(v. 12); 

por amor, no de sí mismo –él desaparece en sus propios ojos– sino por amor de su pueblo Israel. Como sabe que este reino, del cual es jefe, es grande porque Dios pensaba en su pueblo cuya bendición tenía en vista, no se coloca por encima del pueblo para dominarlo, reivindicando sus derechos, sino por debajo de él, no teniendo en vista más que su felicidad. Ve el sitio que Israel posee en el corazón de Dios y reconoce que Dios ha conducido todas las con miras en su pueblo. Nuestro modelo perfecto, el Señor Jesús, ha adquirido por sus sufrimientos un sitio en la gloria, pero lo ha tomado para nosotros, su pueblo, su Iglesia muy amada. Así el carácter de David como hombre responde al de Cristo, lo que siempre debería ser el caso nuestro.

Pero he aquí que lo que había sucedido en Hebrón (cap. 3:2-5), se repite en Jerusalén (v. 13-16). Hemos dicho más arriba que las señales de independencia de David resultaban del hecho de que estaba investido de la autoridad soberana. Emplea su poder para sí mismo y obra así en oposición a los pensamientos de Dios (Deuteronomio 17:17-19). David, además de sus razones políticas y otras para tomar un gran número de mujeres, podía haber olvidado: “Y cuando se siente sobre el trono de su reino”, había dicho Jehová, “entonces escribirá para sí en un libro una copia de esa ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida”. La mayor parte de nuestras desobediencias proviene de que no permanecemos en contacto vivo y diario con la Palabra de Dios. El seguir nuestros propios pensamientos descuidando esta dirección positiva y absoluta, es desobediencia.

Dos cosas deben caracterizar la marcha de todo hijo de Dios. La carrera de David, en el primer libro de Samuel, ilustra la primera que es la dependencia. Pero hay un segundo carácter al cual no acostumbrados dar la importancia del primero: es la obediencia. La dependencia y la obediencia no deberían separarse nunca en el hijo de Dios.

Acabamos de ver a David desobediente; ahora vamos a verlo dependiente, sin que, de momento, este desacuerdo influya en su vida espiritual. Pero si David está en la escuela de Dios, aprenderá a no disociar nunca en adelante estos dos caracteres. Al final de nuestro capítulo Dios le obliga, por así decirlo, a juntarlos el uno con el otro; y cuando más tarde, en el capítulo siguiente, faltando a esta obligación, no sigue la voluntad de Dios expresada en su Palabra, le vemos caer bajo la disciplina.

Los filisteos suben contra David (v. 17-21); el rey le oye y desciende a la fortaleza. Su retiro era el lugar en donde Dios quería morar. 

Consultó David a Jehová, diciendo: ¿Iré contra los filisteos? ¿Los entregarás en mi mano?
(v. 19). 

Aquí le vemos dependiendo de Dios, según su costumbre. Cuando se trata de ir contra el enemigo no sabe qué hacer; solo Dios puede saberlo, y se dirige a El: “Ve, porque ciertamente entregaré a los filisteos en tu mano”. David sube; se abre una brecha en el dique que el enemigo procura poner ante él, y David y su ejército se esparcen como un torrente desbordado que se traga a los filisteos y a sus ídolos. En 1 Crónicas “Dejaron allí sus dioses, y David dijo que los quemasen”. Así serán destruidos, al final, los ídolos de las naciones (Isaías 2:18).

Pero todo no ha terminado; el ataque del enemigo se renueva en las condiciones del primer, con el mismo pueblo, de la misma manera, en el mismo sitio. David hubiera podido decirse: Ya que es así, obraré como en el primer ataque. Lejos de eso, confía enteramente en la dirección de Jehová. Hace bien, pues el Señor le da esta vez una respuesta muy distinta: “No subas”. ¿Por qué, pues, siendo las circunstancias del ataque las mismas, Dios le indica a David una manera completamente distinta de combatir? “Rodéalos, y vendrás a ellos enfrente de las balsameras. Y cuando oigas ruido como de marcha por las copas de las balsameras, entonces te moverás; porque Jehová saldrá delante de ti a herir el campamento de los filisteos” (v. 23-24). Es que Dios quiere reunir, en el corazón de su siervo, estas dos cosas que este tendía a separar más o menos, como hemos visto en lo que precede. Era necesario para David, no solo depender de Dios, sino obedecer su Palabra, la comprendiese o no. Debía obedecer, siguiendo la orden dada por Dios, para obtener una nueva victoria. “David lo hizo así, como Jehová se lo había mandado; e hirió a los filisteos desde Geba hasta llegar a Gezer”.

Es así como, en su bondad, Dios da a David la experiencia de las bendiciones que acompañan la dependencia unida a la obediencia. David hubiera podido atribuirse algún mérito por esta segunda victoria y quizás enorgullecerse, pero Dios no lo quiere. Es preciso que su siervo comprenda que debe obedecer y, con este fin, Dios le da ciertas señales que observar. El ejército que marcha, cuyo ruido se oye por las copas de las balsameras, es Jehová mismo y su ejército. Cuando David oyera este ruido podía, desde el puesto que se le había asignado, lanzarse hacia adelante, porque, según la Palabra de Dios, tomaría al enemigo por la espalda. Frente a él se erigían las balsameras. Sabía que Jehová iba a atacar al enemigo de frente y, lanzándose él contra la retaguardia, la derrota fue completa. El papel principal pertenecía a Jehová; David quedaba en la humildad. Escucha, cumple lo que Jehová le ha mandado; esa es la obediencia. Consigue la victoria.

¡Cuán importante es eso para nosotros! Es preciso que se manifiesten nuestra dependencia y nuestra obediencia, no solamente, como aquí, en las grandes circunstancias, sino en el detalle diario de la vida. Si faltamos en eso nos exponemos a castigos, y David va a darnos el ejemplo de esto.

El arca en Sion, capítulo 6

No basta que la sede de la realeza de David –o de Cristo– sea colocada en Sion, en el monte de la gracia. Dios mismo quiere morar allí para siempre con su rey (véase Apocalipsis 22:1, 3). Por eso David está enteramente en la corriente de los pensamientos de Dios, cuando va a buscar el arca para volverla a traer a Jerusalén. La gloria de Dios no encuentra su reposo sino en el lugar de la gracia. El arca, el trono de Dios, se asocia de una forma íntima con el trono de David, el trono del Hijo de Dios. Jehová, quien había quedado hasta entonces, por la infidelidad de su pueblo, sin domicilio permanente, ahora puede habitar con él, porque puede habitar con su ungido.

Para ir a buscar el arca, el rey reúne todos los escogidos de Israel, treinta mil hombres (v. 1). Eso puede parecer extraño. Cuando se trata de los combates de Jehová, no se ve que los hombres de Dios hayan convocado todo su ejército. Sucede más bien lo contrario. Gedeón con trescientos hombres, Jonatán con uno solo, además de tantos otros capitanes, obtienen las victorias más señaladas. Dios combate junto a ellos; y para El, ¿qué importan más o menos soldados? Puede convenirle probar a su pueblo entero en la batalla, pero a Él no le ocurre como las naciones. El número nada tiene que ver en sus victorias.

Si se trata, por el contrario, de rendir testimonio al Dios que habita entre los querubines, de establecerlo en el lugar de su culto, no es demasiado todo lo que representa la fuerza de Israel. ¡Cuán poco se comprende esto entre los hijos de Dios! ¿Todo lo escogido se reúne, pues, en torno a Cristo, delante del trono de Dios Padre, para honrarle ofreciéndole culto? ¿Acaso el culto tiene más valor en los ojos de los cristianos que toda la actividad, por bendecida que sea, que puedan desplegar para El? No; hacen consistir la vida cristiana en el combate por el Evangelio, combate bendecido sin duda, pero para el cual de ninguna manera es necesario reunirse “todos los escogidos”, porque pronto se lo vería degenerarse en una obra basada en la asociación humana; mientras que el culto es ignorado, abandonado, desconocido, el centro de congregación de los hijos de Dios menospreciado, ¡y estos quedan dispersos como ovejas que no tienen pastor!

No era tal, gracias a Dios, el pensamiento de David. El propósito de toda su existencia errante, de toda su aflicción, había sido el de llegar al momento en el cual comienza nuestro capítulo. Encontramos la prueba de esto en el Salmo 132, sobre el cual volveremos más tarde.

