2 Samuel
2 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 2 Samuel

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La caída de David y sus consecuencias, capítulos 11-20

Del capítulo 11 al capítulo 20 tenemos la historia de David como rey responsable. Estos capítulos cuentan la terrible caída del rey, la disciplina que le alcanza, las consecuencias de su falta y, por fin, su restauración. El capítulo 20 termina, como lo hemos dicho más arriba (compárese con cap. 8:15-18), por la enunciación del orden de su reino, pero de un orden menos completo que el primero, pues David ya no es allí una figura del Mesías.

Es un hecho muy notable que el primer libro de las Crónicas no dice ni una palabra de la historia de Betsabé, de Amnón y Tamar, de Absalón, de la huida de David ni de la restauración del rey. Los tres primeros versículos de 1 Crónicas 20 contienen el primer versículo de 2 Samuel 11 y los versículos 29 al 31 del capítulo 12. Hay silencio absoluto sobre todo lo demás. La explicación es sencilla. Esta omisión es una de las innumerables pruebas de un plan divino en los diferentes libros de la Biblia. El libro de las Crónicas no nos habla del rey responsable y, como tal, puesto a prueba, sino del rey establecido por gracia y por bendición según los consejos de Dios.

El capítulo 21 es un nuevo apéndice, que nos muestra el juicio de la casa de Saúl.

Los capítulos 22 y 23 relacionan las palabras de David como figura de Cristo con las palabras de David como rey responsable.

Por fin, después de la enumeración de los valientes de David, el libro termina, en el capítulo 24, de una manera admirable por el sacrificio de Moriah que, como se ha dicho, “detiene por gracia la ira de Dios y establece el fundamente del lugar de culto en donde Él puede encontrarse con Israel”.

La caída, capítulo 11

Al leer este capítulo, un sentimiento de profunda humillación llena el corazón de todo hijo de Dios. Hace más de treinta siglos que ocurrieron estos hechos, pero treinta siglos transcurridos no impiden que Dios haya sido deshonrado por uno de sus siervos. El pecado puede haberse borrado, pero el ultraje hecho a Dios subsiste.

El pecado es tanto más grave por cuanto tiene lugar en la vida de este hombre que, a pesar de más de una debilidad, había recibido el testimonio de que “mal no se ha hallado en ti en tus días” (1 Samuel 25:28). Y he aquí que en medio de su carrera, ¡este siervo de Dios se vuelve adúltero, hipócritas y asesino! ¡Ah! Si tenemos algún celo por la gloria del Señor, algún afecto por sus rescatados, lloremos al ver a un David que, renegando de todo su pasado, pisotea la santidad de Jehová, ¡él que debía ser su representante ante el mundo! Cuán humillante es pensar que David, el muy amado, haya podido comprometer el nombre de Jehová invocado sobre él, ¡él que había sido favorecido con una proximidad tan especial con Dios y colmado de gracias maravillosas!

La vida de los creyentes muestra, en su conjunto, caracteres muy diferentes:

Se ve creyentes, o cristianos, que empiezan mal su carrera, pero, al aprender a juzgarse bajo la disciplina, terminan bien su curso, y a veces de una manera gloriosa. Este fue el caso de Jacob, cuyos días fueron “cortos y malos”, pero cuya vida termina con plena visión de la gloria.

Con más frecuencia se ve creyentes que inician bien su carrera y la acaban mal. Esta es la historia de Lot que, no teniendo la fe de Abraham, andaba sin embargo en sus pisadas. Su vida se desarrolla luego en el debilitamiento moral causado por su amor por los bienes terrenales, y termina de la manera más vergonzosa. Es el historia de Gedeón, humilde y sin confianza en sí mismo, valeroso para purificar su casa de los dioses falsos, luego jefe de Israel y vencedor de Madián; y luego, muy al final, haciendo pecar su casa y todo el pueblo por un efod del cual había hecho un ídolo. Es, finalmente, la historia de Salomón. Lo tenía todo: sabiduría, justicia práctica, olvido de sí mismo, conocimiento de los pensamientos de Dios, deseo de glorificarle, poder. Dios se sirve de él para llevar a las generaciones futuras las sentencias de la sabiduría. Salomón termina mal. Ama a muchas mujeres extranjeras que desvían su corazón tras sus dioses. ¡El servidor del verdadero Dios se hace idólatra!

Entre estos dos caminos vemos el de un creyente que, desde el principio hasta el fin, anda fielmente, sin tropezar, en el espíritu de santidad personal y de separación del mundo. Fue este el caso de Abraham, que no desmintió su fe y su dependencia sino raras veces, y que siempre juzgaba su marcha cuando esta había turbado su comunión con Dios. Pero fue, ante todo, el camino de Cristo, el sendero uniforme del perfecto servidor, como lo encontramos en el Salmo 16. Allí, ni una falta: confianza absoluta, obediencia completa, dependencia perfecta, justicia práctica sin defecto, santidad divina en un hombre, fe inquebrantable, amor ilimitado, esperanza sin flaqueamiento. Ante semejante camino no nos queda más que adorar. Pero podemos seguirlo, y Él nos da la capacidad y el poder para hacerlo. Habrá siempre entre Él y nosotros la diferencia entre lo perfecto y lo imperfecto, entre lo finito y lo infinito; pero, mientras nuestras miradas no se desvíen de Él, encontramos el secreto de una marcha que le glorifica hasta el fin en este mundo.

El caso de David es raro, pero no único, en las Escrituras. David empezó bien y terminó bien, pero en la mitad de su carrera hubo un derrumbamiento moral. También se podría citar la historia del apóstol Pedro, sobre la cual no nos extenderemos aquí.

¿Por qué permitió Dios esta caída de David? La respuesta está llena de enseñanzas y, en un sentido, es muy preciosa para nosotros. Como Abraham es un modelo de fe, David, en el primer libro de Samuel, es un modelo de gracia. Por todas partes la gracia resplandece en él y domina sus caminos. Frente a sus enemigos, sus amigos, los que le rodean, siempre la manifiesta. Su corazón está lleno del amor de Dios, penetrado de una inefable ternura. Son sinceras las lágrimas que vierte sobre Saúl, su perseguidor; todo lo ha olvidado, no hay sitio en su corazón sino para la gracia. Y sin embargo bastó que este hombre fuera dejado un momento a sí mismo para que se hundiera en las tinieblas, y toda traza de lo que le llenaba anteriormente se desvaneciera.

Nos hacen falta tales ejemplos para aprender a conocer la carne en nosotros: 

En mí, esto es, en mi carne, no mora el bien. 

Para ella no hay cultura, purificación ni mejora posible; lo único que le conviene es ser clavada en la cruz.

Después de la confesión del pecado delante de Dios, esta caída tan rápida es seguida por un trabajo largo y doloroso de restauración. Pedro vertía lágrimas amargas al salir del patio, testigo de su negación; pero no es entonces cuando vuelve a encontrar la comunión con el Señor. Lo mismo sucede en cuanto a David; no fue sino más tarde cuando pudo celebrar la gracia de un corazón perfectamente libre. No bastaba que hubiese manifestado más o menos fielmente la gracia en su carrera; Dios quería mostrar la gracia de Él, plena y entera, en circunstancias que habían hecho de David un asesino. Miserable objeto de juicio; él viene a ser aquel en el cual Dios exalta y glorifica su gracia triunfante.

Pero ¿cómo un hombre de Dios ha podido caer de semejante altura? Jehová le había confiado una autoridad y una responsabilidad. Debía usarlas en la actividad incesante de la fe, para servir a Jehová y a su pueblo. ¿Qué hace David? Descansa. Era el tiempo cuando los reyes de la tierra salen a la guerra; pues la gente del mundo despliega a menudo más actividad para el éxito de sus propósitos, que los cristianos para el servicio de Cristo. Estos piensan poder descansar un momento, sentarse al borde del camino. Pero no hemos sido contratados como siervos para ser esclavos perezosos.

“David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel”. Lo que había aprendido al final del capítulo 10, debería colocarle otra vez a la cabeza de su ejército. Tal es el comienzo, a menudo insignificante, de una caída. Una vez, dos veces, Dios habla a su servidor para reprenderle; este cae; Dios le restaura; él vuelve a caer, y entonces Dios le deja seguir su camino. David permanece en Jerusalén; un poco de inactividad le distrae de los intereses de la guerra. Un transeúnte se presenta: la codicia. Los ojos del rey son atraídos por un objeto que le parece deseable; su carne es conquistada; la autoridad de la cual dispone sirve para su deseo; el mal es consumado; ¡el ungido de Jehová es adúltero!

