Capítulo 1
El Amalecita, capítulo 1:1-16
Dos hechos señalan el reinado de David en su aurora: el juicio de Israel y de su príncipe sobre los montes de Gilboa, y la victoria obtenida sobre Amalec por aquel que será rey mañana. El reinado de Cristo tendrá los mismos caracteres: tan solo puede establecerse por el juicio del anticristo y de los judíos apóstatas y por una victoria que reduzca a la impotencia al gran enemigo de Dios, de su Ungido y de los hombres. En efecto, Satanás será ligado para la introducción del reinado milenario de Cristo (Apocalipsis 19:19-23).
Apenas es ganada la victoria sobre Amalec cuando un mensajero llega del campamento de Saúl, “rotos sus vestidos, y tierra sobre su cabeza”, con las marcas de simpatía, de luto y de dolor, y con los homenajes debidos a la supuesta realeza: “Llegando a David, se postró en tierra e hizo reverencia”. Cualquier oro que no fuera el hombre de Dios hubiera sido conmovido por estas muestras de deferencia, pero la sencilla comunión con el Señor, unida a la prudencia de la serpiente cuando se trata de las relaciones con el mundo, le hace eludir esta trampa. Nosotros mismos, en una ocasión similar, quizás tendremos alguna dificultad para desenredar las intenciones del enemigo, pero evitemos toda decisión precipitada. Esto es lo que hace David. “¿De dónde vienes?”. “Me he escapado del campamento de Israel”. “¿Qué ha acontecido? Te ruego que me lo digas”. “¿Cómo sabes que han muerto Saúl y Jonatán su hijo?”. Es solo a la tercera pregunta que el mentiroso se revela. David, el hombre espiritual, ya puede sospechar lo inverosímil del relato: “Casualmente vine al monte de Gilboa”.
¿Cómo? ¿Casualmente, en lo más recio de la batalla? “Y hallé a Saúl que se apoyaba sobre su lanza, y venían tras él carros y gente de a caballo”. Aquí la Palabra misma convence a este hombre de mentira. Saúl se apoyaba sobre su espada, y no eran jinetes sino flecheros los que le amenazaban (1 Samuel 31:3-4). Todo el resto del relato es la falsedad misma. Saúl no podía rogar al amalecita que le acabase, pues el que llevaba las armas del rey no se mató hasta que hubo comprobado su muerte (1 Samuel 31:5). “Yo entonces me puse sobre él y le maté” (cap. 1:10).
Este espíritu de mentira emana del gran enemigo que no podía comprender el corazón del hijo de Isaí. ¿Cómo podría haber supuesto él, el malvado, que David estaba lleno de gracia, de amor para sus enemigos, que la derrota de estos llenaba su corazón de aflicción no fingida? Pero quería, ante todo, llevar a David a recibir de su mano la corona de Saúl, señal de la investidura del reino. Su astucia es frustrada. Más tarde, cuando, llevando al Mesías, Hijo de David, a un monte muy alto, le ofrezca todos los reinos del mundo a condición de rendirle homenaje, sufrirá una nueva y suprema derrota.
El primer sentimiento de David, al oír la ruina de la realeza y de Israel, es de luto. ¡Qué conmovedora es su actitud! “Entonces David, asiendo de sus vestidos, los rasgó; y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. Y lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por Jonatán su hijo, por el pueblo de Jehová y por la casa de Israel, porque habían caído a filo de espada” (v. 11-12). El hombre de Dios lo ha olvidado todo: odio, emboscadas, persecuciones, el peligro amenazando continuamente su propia vida; no se acuerda sino de una cosa: que Jehová había confiado su testimonio a Saúl y lo había ungido, y que antiguamente este había conducido a Israel a la victoria. Lleva luto también por Jonatán y, por culpable que fuese el pueblo de Dios, no se separa de él, como si no formara parte de él en absoluto, y llora por sus calamidades.
¡Una seria lección para nosotros! Ya está pronunciado el juicio, próximo a caer sobre esta cristiandad que odia y desprecia y a menudo persigue a los verdaderos testigos de Cristo. ¿Tenemos hacia ella y sus conductores los verdaderos sentimientos de David? ¿Llevamos luto en vez de regocijarnos rasgando nuestros vestidos en vez de condenarla? La idea de que Satanás saca su beneficio de la destrucción de lo que lleva el nombre de Cristo o hace profesión de pertenecerle ¿llena nuestros corazones de aflicción? Siempre debería ser así: estas lágrimas por la ruina, esta gracia, esta piedad por los que están extraviados, habla más al corazón d las ovejas del Señor que están mezcladas en este estado de cosas que las más justas críticas, y les abre los ojos a la necesidad de buscar su refugio junto al Pastor de Israel, cuando ya la espada está alzada para destruir.