La relación entre los capítulos 5 y 6 no se limita a lo que acabamos de hacer resaltar. David, como rey responsable, a pesar de muchas faltas, era agradable a Dios. Jehová no le escondía su rostro; le amaba por su fidelidad, por la gracia de sus caminos, por su espíritu humilde y sumiso. Le había enseñado, como hemos visto, a unir la obediencia a la dependencia. David había comprendido estas cosas cuando se trataba de combatir el enemigo. ¿Las comprenderá tan bien durante los acontecimientos que se van a desarrollar?

Llegado el momento de reunir las tribus en torno al arca, ¿qué tenía que hacer David? Consultar a Jehová. Aun cuando, al volver a traer el arca, estaba en los pensamientos de Dios, el cómo de este acto no dependía de él, y al comprenderlo se hubiera evitado un serio castigo. Si hubiese consultado a Jehová y a su Palabra, habría sabido de qué manera debía traer el arca a Jerusalén.

Los filisteos (1 Samuel 6:7) habían colocado el arca sobre un “carro nuevo” para volverlo a mandar al territorio de Israel. Obraban por ignorancia, y Dios, en lugar de expresar su desaprobación, había tenido en cuenta el temor que les había hecho obrar. Evidentemente David se acordaba de este hecho cuando seguía la manera de las naciones de volver a traer el arca al lugar que debía ocupar. “Pusieron el arca de Dios sobre un carro nuevo, y la llevaron de la casa de Abinadab, que estaba en el collado” (v. 3).

Pero si Dios podía tomar en cuenta la ignorancia de los filisteos, no soporta, en los que le pertenecen a Él, una desobediencia positiva a su Palabra. Esta expresamente ordenado que eran los levitas quienes debían llevar el arca, así como todos los vasos del santuario (Números 4:15).

Lo que hizo David debería hablar a la conciencia de los hijos de Dios. Se organiza un culo voluntario según los sistemas y los pensamientos del hombre, que siempre son opuestos a los pensamientos de Dios. Pues bien, es toda importancia en los ojos de Dios que los suyos obedezcan cuando se tratan del culto, la más alta expresión de la vida cristiana, como también en los menores detalles de esta vida; y Dios tendrá en cuenta la desobediencia de sus hijos.

Al mismo tiempo que muestra un corazón lleno de piedad hacia Dios, David desobedece, porque ignora el alcance y las consecuencias de su acto; pero David no tiene disculpa porque no debía ignorarlo. Eso es tanto más sorprendente por cuanto estaba lleno de gozo por el pensamiento de dar por fin a su Dios el sitio que se le debía. 

David y toda la casa de Israel danzaban delante de Jehová con toda la clase de instrumentos de madera de haya; con arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos
(v. 5). 

Nada faltaba a la expresión de su gozo… y sin embargo algo faltaba. No estaban las trompetas, esas trompetas de plata que debían sonar cuando el arca se ponía en movimiento (Números 10:1-10; compárese con Salmo 150 y 2 Samuel 6:15). No era más que un detalle, dirá usted, como el carro nuevo; pero este detalle revelaba un hecho de alta gravedad: que David no había tomado la Palabra de Dios como regla de su conducta.

Fuera de eso, toda la casa de Israel estaba gozosa. Había mucha piedad en esta ceremonia augusta, pero estaba estropeada por algún arreglo humano. Para el regocijo de los corazones eso tenía poca importancia, pero mucha para Aquel que ha dicho: “El obedecer es mejor que los sacrificios”. Llega un momento cuando la intromisión del hombre en el culto de Dios, hace que este cojee en alguna parte. “Los bueyes tropezaban” (v. 6), y naturalmente los hombres piensan que deben venir en su ayuda, para apoyar con su brazo el sistema que bambolea. Ellos olvidan que es una locura profana el querer acudir en ayuda de Dios. Este es el caso de Uza, hijo de Abinadab, el primero, el principal agente de este arrebato. Siente la necesidad muy natural de sostener lo que ha hecho, y no se da cuenta de que levanta la mano hacia Dios. “Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban” (v. 6).

Hablo aquí del culto de los hijos de Dios, pero ¿qué no se debería añadir sobre el llamado culto del mundo? Ya no es por algunos puntos que peca, porque, bajo unas formas que le dan una apariencia de culto divino, no hay ni una sombra de realidad. Sin embargo, no se ve que el juicio de Dios caiga sobre este estado de cosas. La razón es sencilla: Dios está ausente de ello. En el caso de Uza fue muy distinto: “El furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios” (v. 7). Su juicio fue inmediato, pues cuando se trata de los hijos de Dios que el Señor ha colocado en una posición de testimonio, no los permite introducir ni un elemento humano en el culto sin hacerles sentir su juicio.

Lo que sucede aquí con David, sucedió con los corintios que habían introducido un elemento carnal en la mesa del Señor. Dios no podía tolerar esto. “Por lo cual”, dice el apóstol, 

hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen
(1 Corintios 11:30). 

Dios era un fuego consumidor para ellos, como para Uza, y tenemos que recordarlo. David se vio forzado a comprenderlo. En el capítulo 5, Jehová había abierto ante él una brecha contra los filisteos; hoy el juicio de Dios abre la brecha contra él. “Fue llamado aquel lugar Pérez-Uza (brecha de Uza)” (v. 8).

El primero sentimiento del rey es irritación: “David tuvo desagrado por cuanto Jehová había estallado enira contra Uza” (V. M.). Eso se comprende, pero no se disculpa. He aquí un hombre lleno de deseo de servir a Jehová, de rendirle la honra que se le debe; helo aquí lleno de gozo y alabanzas, teniendo todo ordenado para restablecer el culto de su Dios; falta en un detalle,i y la ira de Jehová se enciende contra él! David tenía un corazón más piadoso que el nuestro. ¡Qué herida en sus afectos! ¡Cómo! –podría decir él–, ¡juzgarme de esta manera, cuando veía mi intención de glorificarle!

En el versículo 9 se suscita un segundo sentimiento en el corazón del rey, sentimiento tan poco excusable como el primero: Temió David a Jehová aquel día. Desvía el arca de su camino. “¿Cómo ha de venir a mí el arca de Jehová? De modo que David no quiso traer para sí el arca de Jehová a la ciudad de David; y la hizo llevar David a casa de Obed-edom geteo” (v. 9-10). A causa de la disciplina, David considera a Jehová como un juez sin piedad y se irrita contra Él. Olvida en este momento que era un Dios de gracia el que le había escogido, conducido, guardado, hecho vencedor, que había hecho de él el portador de la realeza sobre el monte de Sion. No puede comprender que la gracia pueda juzgarle y que, cuanto más cerca se esté de Dios, menos sufre Este en los suyos lo que le deshonra. Pero Dios le va a probar que otros se aprovechan de aquello de lo cual él se ha privado para gran pérdida suya. La presencia del arca es una fuente de abundantes bendiciones para la casa de Obed-edom geteo: 

Bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa
(v. 11).

¡Por fin David aprende su lección! Se le da aviso de lo que había pasado (v. 12), y se ve que estos hechos han llevado su fruto para su conciencia. En 1 Crónicas 15:12-13, con respecto a este mismo acontecimiento, llamó a los sacerdotes y a los levitas y les dijo: “Santificaos, vosotros y vuestros hermanos, y pasad el arca de Jehová Dios de Israel al lugar que le he preparado; pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza”. David comprende que este quebrantamiento vino a causa de su desobediencia, y que no puede haber santidad sino en un camino obediencia.

Cuando el arca había sido puesta sobre el carro nuevo, los sacerdotes y los levitas no habían tenido necesidad de santificarse; pero cuando la tenían que llevar ellos mismos, bien se ven obligado a hacerlo; no podían entrar en contacto con los objetos del santuario sin juzgarse.

Los sacerdotes ocupan, pues, el sitio que Dios les ha asignado; pero, además, David entra, en cuanto al culto, en un orden absolutamente conforme a los pensamientos de Dios. “Y cuando los que llevaban el arca de Dios habían andado seis pasos, él sacrificó un buey y un carnero engordado” (v. 13). David hace del sacrificio el centro mismo del culto. La primera vez –sorprendentemente– ¡se había olvidado de los sacrificios! El carro (vea la importancia de un detalle omitido) no tenía necesidad de parar, mientras que los sacerdotes y los levitas, al llevar el arca, necesitaban pausas, durante las cuales se ofrecían los sacrificios.