¿Cuánto ha durado la satisfacción de su carne? Apenas se ha cometido la falta cuando está ya lleva sus frutos… la preñez. La circunstancia es grave, el rey está lleno de temor. Su carácter está comprometido, el pecado va a descubrirse; es preciso esconderlo. Siempre obra uno así cuando ha perdido el sentimiento de la presencia de Dios. David lucha con las circunstancias, forcejea con ellas, quiere dirigirlas y, en su ceguera, no ve que es Dios quien las conduce.

Manda venir a Urías desde el campo, pregunta hipócritamente por Joab, por el pueblo, por la guerra (v. 7). ¿Acaso era eso lo que le preocupaba? Todos sus pensamientos, ¿no se centraban en el solo propósito de esconder su pecado? Urías, enviado por el rey hacia su mujer, duerme, con todos los siervos, a la entrada del palacio. “¿Por qué, pues”, dice el rey, “no descendiste a tu casa?” Y la bella respuesta de Urías: “El arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y a los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar en mi casa?” (v. 11). Esta devoción la había aprendido en la escuela de David. En el capítulo 7:2, ¿David no decía a Natán: 

Mira ahora, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas? 

Este deseo piadoso y este testimonio de David habían sido recibidos, habían llevado frutos en su ambiente. Urías habla como el David de antes. ¡Qué reproche involuntario dirige a su amo venerado! Este hombre es un corazón sencillo y noble. Dios, dice, me llama a su servicio, a una actividad para El, y mientras El no descanse, no puedo descansar yo.

David no hace el menor caso de estas palabras serias; su única preocupación es empujar a Urías hacia el acto por el cual el rey pueda cubrir su pecado. Emborracha a su siervo y, a pesar de ello, Urías se mantiene firme en su decisión. David se agita cual pájaro en su jaula, sin recurso contra la mano que le ha encerrado allí. Satanás le sugiere el único medio para escapar de la publicidad de su culpa; se hace asesino de Urías, responsable del mismo pecado que su pueblo cometerá más tarde, al dar la muerte “al justo”, que no les hace resistencia (Santiago 5:6). Toma a Joab, asesino él mismo, como cómplice, él que había dicho respecto a la sangre de Abner: “Caiga sobre la cabeza de Joab” (cap. 3:28-29), y se hace esclavo del hombre que tenía todo interés en esclavizarle.

Con la noticia de la muerta de Urías, muerte cerca del muro de Rabá con algunos de los “valientes”, David manda a decir a Joab: “No tengas pesar por esto, porque la espada consume, ora a uno, ora a otro” (v. 25). Llegado a sus fines tranquiliza a su cómplice, luego toma en su casa a Betsabé que viene a ser su mujer y le da un hijo.

La historia, en vez de terminar, no hace más que comenzar. Al final de este capítulo, lleno de corrupción y de vergüenza, se encuentra una pequeña frase, la única cosa en la cual David no había pensado, la única de la cual tendría que haberse acordado: “Mas esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová”.

Vigilemos mucho nuestros caminos. Para caer basta un instante, pero para evitar una caída hemos de velar extensamente sobre lo que la precede. Sí, que nuestra vigilancia sea diaria, para no andar en un “camino de perversidad”, para ser guiados “en el camino eterno” (Salmo 139:24). En este camino todo es paz para nuestras almas; es el camino de la vida que conduce al disfrute sin nubes de la presencia de Dios: 

En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre 
(Salmo 16:11).

Perdón, disciplina y restauración, capítulo 12

Cierto tiempo había transcurrido desde la falta cometida por David. La guerra contra Amón –comenzada en el capítulo precedente que, por sí solo, abarca acontecimientos de casi un año– continuaba todavía. El sitio de Rabá no había acabado, y sabemos que en esa época el sitio de una ciudad podía durar años. Durante toda esta época la conciencia de David había quedado muda, aunque su pecado estaba sobre él y el fruto de su transgresión delante de sus ojos.

Interviene entonces Jehová, después de haber esperado durante mucho tiempo el arrepentimiento; el profeta Natán, portador de su palabra, llega de parte de El para despertar el alma del rey. ¡Cuánto difiere este capítulo del capítulo 7! En un tiempo de prosperidad y de gozo, estando enteramente al servicio de Jehová, David no tenía más que un pensamiento: edificar una casa para su Dios. La primera vez, el Señor le había mandado a Natán para anunciarle que el momento aún no había llegado, pero también para abrirle los tesoros de su gracia, ya que su propósito era regocijar el alma de David. Hoy la escena ha cambiado. El profeta le es enviado para colocarle en la luz de un Dios santo y justo, cuyos ojos son demasiado puros para ver el mal, y que debe juzgarle.

Natán habla por parábola y David, cegado, no ve que el relato le concierne a él. Había, dice el profeta, dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre; el uno poseía ovejas y ganado vacuno, el otro, solo una corderita pequeña a la cual le tenía mucho cariño. Un caminante entró en casa del hombre rico, el cual, para no tocar lo suyo propio, tomó la corderita del hombre pobre y la preparó para el hombre que había venido a su casa.

Fijemos los ojos en ese caminante, porque todos estamos expuestos a recibir su visita en nuestras casas. Seguramente, cuando se presente, más valdrá cerrarle la puerta para que no entre. Este caminante es la codicia, una codicia pasajera y no de las que uno alberga y alimenta habitualmente en sí. Este caminante había entrado en la casa del rey, sabiendo que allí encontraría con qué alimentarse. Nuestros corazones también contienen siempre los elementos requeridos para sucumbir ante las tentaciones de Satanás. David, olvidando la dependencia de Dios, había creído poder reposar en vez de servir y de combatir. Bastaron estos elementos para que el caminante se hiciera abrir la puerta, dejando a su paso desórdenes y ruinas.

“Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Viven Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte. Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia” (v. 5-6). El corazón y la conciencia de David están en mal estado y, sin embargo, su juicio sigue siendo justo. Aunque él mismo está bajo el yugo del pecado, lo juzga severamente en los demás. Cuando no se trata de nosotros mismos, a menudo tenemos un discernimiento claro y completo del mal en el prójimo, sin que nuestro propios corazones sean juzgados (Mateo 21:41).

“Entonces dijo Natán a David: Tú eres aquel hombre”. ¡Qué súbito derrumbamiento! David ha pronunciado su propia sentencia; ¡es digno de muerte! Este golpe alcanza necesariamente su corazón, pero baja hasta las capas profundas de su conciencia. Colocado repentinamente en la luz, un pecador que no conoce a Dios puede convencerse, quedarse callado, sin que esta convicción penetre más adentro; pero para el hijo de Dios tal estado solo puede ser momentáneo.

Ahora Jehová recuerda a David todo lo que ha hecho por él: 

Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libré de la mano de Saúl, y te di la casa de tu señor, y las mujeres de tu señor en tu seno; además te di la casa de Israel y de Judá; y si esto fuera poco, te habría añadido mucho más
(v. 7-8). 

Los tesoros de mi gracia eran para ti, ¡y tú has pecado en presencia de mi amor! “¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos?”. ¿En qué, pues, la había tenido en poco? Dios le había colmado de bendiciones, ¡y él había preferido la satisfacción de sus codicias!

El mismo juicio se pronuncia contra Elí (1 Samuel 2:30), porque había honrado a sus hijos más que a Dios. El temía a Jehová, pero lo había despreciado al dejar a sus hijos “hollar sus sacrificios y sus ofrendas, que Él mandó ofrecer en el tabernáculo”. Por eso Jehová le dice: “Los que me desprecian serán tenidos en poco”. Encontramos la misma verdad en Lucas 16:13: 

Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. 

Tener como objetos codiciables las cosas que este mundo puede ofrecer, es despreciar a Dios. El alma generalmente se da muy poca cuenta de ello, pero Dios lo considera así. “Por cuanto me menospreciaste”, repite en el versículo 10.

David había preferido el pecado a Dios. ¡Qué horrible! ¿No nos dicen nada nuestras conciencias? Cada corazón natural tiene codicias que le atraen. Por “codicias” no debemos entender solamente las impurezas del mundo, sino “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”, la vanidad, los placeres, la ambición. Estas cosas encuentran fácil acceso al corazón del cristiano, y ¿cuántos días y años pasan a menudo sin que les cerremos la puerta? Cada vez que la abrimos a este huésped, despreciamos al Señor mismo. De ahí el juicio de Dios sobre su siervo.

