Realeza sobre Judá, capítulos 2-4
Hebrón, capítulo 2
Al mismo tiempo que pronuncia un lamento sobre Saúl y sobre Jonatán, David –lo hemos visto– tenía el propósito de enseñar a los hijos de Judá a servirse del arco. Hemos notado que el arco significa, para el creyente, la fuerza de Dios que solo se manifiesta en la dependencia. Al principio del capítulo 2, la conducta de David es la ilustración de esta verdad. Los días de su aflicción han pasado, empieza una era nueva; el camino del trono se abre delante de él; va a tomar el sitio que Dios, desde hace mucho tiempo, le ha designado. Pues bien, lo primero que hace David es consultar a Jehová, mostrar que depende enteramente de Él. Se puede decir que la dependencia caracteriza ante todo su carrera. Junto a los apriscos de las ovejas, cuando se enfrentó al león y al oso, delante de Goliat, en el desierto de Judá, en Keila, en Siclag (1 Samuel 30:6-8), David es el hombre dependiente y, por consiguiente, el hombre fuerte. No hay nada más agradable a Dios que eso; las incertidumbres y las vacilaciones de nuestra marcha se explican por nuestra falta de dependencia. Cuando existe esta nos hacemos, en toda circunstancia, esta primera pregunta: ¿Cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué obra nos ha preparado El? Le interrogamos para saberlo, porque se consulta a Dios cuando se depende de Él. Por eso nuestro camino será sencillo y bendecido, porque será el camino de Dios. No ofrece complicaciones sino cuando no nos referimos a Dios antes de tomar una decisión.
No obstante, no faltan en la vida de David las ocasiones en las cuales se olvida de consultar a Jehová. A menudo el enemigo nos ataca en los puntos donde nos creemos invulnerables. Se puede decir que la historia de David, modelo de dependencia, nos muestra más que otra la independencia, sus peligros y sus consecuencias. Es así como, por su propia voluntad, le hemos visto bajar dos veces da la corte del rey de los filisteos. La primera vez no cosecha más que desprecio y humillación; la segunda vez, dominado por el temor y pensando salvar su vida, abandona las felices experiencias del desierto de Judá, pierde su carácter de testigo y corre el peligro de aliarse con los incircuncisos para combatir al pueblo de Dios. Bajo la disciplina, aprende otra vez a consultar a Jehová y recobra todo lo que su falta de fe le había quitado a).
Veremos, en el capítulo 6, que la falta de dependencia fue causa del “quebrantamiento de Uza”. Todas estas cosas son una fuente de enseñanzas prácticas para nuestras almas.
“David consultó a Jehová, diciendo: ¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le respondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le dijo: A Hebrón” (cap. 2:1). Es Dios quien escoge el lugar especial adonde su ungido ha de dirigirse. David, entregado a sí mismo, quizás hubiera vacilado entre otros muchos, pero Dios determina uno solo para su siervo; es Hebrón.
En el libro de Josué b hemos hecho constar lo que era Hebrón: lugar de sepulcros, lugar de muerte, fin del hombre, imagen vívida de lo que para nosotros es la cruz de Cristo. Era necesario, según los pensamientos de Dios, que David subiese a Hebrón, porque este era el único punto de partida de la realeza, y el reinado de David solo es figura del de Cristo, fundado sobre la cruz. Su reino es la consecuencia y la recompensa de su cruz. Los ancianos, reunidos en torno al trono, cantan un cántico nuevo: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado” (Apocalipsis 5:9). El inaugurará todos los caminos gubernamentales de Dios que le conducirán al trono milenario, porque El sufrió y su sangre preciosa fluyó. ¡Algo maravilloso para siempre jamás! En el cielo se ve, en medio del trono y de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero inmolado que es el centro de todo. No está sobre el trono, sino en medio de él. De Él, como de este centro, salen, y en él hallan su término todos los consejos escritos dentro del libro, todos los caminos de Dios, escritos sobre sus tapas. Él se levanta; estos caminos comienzan; los cuatro seres vivientes, atributos de los juicios divinos, se ponen en marcha, la realeza del León de Judá es establecida, y los consejos de Dios se cumplen para siempre.
¡El eterno “consumado es” ha encontrado su punto de partida en el madero de ignominia en el cual el Hijo del hombre sufrió, en el cual el mundo clavó al Hijo de Dios!
Pero Hebrón es también el centro de reunión para los seres queridos de David. Allí sus compañeros permanecen en torno suyo. “Llevó también David consigo a los hombres que con él habían estado, cada uno con su familia; los cuales moraron en las ciudades de Hebrón” (v. 3). Allí mismo donde David tiene su domicilio, los suyos tienen algunas moradas. Es así como el Cordero inmolado, el Rey por la eternidad, estará “en medio de los ancianos”, figuras de todos los santos glorificados. Mientras esperamos ese momento glorioso, su cruz nos reúne en torno suyo. Ella es y sigue siendo para siempre el centro de reunión de los hijos de Dios.