¡Y las trompetas, y el gozo, y David danzando con toda su fuerza delante de Jehová! El rey estaba ceñido de un efod de lino (v. 14), indumentaria distintiva de los sacerdotes. He aquí que vuelve a ser un tipo de Cristo en su gloria futura. Hay un poco de Melquisedec en la persona de David, tal como nos es presentado aquí. Es la realeza unida al sacerdocio. La bendición que se eleva del pueblo a Dios, por la boca de David, desciende de Dios sobre todo el pueblo por su intermediario (v. 17-18).

“David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová” (v. 14). Se hacía ridículo; eso es, por lo menos, lo que Mical, hija de Saúl, siente y expresa al ver a su marido olvidar su dignidad para exaltar solo a Jehová. Sucede a menudo que el mundo juzga ridículo el culto rendido a Dios por sus hijos; y cuanto más sea este según Dios, tanto más despreciados serán los que lo rinden. Es que el adorador no hace caso de sí mismo. “Los que en espíritu servimos a Dios”, dice el apóstol, “Los que en espíritu servimos a Dios”, dice el apóstol, 

y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne
(Filipenses 3:3). 

David para sí mismo, no era nada; era vil: “Me haré todavía más vil que esto; y seré despreciable a mis propios ojos” (v. 22, V. M.). Eso no puede agradar al mundo; pero, gracias a Dios, hay almas sencillas que comprender esta humillación y la estiman como un honor cuando se trata de Jehová: “Seré honrado delante de las criadas de quienes has hablado”.

David danzaba delante de Jehová y lo hacía para El, olvidándose de sí mismo para que Dios fuese glorificado. La dignidad real queda desnudada; ya no era más que un sencillo adorador, lleno de gozo en presencia de Jehová de los ejércitos quien habita entre los querubines, y que venía a morar definitivamente en medio de su pueblo.

“Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le había levantado” (v. 17). Todo el pueblo es bendecido y saciado; Mical, dejada en su orgullosa soledad, para vergüenza suya, es herida con esterilidad hasta la muerte. En adelante es una desconocida para David. El carácter de esta hija de Saúl era digno del de su padre. En Saúl, odio; en Mical, desprecio del ungido de Jehová. Ya no puede haber comunión alguna entre ella y el rey, quien abandona al juicio a la hija de la raza decaída, mientras que él, el elegido de Jehová, es establecido por príncipe sobre su pueblo, sobre Israel.

Comunión, capítulo 7

Los dos capítulos precedentes nos han mostrado los cambios importantes producidos en los caminos de Dios hacia Israel por el establecimiento, en Sion, de la realeza de David. El rey lleva allí el arca, asociando así el trono de Dios a su gobierno. No es todavía –lo hemos visto– un estado de cosas de cosas fundado a perpetuidad, como durante el reinado de Salomón.

Por eso no encontramos aquí el orden normal del culto. David lleva el arca a Jerusalén, pero no los demás objetos del tabernáculo. Erige una tienda para el arca, pero esta no es la tienda del desierto. 

Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le había levantado
(cap. 6:17). 

El tabernáculo mismo, con el altar, se encontraba en otra parte.

En el primer libro de Samuel, el tabernáculo y el arca están en Silo. El arca es llevada en cautiverio por los filisteos, pero cuando vuelve por gracia, no recobra su sitio en Silo, en el lugar donde uno podía acercarse a Dios por el medio del sacrificio.

En el segundo libro de Samuel Silo desaparece, pero el tabernáculo no es trasladado a Jerusalén. Se lo vuelve a encontrar en Gabaón, sin que se nos diga cómo llegó allí. Una cosa es cierta: el tabernáculo y el altar del holocausto están en Gabaón cuando David trae el arca al monte de Sion: “Y dejó (David) allí, delante del arca del pacto de Jehová, a Asaf y a sus hermanos, para que ministrasen de continuo delante del arca, cada cosa en su día… asimismo al sacerdote Sadoc, y a los sacerdotes sus hermanos, delante del tabernáculo de Jehová en el lugar alto que estaba en Gabaón, para que sacrificasen continuamente, a mañana y tarde, holocaustos a Jehová en el altar del holocausto” (1 Crónicas 16:37-40). Más tarde, durante la peste en Jerusalén, cuando David por orden de Jehová, edifica un altar sobre la colina de Moriah y sacrifica allí, está escrito que “el tabernáculo de Jehová que Moisés había hecho en el desierto, y el altar del holocausto, estaban entonces en el lugar alto de Gabaón; pero David no pudo ir allá a consultar a Dios, porque estaba atemorizado a causa de la espada del ángel de Jehová” (1 Crónicas 21:29-30). Es todavía en Gabaón donde Salomón sacrificaba al principio de su reinado: “E iba el rey a Gabaón porque aquel era el lugar alto principal, y sacrificaba allí; mil holocaustos sacrificaba Salomón sobre aquel altar” (1 Reyes 3:4).

Todo eso no muestra, durante el reinado de David, un estado de desorden o más bien de gran debilidad en cuanto al culto de Jehová. Silo fue virtualmente abandonado desde la ruina del sacerdocio (Salmos 78:60-61); la casa de Jehová aún no había sido edificada en Jerusalén, y el culto estaba, por así decirlo, repartido entre el arca en Sion y el altar en Gabaón. Las demás utensilios habían quedado en el tabernáculo. Son mencionados en 1 Reyes 8:4. Siendo Gabaón una ciudad de los hijos de Aarón (Josué 21:17), se puede suponer que, como en Nob (1 Samuel 21:6), los objetos del santuario se encontraban allí bajo la custodia de los sacerdotes.

Sea lo que sea, el culto de Jehová, durante el reinado de David, estaba bastante lejos de lo que debería haber sido. Pero una cosa bastaba para David, el objeto de todos sus deseos durante sus aflicciones (Salmo 132:1-8): había encontrado un lugar de reposo para el trono de Jehová de los ejércitos, para el arca de su poder. Allí donde David estaba establecido, tenía ahora consigo al Dios de Israel, puesto que “el nombre” (cap. 6:2) representa a la persona. Su recurso, precioso entre todos, en medio de la dispersación de los objetos santos, en un tiempo de transición al cual iba a seguir la gloria de su sucesor, su recurso, digo, era la presencia de Dios mismo con él y con su pueblo Israel.

Esto es también, en el tiempo actual, lo que constituye la bendición de los fieles. La Iglesia está en un estado de ruina y de verdadero desorden, pero una cosa nos basta: es tener la presencia personal del Señor en medio nuestro. Teniendo tal privilegio. ¿Cómo nos dejaríamos desanimar por el estado de cosas que nos rodea? Con El, mucho mejor que David, ¿no tenemos el culto? Esta presencia bastaba para llenar de gozo y de acciones de gracias el corazón del rey.

En el capítulo 7, David habita en su casa: el poder de Dios le ha dado reposo de todos sus enemigos; su realeza ha sido proclamada; el arca está con él. Entonces, en su afecto por Jehová, desea edificarle un lugar permanente de reposo. ¿Acaso el arca podía estar todavía “entre cortinas”, en una morada de paso, cuando David habita una casa de cedro, sólida y fundada en su belleza? Participa su deseo a Natán, el profeta, deseo de un corazón piadoso, ya que quería ver la gloria de Jehová establecida en Israel. Natán lo aprueba: 

Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo
(v. 3).

Si David se ocupa piadosamente con el reposo de Dios en Israel, ni él ni el profeta sabían cuál era el momento que Dios había decretado para eso. David no debía hacer lo que estaba en su corazón; era preciso que dependiese de Dios y que le aguardase a El. Natán no podía fiarse de su don de profeta para dirigir a David. El rey, a pesar de su piedad, se equivoca; el profeta, con todas sus luces, comete un error.

David es un hombre que realmente depende de Jehová, pero ¡en cuántas ocasiones le falta esta dependencia! Ni siquiera podía confiar en su afecto por el Señor, y acababa de aprenderlo con ocasión del “quebrantamiento de Uza”; debía interrogar a Dios; y no más que el rey estaba Natán exento de esta obligación. Es preciso que cada uno de nosotros individualmente solo dependa de Dios; ni los hombres más piadosos pueden reemplazarle. Lot anduvo un tiempo con Abraham; ¡ay, cuál fue su fin! Abraham andaba con Dios; consideremos el resultado de su conducta e imitemos su fe. Por cierto, podeos escuchar consejos, pedir estos a los que son más adelantados que nosotros en conocimiento, en sabiduría, en verdadera piedad; eso es lo que hacen los corazones humildes que no tienen confianza en sí mismos; pero no debemos depender sino de Dios para nuestras decisiones y para nuestra marcha.