Las gracias otorgadas a David eran terrenales; las nuestras son “bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo”. ¿Tienen estas cosas tal precio para nuestros corazones, que estos ya no tienen ningún asilo que ofrecer al “caminante”? La disciplina y el juicio del Señor caerán sobre nosotros en la medida que acojamos o rechacemos a este huésped.

El profeta anuncia a David tres cosas: “No se apartará jamás de tu casa la espada”. Dios no ha revocado esta palabra de sangre. Luego (v. 11-12): Sembraste para la carne, de ella segarás corrupción. Estas dos cosas que, desde el origen, han caracterizado al mundo sometido al pecado (Génesis 6:11), iban a convertirse en los huéspedes habituales de la casa del pobre rey culpable.

Antes de exponernos al gobierno de Dios en disciplina, recordemos que este gobierno es inflexible. No podemos evitar las consecuencias de nuestros actos, de nuestra conducta; toda la Palabra de Dios nos lo prueba. La primera epístola de Pedro nos muestra que, incluso en la dispensación de la gracia, los principios del gobierno de Dios son inmutables. Sin duda, el alma de un cristiano que cae debe ser restaurada, pero en este mundo no es librada de las consecuencias de su acto.

David tiene la amarga experiencia de esto hasta el fin de su carrera, aunque su alma, plenamente restaurada, haya podido volver a cantar sobre el arpa los “dulces cánticos de Israel”. La disciplina misma viene a ser un tema nuevo para celebrar las riquezas de la gracia.

Natán solo dice una frase: 

Tú eres aquel hombre, 

para convencer a David. Este no dice sino una frase en presencia de Dios: “He pecado contra Jehová”. Cuando el alma ha visto eso, ha dado un paso enorme. Cuando un cristiano ha caído y Dios ha expuesto su pecado, generalmente se encuentra en él la confesión de su falta: “He pecado”. Pero ¿qué importa eso, una vez que ese pecado ha sido sacado a la luz? David dice: “He pecado contra Jehová”, y no: He pecado contra Urías, o contra la mujer de Urías. Nuestros pecados contra los demás pueden sernos perdonados por aquellos a quienes hemos ofendido; podemos remediar, en cierta medida, nuestros pecados contra nosotros mismos, pero ¿qué hemos de decir cuando hemos pecado contra Jehová? Uno dice: “He pecado”; uno tiene vergüenza de su pecado porque los hombres lo ven; pero es algo distinto cuando uno queda convencido de que lo que ha hecho ha sido “desagradable ante los ojos de Jehová”.

Habiendo producido esta convicción completa de pecado, Dios no hace esperar mucho tiempo a su pobre siervo culpable. Nuevamente, solo le dice una frase: “También Jehová ha remitido tu pecado”. No dice: “Jehová remitirá”, sino “ha remitido tu pecado”. Ya de antemano se había ocupado del pecado de su siervo; ha provisto que fuese quitado de él y que ya no fuese problema ante Dios. Esto es lo que encontramos en la cruz de Cristo.

Natán dice luego a David: “No morirás. Más por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá. Y Natán se volvió a su casa” (v. 14-15). “Hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová. Tal es la consecuencia que el mundo saca de nuestras faltas. Satanás emplea cada uno de nuestros pecados para producir, en el corazón de los hombres, una aversión abierta contra Dios y contra Cristo. He ahí, dice el mundo, adónde les conduce su religión; y Dios es blasfemado. Satanás excita las codicias en un creyente, no solamente para poder acusarle, sino para producir aversión contra Cristo en los testigos de su caída, a fin de que no se vuelvan a El para obtener la salvación.

La violencia y la corrupción en su casa habían sido anunciadas a David como frutos de su pecado. El tercero es la muerte de su hijo. La muerte se abalanza, no sobre él, culpable, sino sobre su hijo querido. Es preciso que el juicio de Dios alcance, de un modo visible e inmediato, en los ojos de todos, la casa del rey. El niño cae enfermo; el padre está en aflicción, en ayunos, en súplicas. ¡Si fuese posible que Dios le mostrara gracia! No, la disciplina debe seguir su curso. ¡Qué suplicio para este corazón, cuya ternura es extremada, ante la víctima inocente de su falta!

Muere el niño. David se levanta de la tierra, se lava, se unge con aceite y cambia sus ropas. Es como un hombre nuevo, que comienza una nueva carrera. Entra en la casa de Jehová y adora. ¿Acaso es para llevar luto? No, sino para reconocer la justicia, la santidad, el amor de Dios, la reivindicación de su carácter en la disciplina. David se levanta restaurado; puede entrar en su casa y hacerse servir algo de comer. Después de haberse doblegado delante de Dios, está en camino de volver a la comunión con Él.

Sus siervos le dicen: “¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún, ayunabas y llorabas; y muerto él, te levantaste y comiste pan”. David contesta: “Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Más ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, más él no volverá a mí” (v. 21-23). “Yo voy a él”. David está satisfecho ahora de llevar, hasta el final de su carrera, el sello de esta disciplina de la cual la muerte de su hijo es testigo. “El no volverá a mí”. Este gozo no puede ser la porción de David, pero acepta como necesario el camino de la muerte, en el cual tendrá que andar desde ahora para volver a encontrar a su hijo.

Ahora el rey puede consolar a Betsabé. Nuevamente fluye hacia él la gracia. Tiene un hijo al que llama Salomón (el pacífico) y que Dios hace llama por Natán con el nombre de “Jedidías” (amado de Jehová). La gracia introduce a Betsabé, cuya impureza le impedía participar en las bendiciones, en la raza del Mesías (Mateo 1:6). Viene a ser la madre del rey de paz y de gloria. La gracia se complace en manifestarse a seres decaídos a los que asocia con Cristo, para manifestar en los siglos venideros sus “abundantes riquezas”.

Para darse cuenta de la manera en la cual el alma de David fue restaurada, es necesario considerar el Salmo 51. Otros salmos hacen alusión a las mismas circunstancias, pero, según nuestra costumbre, en estas meditaciones no citamos más que los han ocasionado. Tal es el Salmo 51: “Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta”. Este salmo, profético como todos los salmos, sobrepasa en mucho las circunstancias de la vida de David. Así, “Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén” (v. 18) alude a acontecimientos futuros. El “homicidio” (v. 14) no solamente es la muerte de Urías, sino la del Mesías. David mismo, como lo veremos en la continuación de esta historia, es la figura del remanente de Judá, colocado bajo la ira gubernamental de Dios. Este mismo salmo también puede ser empleado en la predicación del evangelio para describir el estado de un pecador, volviendo a Dios como el hijo pródigo y diciendo: “He pecado contra el cielo y contra ti”; pero lo que buscamos aquí son los sentimientos individuales producidos en el alma del creyente, privado de la comunión por su caída, y que ha perdido el gozo de su salvación.

Dos pensamientos dominan en el corazón de David al principio de este salmo: el primer es que la gracia es el único recurso de su transgresión (v. 1); el segundo, que ha pecado contra Dios solo (palabras que salieron, como lo hemos visto, de la boca de David en presencia del profeta), 

para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio
(v. 4). 

He pecado, dice el rey, de modo que se manifestara la justicia contra el pecado. ¡Oh Dios! Por mi pecado, Tú encuentras la manera de justificarte a ti mismo. Te justificas al mostrar que no soportas el pecado. Para mí es la condenación absoluto, ¡pero Tú sabrás sacar tu gloria de ello! Son ésos los sentimientos dignos de un santo que Dios conduce juzgado y humillado a su presencia.

Luego el salmo nos muestra tres estados del corazón en el creyente restaurado. Estos tres estados y sus consecuencias son descritos en las tres divisiones de este salmo.