Hebrón viene a ser también el centro de reunión de todas las tribus de Israel (cap. 5:1). Cuando el pueblo terrenal reconozca al que traspasaron y se someta a Él, será el primer objeto de las bendiciones de su reinado. Aun otro hecho parece estar indicado en estos versículos: “David subió allá, y con él sus dos mujeres, Ahinoam jezreelita Y Abigail, la que fue mujer de Nabal el de Carmel” (v. 2). El hombre de dolores, el rey rechazado, no solo tiene en Hebrón unos compañeros y un pueblo, sino también sus mujeres. Abigail es, como Rebeca, uno de los tipos escasos del Antiguo Testamento que prefiguran a la Iglesia; es la esposa; la asociada voluntaria, humilde y gozosa de David en los días de su rechazamiento. Ahinoam, figura menos destacada, representaría más bien, como lo veo yo, el residuo de Israel puesto en relación con el Mesías antes del establecimiento de su reinadoc. Sea lo que sea, David posee en Hebrón lazos más íntimos que sus relaciones con su pueblo. Es así como vemos al final del Apocalipsis a la Esposa del Cordero asociada con toda la gloria de este, y en los profetas, a Jerusalén reconocida como muy amada de Jehová. Así el Criso viene a ser, por su muerte, el centro de bendiciones para todos.
“Vinieron los varones de Judá, y ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá” (v. 4). Como el reinado de David, el de Cristo no se establecerá en este mundo mediante un golpe teatral. Su juicio sí será repentino, pero no su reinado. Esto no sería según los pensamientos de Dios, quien quiere dejar tiempo a la conciencia de los suyos para ser ejercitada. Para Cristo hace falta un “pueblo que se le ofrezca voluntariamente en el día de su poder”, no un pueblo parecido a las naciones que –aparte de la “gran multitud” de salvados de entre los gentiles– no se acercarán al Rey sino con “palabras lisonjeras” y mentirosas de aparente sumisión. Aquí, David es reconocido primero por los compañeros de su rechazamiento, luego Judá se reúne en torno a él. Después (cap. 5:1) vienen las demás tribus, cuando han perdido el sostén de la carne en la persona de Is-boset. Por fin (cap. 5:11), se acercan las naciones, cautivadas por la gracia del rey y felices de servirle.
La continuación del capítulo ofrece hechos importantes sobre una parte de los cuales tendremos que volver en el capítulo siguiente. Encontramos primeramente los hombres de Jabes de Galaad, alabados por David, según el espíritu de gracia que le caracteriza, por haber hecho misericordia con Saúl dándole sepultura. Les hace anunciar que Judá le ha ungido por rey, y esta noticia penetra así hasta los confines de la tierra de Israel.
Luego encontramos a Abner, jefe del ejército de Saúl, que no quiere someterse a David; hombre honorable según el mundo, muy valiente, de una innata nobleza de corazón, pero de carácter violento y orgulloso. Sostiene, en la persona de Is-boset, el principio de sucesión según la carne, revestido de aparente autoridad, ya que Saúl había sido escogido por Dios. Este principio los hombres lo defienden hasta el extremo, porque es el de la religión de sus padres, de la religión nacional, mucho más respetable en los ojos de los hombres que la opinión de algunos que se singularizan al seguir al hijo de Isaí. Todo un sistema político está unido a este sistema religioso. La cosa debe ser buena, ya que Dios le ha puesto su sello en una época remota y, por eso mismo, respetable. Abner emplea su energía natural en defenderla. ¿Qué hay que objetar a ello? Solo una cosa: es que todo ese sistema se opone a los pensamientos de Dios y le hace la guerra a su ungido. Uno lucha por su propia causa y, como más tarde Saulo de Tarso, se encuentra con que es enemigo de Aquel a quien Dios ha dado la supremacía.
Es un hecho digno de notar que David no aparece en este conflicto y no juega ningún papel en él, aun cuando, en apariencia, se trata de él. Es un hombre de su cercanía, Joab, acompañado de sus hermanos, quien se coloca a la cabeza de los servidores del rey. En 1 Crónicas 2:16 vemos que eran los propios sobrinos de David, por Sarvia, hermana de este. Por este hecho tenían una alta posición y se mantenían muy aferrados a la casa real. Joab, hombre ambicioso, procura abrirse paso en el mundo y conquistar el primer sitio después del rey. Aunque no es nombrado, y con motivo, entre los “valientes de David”, es hombre de valentía. No carece del sentido de lo justo y de lo injusto, pero tan solo se opone a la injusticia cuando esta va en contra de sus intereses, y cuando una cosa justa le contraría la suprime. Nada le detiene; no tiene escrúpulos para satisfacer su ambición. Alguien ha dicho de él: “Uno se lo encuentra dondequiera que haya algún mal que hacer o mucho que ganar”. Joab es la carne política. Su ventaja es la de sostener la causa de David. Si comparaos a Abner con Joab, el que queda bien es el primero. Y sin embargo Joab sale a la escena como campeón del testimonio. Sobre él descansará pronto el peso de los acontecimientos militares y aun otros; es él quien bajo cuerda dirige y pone en movimiento muchas intrigas. En presencia de esta habilidad, el mismo David se siente débil (cap. 3:39). Desde el momento en el cual la carne se adueña del testimonio veamos el resultado. Ruinas y nada más que ruinas. Uno lucha a favor de David, el otro por aquel que Dios ya no reconoce. ¿Acaso uno vale más que el otro? Cuando la carne sostiene a David –o a Cristo– no son mejores los resultados que cuando sostiene al Anticristo.