Jehová tiene compasión de su servidor; ve en su corazón el deseo de honrarle y le revela su pensamiento secreto. “Aconteció aquella noche, que vino palabra de Jehová a Natan, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? Ciertamente no he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo” (v. 4-6). Nunca, dice, he tomado descanso hasta ahora; siempre he estado errante con mi pueblo. Mientras el orden definitivo no esté establecido, no he dicho ni una palabra respecto de un lugar de reposo que se me construya.

¿Por qué eso? Es que Dios estimaba que aún no había encontrado su reposo definitivo. El seguía obrando; sacrificaba su propio reposo por el de su pueblo, por el de su rey, y su actividad se desplegaba todavía en su favor, para establecerles sobre el monte de su heredad, para plantarles allí, como estaba escrito en el cántico de Moisés: “Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad” (Éxodo 15:17), y Dios no había terminado todavía este trabajo. Él quiere acabarlo y toma el papel de trabajador en favor de este miserable pueblo; deja, por así decirlo, enteramente a un lado sus intereses personales para establecer definitivamente a su pueblo en un reposo que nada vendrá a turbar, para siempre. Las palabras “para siempre” caracterizan todas las bendiciones de este capítulo (v. 13, 16, 24, 26, 29). Tal es el pensamiento de Dios para con los suyos.

Nosotros también tenemos al Señor quien trabaja en nuestra bendición. ¿No ha dicho El: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”? (Juan 5:17). Todavía no ha cesado de trabajar por su Espíritu, y estará en la obra hasta el momento en que “verá el fruto del trabajo de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11, V. M.). Entonces Dios podrá tener reposo, y darlo a su pueblo y a su Rey que establecerá como Jefe sobre todas las cosas; entonces El mismo reposará. “¡El Rey de Israel, Jehová, está en medio de ti; no tienes que temer jamás mal alguno! En aquel día será dicho a Jerusalén: ¡No temas! ¡Oh Sion, no se aflojen tus manos! ¡Jehová tu Dios está en medio de ti; el que es poderoso te salvará: se regocijará sobre ti con alegría, descansará en su amor, y saltará de gozo sobre ti, cantando!” (Sofonías 3:15-17, V. M.). He ahí el reposo de Dios. Cuando haya introducido en el reposo todos los objetos de su amor, y los tenga a su alrededor, en la gloria, sin cambio en adelante, sin que ninguna nube pueda pasar sobre ellos.

Entonces Tú verás a los que redimiste, De tu obra en la cruz el fruto en sazón.

Entonces será el reposo de Dios. Sí, El descansará en su amor. El reposo de la creación duró un día y fue turbado; el reposo de la redención nunca lo será, y durará “para siempre”.

El primer libre de los Reyes nos presenta este reposo típicamente en el reinado glorioso de Salomón, débil imagen del de Cristo. Entonces la justicia y la paz reinarán sobre la tierra después de haberse “besado” en la cruz (Salmo 85:10). Y esto no será el fin. Unos cielos nuevos y una tierra nueva sucederán a los primeros, y la justicia morará en ellos cuando su reinado haya terminado (2 Pedro 3:13).

Antes de que estas cosas tengan lugar, encontramos en nuestro libro un período de transición, en el cual Dios trabaja para raer el pleno cumplimiento de sus consejos.

Dios le dice a David lo que ha hecho por él: “Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel” (v. 8). Tal su origen. “He estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra” (v. 9). Dios lo había sostenido por gracia desde el primer paso hasta el último; en todas partes había estado con él y había querido hacerle poderoso y honrado.

Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel
(v. 10-11).

¡Qué gracia, qué tierna piedad para este pueblo! Con gusto lo llama su pueblo. Y en cuanto a David: “A ti te daré descanso de todos tus enemigos”, pero quiero hacer aún más por ti. ¿Tú querrías edificarme una casa? Soy yo quien me pongo a tu servicio para establecerte una a ti; no una casa de cedro, sino: “Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino” (v. 11-13). ¿Es esto solo en la persona de Salomón? No, Dios dirige la mirada de David hacia Cristo, la posteridad de David. ¡Qué pensamientos debían llenar el corazón del rey ante tal honor hecho a su raza! Las promesas de la gracia van hasta el reino eterno: “Yo seré a él Padre, y él me será a mi hijo” (Hebreos 1:5). ¡El hijo de David será el Hijo de Dios! ¡Qué perspectiva para el corazón de David! ¡Un río de gracia fluye hacia él y fluirá desde él!

Después de eso, Dios habla a David respecto a Salomón, ya no como figura de Cristo, sino como hombre falible al cual será confiada una responsabilidad como tal; él puede caer bajo la disciplina y bajo el castigo de Dios. “Si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres” (v. 14), pero su descendencia será establecida para siempre: “Mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (v. 15-16).

¿Acaso Dios ha mentido? La descendencia de David parece haber finalizado, los débiles vestigios de su trono parecen caer hechos polvo con Zorobabel, que no merece el título del rey, y he aquí que ya la voz de Zacarías grita a Zorobabel (Zacarías 4:6-10). 

Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna
(Zacarías 9:9). 

Entonces no hay interregno… Pero el Mesías, el verdadero Rey, ¡es rechazado por su pueblo! Ahora, ¿está perdido el trono, y la promesa de Dios a David no se ha realizado? ¿Dónde está el rey? ¿Dónde está la sucesión de la simiente de David? Pero, ¡el trono sí existe! Antes de que Dios lo establezca nuevamente sobre la tierra, está establecido en el cielo. El Hijo de David se ha ido “a recibir un reino y volver” (Lucas 19:12). Es reconocido como jefe de la parte celestial de su reino, antes de que la parte terrenal le sea sometida a su vez. “El rey ha muerto; ¡viva el rey!” dicen los hombres al aclamar al sucesor de un soberano difunto; pero el Cristo murió una vez; el Cristo, su propio sucesor, ¡vive eternamente!

Desde la cruz de Cristo y su rechazamiento por los judíos, tenemos un paréntesis que va desde la formación de la Iglesia hasta el momento en el cual el Señor la levantará para introducirla en la gloria con Él. Es tan solo después de esto cuando reivindicará sus derechos sobre la parte terrestre de su reino. Todas las “misericordias fieles de David” se realizarán en Aquel cuyo reino será asegurado para siempre.

Me gusta dar el siguiente título a este capítulo: “La comunión”. En él Dios confía a David todos sus pensamientos, no solamente respecto a él y a su pueblo, sino respecto a Cristo. David “entra y se pone delante de Jehová” y, con toda libertad, con toda confianza, al dirigirse al Dios de los ejércitos que mora entre los querubines, le comunica sus propios pensamientos, los pensamientos de la más honda gratitud por todo lo que Dios ha hecho por él. Se regocija con Dios por lo que Este se propone realizar para él, su pueblo y su casa.

La primera cosa digna de notar es la humildad del rey. No tiene ningún pensamiento de orgullo. La comunión con el Señor, en vez de elevar al hombre, lo rebaja en sus propios ojos. “Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?” (v. 18). ¡Qué bien conoce su origen y se glorifica en él, porque este ensalza al Dios le ha “tomado del redil, de detrás de las ovejas”!

¿Acaso nosotros no podemos decir las mismas palabras, nosotros, sacados de tan bajo para tener parte en la era gloriosa que va a comenzar? “Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo porvenir” (v. 19). Mostraste tu grandeza al darme un gran nombre a mí, un ser miserable y sin valor. ¡Ah! ¡No es la mía sino la tuya la grandeza magnífica! “¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová?” (v. 19). “¿Y qué más puede añadir David?”. Se queda delante de Dios, dando libre curso a los sentimientos que le llenan, pero sabiendo que sus palabras siempre serán demasiado débiles para expresarlo. Luego (v. 23-24) bendice a Jehová por lo que ha hecho por su pueblo.

En el versículo 25 viene la oración que termina este capítulo. Allí se encuentra el carácter de una verdadera oración de comunión: Haz lo que has querido hacer y lo que has dicho. 

Que la casa de tu siervo David sea firme delante de ti… porque tú… revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa… Ten ahora a bien bendecir la casa de tu siervo… porque tú, Jehová Dios, lo has dicho
(v. 26-29).