  1. (v. 1-6). El primer estado del corazón, descrito por estas palabras: “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Dios quiere producir en primer lugar “la verdad en lo íntimo”, al introducirnos delante de Él cuándo hemos pecado. A menudo el alma juzga un acto y no va más lejos, pero esto todavía no es toda la verdad en el corazón. David juzga su acto: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (v. 3); pero juzga también su estado: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (v. 5). No le basta juzgar su pecado; él juzga el pecado que está en él, lo que ha sido desde su nacimiento. No se contenta con decir: He ultrajado a Dios, sino que se remonta hasta la fuente de este ultraje y comprende que la razón de todo este mal estaba en su corazón. La sabiduría consiste en discernir estas cosas.
  2. (v. 7-13). La verdad en lo íntimo ha llevado sus frutos: un segundo estado del corazón es su consecuencia: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (v. 10). ¿De qué manera podía producirse este corazón puro? “Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (v. 7). Habla del hisopo con el cual se hacía aspersión de sangre sobre el leproso, luego del lavamiento con agua. Bajo la ley, con cada pecado tenía que renovarse la aspersión de la sangre; para nosotros, el sacrificio ha sido ofrecido una vez para siempre; pero además, el alma del creyente necesita continuamente el lavamiento por la Palabra, aplicado por nuestro Sumo Sacerdote a las impurezas contraídas durante la marcha: “Lávame, y seré más blanco que la nieve”. Pero para tener un corazón puro, se necesita algo más que nuestra purificación personal: “Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades” (v. 9); es preciso que Dios mismo ya no se acuerde de ellos. Para un santo del Antiguo Testamento no era algo hecho, y nosotros no podríamos expresarnos de la misma manera que este versículo 9; pero, cuando nuestros corazones han sido purificados de toda iniquidad, nos presentamos delante de Dios con la conciencia de que El ya no se acuerda de ello. La consecuencia de esto es el retorno del gozo de la salvación, y el espíritu noble que nos sustenta.
  3. (v. 14-19). Aquí encontramos un tercero y último estado del corazón, estado que, desde su caída y su restauración, caracteriza en adelante a David hasta el final de su carrera. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; el corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (v. 17). Lo que lo quebranta es encontrarse ante el “homicidio” (v. 14), pensar que ha vertido la sangre del justo Urías, imagen profética de la sangre de Cristo por Israel y que permanece sobre este pueblo y sus descendientes hasta el momento en el cual el residuo volverá a Él, con el corazón contrito y humillado. Más tarde tendremos que volver sobre este tema; pero no olvidemos que Dios nos disciplina para traernos, por grados, desde el corazón verdadero y desde el corazón puro, al corazón quebrantado, la única condición que nos conviene en presencia de la cruz, el único sacrificio que Dios acepta con el de las alabanzas (v. 15), el único estado del corazón que no nos expone a nuevas caídas.

Amnón, capítulo 13

El alma de David es restaurada, su conciencia purificada, su corazón humillado; a pesar de eso, hace falta que los caminos del gobierno de Dios a su respecto sigan su curso. Lo que Natán predijo:

No se apartará jamás de tu casa la espada… yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa… yo haré esto delante todo Israel y a pleno sol, 

todo esto debe cumplirse infaliblemente: David experimentará la necesidad de ello con el corazón quebrantado.

Las cosas relatadas en este capítulo son odiosas. Era “vileza” en Israel (v. 12). La Palabra de Dios las relata, porque es “la verdad” y nos pinta al hombre tal como es, en toda su fealdad, para impresionarnos con el horror de su corrupción. Estos hechos horribles de inmoralidad y de violencia son los de dos hijos de David, Amnón y Absalón, el uno tan alejado de Dios como el otro. Un amigo, pariente y consejero, Jonadab, se encuentra allí para empujar a Amnón en el cenagal (v. 4-5); este mismo hombre conocerá más tarde el complot de Absalón sin oponerse a él (v. 32).

¡Cuán cortas y vanas son las delicias del pecado! ¡Apenas uno ha mojado los labios en la copa, cuando ya se saborea su intolerable amargura! “Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que le había amado” (v. 15). Inmediatamente se horroriza de esta pobre víctima involuntaria de su acto infame. Lo juzga todo, con excepción de sí mismo. Absalón, violento y engañador, se venga por medio del fratricidio de la deshonra de su hermana.

Sin embargo, una cosa me llama la atención en el David restaurado, como de aplicación más general. Muestra una falta de cierto discernimiento espiritual, que no estaba en su carácter antes de su caída. Ya todo estaba en regla entre su alma y Dios cuando, en el capítulo 12:26-31, había ido a sitiar a Rabá. El juicio de los hijos de Amnón era justo y según los pensamientos de Dios, pero parece que David mezcla sus impresiones personales, sea en la victoria, sea en la venganza. Su sentido espiritual ya no tiene la fuerza de antes. Toma la corona del rey y la pone sobre su cabeza, mientras que en tiempos pasados (cap. 8:11: compárese con 1 Crónicas 20:2) había consagrado a Jehová todos los tesoros de las naciones. Ejerce sobre el pueblo una venganza cruel, de la cual 1 Crónicas 20:3, que nos presenta al rey según los consejos de Dios, omite por lo menos una parte. Nunca antes David había hecho semejantes cosas.

Pero hay más. En nuestro capítulo 13, todas las intenciones benévolas de David, sus deseos de acuerdo entre sus hijos, se vuelven contra él. Involuntariamente obra en sentido inverso de lo que debería. De modo que es él quien, en el versículo 7, manda a Tamar ir a la casa de Amnón. Más tarde, cuando Absalón madura el pensamiento del asesinato, David intenta primero resistir, pensando que si cede al ruego de su hijo podría resultar mal de ello; pero luego cede, mandando, para salvaguardar a Amnón, a sus demás hijos con él. Todo eso no demuestra quizás un juicio espiritual muy perspicaz.

El versículo 39 nos enseña además que el malo de Absalón era el hijo predilecto de David. “El rey David deseaba ver a Absalón; pues ya estaba consolado acerca de Amnón, que había muerto”. En el capítulo siguiente, David se deja persuadir fácilmente de hacer regresar a Absalón a Jerusalén, y esta decisión es la causa inmediata de todos los desastres que sobrevienen a continuación. Sin duda, Dios cumple con eso sus designios, pero todos estos hechos nos ofrecen una seria enseñanza. Cuando un creyente ha caído entregándose a su propia voluntad, su alma, aunque restaurada, ha perdido cierta energía espiritual; si sucede que ha despreciado o considerado poco importante la comunión con el Señor y la ha perdido, le hace falta cierto tiempo para recuperar la inteligencia espiritual que acompaña a esta comunión. Es como si la caída hubiese traído una detención en el crecimiento espiritual del creyente.

Toda alma que se expone a la disciplina del Señor y a la de la Iglesia, frecuentemente da el ejemplo de esto. Puede ser restaurada, puede recuperar la comunión de Dios y de los santos; pero una fuerza secreta ha huido de ella por la acción del pecado, y quizás no la recobrará jamás.

Ojalá Dios nos conceda que estimemos su comunión como algo muy precioso, tan precioso que seamos celosos para no perderla, como tampoco la fuerza y el discernimiento que la acompañan.

Joab, capítulo 14

Hemos notado más arriba que el primer libro de Crónicas guarda silencio sobre los acontecimientos que nos ocupan. En nuestro relato, David no es figura de Cristo más que incidentalmente; representa más bien al remanente restaurado, que atraviesa la tribulación con la culpabilidad de la muerte del Justo. Sin embargo, todas las experiencias de David en estos capítulos también son de aplicación inmediata para nosotros, porque, puestos como él en una posición de responsabilidad, somos objetos de disciplina como él.

El capítulo 4 nos muestra cómo Joab logra ganar el corazón de David. Ya hemos notado que Joab nunca hace algo que no le sea útil. Si ha abrazado la causa de David, no es por afecto, aunque da prueba de cierto apego a su amo, sino porque estima que el partido de David le es más propicio para satisfacer sus proyectos ambiciosos. Esto no llegaba hasta la realeza; Joab era bastante sagaz como para saber que el acceso al trono le estaba cerrado; su ambición se limitaba a ser generalísimo, ministro de guerra, consejero del rey Si se levantaba ante él algún obstáculo a sus propósitos, pronto estaba para vencerlo y un crimen no le detenía.

Ante todo, Joab procuraba hacerse indispensable. El mejor medio era hacerse siervo de las debilidades del rey. Cuando David se deshace de Urías entregándole en manos de Joab, este no tiene ni una palabra de reproche; obra sin vacilar. David culpable ha ganado un cómplice discreto pero que, por su misma discreción, se ha hecho su dueño. En adelante la reputación del rey depende de Joab. Solamente son frustrados los planes de este por la intervención divina. Dios habla, David se reconoce culpable; la lepra, en vez de quedar escondida, se manifiesta públicamente y es reconocida con humillación y lágrimas, no solamente ante Dios, sino ante los hombres.