Las dos tropas (v. 12-17) se enfrentan. ¿Con qué propósito? Para medir sus fuerzas. ¿Dónde está Dios? Está ausente. ¿Dónde está David? Su nombre ni siquiera se pronuncia. En este campo cerrado se trata de quién pueda más. Ni uno de los combatientes escapa. David pierde en esto a sus servidores y el resultado es nulo para su causa.
El desenlace de este combate singular es otra batalla en regla, en el cual Joab pierde a un hermano querido para con quien Abner había mostrado la nobleza natural de su carácter. Asael no quiere saber nada; se abalanza, lleno de presunción, y, víctima de su deseo de gloria, cae herido por la lanza de Abner. Joab no olvidará esta muerte y satisfará su venganza en el momento cuando esta le traerá mayor beneficio.
¡Ay! ¿Qué queda de todas estas luchas? No se encuentra en ellas nada de Dios, nada para Dios, aun cuando incluso el mundo combate en apariencia bajo la bandera de Cristo; y el alma del fiel no tiene otro recurso que refugiarse en Hebrón junto a aquel que es el único centro de bendición y cuya presencia le da paz, felicidad y reposo excelente. Pero cuando nuestro David se levante para combatir, andemos con decisión en pos de él, pues combatir, andemos con decisión en pos de él, pues combatir con Él es obtener una victoria segura y duradera sobre el enemigo.
Abner, capítulo 3
Al principio del capítulo 2 vemos la feliz dependencia de David, en el momento de ser nombrado rey sobre Judá. El establecimiento gradual de su realeza ha llevado nuestros pensamientos hacia tiempos futuros, cuando el reinado de Cristo será establecido en poder. Pero este capítulo 2 contiene un hecho aún no mencionado y muy digno de hacer constar. Apenas es instituida la realeza cuando el relato cambia de tono y viene a ocuparnos con unas circunstancias tristes y humillantes.
Ello se debe a que David no solo es figura de Cristo, sino –lo veremos muchas veces en la continuación del libro– el representante de la realeza confiada en manos de un hombre, responsable de mantenerla. Como rey, David posee el poder (todavía no el poder absoluto) de parte de Dios. Es libre para hacer de él lo que quiera, para bien; libre para rebajar o ensalzar, a su gusto, a los hombres que le rodean y emplearles para sus fines; libre, finalmente, para promulgar ordenanzas y decretos para el bien de su pueblo y para la gloria de su Dios. Pero, ¡ay! es al hombre a quien se confía esta temible responsabilidad y este poder casi sin límites. En efecto, la realeza no era, originalmente, restringida como en nuestros días por toda clase de leyes y más o menos bajo el control de la voluntad del pueblo. El rey según la Palabra no era responsable sino ante Dios. El respondía por la conducta del pueblo y, sí este caía en falta, el rey debía llevar el juicio. Veremos a qué llegará esta autoridad puesta en las manos de David.
El capítulo 2 (v. 8-32) nos muestra ya el comienzo de esta historia. David está rodeador por su parentela, hombres valientes que aspiran al primer puesto entre los jefes. Los hijos de Sarvia poseen este rango según la carne, pero, según Dios, no lo tienen en más alto grado que los demás; al contrario. Abisai no figuraba entre los “tres primeros”; Asael era “de los treinta” (cap. 23). Joab, lo hemos visto, ni siquiera es nombrado entre los valientes, pero –valeroso, y tan hábil como ambicioso, engañador, cruel y sanguinario cuando encuentra un obstáculo a la realización de sus propósitos, muy astuto para influir sobre el ánimo del rey, al halagar sus debilidades (cap. 14)– este hombre logra dirigir, en apariencia por lo menos, los acontecimientos según su capricho.
En toda la segunda parte del capítulo 2, el rey desaparece ante estos hombres. Sus allegados se agitan, deciden, combaten a los adversarios que pertenecen a la casa de Saúl, sin soñar siquiera en consultar a aquel que, él solo, tiene derecho de tomar la iniciativa. ¡Triste acompañamiento del poder! David, en la época de sus tribulaciones, insuflaba, por decirlo así, su carácter en sus compañeros; o bien, ante las rebeldías de estos, se refugiaba junto a Jehová para consultarle (1 Samuel 30:6-8). Aquí, poseyendo la autoridad por la cual es responsable, esta se le escapa y sus compañeros, con la apariencia de usarla para su causa, se sirven de ella en realidad para comprometer el carácter de Jehová y de su ungido. Las miras de los que rodean el trono crean para el rey, durante todo su reinado, múltiples dificultades, y él confiesa ser demasiado débil para dirigir sus sentimientos y reprimir sus actos.