Podemos aprender de esta actitud. Habiendo recibido en nuestros corazones las comunicaciones divinas, experimentemos lo que son las oraciones de corazones que le piden a Dios las cosas que El mismo nos ha prometido, pues a El le gusta darnos las cosas que le pedimos, concedernos según nuestros pensamientos y deseos, porque, siendo el fruto de la comunión con El, estos son los pensamientos y los deseos de Él.

Nuevas victorias, capítulo 8

Después del capítulo 7 que es, en cuanto a lo moral, el punto culminante de toda la historia de David, el capítulo 8 relata una serie de victorias. Las victorias de nuestro capítulo tienen por punto de partida la comunión de David con su Dios, como las del capítulo 5 eran el fruto de su dependencia y de su obediencia. Cuando estamos en comunión con El, Dios no tiene necesidad de disciplinarnos como en el caso de Uza. La comunión nos permite andar hacia adelante, seguros de estar en el camino de Dios, sin tener necesidad de una instrucción especial que nos haga conocerlo, y podemos darnos cuenta de esta palabra: 

Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. 

Nuestro camino viene a ser el de Dios, porque nuestros pensamientos no difieren de los suyos. Por eso se dice dos veces en este capítulo: 

Jehová dio la victoria a David por dondequiera que fue
(v. 6, 14).

También hay que señalar que las victorias del capítulo 5 siguen al establecimiento de la realeza en Dios, y las del capítulo 8, al establecimiento del trono de Dios en el mismo lugar. En el primer caso, Dios reivindica frente a las naciones el carácter y la dignidad de su ungido; en el segundo, su propia gloria como Dios de Israel. Las naciones deberán doblegarse bajo esta doble supremacía. No dudo de que acontecimientos parecidos precedan al establecimiento definitivo de las bendiciones milenarias.

Como el Señor al final, cuando juzgue las naciones, David les aplica con diversidad el juicio, sea según el carácter de sus enemigos, sea según la manera en la cual se hayan portado con respecto a su pueblo.

Primero derrota a los filisteos y los somete (v. 1), al adueñarse de su capital Meteg-ama a, y estos enemigos jurados de Israel quedan privados así de lo que era el baluarte de su fuerza.

Moab es el enemigo orgulloso, que se levanta contra Dios y contra su ungido, el pueblo cruel y sin piedad para con Israel. David destruye las dos terceras partes, pero muestra gracia a un residuo al cual perdona la vida: “Midió… un cordel entero para preservarles la vida”. “Y fueron siervos de David, y pagaron tributo” (v. 2).

Asimismo los sirios de Damasco, que habían venido para socorrer a Hadad-ezer rey de Soba, vencidos por el poder de David, “fueron hechos siervos de David, sujetos a tributo” (v. 3-6).

En los versículos 13 y 14, Edom queda enteramente subyugado. En 1 Crónicas 18:12 es por mano de Abisai, hermano de Joab; en el Salmo 60, por Joab mismo. Sean cuales fueran los instrumentos empleados, aquí se atribuye la victoria a David. Edom es la única de todas las naciones, que renacen al final para el juicio, de la cual ningún “residuo” será conservado. Dios le juzgará sin misericordia por la manera en el cual se ha comportado frente a su pueblo, pues era el más malvado y el más ardiente en querer destruirle. ¿Acaso en tiempos pasados no habían rehusado “dejar pasar a Israel por su territorio” para entrar en Canaán? (Números 20:21). “Oh Jehová”, dice el residuo afligido de Babilonia, “recuerda contra los hijos de Edom el día de Jerusalén, cuando decían: Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos” (Salmo 137:7). El profeta Abdías, cuyo único tema es el juicio de Edom, dice: “La casa de Jacob será fuego, y la casa de José será llama, y la casa de Esaú estopa, y los quemarán, y los consumirán; ni aun resto quedará de la casa de Esaú, porque Jehová lo ha dicho” (Abdías 18); mientras que todas las demás naciones conservarán un “residuo”. Así se cumplirá al final esta palabra terrible de Jehová: “A Esaú aborrecí” (Malaquías 1:3), porque, dice Abdías, “Jehová lo ha dicho”.

Otro suceso tiene lugar, en el versículo 9 de nuestro capítulo. Toi, rey de Hatmat, al oír que David había herido a Hadad-ezer que estaba continuamente en guerra con él, manda al rey a su hijo Joram con utensilios de plata, de oro y de bronce. Toi reconoce de su libre y franca voluntad la liberación que Dios ha operado por medio de David, y no ofrece sus regalos por la fuerza (compárese con los v. 2, 6).

Todo esto nos muestra que las naciones tendrán caracteres muy diversos en el tiempo del fin. Unas serán quebrantas con vara de hierro y forzadas a someterse; otras aparentarán sumisión, como está dicho: “Los hombres extraños me dirán lisonjas serviles” (Salmo 18:44, V. M.); otras, por fin, no como un Toi aislado sino una gran multitud que nadie podrá contar (Apocalipsis 7:9-10), sometiéndose al yugo de Cristo, aceptarán la victoria de Este como la liberación de ellos.

Todo el botín de la victoria sobre el enemigo (v. 11-12), como también las ofrendas voluntarias de Toi, son consagradas por David a Jehová. No se atribuye a sí mismo lo que sea de ello. ¿Para qué servirán estas riquezas? 1 Crónicas 18:7-8 nos muestra que fueron traídas a Jerusalén, y que de la gran cantidad de bronce Salomón hizo para el templo de Jehová “el mar de bronce, las columnas, y utensilios de bronce”. En el capítulo 6 David había dado al trono de Jehová el sitio que le correspondía en el gobierno del reino. Desde entonces, su único pensamiento es que el fruto de todas sus victorias sea empleado para adornar la habitación definitiva e inmutable de su Dios en medio de Israel. Las victorias del capítulo 5 habían servido para el fortalecimiento del trono de David; las capítulos 8, para la glorificación del trono de Dios que mora entre los querubines.

Dos o tres Salmos se vinculan de una manera especial con los acontecimientos de este capítulo. Es interesante ver cómo los cantos proféticos de David son el fruto de sus experiencias personales o se relacionan con éstas, pero también cómo estas experiencias no son sino un factor débil en el curso profético de los acontecimientos, una imagen atenuada de los sufrimientos de Cristo y de las glorias que seguirán.

El Salmo 60, al referirse a nuestro capítulo, nos probaría, si fuera necesario, que estos acontecimientos no son simplemente la historia de David, sino que representan en figura el establecimiento futuro, sobre la tierra, del reino de Cristo.

El título b de este Salmo nos anuncia que es un “mictan de David, para enseñar, cuando tuvo guerra contra Aram-Naharaim (Mesopotamia) y contra Aram de Soba, y volvió Joab, y destrozó a doce mil de Edom en el valle de la Sal”. El principio de este salmo es notable: “Oh Dios, tú nos has desechado, nos quebrantaste; te has airado; ¡vuélvete a nosotros! Hiciste temblar la tierra, la has hendido; sana sus roturas, porque titubea. Has hecho ver a tu pueblo cosas duras; nos hiciste beber vino de aturdimiento” (v. 1-3). Ninguna circunstancia del segundo libro de Samuel corresponde a estas palabras, pero esa era más o menos la historia de Israel en el primer libro. A continuación de su infidelidad bajo el sacerdocio y bajo el reinado de Saúl, Israel había bebido, en efecto, vino de aturdimiento al final de ese libro; lo beberá aún mucho más mortal bajo el Anticristo.

Has dado a los que te temen bandera que alcen por causa de la verdad… para que se libren tus amados
(v. 4-5).

¿Cuál es esta bandera? Es David, como lo vemos en Isaías 11:10: “Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa”. Esta bendición no es sino parcial en nuestro capítulo: tendrá su pleno cumplimiento en “Jehová-nisi” (Jehová es mi estandarte), en Cristo, la verdadera raíz de Isaí, antes de su establecimiento como verdadero Salomón en su reinado. El será la bandera en torno a la cual Israel se reunirá para andar de victoria en victoria.

“Para que se libren tus amados”: en efecto, estas victorias del verdadero David serán la liberación del remanente de Israel.