Así todos los planes de Joab son frustrados, todos sus intereses perjudicados, ya no puede dominar a su amo por su crimen secreto; tendrá que emplear otra táctica para recuperar su influencia. En el momento de adueñarse de Rabá, ya privada de la fuente de agua que la alimenta, Joab manda decir a David: “Reúne, pues, ahora al pueblo que queda, y acampa contra la ciudad y tómala, no sea que tome yo la ciudad y sea llamada de mi nombre” (cap. 12:28). ¡Qué desinterés! Pero ¿no recobra así su influencia sobre el corazón del rey? David obedece; hemos visto en el capítulo precedente que su victoria sobre Rabá no está en favor de su instinto espiritual, pero Joab vuelve a hacerse indispensable y recupera la influencia que había perdido.

Al final del capítulo 13, el rey deseaba ver a Absalón. Era una desagradable debilidad. Absalón era asesino; la ley de Jehová no permitía a David desear su presencia. El asesino caía en las manos del vengador de sangre, y la expiación solo podía hacerse por la sangre de aquel que lo había derramado (Números 35:33). David lo había mostrado para el amalecita, para Baana y Recab. Al regresar Absalón de su exilio voluntario, la sentencia debía ejecutarse. Perdonarle era añadir una desobediencia a una transgresión. El hecho de haberse casado con Maaca hija de Talmai, rey de Gesur (Absalón se había refugiado en casa de su abuelo) era una transgresión de David. Talmai era uno de los reyes cananeos perdonados por la infidelidad del pueblo (Josué 13:2,3); todo casamiento con ellos le era prohibido a Israel (Éxodo 34:15-16). Aún mucho antes de pronunciarse esta prohibición, el sentido espiritual de Abraham le había hecho convertís esto en una ley (Génesis 24:3). David se había valido del poder soberano para infringir esta ordenanza, en vez de obedecer la ley.

Todos estos hechos humillantes deberían haber impuesto silencio a los afectos de David; pero Joab vigila, interesado en que el rey no siga el sencillo camino de obediencia. “Conociendo Joab hijo de Sarvia que el corazón del rey se inclinaba por Absalón…” (v. 1). No es hombre que no lo aproveche y prepare una intriga indigna, para inducir a David a volver a llamar al fugitivo a Jerusalén. Las palabras que pone en la boca de la mujer tecoíta dan motivo para suponer en Joab el pensamiento oculto de que David podría designar a Absalón como su sucesor: “Diciendo: Entrega al que mató a su hermano, para que… matemos también al heredero” (v. 7). “¿Por qué, pues, has pensado tú cosa semejante contra el pueblo de Dios?” (v. 13). “El hombre que me quiere destruir a mí y a mi hijo juntamente, de la heredad de Dios” (v. 13). “El hombre que me quiere destruir a mí hijo juntamente, de la heredad de Dios” (v. 16). En verdad, se puede ver en las palabras de esta mujer que Joab tenía el pensamiento de reservarse para el futuro una colocación junto a Absalón, el cual por cierto le estaría agradecido por haberle vuelto a traer a la corte.

Y para cumplir esta maquinación Joab tenía la audacia de hacerse fiador para con el rey, de los pensamientos de Dios: “Dios no quita la vida, sino que provee medios para no alejar de sí al desterrado” (v. 14).

En todo eso David era excusable, sin duda, si pensamos en el sentimiento naturales de un padre hacia su hijo, pero culpable como siervo de Dios. Jehová había designado, por boca del profeta (cap. 12:24-25), a aquel de sus hijos sobre el cual descansaba su elección; era Salomón hijo de Betsabé, que Dios había llamado 

Jedidías, el amado de Jehová. 

Joab se daba cuenta de lo que el corazón de David acariciaba en secreto, quizás sin confesárselo a sí mismo con claridad: el pensamiento de tener a Absalón por sucesor. Entre la palabra positiva de Dios y las insinuaciones interesadas de Joab, ¿acaso el rey podía vacilar? Tendría que haber comprendido que Absalón, a pesar de todas sus ventajas exteriores (v. 25-27), aunque fuese el hombre más hermoso y quizás tan imponente como Saúl, no podía ser el hombre los consejos de Dios. Había visto a su hermano Eliab, de quien aún Samuel pensaba: “De cierto delante de Jehová está su ungido” (1 Samuel 16:6), puesto a un lado, a pesar de su bella apariencia, para hacerle sitio a él, pobre pasto de ovejas. Es algo serio dejarnos dirigir por nuestros afectos naturales, por legítimos que estos sean, y no por el juicio espiritual que Dios nos ha dado.

Por cierto, no es que en esta época todo fuese debilidad en el rey muy amado. Había en su corazón una cuerda divina que nunca se hacía vibrar en vano. Joab lo sabe bien y no deja de servirse de ella. La llamada a la gracia siempre halla eco en David; la tecoíta llega, pues, para implorar la gracia ante el rey. Este cede, al olvidar que no solo se trata de gracia en este caso; Dios también es un Dios justo, y no se puede exaltar su gracia a expensas de su justicia. El consejo de Joab, seguido por David, le conduce a un abuso de gracia, tanto más serio por cuanto estaban en juego sus sentimientos naturales. Es como la miel, la cual se prohibía mezclar con los sacrificios (Levítico 2:11). La gracia no debe dar ningún lugar a los sentimientos, a los lazos humanos, a la dulzura de la naturaleza humana. Tal no fue el caso de David. Al ceder a su amor paternal, no discierne suficientemente la obra del enemigo, aunque esta no puede escapársele por completo: “¿No anda la mano de Joab contigo en todas estas cosas?” (v. 19). La mujer confiesa que “Joab tu siervo ha hecho esto” (v. 20); y el rey dijo a Joab: 

He aquí yo hago esto
(v. 21). 

Ahora toma la responsabilidad de lo que Joab ha querido hacer. El enemigo, Absalón, es recibido en Jerusalén, ¡y qué enemigo!

Sin embargo, David no quiere que el culpable se presente delante de él. Joab acepta la decisión de su amo. Una vez, dos veces se niega a ver a Absalón quien le manda llamar, sintiendo que le conviene estar con el rey. Absalón, en su cólera, hace prender fuego al campo de Joab, empleando la violencia contra aquel que, después de haber abogado en favor de su causa, había ido a buscarle en Gesur y le había vuelto a traer a Jerusalén, contando con hacerle su deudor. Joab, empujado por sus intereses, viene a la casa de Absalón para enterarse del porqué de su acto, y contra su voluntad tiene que interceder ante David para que este consienta en volver a ver a su hijo.

En Absalón, Joab ha encontrado la horma de su zapato. Dios permite todas estas cosas. Ya se había valido de las astucias, la destreza, la maldad, la crueldad de Joab para cumplir sus designios; se va a valer de Absalón con el mismo fin, y sus caminos no serán, en definitiva, más que gracia hacia David. Pero Joab se ve obligado a obedecer a aquel a quien pensaba dominar. No lo olvidará. Absalón se ha convertido en un obstáculo a sus propósitos, un poder con el cual ya no puede contar y que se vuelve contra él. Cuando el momento sea propicio, Joab matará a Absalón.

La huida de David, capítulo 15

Si Joab, al mismo tiempo que coopera con David, no tiene ninguno de los móviles de este hombre de Dios, el carácter de Absalón es desde el principio el de un reprobado, hijo, moralmente, de Satanás quien es “homicida desde el principio”. Más tarde, les da rienda suelta a todos los malos instintos de su naturaleza para alcanzar su meta. Hace uso de halagos, toma la apariencia de justicia, de desinterés (v. 3-4), de amor (v. 5), para “robar el corazón de los de Israel” (v. 6). Engaña a los sencillos (v. 11), finge rendir culto a Jehová y servirle (v. 7-8), todo eso para apoderarse de la realeza y sustituir al ungido de Jehová a su propio padre, sobre su trono, pues odia a su padre, odia todo lo que no es él mismo. Hace alianza con Ahitofel quien tenía ante el pueblo la reputación que habría tenido un profeta, porque “el consejo que daba Ahitofel en aquellos días, era como si se consultase la palabra de Dios” (cap. 16:23): Por fin, se exalta, se deifica casi viviendo aún (cap. 18:18).