El capítulo 3 sigue con la misma historia. En presencia de estas dificultades, la única salvaguarda para David era vivir en la dependencia del Señor. La disciplina hará que vuelva a encontrarla, pero el espíritu de Dios nos enseña aquí que el fiel, habiendo recibido de Dios un sitio de autoridad, pronto pierde, a causa de la carne que habita en él, el sentimiento de su dependencia. Al ejercer el poder, toma confianza en sí mismo, sin experimentar la necesidad del socorro de Jehová, como cuando erraba cual perdiz cazada por los montes. Antes de que la corona se hallase sobre su cabeza, salvo en raras ocasiones, solía consultar a Dios, no dando ni un solo paso sin Él; en cuanto la recibe olvida su salvaguarda. La volverá a encontrar un poco más tarde después de haber tenido amargas experiencias, pues hay que recordar que en el caso de David –y este es uno de los rasgos principales de su carácter– la disciplina siempre lleva frutos admirables, y eso hasta los últimos momentos de su vida, hasta en sus últimas palabras.
Nosotros también necesitamos ser disciplinados para aprender la dependencia. Si dejamos obrar nuestra voluntad que, en resumen, no es otra cosa que independencia, el Señor nos quebranta para volvernos a traer bajo su yugo bendito, tan ligero, tan fácil de llevar.
Los cinco primeros versículos de nuestro capítulo ofrecen un ejemplo sorprendente de lo que acabamos de decir. David toma varias mujeres en Hebrón, además de Ahinoam y Abigail, compañeras de su vida errante. Si hubiese consultado a Jehová antes de hacerlo, ¿qué le habría contestado Este? Lee mi Palabra. La dependencia de Dios y la de su Palabra son una sola cosa. David tenía en las manos los libros de la ley y no tenía sino que meditarlos para conocer su camino. En el Deuteronomio (cap. 17:17-18), ¿no se dice respecto al rey: “Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe…”? Para obrar como lo hace, podía tener toda clase de buenas razones según el hombre, como posteridad real, etc., pero no según Dios. Para convencernos de ello, tan solo tenemos que seguir la descendencia de estas mujeres. Si David no hubiese tenido más que la piadosa Abigail por compañera, ¿habría visto a un Amnón cubrir su casa de vergüenza y deshonra, un Absalón sublevarse contra su propio padre, un Adonías intentar apoderarse del reino y pedir a la sunamita por mujer?
No contento con estas alianzas, este hombre de Dios que puede hacer su voluntad –¡cuán peligrosa es esta libertad!– reclama de Is-boset (cap. 3:13-16) a Mical su mujer, venida a ser adúltera al tomar otro marido; Mical, hija de Saúl, que, después de haber amado en tiempos pasados a David con un amor según la naturaleza carnal, mostrará más tarde su desprecio por la simiente de Dios, de la cual no podía comprender ni la piedad ni la consagración a los intereses de Jehová (cap. 6:20-23). A esta mujer adúltera la arranca de su hogar, en vez de dejarla con su nuevo marido, rompiendo así el corazón de este hombre, honrado después de todo, que tenía un profundo afecto por su compañera y que la sigue llorando, sin pensar en rebelarse contra la autoridad establecida.
Tal es ¡por desgracia! Este rey piadoso, al hacer uso de la autoridad todavía limitada, pero pronto ilimitada, que Dios le ha colocado en las manos.
El hecho de que Abner, a sabiendas y voluntariamente, se oponga a Jehová al sostener a Is-boset, no es para extrañarnos. Abner sabe que David es el ungido de Jehová: “Así haga Dios a Abner y aun le añada, si como ha jurado Jehová a David, no haga yo así con él…” (v. 9); y más adelante (v. 18):
Jehová ha hablado a David, diciendo: Por la mano de mi siervo David libraré a mi pueblo Israel de mano de los filisteos, y de mano de todos sus enemigos.
Abner tiene conciencia de no estar de parte de Dios, pero, al no tener a Jehová por objeto de sus proyectos y de su actividad, no se preocupa por tal contradicción entre sus opiniones y su conducta. Abner solo tiene la pretensión defender un sistema político-religioso de sucesión. Es honorable poder llamarse los descendientes directos de lo que Dios ha establecido; y si Dios ha reemplazado la realeza de Saúl y las formas de una religión sin vida por la realeza de David, con los recursos religiosos que El da a su pueblo en medio de la ruina, ¿qué le importa eso a Abner? Sostendrá, a pesar de todo, la casa de Saúl, Is-boset se apoyará en él, pero que se cuide bien de herir el firme sostén de su trono. Si quiere levantarse contra la corrupción de Abner, este orgullo herido, abandonará a su amo para volverse hacia David. “¿Soy yo cabeza de perro…?” dice, y le anuncia abiertamente sus proyectos. Los cumple en pleno día, en la franqueza de su naturaleza; y el pobre rey, sin fuerzas para contestar, solo puede temblar ante sus amenazas. Pero en todo eso vemos a la Providencia divina que, bajo las pasiones del hombre y aun por medio de ellas, prepara el camino para su ungido.