(V. 6). “Dios ha dicho en su santuario: Yo me alegraré; repartiré a Siquem, y mediré el valle de Sucot”. Siquem y Sucot nos recuerdan el principio de la historia de Israel, en la persona de Jacob, su padre (Génesis 33:17-20). Son los primeros lugares en donde se establece cuando, después de haber andado errante en país extranjero, vuelve a entrar en la tierra de la promesa. Lo mismo sucederá para el remanente de Israel, al rodear al verdadero David, y volviendo a entrar tras él en posesión de su país.

(V. 7). “Mío es Galaad, y mío es Manasés; y Efraín es la fortaleza de mi cabeza; Judá es mi legislador”. Todas las tribus de Israel reconocerán al verdadero rey.

(V. 8). “Moab, vasija para lavarme; sobre Edom echaré mi calzado; me regocijaré sobre Filistea”. Habiendo sido reconocido el Mesías, los tres grandes enemigos de nuestro capítulo 8 son subyugados; Filistea reconoce abiertamente la supremacía del ungido de Jehová.

En los versículos 9 al 12, el remanente pregunta: “¿Quién me llevará a la ciudad fortificada? ¿Quién me llevará hasta Edom?” y contesta: “¿No serás tú, oh Dios, que nos habías desechado, y no salías, oh Dios, con nuestros ejércitos?”. Uno mayor que David, su Mesías, su Dios mismo, estará allí para dirigirles. Este Salmo, originado por las experiencias de David y los hechos de su historia, se aplica, pues, de una manera positiva a la persona del Señor Jesús.

Volvemos a encontrar este mismo Salmo 60, en parte por lo menos, en el Salmo 108:6-13, del quinto libro. Los primeros versículos (v. 1-5) son tomados del Salmo 57:7-11, del segundo libro. El Salmo 57 se compuso durante la huida de David ante Saúl a la cueva. En los versículos 7 al 11, David se regocija por los resultados de la liberación que Jehová ha obrado en su favor. Pasa, de cierto modo, del primer al segundo libro de Samuel, y dice: “Pronto está mi corazón, oh Dios, i corazón está dispuesto; cantaré, y trovaré salmos. Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; me levantaré de mañana. Te alabaré entre los pueblos, oh Señor; cantaré de ti entre las naciones. Porque grande es hasta los cielos tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad. Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria”.

Los versículos 6 al 13 del Salmo 108 son los mismos que en el Salmo 60, pero el pensamiento allí difiere del de este; es decir, que David obtiene la victoria para que Jehová sea celebrado entre las naciones y también que sus muy amados sean liberados, mientras que en el Salmo 60 solo se trata de la liberación de sus muy amados.

Las circunstancias del quinto libro de los Salmos, del cual el Salmo 108 forma parte, son el retorno de Israel a su país, no todavía durante el reinado de Salomón, figura de Cristo durante el milenio, sino durante el reinado de David, rey de gracia, y en tiempos turbados (como en 2 Samuel 8) por la aparición del asirio c que quiere adueñarse de la tierra de Israel, en el alba del período milenario. Cuando todos los enemigos son derrotados y el rey “se ha regocijado sobre Filistea” (véase Salmo 69:8), el remanente quién le llevará hasta Edom (v. 9). Isaías 63:1-6 nos da la respuesta: “¿Quién es este que viene de Edom…? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo… Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado… Y con mi ira hollé los pueblos”.

Esta será la última de las victorias sucesivas del Mesías sobre sus enemigos: completamente solo, lo pisoteará.

Cuán interesante resulta trasladar toda la historia del Antiguo Testamento a su antitipo y no limitarse a las enseñanzas morales que se pueden sacar de ella, ya que la Palabra entera nos habla del Señor Jesús. Hemos de buscarle ante todo a Él. Si estudiamos la palabra con oración, bajo la mirada del Señor, ella nos lleva necesariamente al conocimiento de su persona. Necesitamos ocuparnos con El, ante todo. Entonces la gloria de su reino, su victoria sobre las naciones, la reanudación de sus relaciones con su pueblo, serán de un enorme interés para nosotros, aunque estas cosas no nos conciernan personalmente. Nos regocijaremos con el pensamiento de verle ocupar el sitio que le corresponde, ya que Jehová establecerá este reino de gloria sobre la tierra para Aquel que ha cumplido la maravillosa obra de redención, obra por la cual Dios ha sido plenamente glorificado, y nos ha salvado para siempre.

Hemos llegado aquí a una de las divisiones del libro. Esta división está señalada por los versículos 15 al 18 de nuestro capítulo. Los volveremos a encontrar, con algunas modificaciones, en el capítulo 20:23-26. Estos versículos nos presentan el orden del reinado de David, y el capítulo 8 termina propiamente la historia del establecimiento del rey como tipo del Mesías. Pero la presencia de Joab a la cabeza del ejército y el ejercicio del sacerdocio por dos sumos sacerdotes nos prueban que el orden definitivo no ha sido fundado aún, tal como lo será durante el reinado de Salomón.

  • a

    “Freno de la Metrópoli”

  • b

    El segundo libro de los Salmos, al cual pertenece el Salmo 60, trata de las circunstancias futuras del remanente cuando este será echado de Jerusalén, y nos lleva hasta el establecimiento del reino de David y la victoria sobre las naciones. El Salmo 72 termina este libro con el reinado de Salomón, establecido sobre su pueblo como rey de justicia y de paz.

  • c

    Nota del traductor: Véase Isaías 14:24-27; Ezequiel 38 y 39.

Mefi-boset, capítulo 9

Los capítulos 9 y 10 son una especia de apéndice que presenta en figura, en el capítulo 9 la gracia del Mesías hacia el remanente de Israel, y en el capítulo 10 esta misma gracia ofrecida a las naciones que la rechazan, atrayendo sobre sí el juicio de Dios.

En el capítulo 9 la casa de Saúl vuelve, en el momento oportuno, a la memoria de David; este busca algún residuo de esta raza para hacerle bien, por causa de Jonatán su amigo (v. 1). Encuentra a Mefi-boset, pobre retoño de esta familia, que lleva en su persona la consecuencia de la falta de fe de la mujer que se encargaba de él.

Respecto al Señor Jesús sucederá lo mismo que respecto a David. Llegará el tiempo en que el Mesías reanudará sus relaciones con el residuo de Israel cuyos padres, como Jonatán, le habían reconocido durante los días de su rechazamiento y, a pesar de su debilidad, le habían amado como a sí mismos. Este primer residuo, convertido en los días de Jesús, ha terminado y se ha fundido, por así decirlo, en la Iglesia cristiana después de la resurrección del Señor. La Iglesia constituye, en el tiempo actual, el gran paréntesis que se cerrará con la venida de Jesús para el arrebatamiento de los santos. Es solo entonces cuando el verdadero David se acordará de los retoños de Jonatán, la posteridad moral de los primeros discípulos judíos. El logrará descubrir a esta posteridad en un residuo miserable que antes no se fiaba de la gracia y había vuelto la espalda al Mesías, y que sufre ahora los resultados de su incredulidad.

Este residuo tendrá dos caracteres que volvemos a encontrar a cada paso en los Salmos. Llevará el peso de la ira divina en gobierno contra un pueblo rebelde del cual debería separarse; pero llevará también, como Mefi-boset, el carácter de la gracia que será su porción. Los Salmos expresan, por boca del remanente, estas dos líneas de pensamiento aparentemente contradictorios:

1. El gobierno de Dios ejerciendo su ira exterior contra el remanente, porque este forma parte del pueblo que ha crucificado al Mesías y, por lo tanto, se ha cargado de “homicidio” (Salmo 51:14).

2. La gracia obrando en el corazón de esos justos para llevarles a reconocer al Señor como Salvador y a compartir la gloria de su reino.

Señalemos ahora en este relato los rasgos que tienen relación con nuestras relaciones con Cristo.

David da curso a su misericordia hacia aquellos a quienes quiere bendecir. No había ninguna razón por la cual su interés se dirigiera hacia la casa de Saúl: esta siempre le había hecho la guerra y, en cuanto a su estado actual, solo su miseria podía atraer los pensamientos del rey. Pero es precisamente la miseria lo que atrae la gracia. David dice: 

¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?
(v. 1),

y más allá: “¿A quien haga yo misericordia de Dios?” (v. 3), es decir, misericordia divina. Siba se acerca para informarle que queda un pobre miserable, lisiado de ambos pies porque tiempos atrás había huido de aquel que solamente pensaba en bendecirle. El rey le manda buscar, a este Mefi-boset que figuraba entre esos “ciegos y cojos aborrecidos del alma de David” (cap. 5:8), y el cojo se presenta ante él. ¡Qué sentimiento habrán agitado el corazón de este pobre lisiado! ¡Con qué angustia debió considerar la suerte que le esperaba! David sí había dicho a Siba que haría misericordia a uno de los descendientes de Saúl, pero teniendo ante sí el retoño de esa raza que le había acosado sin misericordia, ¿aún pensaría en ejercer para con él la misericordia prometida?