El portador de las nuevas asiste silencioso a este espectáculo de aflicción, sin comprender su sentido y sin tener dudas sobre la suerte que cuelga sobre su cabeza. Solo entonces David le dirige su última pregunta: “¿De dónde eres tú?”. Cuando Satanás, quien sabe disfrazarse como ángel de luz, procura tentarnos, obliguémosle a contestarnos sobre sus orígenes, a darnos su verdadero nombre. Si estamos con Dios, siempre se traicionará al final. Ya el nombre de su pueblo se le había escapado a este mentiroso, cuando relataba la supuesta entrevista con Saúl, él que probablemente no había venido a Gilboa sino para despojar a los muertos. Ahora no podría contradecirse. “Yo soy hijo de un extranjero, amalecita” (v. 13). “¿Cómo no tuviste temor”, dice David, “de extender tu mano para matar al ungido de Jehová?… tu misma boca atestiguó contra ti” (v. 14-16) No, no puede haber nada en común entre David y Amalec, y nunca David recibirá la corona de la mano de este. Si nuestros corazones pueden estar llenos de misericordia cuando se trata de las necesidades, de las tribulaciones del pueblo infiel de Dios y de los que, rechazados como Saúl, sin embargo han llevado su testimonio, no deben tener piedad para los instrumentos enviados por Satanás con miras a tentarnos; deben, sin vacilación alguna, llamar al mal y al enemigo un enemigo.
La endecha de David, capítulo 1:17-27
“Y endechó David a Saúl y a Jonatán su hijo con esta endecha, y dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá” (v. 18). Es una enseñanza para ellos. Como testigos del desastre de Israel, debían saber cómo evitarlo ellos mismos en el porvenir. Saúl había sido por vencido por los arqueros (1 Samuel 31:3), cuando él mismo estaba privado de esta arma. Sabemos, en efecto, por 1 Crónicas 12:1-7 que antes de la derrota de Saúl el cuerpo de los arqueros, perteneciente a la tribu de Benjamín y en gran parte a la familia del hijo de Cis, se había adherido a David y se había reunido con él en Siclag. De ahí que Saúl tuvo “gran temor” de los flecheros.
La endecha de David (el cántico del arco a) tiene un estribillo punzante “¡Cómo han caído los valientes!” (v. 19). “¡Cómo han caído los valientes, en medio de la batalla!” (v. 25). “¡Cómo han caído los valientes, han perecido las armas de guerra!” (v. 27). ¿Qué les había faltado, pues? ¡El arco, por el cual también Saúl había sido vencido!
En todas partes en las Escrituras, el arco es emblema de la fuerza para vencer al enemigo. Con la espada se le ataca cuerpo a cuerpo; con el arco se le combate a distancia, impidiendo que se aproxime. El flechero ve venir el enemigo desde lejos, se da cuenta de sus movimientos y de sus designios y lo hace caer a tierra antes de que haya atacado. El arco es un arma más inteligente que la espada, pero es ante todo símbolo de la fuerza, porque hacen falta manos y brazos poderosos para tensarlo y valerse de él.
Los hombres fuertes de Israel, Saúl a la cabeza, se habían encontrado con el arco de un enemigo más fuerte que ellos. El error que les había conducido a la ruina era el de haber estimado suficiente su propia fuerza. Pero la fuerza no funciona sin la dependencia, pues no está en nosotros mismos, sino en Aquel que la posee infalible para nosotros. Jesucristo Hombre es el ejemplo de ello. No quiso buscar su fuerza sino en Dios, y sin eso no hubiese sido el hombre perfecto. Traspasado por los flecheros (Génesis 49:23-24), su fuerza sino en Dios, y sin eso no hubiese sido el hombre perfecto. Traspasado por los flecheros (Génesis 49:23-24), su fuerza no le abandonó. Cuando en apariencia su debilidad sucumbía bajo el poder del enemigo, su arco se mantuvo poderoso, su fuerza en toda su plenitud. Esta solo existía en la dependencia:
Los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos fuertes de Jacob.
En su vida, ¿no había manifestado el poder de Dios por una dependencia completa de Él? Todos sus actos daban fe de eso. Es así como en la tumba de Lázaro, al mostrar su fuerza por la resurrección de un muerto, añade: “Padre, gracias te doy por haberme oído” (Juan 11:41).
En su muerte, aunque crucificado en debilidad, sin embargo, Él era el poder de Dios. Ante la cruz, toda la fuerza del hombre y de Satanás fueron reducidas a la nada. Por la muerte, venció a aquel que tenía el poder de la muerte. Es sobre todo allí donde su arco se mantuvo firme, donde los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del fuerte de Jacob.
Su resurrección es la demostración pública de este poder de Dios, en el cual confiaba. Dios le ha declarado Hijo de Dios con poder, al resucitarle de entre los muertos. Tenía el poder de volver a tomar su vida, como el de ponerla; pero, aun para su resurrección, su alma dependiente esperaba en el poder de Dios: “No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmo 16:10). “Líbrame de los cuernos de los búfalos” (Salmo 22:21). “Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña” (Salmo 40:2). “Cristo resucitó de los muertos, por la gloria del Padre” (Romanos 6:4). La supereminente grandeza del poder de Dios… “la cual operó en Cristo resucitándole de los muertos” (Efesios 1:19-20). Eso no es todo. Su arco permanecerá firme, su fuerza en toda su plenitud, para siempre. Cuando el Hijo del hombre venga para juzgar a los pueblos, el arco de bronce que herirá a los pecadores estará en su mano. Allí todavía será su Dios quien le ceñirá de poder, que adiestrará sus manos para la batalla (Salmo 18:32, 34). En esta dependencia herirá a sus enemigos, sin que estos se puedan levantar (Salmo 18:38). Sus saetas serán agudas y penetrarán en el corazón de los enemigos del Rey (Salmo 45:5).