Los cumple en pleno día, en la franqueza de su naturaleza; y el pobre rey, sin fuerzas para contestar, solo puede temblar ante sus amenazas. Pero en todo eso vemos a la Providencia divina que, bajo las pasiones del hombre y aun por medio de ellas, prepara el camino para su ungido.
Asistimos a estos acontecimientos sin esperar nada para Dios de parte de los que, como Abner, no le pertenecen. Pero ¿qué pensar de David? ¿Por qué no consulta a Jehová cuando se le propone esta alianza? El que había rehusado la corona de ano del amalecita, que va a rehusarla de la de los asesinos de Is-boset, ¿acaso la aceptaría de mano de Abner? Sí, porque se siente libre, porque tiene toda clase de razones para obrar así para el bien de su reino. Esta alianza allanará las dificultades; bastante ha durado la guerra… Todo eso es muy razonable según el hombre, pero no es según el pensamiento de Dios.
Abner habla a las once tribus, logra convencerlas, aun la de Benjamín, aliada con Saúl, y luego da cuenta a David de sus trámites. “Y dijo Abner a David: Yo me levantaré e iré, y juntaré a mi señor el rey a todo Israel, para que hagan contigo pacto, y tú reines como lo desea tu corazón” (v. 21). Pero Dios se opone a ello; no quiere que David reciba el reino de otra mano que la suya. Nadie podrá jactarse de haber establecido al ungido de Jehová sobre el trono. Y lo que es más, ¿cómo podría permitir al orgullo del corazón del hombre tallar los escalones por los cuales David sube al poder? Abner es asesinado. Dios hace que aun las peores iniquidades de los hombres sean para el cumplimiento de sus designios. Se sirve del acto infame de Joab para suprimir a aquel en el cual David ya había puesto su confianza.
Joab comete un asesinato en plena paz y se venga así de la muerte de Asael, aunque Abner lo había matado “en la batalla” (v. 30), prueba de que no había nada reprensible en su acto (véase cap. 2:20-23). Tal es el motivo personal de esta espantosa acción; pero el que conoce a Joab y su ambición de hacerse jefe del ejército, supone otro motivo. Joab teme el valor y la autoridad de Abner, entonces mucho más experimentada que la suya. Si este acabase de concluir la alianza, ¿no obtendría el primer sitio? Joab tiene todo que ganar con su venganza.
Abner, pues, no será el restaurador del reino; Joab, aún mucho menos que él, ya que su asesinato se convirtió, sin la intervención divina, en señal de una guerra más larga y más despiadada que la tocaba a su fin.
Lo que gana el corazón de Israel es la indignación del rey contra el mal, su aflicción con respecto a un crimen que deshonraba el carácter de Jehová y el de su ungido; es la humillación, el ayuno, el luto público de David en presencia de todo su pueblo. “Y todo el pueblo y todo Israel entendió aquel día, que no había procedido del rey el matar a Abner hijo de Ner” (v. 37).
¡Ah! ¡Cómo, en medio de estas circunstancias difíciles, David recobra los rasgos preciosos de su carácter! Al repudiar toda solidaridad con el mal, prueba que “de todas maneras, él estaba puro en este asunto”. Invoca el juicio de Dios sobre Joab: “… la sangre de Abner hijo de Ner. Caiga sobre la cabeza de Joab, y sobre toda la casa de su padre; que nunca falte de la casa de Joab quien padezca flujo, ni leproso, ni quien ande con báculo, ni quien muera a espada, ni quien tenga falta de pan” (v. 29). Y además: “Jehová dé el pago al que mal hace, conforme a su maldad” (v. 39). Más tarde, este juicio de Dios, pronunciado por David, se ejecutó (1 Reyes 2:31-34).
David rey vuelve a encontrar respecto a Abner los acentos de gracia de los cuales David rechazado se servía respecto a Saúl. Pronuncia un lamento sobre Abner: “¿Había de morir Abner como muere un villano? Tus manos no estaban atadas, ni tus pies ligados con grillos; caíste como los que caen delante de malos hombres” (v. 38).
¡Ay! estando el poder en sus manos, ¿qué hubiera podido hacer con él contra los “hijos de iniquidad”? Solo Dios podía hacer el bien. Los hijos de Sarvia eran muy duros para David (v. 39). El mismo reconoce su debilidad, tal como se mostró en ese día. Cuán simpático nos resulta David por estas palabras:
Y yo soy débil hoy, aunque ungido rey
(v. 39).
Lo que sucede alcanza su corazón como una seria disciplina. Débil, lo eras en efecto, servidor muy amado de Jehová, a pesar de tu unción; pero no temas; Dios será tu fuerza y tu salvaguarda en la debilidad, y tus pies serán guardados de la caída si buscas tu fuerza en la comunión con Él. Lo mismo pasa con nosotros. Dos cosas inseparables son nuestra salvaguarda: el sentimiento de nuestra debilidad, unido a la dependencia de Dios y de su Palabra. David había empezado en este capítulo por el uso de su poder y, obrando por cuenta propia, no había consultado a Jehová. Los acontecimientos que le abruman le llevan a la conciencia de su incapacidad y, como completamente de nuevo, no tardará en aprender la dependencia tan pronto olvidada.