Todos estos rasgos caracterizarán al final de los tiempos al gran enemigo del Rey de Israel, “el Anticristo”, “el hombre de pecado” y “el inicuo” (2 Tesalonicenses 2:3, 8). Este seducirá al pueblo, apoyará su culto nacional para trastocarlo más tarde, se elevará y se ensalzará a sí mismo hasta hacerse adorar como Dios, se hará pasar por el verdadero Mesías, negará al Padre y al Hijo, reunirá en su persona el falso rey con el falso profeta. Lo encontramos caracterizado desde el punto de vista judío en el libro de Daniel (cap. 11:36-39); y el Señor advierte a sus discípulos, primer núcleo del remanente judío del fin durante todo el tiempo que el Mesías viviendo entre ellos aún no había sido rechazado, que huyan desde el momento en que vean establecida en el templo de Jerusalén la abominación de la cual habló Daniel.

Esto es lo que sucede aquí. David, huyendo delante de Absalón, es figura notable de los judíos fieles del fin. Por las dos partes, el delito de la sangre inocente de Urías, de la del Mesías rechazado; por las dos partes el alma restaurada después de este crimen; por las dos partes la integridad del corazón, mezclada con el sentimiento profundo de la culpa; por las dos partes, por fin, la consecuencias de la culpa sufridas en el gobierno de Dios que no puede dejar impune el crimen, pero que sostiene el alma restaurada, en medio de la ira aparente que debe llevar en los ojos de todos como un fardo del cual sabe que Dios la libertará al fin para restablecerla en el gozo sin nube de su presencia.

David, figura tan hermosa de Cristo en el principio de su carrera, ha venido a ser, por su pecado, figura del residuo padeciente. Solamente que a lo largo de los Salmos el remanente es animado al saber, por boca del profeta David, que el mismo Mesías ha entrado de antemano, por simpatía y para enseñarle el camino, en las tribulaciones y las angustias que él deberá sufrir. Así, los fieles serán fortalecidos cada día por las palabras pronunciadas por el Espíritu de Cristo, en las cuales encontrarán, en medio de su angustia, la expresión profética de su fe y de su confianza en Dios Vamos a encontrar, pues, en esta parte de la historia de David, las experiencias del alma bajo las consecuencias de su falta y el ánimo que le da el Espíritu de Cristo, bajo el gobierno de Dios.

Es muy digno de hacer constar que la serie de los Salmos 3 al 7, que sirven como prefacio a todo el libro de los Salmos a, comienza por el “Salmo de David, cuando huía de delante de Absalón su hijo”. De hecho, toda esta serie pertenece a este período, como lo muestra el Salmo 7, que menciona los ultrajes de Simei relatados en 2 Samuel 16. Todo eso prueba que, en los Salmos, la huida de David ante Absalón es un tipo profético de la posición y de los sentimientos del remanente. Añadamos todavía que el Salmo 71, así como una parte del segundo libro (Salmo 42-72) del cual forma parte, se relaciona directamente con este período de la historia de David.

David huye precipitadamente, tan pronto como oye que los corazones de los hombres de Israel siguen a Absalón. No es cobardía ni debilidad de su parte; es fe. La fe nunca seguirá el camino que el hombre natural habría escogido. ¿Quién no hubiera opuesto, en ese momento, un ejército bien adiestrado a una conjuración naciente? ¿Quién no hubiera probado, una vez por lo menos, la suerte de las armas, cuando todo Jerusalén estaba todavía con el rey legítimo? David huye, no porque Absalón es el más fuerte, sino porque es la vara de Dios levantadas como castigo sobre su siervo. Pero David no solo piensa en sí mismo, sino en Jerusalén, la ciudad de Jehová, a la cual quiere ahorrar una prueba o una ruina que le atraería su resistencia.

Así pues, el rey sale y se detiene en un lugar distante. Esta huida presurosa, es, sin embargo, tan calmosa que parece más bien un cortejo real que una derrota. Es porque está dominada por el sentimiento profundo de que está con Dios en la tribulación. El rey fugitivo se convierte inmediatamente en el centro del pueblo en este éxodo. Detrás de él vienen su casa y todo el pueblo que le ha seguido fiel; a su lado, sus siervos; en la vanguardia, sus guerreros. ¿No nos llama la atención que los hombres armados no forman la retaguardia, cuando el enemigo se encuentra pisándoles los talones a este pueblo indefenso? No; marchan delante del rey, sus heraldos, sus testigos por el camino del desierto. Los compañeros de Absalón podían considerar esta marcha como una derrota; los cereteos, los peleteos y los geteos ven en ella un supremo honor. Ahora bien, observe esto: en el momento en el cual el verdadero rey de Israel se convierte en extranjero y fugitivo por la rebelión de su pueblo, los extranjeros son puesto en el sitio de honor. Los cereteos y los peleteos, tribus filisteas, emigrados, como se dice, de Creta, los geteos, gente de Gat, abandonan la capital de Filistea y su país de origen para unir su suerte a la de David. Su rey de antes había perdido su autoridad sobre ellos; el rey de Jehová había venido a ser la brújula que les orientaba en adelante.

Todo eso nos habla de Cristo. Rechazado por Israel, se ha convertido en el centro de atracción para las naciones extranjeras a las promesas y que no tenían ningún derecho a las bendiciones del pueblo. Rechazado, ha venido a ser mucho más todavía: el centro de todo, Aquel a quien los suyos siguen con deleite, porque no encuentran seguridad sino junto a El de quien el mundo no quiso y no quiere nada, porque saben que el tiempo de su rechazamiento tendrá fin, y que aquellos que han compartido sus tribulaciones compartirán ciertamente su gloria. Sí, el centro de todo es este hombre que conserva todavía su aspecto de extranjero, despreciado del mundo –modelo para seguir–, objeto de servicio, ya que sus siervos le rodean, atentos a su voluntad; Él también es el objeto del testimonio de estos, ¡y qué testimonio más feliz!

Es en esta época de la historia de David cuando se manifiestan los corazones. Bajo el régimen del trono, es más bien cuestión de sumisión que de amor; pero un Cristo rechazado atrae el afecto, y en estas circunstancias se puede ver si los suyos le son adictos. Hubo en Jerusalén, en esa época, quienes se acomodaron muy bien al dominio impío de Absalón; pero, gracias a Dios, también hubo corazones abnegados que no dudaron de David y supieron, a pesar de todo, que Jehová estaba con él; que unieron su suerte a la del rey, y no temieron comprometerse al declarar abiertamente que le pertenecían. ¡Ah! ¡El miedo de comprometerse! No es extraño encontrarlo entre los cristianos que no tienen de cristiano más que el nombre y que, en el fondo, pertenecen al mundo y no quieren separarse de él. Pero en los hijos de Dios, ¡qué vergüenza! ¡Cómo! ¿No se atreve a confesar el nombre de su Salvador delante de los hombres? ¿La opinión del mundo tiene, pues, tal influencia sobre usted? ¿El oprobio de Él no es su supremo honor? ¿Quiere usted, pues, obrar como enemigo de la cruz de Cristo? ¿Acaso no es esto lo que hacía llorar al apóstol, cuando veía a unos hombres que llevaban el nombre de Cristo, preferir las cosas de la tierra antes que el oprobio de la cruz? (Filipenses 3:18).

Itai geteo era diferente de esa gente. Todo se unía para disculparle de no ligar su suerte a la de David. Extranjero, emigrante que aún no había adquirido el derecho de ciudadanía en Israel, llegado solamente ayer, moralmente era como un niñito que intenta sus primeros pasos. El mismo David no esperaba de él el esfuerzo que hacía falta para seguirle. “Vuélvete”, le dice, 

y haz volver a tus hermanos; y Jehová te muestre amor permanente y fidelidad. 

Le bendice incluso, para hacerle entender bien que en semejantes circunstancias una falta de decisión de ninguna manera le sería imputado para mal. ¿Y qué? Este extranjero da prueba de una fe grande. No hace falta, para una fe grande, mucha inteligencia, ni una larga vida cristiana; basta tener al Señor en alta estima, saber que nada puede igualarle ni ser comparado con El, que Él es capaz de satisfacer completamente todas las necesidades. En vano David le disculpa, le despide, le exhorta a devolverse; nada le convence; se queda, no conoce otro sitio ni otro amo. ¿A Quién podría servir sino a David? Absalón ¿no es el enemigo de su señor? ¿Quién le detendría? ¿La muerte? Pero si David debe morir, la muerte es bienvenida a Itai. La espera ya la pone en primera fila: “o para muerte o para vida”. Para él, la vida viene después de la muerte. De cualquier manera, en cualquier lugar que sea, donde esté David, “allí estará también tu siervo”. Cómo refrescan semejantes sentimientos el corazón del rey fugitivo, el de nuestro muy amado Salvador. Lo que desea Itai, Jesús nos lo promete: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (Juan 12:26). El Señor nos dice; en la muerte quizás, pero en la gloria seguro. Al servirle estamos seguros de la gloria, ya que es allí donde Él se encuentra para siempre. Notemos todavía que el corazón del Padre está satisfecho del apego de su Hijo. ¿Le hemos servido en la humillación? Entonces podemos tener la seguridad de que el Padre nos dará un sitio de honor por no haber temido compartir su oprobio ante el mundo. Un pobre geteo ignorante tendrá este sitio; una pobre moabita también lo ocupará, ella que no había vacilado en seguir a Noemí, y antepasada del rey fugitivo: 

No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios
(Rut 1:16).