Sí, su arco se mantiene poderoso y los brazos de sus manos son fuertes por las manos del fuerte de Jacob, hasta que venga a sentarse para siempre sobre el tronco de su poder.
El hombre puede tener un arco, pero, en sus manos, este falla en el momento de servirse de él. “Los hijos de Efraín, arqueros armados, volvieron las espaldas en el día de batalla” (Salmo 78:9), y en cuanto a los enemigos del Señor, “el arco de los fuertes es quebrados (1 Samuel 2:4; Salmo 46:9; Jeremías 49:35; Oseas 1:5; 2:18).
En cuento a nosotros, cristianos, nuestro arco puede permanecer en toda su plenitud a condición de que depositemos nuestra confianza en Dios quien nos comunica su fuerza.
Ve con esta tu fuerza,
dice Jehová a Gedeón (Jueces 6:14); y el apóstol mismo tenía la experiencia de que
cuando era débil, entonces era fuerte
(2 Corintios 12:10).
Nada es más débil que un cristiano que ha abandonado a Cristo como su fuerza. Sepamos, pues, servirnos de nuestro arco y, como sucedió con Cristo, los brazos de nuestras manos serán fortalecidos por las manos del fuerte de Jacob. Aprendamos el canto del Arco, ejercitándonos en tensarlo y en ajustar la flecha para dar en el blanco. Cuanto más nos sirvamos de él, tantos más fuertes nos haremos contra el enemigo. Los arqueros de Benjamín que se habían refugiado junto al hijo de Isaí, fieles de la undécima hora, poco antes de la derrota de Israel, mostraban por eso que no confiaban en su arco teniendo a Saúl por amo, sino en la fuerza de David despreciado. Hagamos como ellos; rodeemos al rey rechazado. No gimamos sobre nuestra flaqueza, como si esta no tuviera remedio; eso no sería ni fe, ni confianza en Cristo. Contemos, en una dependencia muy humilde, con su fuerza que afirmará nuestras manos para combatir por El, hasta el día en el cual, terminada la lucha, entraremos en su reposo eternal.
El lamento de David es la expresión conmovedora de los afectos de este hombre de Dios. Un corazón lleno de amor no tiene sitio para el resentimiento y las quejas. Si en tiempos pasados había gemido bajo las acusaciones injustas del odio, ahora lo ha olvidado todo. Ni una palabra de reproche contra aquel cuyos huesos descansaban bajo el árbol de Jabes. Pero olvidar no es bastante para este corazón admirable; le gusta recordar; se acuerda de que Saúl ha sido el ungido de Jehová, el portador de su testimonio, que ha conducido a su pueblo a la victoria; reconoce los dones naturales que le hacían amable durante su vida y atraían sobre él el amor de Israel; le ve revistiendo magníficamente a las hijas de su pueblo. Su canto expresa respeto y dolor con respecto a aquel que siempre le había odiado y perseguido. Tratándose de Israel, al cual en un día de debilidad había pensado combatir juntándose con los filisteos, ahora David se identifica con él y llora con sus lágrimas. El gozo puede ser la parte de las hijas de los incircuncisos; nunca David lo compartirá. ¡Quesean malditos los montes de Gilboa, testigos de la derrota del pueblo de Dios!
Su angustia con respecto a Jonatán es sin límites. ¡Ah! ¡Cómo el corazón tierno del hijo de Isaí estimaba el afecto de su amigo! “Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres” (v. 26); afecto enteramente desinteresado, lo que sería difícilmente el de otro sexo. En efecto, Jonatán se había despojado de su dignidad y de su gloria y del arco de su fuerza, para adornar con ello a David, en el día de su victoria sobre Goliat. Luego, con todo el calor de sus convicciones, había defendido la causa de su amigo. Por fin, su admiración por el hijo de Isaí no había disminuido en el oprobio y el exilio en donde le había visitado, sin tener, es verdad, el valor de seguirle allí. Respecto a este último punto, David no dice ni una palabra. Cubre la memoria de su amigo con una inefable ternura. No habla de su propio amor, pero la prueba al exaltar el amor de Jonatán.
¡Oh! ¡Cómo todas estas palabras llevan el sabor y el perfume del corazón de Cristo! Solo que David había tenido que ser formado por la disciplina para semejantes efusiones; el corazón de Cristo ninguna necesidad tuvo de ella. Toda su vida no es más que amor y gracia. “Os he llamado amigos”, dice a los que estaban a punto de negarle o huir dejándole solo. “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas” dice a aquellos que, poco tiempo después, ¡no pudieron velar ni siquiera una hora con él! ¡Tomemos como ejemplo a este modelo perfecto!
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Nota del editor: En ciertas traducciones esta endecha es llamada “El cántico del arco”.