En medio de todos estos acontecimientos, Is-boset pierde su reino. Dependía enteramente de Abner que le aseguraba la victoria y el mantenimiento de su trono. Quitado este hombre, ya no le queda nada. Cuando procuró oponerse a la falta de respeto hacia la memoria de su padre, es abandonado por aquel que le sostenía. Esto es lo que aniquila toda fuerza en la cristiandad profesante que procura más o menos apoyarse sobre la sucesión de una religión según el hombre. Aliada, para mantenerse, con los gobiernos y los poderes de un mundo enemigo de Cristo, viene a ser la esclava de estos y no tiene ninguna fuerza para oponerse a su desorden o para reprimirlo. Hablo aquí menos del romanismo que, como la gran ramera, tiene la pretensión de estar “sentada sobre la bestia” y de gobernarla, que de la Reforma que muy pronto degenera abandonando el principio de la fe y buscando su apoyo junto a los grandes de este mundo. La ruina fue necesariamente la consecuencia de ello.
Contentémonos con mantenernos ajenos a toda intervención del hombre enlas cosas religiosas, y digamos como David, en el sentimiento de nuestra incapacidad para remediar el mal: “Estos hombres, los hijos de Sarvia, son muy duros para mí”.
Is-boset, capítulo 4
Este capítulo es el último de los que cuentan los preludios de la realeza de David. Satanás, el seductor, no se desanima en su obra malvada contra el ungido de Jehová y, rechazado una primera vez, no teme volver a la carga. En el capítulo 1 había ofrecido la corona a David por medio de un amalecita. Según el hombre hubiera sido muy natural el recibirla, pero David no puede aceptar ningún donativo de la mano de un enemigo. Su fe triunfa. Castiga al que “se imaginaba que traía buenas nuevas”. “Yo le prendí”, dice, “y le maté en Siclag en pago de la nueva” (cap. 4:10). Rechazado así, el enemigo no teme volver a tomar la ofensiva. En el intervalo David había recibido, de mano de Dios, la realeza sobre Judá (cap. 2). Pero, en cuanto a la realeza sobre Israel (cap. 3), se deja tentar por las proposiciones de Abner que se presentan de manera insidiosa, de suerte que el rey está menos preparado para resistirlas. Hemos visto que Dios interviene y le libera, sirviéndose de la iniquidad de Joab. Así la alianza con las onces tribus, fruto de los planes del hombre, queda reducida a la nada. De este lado David no puede esperar la corona.
Sin embargo el peligro no ha sido eliminado, ya que el gran seductor de ningún modo se fatiga. Dos hombres malos y criminales asesinan al hijo de Saúl que David mismo llama “un hombre justo” a (v. 11). Baana y Recab traen al rey la cabeza de Is-boset y, por su crimen, abren el camino al reinado sobre todo Israel: “He aquí la cabeza de Is-boset hijo de Saúl tu enemigo, que procuraba matarte; y Jehová ha vengado hoy a mi señor el rey, de Saúl y de su linaje” (v. 8). En lugar de acepar su oferta, David, santo en sus caminos, juzga el mal, lo odia y se separa de él.
El brazo de la carne era indispensable para Is-boset. En el momento del asesinato de Abner, “las manos se le debilitaron, y fue atemorizado todo Israel” (v. 1), pues el hijo de Saúl tenía “un gran hombre” por sostén de su trono, y todo se derrumba cuando este apoyo le falta. No sucedía así con David. La experiencia le había hecho conocer lo que valía el hombre y lo que le valía Dios. Esta experiencia, es verdad, se renueva con frecuencia en la vida del creyente. Cuando todos los apoyos naturales, esos mismos que Dios nos había dado, nos faltan, quedamos en la debilidad más absoluta. Esta es una lección que debemos aprende, porque como cristianos, a menudo ponemos nuestra confianza en unos fundamentos que pueden ser sacudidos. Entonces nuestra fe es puesta a prueba, y se trata de saber si Dios nos basta como recurso. Tenemos así la experiencia mencionada en el Salmo 30:6. “En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido”: David era un hombre de fe que había aprendido muchas cosas durante las pruebas del primer libro de Samuel. Pero cuando escribe este Salmo 30, para la “dedicación de la Casa”, todas las experiencias del primer libro ya habían pasado.
Jehová, con tu favor asentaste mi monte en fortaleza
(Salmo 30:7, V. M.).
No es este el monte Sion, el monte de Dios, que “no puede ser conmovido”, sino que habla aquí de sí mismo y de los recursos humanos que le pertenecen de parte de Dios. Pues bien; si estos recursos nos faltan, ¿cuál será el estado de nuestra alma? ¿Acaso se nos debilitarán las manos como las de Is-boset, o bien disfrutaremos de una paz estable, de una seguridad firme? ¡Cuán a menudo, por desgracia, debemos contestar: “Escondiste tu rostro, fui turbado”! (Salmo 30:7).