“Y dijo David: Mefi-boset”. Le llama por su nombre, este nombre que nadie había pronunciado delante de él. David me conoce, pues; ¿se acuerda de mí? Debe pensar el miserable. Y Mefi-boset, prosternado a los pies del rey, dice: “He aquí tu siervo”.

David hace lo que siempre hace el Señor cuando quiere ganar la confianza de un pecador; le dice: “No temas”, cuando esta pobre alma, asustada por el juicio esperado, se encuentra a los pies de su juez. 

No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre. 

Recuerda su alianza con Jonatán; se había comprometido para con él por unas promesas irrevocables (1 Samuel 20:14-17); no podía ni quería retractar su promesa. Mefi-boset no tenía nada que temer, ya que su juez le dijo: “A la verdad haré contigo misericordia”.

Pero David no para ahí; dice: “Te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre”. Le hace regresar a su heredad. Luego: “Y tú comerás siempre en mi mesa”. La gracia del rey le da un sitio de los más señalados en su corte. Come con el rey; y mucho más todavía: “como uno de los hijos del rey” (v. 11). ¡David le da, en los ojos de todos, el título y la relación de hijo!

Al considerarle, este hombre debía ser la miseria personificada. Incapaz de moverse, este pobre paralítico tenía que ser llevado a la mesa del rey. ¿Qué habían de pensar de él los de fuera que asistieran a uno de los festines de palacio? Pero para David es un hijo, colocado en la posición más elevada que pueda darle. ¿Acaso no es esto lo que encontramos en Efesios 2:6-7? 

Dios… nos hizo sentar con él en las regiones celestiales en Cristo Jesús: para que, en los siglos venideros, hiciese manifiesta la soberana riqueza de su gracia, en su bondad para con nosotros en Jesucristo
(V. M.). 

David obra de la misma manera para con Mefi-Boset. El hecho de estar sentado como hijo en su mesa era, en el pensamiento del rey, mil veces más precioso que el hecho de ser heredero, por eso repite tres veces más estas palabras (v. 7, 10, 13).

Notemos que el hecho de ser introducido en esta relación muy gloriosa no cambia nada al estado de Mefi-Boset. El capítulo termina con estas palabras: “Y estaba lisiado de ambos pies”. En los ojos de los demás y en sus propios ojos es, pues, necesariamente el mismo. “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”, dice Pablo en Romanos 7:18. En los ojos de David es algo muy distinto: es revestido de toda la dignidad de un hijo del rey. Es así como nosotros, cristianos, que “no tenemos confianza en la carne”, debemos permanecer donde estamos, considerando lo que Dios ha hecho de nosotros. El ya no nos ve en nuestra miseria. Para exaltar su gracia, da a unos pobres lisiados de ambos pies un derecho a su presencia en la gloria.

¿Qué pasa en el corazón de Mefi-Boset, al verse objeto de tamaño favor? “El, inclinándose, dijo: ¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?” Delante de David se califica de perro, un ser impuro y despreciable, imagen de impureza; un perro muerto, objeto infecto y repulsivo que una echa lejos de sí con el pie. Al hablar así a David, tomaba –otros que él podían saberlo– el sitio que David, tomaba –otros que él podía saberlo– el sitio que David había tomado frente a Saúl, su antepasado: “¿A quién persigues? ¿A un perro muerto?” (1 Samuel 24:14). El rey poderoso, delante del cual se encontraba Mefi-Boset, en otro tiempo había tomado el mismo lugar que él; había encontrado en el conocimiento, en la apreciación de lo que eran la impureza, la muerte, el rechazó, durante los días de su aflicción. Es con semejante salvador con el cual Mefi-Boset tenía que ver.

Cuando la mujer sirofenicia se encuentra en presencia del Mesías, Este le dice: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”. “Si, Señor”, le contesta ella. Acepta esta sentencia. “Sí, Señor”, es verdad, confirmo lo que acabas de decir: yo soy indigna pero tú eres la gracia en la cual confío. “Pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos” (Marcos 7:24-30). Estas palabras van directamente al corazón de Jesús. Una fe que, a pesar de nuestra profunda indignidad, no duda en ninguna manera de su amor y de su poder, tiene la seguridad de recibir en cambio una abundancia de bendiciones divinas. Nuestra indignidad no sirve más que para sacar a luz la grandeza de la gracia.

El remanente judío del fin llegará también al juicio completo de sí mismo en presencia de Aquel a quien rechazó. Dirá: ¿Es posible que yo no le haya “estimado” a Él, el Hijo de Dios? ¡Y Él se sirvió de mi enemistad para dejarse herir en mi lugar! Participó de mi condenación, como cordero llevado al matadero, sin abrir la boca, habiendo resuelto salvarme a todo precio.

La parte de Mefi-boset no le puede ser quitada: “Comerá siempre a mi mesa” (v. 7, 10); “comía siempre a la mesa del rey” (v. 13). 

No apartarás tu misericordia de mi casa para siempre. 

Moraba en Jerusalén, en el lugar mismo que el rey había escogido por su morada. Nosotros poseemos estos mismos privilegios, y esta serie de gracias que pertenecía a Mefi-boset es nuestra porción actual y futura. Tenemos la herencia y la poseemos. Habitamos en la casa del Padre y habitaremos en ella para siempre. Él nos hace sentar en su mesa; allá estaremos para siempre. En verdad, cuando estemos en ese festín del porvenir, ¡el amor que se ha humillado para salvarnos consentirá en hacerse eternamente el servidor de nuestro gozo!

Como Mefi-boset, nos es preciso tomar, ante la gracia, la medida de lo que somos y, juzgándonos a nosotros mismos, comprender que nuestra posición gloriosa de hijos de Dios no depende sino del amor que llena el corazón de Cristo hacia pobres seres como nosotros.

Hanún, capítulo 10

La gracia de David no se dirige al remanente judío solamente. En el capítulo 10, se presenta a unos gentiles rebeldes. Moab y Amón, descendientes de Lot, formaban casi un solo pueblo, habiéndose sido siempre aliados, entre sí y con los enemigos de Israel, para perjudicar al pueblo de Dios. “No entrará amonita ni moabita en la congregación de Jehová, no hasta la décima generación de ellos; no entrarán en la congregación de Jehová para siempre, por cuanto no os salieron a recibir con pan y agua al camino, cuando salisteis de Egipto, y porque alquilaron contra ti a Balaam hijo de Beor, de Petor en Mesopotamia, para maldecirte. Más… Jehová tu Dios te convirtió la maldición en bendición, porque Jehová tu Dios te amaba” (Deuteronomio 23:3-5). Tal es la ordenanza de Dios a su respecto. Israel no debía buscar nunca su paz ni su prosperidad; y son embargo David desea ganar por su gracia, si no es a este pueblo como tal, por lo menos el corazón del jefe de la nación, trayéndole consolaciones.

Lo mismo ocurrirá al final de los tiempos: la gracia de Dios, traída por el reino de Cristo, será ofrecida a las naciones. Se mandarán mensajeros para invitar a los gentiles a someterse. A una gran multitud de entre ellos le parecerá fácil el yugo del Hijo de David; otros, como Hanún, rehusarán aceptar lo que sea de El.

Pero esta historia, como la de Mefi-Boset, nos habla de otra cosa además del reinado futuro de Cristo y de su gracia ofrecida a las naciones del fin. En ella encontramos también los caminos de Dios para con el tiempo actual.

“Dijo David: Yo haré misericordia con Hanún hijo de Nahas, como su padre la hizo conmigo” (v. 2). No tenemos ningún motivo para pensar que este Nahas no sea el mismo que se nos presenta en el primer libro de Samuel, capítulo 11, que deseaba satisfacer su orgullo y su furor sacándoles el ojo derecho a todos los habitantes de Jabes de Galaad, para echar oprobio sobre Israel. Dios les liberó por la mano de Saúl, pero vemos cuán enemigo del pueblo de Dios era este hombre malo y sanguinario, y su carácter natural hace resaltar tanto más lo que nuestro capítulo dice de él.