“Ven, pues, y pasa” dice el rey a Itai, y este pasa el torrente de Cedrón, volviendo la espalda al enemigo triunfante, teniendo frente a sí el camino que va al desierto (v. 23). ¿Qué importa? David es su pastor, no le faltará nada.

Qué contraste entre este extranjero y Pedro, el discípulo judío, que había seguido al Señor desde el principio ¡Ah! Qué pronto estaba para decir, sin que Jesús se lo pidiera: “Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte” (Lucas 22:33). Pedro pensaba en lo que él mismo era, Itai en lo que su señor era para él. ¡Pobre Pedro! Sin que se diera cuenta, su fe era la más pequeña, la más miserable que fuese posible ver, porque opinaba mucho de sí mismo.

He aquí ahora a Sadoc y Abiatar que traen el arca de Jehová. David la rechaza; no puede aceptar tal honor. El arca ha entrado en su reposo y no puede volver a empezar con David las peregrinaciones del desierto. David vuelve a tomar aquí el papel del remanente arrepentido y padeciente. Las naciones podrán, con apariencia de razón, preguntarle: “¿Dónde está tu Dios?” y burlarse de su confianza, como en el segundo libro de los Salmos que expresa los sentimientos del remanente que huye lejos de Jerusalén delante del Anticristo (Salmo 42:10, etc.). Con estos sentimientos David le dice al sacerdote; “Vuelve el arca de Dios a la ciudad. Si yo hallare gracia ante los ojos de Jehová, él hará que vuelta, y me dejará verla y a su tabernáculo. Y si dijere: No me complazco en ti; aquí estoy, haga mí lo que bien le pareciere”. Admirable resultado de la acción del Espíritu de Dios sobre un corazón ejercitado por la disciplina. Sumisión perfecta a la voluntad de Dios, sabiendo que se ha merecido el juicio; ¡confianza perfecta en su bondad que permanece para siempre, en su interés por los suyos que son indignos de ello! Todo lo que le sucede es justo, pero David cuenta con la gracia, aceptando la humillación y dejando a Dios el cuidado de justificarle, pues 

Dios es el que justifica.

Estos sentimientos contrastan con los de Itai, pero los unos no son menos hermosos en su sitio que los otros. En la fe se encuentra el poder de Dios; pero este es igualmente maravilloso cuando produce “toda paciencia” en un pobre ser débil, batido por la tempestad, que no tiene ninguna fuerza en sí mismo para resistir el oleaje creciente del mal.

David sube llorando la cuesta de los Olivos, los pies descalzos y la cabeza cubierta. El pueblo que le sigue lleva luto como él. Cristo ha sufrido y llevado esta humillación por simpatía hacia su pueblo muy amado, hacia el final de su carrera. El que lloraba sobre Jerusalén se ha enfrentado, en Getsemaní, con el terrible asalto de Satanás. Sin duda, allí se trataba de cosas más grandes y extensas aún que de simpatías para con el residuo padeciente de Israel, de una obra mucho más importante que la liberación final de su pueblo, aunque se trataba de esta también, pues “en toda angustia de ellos él fue angustiado” (Isaías 63:9). Fue en este lugar donde el hombre que comía con él alzó, como Absalón, el calcañar contra El, donde le traicionó con un beso; fue allí también donde, en la angustia de su alma, vertió más que los lloros de David, y donde su sudor se hizo como grandes gotas de sangre que caían a la tierra.

En este momento todo viene a abrumar al pobre rey. Oye de la traición de Ahitofel. Todos los recursos le faltan, salvo uno solo, perfectamente suficiente: se postra delante de Dios. “Entorpece ahora, oh Jehová”, le dice, “el consejo de Ahitofel”.

Dios da una contestación inmediata a la oración de su siervo. Husai, el amigo íntimo del rey, se une a él. David lleno discernimiento espiritual, le devuelve, sabiendo que Dios le destina para “anular el consejo de Ahitofel”.

Husai vuelve a Jerusalén. Sean cuales fueren nuestras preferencias, siempre debemos estar en el lugar donde Cristo nos coloca. Un siervo de Cristo siempre puede estar allí donde se mantienen el arca y el sacerdocio, ya que allí se encuentra a Cristo. ¿Acaso Él no es a la vez el arca y el sacerdote? Somos llamados a desempeñar diversas funciones por su causa. El testimonio y el servicio son una cosa; otra cosa es la lucha contra las astucias del enemigo para hacer triunfar el nombre de Cristo; otra cosa todavía es entrar en su presencia para rendirle culto. Todas estas diversas funciones nos pertenecen. La tarea de Husai era ardua; pasa lo mismo hoy con los que tienen que luchar contra los enemigos de Cristo, los Ahitofeles que pretenden al carácter de profetas y en el fondo son falsos profetas, que conocen los pensamientos del Señor y emplean su saber para aniquilar su autoridad. Pero si el Señor nos manda en medio de los enemigos, vayamos allí sin temor. Anular el consejo de Ahitofel, ¿no es restituir a nuestro David el sitio que le pertenece?

  • a

    Los Salmos 1 y 2 son el sumario de todo el libro. Presentan los dos grandes temas de los salmos: el carácter de los hijos del reino (Salmo 1), y los consejos de Dios con respecto al Mesías (Salmo 2). Allí se dan a conocer todos los personajes del drama: los justos, el pueblo apóstata, las naciones y el Mesías.

Amigos y enemigos, capítulo 16

Las circunstancias que atraviesa David ponen a prueba el estado de los corazones; también los diversos caracteres de los hombres que se presentan ante el rey son, bajo este aspecto, muy instructivos para nosotros.

Hemos visto a Itai, un corazón nacido ayer para David, y por eso mismo un corazón sencillo. El rey, cuyo siervo se ha hecho, significa todo para él. Con un objeto semejante, siempre se va bien dirigido. Sadoc y Abiatar no se equivocan al estimar que el arca debe estar con el rey; tienen una inteligencia general de los pensamientos de Dios, pero tienen en cuenta sus caminos para con David. Este mismo les muestra estos caminos al devolverles. Este mismo les muestra estos caminos al devolverles. Él debe contar enteramente con Dios para volver, al haber merecido esta disciplina; y aun si fuese rechazado por completo, David se sometería, porque todo lo que Dios hace es bueno.

Husai tiene otro carácter, tan hermoso en su género como el de Itai y, de hecho, con mucho más experiencia en los pensamientos de Dios. Husai es 

amigo de David; 

un gran amor les une y no tienen secretos el uno para el otro; y sin embargo Husai, al contrario de Itai, consiente en estar por un tiempo separado de su amigo. Eso le cuesta, a él quien había ido al encuentro de David para expresarle toda su simpatía, pero él escoge la mejor manera de servirle y vuelve a Jerusalén. Husai, con un amor sosegado y profundo a su amigo, tiene el conocimiento que ni siquiera los sumos sacerdotes tenían, conocimiento que además le es comunicado por David mismo: “Tú harás nulo el consejo de Ahitofel”. Es en la intimidad con Cristo donde recibimos la comunicación de sus pensamientos.