Sean las que sean nuestras dificultades, hemos de vigilar para que no influyan en el estado de nuestras almas. Si la fe está activada, uno se niega a buscar socorro en las circunstancias exterior. Es así como David dice en el Salmo 11:1:
En Jehová he confiado, ¿cómo decís a mi alma, que escape al monte cual ave?
Cuando atravesamos una prueba, el mundo nos dice: Vete a buscar tu socorro en tu monte; sírvete de los recursos que tienes de reserva en este mundo. La fe responde con David: No, porque no hay fundamento en esta tierra que no sea destruido, pero “Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono”; es allí donde me refugio.
En Siclag, en la angustia,
David se fortaleció en Jehová su Dios
(1 Samuel 30:6).
Is-boset no conocía ese recurso. En los días felices cuando el favor de Dios ha asentado nuestro monte en fortaleza, nos es preciso buscar cuidadosa y diariamente la verdadera fuente de la fuerza, para que si surgen las dificultades, no seamos como aves temerosas llevadas, no se sabe adónde, por el viento de la tormenta, sino que sepamos refugiarnos en el día malo junto a Aquel que recoge sus polluelos bajo sus alas, en la sombra de las cuales nos regocijaremos (Salmo 63:7).
Por el asesinato de Is-boset, Recab y Baana abren para David el camino de la realeza. Surgía la pregunta de si le era permitido aprovecharlo. Un sentido espiritual más ejercitado le hubiera hecho rehusar, en el capítulo anterior, la alianza que le proponía Abner. Aquí comprende que no solamente no puede emplear la ayuda humana que se le ofrece, sino que aun más, debe rechazarla como ofrecida por Satanás. Esto es lo que debemos hacer cuando el mundo se ofrece para socorrernos.
Esta historia nos muestra que Dios se sirve de todo para cumplir sus designios de gracia hacia David: de Abner, de Joab, de Recab y de Baana. Por cierto los desaprueba, pero su providencia hace concurrir a sus caminos el mal mismo. El mal será juzgado, pero habrá servido a los consejos de Dios. ¿Acaso la cruz no es la prueba por excelencia de su manera de obrar? Y ahora, si Dios emplea estos medios, ¿tengo yo el derecho de servirme de ellos? De ningún modo, porque Dios es soberano y yo no los soy. Él puede servirse del mal, del mismo Satanás, como le parezca; pero yo soy un ser colocado bajo su dependencia y debo obedecer. La obediencia me hace andar en el camino que la Palabra de Dios me revela, camino de santidad que me separa del mal y del mundo. Cuando el mundo viene a ofrecerme sus servicios, lo rechazo, porque tengo que darle cuenta a Dios.
Vive Jehová que ha redimido mi alma de toda angustia
(v. 9).
Tal es Aquel en quien confío. Nada quiero recibir del mundo, porque dependo de Jehová.
En un tiempo de despertar que no está lejos del nuestro, despertar que fue estropeado desde su origen por doctrinas antiescriturales que todavía hoy llevan sus tristes frutos, pero donde Dios sin embargo obraba para la conversión de las almas, alguien decía a un siervo de Dios: ¿Por qué no se asocia usted con esta actividad? ¿Acaso no es evidente que Dios está obrando aquí por su Espíritu? El otro contestó con estas palabras que, sin duda, no fueron comprendidas: “El Espíritu sopla donde quiere, pero en cuanto a mí, debo obedecer”. Esta respuesta ilustra lo que acabamos de decir. Dios es soberano; solo Él puede servirse del mal; pero yo no tengo otra función sino la de retirarme de él.
Esta mezcla del bien y del mal es como un arroyo que acarrea aguas malsanas. ¿Acaso tomaré yo de esta agua que me envenenará? No lo puedo, pero este arroyo es conducido hasta el río que la emplea. El río es una vía ancha que recibe el agua de los arroyos más cenagosos para conducirla al mar. Así ocurre en los caminos de Dios; se sirven de los elementos más diversos para alimentar el vasto mar de sus consejos. El mar se encarga de tragar, de depositar en sus profundidades, de juzgar, en una palabra, todo elemento impuro, de suerte que no suba de ella más que agua pura hacia el cielo, adonde sol la atrae. Ese es el trabajo del mal y del sol, no el nuestro.
Pero David hubiera podido razonar así: Al permitir este asesinato, la providencia de Dios obra para darme el trono; estoy, pues, libre para aceptarlo de la mano de los asesinos. Se habría engañado, pues incluso la providencia de Dios nos coloca en medio de circunstancias en las cuales nuestra fe es puesta a prueba, para que no aceptemos las cosas ante las cuales somos conducidos. Tenemos el ejemplo de Moisés en la corte del Faraón. La providencia no le había llevado allí para aceptar esa posición y gozar de “los deleites del pecado”, sino para que, llegado el momento, tuviese que retirarse de ella por la fe. Así su fe fue puesta a prueba, y colocado entre la adopción de la hija del Faraón y la aflicción con el pueblo de Dios, no vaciló en escoger esta.