“Su padre hizo misericordia conmigo”. La Palabra no dice nada de ello en el relato de las peregrinaciones de David; el primer libro de las Crónicas tampoco hace ninguna mención de ello. La historia tampoco lo recuerda; pero David, figura de Cristo, se acuerda de un acto de bondad de parte de este hombre que debía odiarle como futuro rey de Israel. En un tiempo en el cual el ungido de Jehová era rechazado, este Nahas (en todo caso, Dios mandaba en todos sus actos) le había mostrado benevolencia.

Puede suceder que el mundo, o un hombre que pertenece al mundo enemigo del pueblo de Dios, hagan algo por Cristo, deje hablar su corazón para ofrecer algún socorro a los que representan al Señor Jesús en esta tierra. Este hombre puede olvidar su acción, el mundo también la puede olvidar y en ninguna parte queda consignada; pero el Señor no la olvida. Semejante hombre no recibe ninguna recompensa en el cielo, pero los ojos, el corazón, los pensamientos del Señor Jesús son atraídos hacia él; Él no quiere seguir siendo deudor de aquel que, aunque enemigo en el fondo, ha hecho algo por Él. “Envió David sus siervos para consolarlo por su padre”. Nahas estaba muerto; había sido, sin duda, un buen rey para su pueblo; y Hanún, su hijo y sucesor, afligido por esta gran pérdida, tenía necesidad de ser consolado. David piensa en él.

Ocurre lo mismo hoy día. El Señor no olvida nada, y en cambio de un acto de bondad hacia Él, cumplido por un hombre malo, le manda algo a este que le haga feliz. Son consuelos, cosas que pueden alentar el alma sobre la cual pesa el dolor introducido en el mundo por el pecado. David conocía las necesidades de Hanún; sabía que podía reemplazarlas por sentimientos de dulzura y de gozo. No le manda regalos, riquezas ni honores, sino lo que vale infinitamente más: algo para consolarle. Lo envía por medio de sus siervos; recibir a estos era recibirle a él mismo.

Así sucede en cuanto al Evangelio anunciado al mundo. Cuán alentador es pensar que el Señor tiene los ojos sobre cada cual y que no olvida los corazones de los pecadores llevados hacia Él, ni por un solo momento, para ofrecerles sus bendiciones a ellos y a sus hijos.

Qué felicidad para Hanún, si hubiese comprendido las intenciones del rey. La gracia es siempre el carácter de David. Esta hace de él la figura sorprendente del Señor Jesús, sin hablar de sus sufrimientos y de sus aflicciones. ¿Acaso no ha mostrado esta gracia, en el curso mismo de este libro, ante la triste suerte de Saúl, la suerte trágica de Abner y de Is-boset? David solo dice bien de sus enemigos; olvida su enemistad y sus insultos; su corazón noble y amplio se eleva por encima de toda consideración personal para no considerar a sus adversarios sino en la pura luz de la gracia. ¡Es así como Jesús manda a sus peores enemigos el feliz mensaje de salvación!

Hanún no le recibe. Si hubiese estado solo, quizás su corazón hubiera sido tocado; no echa a los mensajeros inmediatamente, pero es mal aconsejado; son los príncipes amonitas los que excitan su desconfianza: “¿No ha enviado David sus siervos a ti para reconocer e inspeccionar la ciudad, para destruirla?”. Cuando Jesús no es conocido, ¡qué fácil éxito tienen estas sugerencias! Esta gente, dicen, es hipócrita; su propósito es hacernos la guerra.

¡Ah! ¡Cuántas veces, por estas insinuaciones, los siervos del Señor han sido detenidos en su obra por ganar las almas para Cristo!

El mundo tiene más confianza en la opinión de sus consejeros que en el mensaje de Cristo, y ellos harán todo para desviar del Evangelio a aquellos de los suyos que tendrían alguna inclinación a recibirlo. De la desconfianza al ultraje hay menos distancia de lo que parecería.

“Entonces Hanún tomó los siervos de David, les rapó la mitad de la barba, les cortó los vestidos por la mitad hasta las nalgas, y los despidió” (v. 4). Esta era la mayor ignominia que se pudiera infligir a los embajadores de un rey. Tenían que atravesar el territorio de Hanún deshonrados, medio desnudos, objetos de risa y de burlas. ¿Es de extrañar que estuvieran “en extremo avergonzados”? David manda ir a su encuentro para decirles: “Quedaos en Jericó hasta que os vuelva a nacer la barba, y entonces volved” (v. 5).

El último mensaje de gracia –y cuán poco dudaba Hanún de que fuese el último– ha sido rechazado. La consecuencia es un juicio terrible que empieza en este capítulo y sigue en los siguientes, juicio sin piedad producido por la indignación por el ultraje hecho a la gracia.

“Y viendo los hijos de Amón que se habían hecho odiosos a David, enviaron los hijos de Amón y tomaron a sueldo a los sirios de Bet-rehob y a los sirios de Soba, veinte mil hombres de a pie, del rey Maaca mil hombres, y de Is-tob doce mil hombre. Cuando David oyó esto, envió a Joab con todo el ejército de los valientes” (v. 6-7).

Se insulta al Señor Jesús y se le teme; se muestra ser enemigo suyo, queriendo evitar el juicio, se forma una confederación para resistirle. “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte” (Salmo 2:1-6). En el mundo de los acontecimientos se desarrollan con rapidez. No está lejos el momento en que la confederación de los pueblos hablará así contra el Ungido de Jehová. ¡Ay de ellos! Tampoco está lejos el momento en que Jehová se reirá de ellos y en que exaltará, por su juicio, a Aquel a quien ha puesto como rey sobre Sion.

Volvemos a encontrar aquí algunas señales de debilidad en David. ¿No debería haberse puesto a la cabeza de su ejército en lugar de confiarlo a Joab? Parece que esta vida de luchas continuas le pesaba un poco, y que pensaba poder transferir a otros la dirección de la guerra, para concederse un poco de descanso.

Los hijos de Amón salen para hacerle frente al ejército de Israel, mientras que las naciones aliadas procuran rodearlo. Joab combina hábilmente su plan de batalla. Al colocar a su hermano Abisai contra los amonitas, él mismo se enfrenta a los sirios. Dice a su hermano: “Si los sirios pudieren más que yo, tú me ayudarás; y si los hijos de Amón pudieren más que tú, yo te daré ayuda”. Joab añade: “Esfuérzate, y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere” (v. 11-12), Empecemos por ser fuertes, dice Joab. Combatamos por la honra de nuestra nación, y por las ciudades de nuestro Dios. He aquí lo que hemos de hacer, y que Jehová haga luego lo que le parezca; no rechazamos su ayuda. Este es un poco el lema del mundo: Ayúdate, y el cielo te ayudará. La piedad de Joab no sobrepasa este nivel.

Joab se lleva la victoria, pero es una victoria inútil. Los hijos de Amón y los sirios huyen; aquéllos vuelven a entrar en la ciudad. Son más bien golpeados que vencidos o hechos prisioneros. La batalla queda sin fruto; todo está por volver a empezar. David había vuelto a colocar en las manos del hombre lo que Dios le había confiado a él. La lección está llena de mansedumbre, pues David no sufre la derrota; pero la enseñanza del Señor le hace regresar al verdadero camino.

Los sirios se reúnen nuevamente; entonces “David reunió a todo Israel, y pasando el Jordán vino a Helam; y los sirios se pusieron en orden de batalla contra David y pelearon contra él. Más los sirios huyeron delante de Israel; y David mató de los sirios a la gente de setecientos carros, y cuarenta mil hombres de a caballo, hirió también a Sobac general del ejército, quien murió allí. Viendo, pues, todos los reyes que ayudaban a Hadad-ezer, cómo habían sido derrotados delante de Israel, hicieron paz con Israel y le sirvieron; y de allí en adelante los sirios temieron ayudar más a los hijos de Amón” (v. 17-19). Es una victoria real y completa, tan completa que los reyes se someten a Israel.

David debía aprender de semejante hecho. Se había sustraído a su responsabilidad, pero ahora había aprendido en la escuela de Dios el peligro de esta abstención.

Quedan los hijos de Amón; la tarea es más difícil, como lo vamos a ver. Pero también presenciaremos las terribles experiencias de David por no haber aprendido, de una vez para siempre, la lección que el Señor le daba de una manera tan misericordiosa