Asimismo aquí las circunstancias parecen abrir a David el acceso al trono que Dios quiere darle. Rechaza con indignación toda complicidad con el mal y ordena la ejecución de los culpables. Estas lecciones tienen una gran importancia para nosotros, ya que constantemente somos enfrentados con los mismos principios. Si Dios nos coloca sobre esta tierra en una posición fácil, no tiene por propósito el establecernos en ella, sino que nuestra fe aprenda a romper estos lazos y, libres de ataduras, los quite con gozo para ir al encuentro del Señor. Sepamos, pues, cuando el mal se nos presenta bajo una forma cualquiera, juzgarlo como David, rechazarlo abiertamente y no tener ninguna comunión con él.
El acto de David, al final de este capítulo, era pues según los pensamientos de Dios. “Entonces David ordenó a sus servidores, y ellos los mataron, y les cortaron las manos y los pies, y los colgaron sobre el estanque en Hebrón” (v. 12). David, al poseer la autoridad, debía ejercerla en santidad y en justicia, de modo que este castigo terrible sirviese de ejemplo.
Este capítulo nos ofrece todavía una enseñanza que es útil no omitir porque, a pesar de sus experiencias personales, David sigue siendo, hasta el capítulo 11, una figura de Cristo. El hecho del cual hablo es que antes de obtener la realeza sobre las tribus, David es ignorado por todos; nadie aprecia su corazón.
Beerot era una ciudad de los gabaonitas, recibida antiguamente (Josué 9) en la alianza del pueblo de Israel. Beerot era contado con Benjamín (v. 2), tribu de Saúl, el ardiente enemigo de David. “Los beerotitas habían huido a Gitaim, y moran allí como forasteros hasta el día de hoy” (v. 3). La causa de su huida no es mencionada positivamente pero este hecho está puesto en relación con Baana y Recab, hijos de un beerotita. Podemos concluir de ello que le relato de la huida es anticipado, y que no tuvo lugar sino después del juicio pronunciado por David sobre los asesinos. Entonces todos los beerotitas se espantaron y huyeron a Gitaim.
Estos hombres desconocían a David. Ellos suponían que el rey alimentaba deseos de venganza y procuraría satisfacerla al hacerles solidarios del asesinato cometido por unos ciudadanos de Beerot. Si hubiesen conocido a David, más bien se habrían refugiado junto a él confiando en su gracia. Esta es la actitud del mundo hacia el Señor Jesús. Al no poder tener confianza en un corazón que desconoce y temiendo su juicio, prefiere huir antes que entrar en contacto con Él. En la parábola de los talentos, el esclavo que había escondido su talento en la tierra desconocía asimismo a ese amo lleno de gracia cuando, llamado para darle cuenta de su gestión, le dice; “Señor, te conocía que eres hombre duro” (Mateo 25:24).
En el versículo 4, un hecho que siguió a la muerte de Saúl nos lleva aún más atrás. La nodriza de Mefi-boset huye, llevando en sus brazos este niño de cinco años; la historia es la misma que la de los beerotitas: siempre este desconocimiento del hijo de Isaí, siempre este sentimiento tan natural para el corazón del hombre. David, al oír la muerte de Saúl y de Jonatán, había llevado luto y pronunciado un lamento sobre ellos, pero no se le ocurre a esta pobre mujer que él pueda no ejercer venganza sobre el hijo de su amigo. Huye en lugar de correr hacia aquel que había jurado a Jonatán e incluso a Saúl, que no apagaría su raza. No se fía más del amor y de la palabra cierta de David, de lo que los pecadores se fían de la gracia y de la palabra de Cristo. La consecuencia fue que Mefi-boset “se cayó y quedó cojo”. David le vuelve a encontrar más tarde; afligido y lisiado como consecuencia de la falta de fe de esta mujer, que no había aprovechado el momento favorable para confiar su carga a las manos del amigo de Jonatán.
Recab y Baana tampoco conocen a aquel cuyo corazón rechaza el mal. Se precipitan en la ruina por haber desconocido la santidad del ungido de Jehová. Creen poder acercarse a él con su pecado sin que David lo aborrezca y rechace esas manos manchadas con la sangre de un justo.
De hecho, solo los suyos pueden conocerle y acercarse a Él con toda confianza, sabiendo que su bondad permanece para siempre y que sus promesas son ciertas.
Tus hijos somos ya; tu nombre amado, oh Padre, infunde dulce paz, cabal seguridad. Tu Espíritu aquí nos enseña y nos abre camino a tu favor y acceso a tu verdad.
- a
Is-boset era un “hombre justo” en contraste con estos malvados. David no quiere decir que fuese justo delante de Dios; pero vemos aquí, un vez más, la gracia de David que siempre reconoce el bien en sus enemigos. Una gran lección para nosotros.