El capítulo 16 nos habla en primer lugar de Siba, pronto para la acción, pronto para el servicio. Enalbardar los asnos, cargarlos con todo lo que es necesario para los compañeros de la huida del rey, juntarse con estos, no le cuesta nada. Hermoso celo, hermoso efecto de la gracia en su corazón, puesto que nada le obligaba a este acto. Y sin embargo el corazón tan dispuesto carece de rectitud, o, por decir lo menos, imputa a Mefi-boset motivos que le son extraños. No creo que mienta a sabiendas; no dice que Mefi-boset le ha comunicado sus propósitos, pero al comprobar un retraso en las decisiones de su amo, le presta intenciones que, como lo vemos en el capítulo 19, estaban lejos de su corazón. Nada es tan peligroso como pretender leer los pensamientos de los demás para conocer sus motivos. Cierta agudeza de juicio, unida a cierto conocimiento del corazón humano, nos lleva fácilmente a ello. Nuestras conclusiones son siempre pocas caritativas. Siendo de poco interés para nosotros discernir las buenas intenciones de los demás, insistimos más bien en las malas. Ahora bien, Dios se reserva el juicio de lo que pasa en los corazones; solo El conoce y juzga sus secretos. El Señor nos dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7:1); no nos expongamos, pues, a ser juzgados nosotros mismos por los demás. Es esto lo que más tarde sucede con Siba, puesto en la presencia de Mefi-boset. Parece que David, no siendo aquí figura de Cristo, carece de cierta lucidez. Más tarde (cap. 19:20) vuelve sobre su decisión; sin embargo, aquí ofrece un hermoso ejemplo de Aquel que recompensará cien veces lo que se ha hecho por él, sea la que fuere la debilidad de sus siervos: “He aquí, sea tuyo todo lo que tiene Mefi-boset” (v. 4).

 Después del ejemplo de abnegación, encontramos el del odio. Dios lo permite, porque forma parte de su disciplina hacia David, pero también fue la porción de Cristo: “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25) ¿Cómo no ocurriría lo mismo con sus discípulos? Pero solo Él podía decir: “sin causa”. Los motivos del odio de Simei eran sin duda ilegítimos, y David no había dado motivo alguno para ellos, pero el rey humillado tomaba por verdadero el juicio de su enemigo. Simei calumniaba a David: “¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón; y hete aquí sorprendido en tu maldad, porque eres hombre sanguinario” (v. 7-8). ¡Qué indigna calumnia! ¡Ser acusado de esta manera, él quien había perdonado la vida de Saúl en la cueva y en medio de su campamento dormido, quien nunca le había mostrado justo, paciente, santo en todos sus caminos (1 Reyes 15:5), quien nunca se vengaba, quien había respetado en Saúl al ungido de Jehová, quien había honrado con un canto de luto la muerte de su enemigo!

Toda su integridad se levantaba contra semejante acusación… y, sin embargo, ¡era un hombre sanguinario! Simei no lo sabía, pero Dios sí lo sabía. Este malvado era un instrumento divino para recordarle su falta a David: “Si él así maldice, es porque Jehová le ha dicho que maldiga a David” (v. 10). David acepta la maldición; su corazón quebrantado no busca defensa, ni disculpa, ni ninguna compensación en su justicia pasada. Para él, esto es el juicio de Dios, y su único recurso es la gracia: 

Quizá mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy
(v. 12). 

¿No es aquí otra vez figura señalada del remanente judío: la integridad, la justicia práctica y la humillación causada por el asesinato del Justo, de quien ellos habían dicho: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”, mezclados en un mismo corazón?

Abisai, digno hijo de Sarvia, procura desviar a David de la humilde sumisión a los caminos de Dios en disciplina. “¿Por qué maldice este perro muerto a mi señor el rey? Te ruego que me dejes pasar, y le quitaré la cabeza”. No se puede esperar de Abisai que se trate a sí mismo de perro muerto como lo hace Mefi-boset, o como David delante de Saúl. Por odioso que fuese Simei, este y Abisai tenían el mismo valor ante Dios. El sentimiento de nuestra indignidad nos guarda de palabras ultrajantes contra la raza a la cual pertenecemos. Un misántropo siempre es un hombre que se considera mejor que los otros. Sin embargo, la ocasión parece justificar sus palabras. Dios había sido despreciado y ultrajado. ¿No había que defenderle contra el hombre violento? Es eso lo que hizo Pedro cuando la tropa del traidor Judas se llevaba a su Maestro. ¿Tenía Pedro razón aun cuando se trataba de uno mayor y más digno que David? “Vuelve tu espada a su lugar”, le dice Jesús, “porque todos los que toan espada, a espada parecerán” (Mateo 26:52). Las palabras de Abisai muestran todavía una completa incapacidad de penetrar en los sufrimientos de David bajo la disciplina de Dios, de comprender a la vez su humilde sumisión y la resolución inquebrantable que le hacía andar en ese camino. ¿Cómo podría la carne –cuya voluntad, siendo enemiga de Dios, no puede someterse a Él– comprender una perfecta dependencia que no tiene otra voluntad que la del Padre? De nuevo Pedro nos provee el ejemplo de ello. Habiendo mostrado el Señor a sus discípulos que era necesario que padeciese mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y que fuese muerto, “Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. ¿Qué le dice el Señor? “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:23). David le dice a Abisai: “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?”. Sus pensamientos tan solo podían ser producidos por la carne y provenían del enemigo. David acepta el cáliz de la mano de Dios, como Jesús más tarde en Getsemaní. “Quizá”, dice, “mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy”. ¡Qué palabras! ¡Estemos persuadidos de esto: Dios es el Dios de gracia, y la maldición ya no es el término de sus caminos para con sus muy amados, como no lo fue para con Cristo!

Husai, acogido por Absalón no se opone al consejo de Ahitofel referente a las concubinas de David. Su intimidad con este le es de gran ayuda, porque no podía ignorar lo que Dios le había dicho al rey, y debía dejar libre curso al decreto divino (cap. 12:11-12). Ahitofel, creyendo fortalecer por este medio las manos de Absalón (v. 21), no hacía más que cumplir la Palabra de Dios, adelantar el fin de sus caminos y apresurar la restauración de aquel a quien pensaba destruir. Absalón pronto será cogido en sus propias redes; aquel que no parece tener otros motivos para hacer el mal sino por hacerlo, acaba como Judas a quien se parece bastante, y este “hombre de mi paz”, que había alzado el calcañar contra David (Salmo 41:9), se estrangula y muere.

El servicio, capítulo 17

El rey, como lo hemos visto, había devuelto a Sadoc, a Abiatar y a Husai a Jerusalén, para emplearles en su servicio. Las demostraciones de abnegación no bastan, por preciosas que sean al corazón del amo, y no son sino el preludio del servicio. Lo mismo nos ocurre a nosotros, cristianos; y, como Husai y los sacerdotes, no nos es lícito escoger el lugar ni la manera de servirle; es El quien tiene que determinar esto. Se trataba aquí de anular el consejo de Ahitofel, de impedir que este falso profeta lograse arruinar la causa de David.

En los versículos 1 al 4 descubrimos el propósito oculto del enemigo: quien le molesta es David. Considera con razón que, suprimido este, todo se derrumbará y el pueblo vendrá a ser presa de Absalón. “Mataré al rey solo. Así haré volver a ti todo el pueblo” (v. 2-3). Así obra el príncipe de las tinieblas: todo su esfuerzo tiende a suprimir a Cristo. Con este fin ha amotinado al mundo contra Él; pero en la cruz, en vez de ganar la partida, la ha perdido y su poder ha sido quebrantado. Pero no se da por vencido. Más tarde, en el momento en que lo crea favorable, amotinará a los reyes de la tierra para romper el yugo de Cristo. Entonces 

el que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos 
(Salmo 2).

“Este consejo pareció bien a Absalón, y a todos los ancianos de Israel” (v. 4), convencidos de la excelencia del medio propuesto por este hombre. ¿Cómo es, pues, que Absalón se decide a llamar también a Husai arquita para oírle? ¿Cómo es que, después de haberle oído, Absalón y todos los hombres de Israel dicen: “El consejo de Husai arquita es mejor que el consejo de Ahitofel”? (v. 14). Es que Dios dirige las circunstancias, las decisiones de los hombres y sus apreciaciones, en fin, todo como Él quiere y para cumplir sus propósitos. Si consideramos las cosas exteriormente, Dios parece ser indiferente a lo que pasa; el mal triunfa, el mal domina, los hombres sobrepasan las imaginaciones de su corazón; pero Dios se esconde detrás, Dios, a quien nada puede resistir y a quien Satanás mismo sirve de instrumento. Para nosotros el poder de Satanás es formidable, pero para Dios es menos que la pajita que un ligero soplo se lleva. “El Dios de paz”, está escrito, “aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies”. No es el poderoso Creador ni el Dios de la venganza quien rompe este poderío formidable; es el Dios de paz. Este acto no le cuesta ningún esfuerzo; El quebranta apaciblemente a este enemigo bajo los pies de sus santos.

El buen perfume del servicio es esparcido por doquier en este capítulo. Cada uno confluye en esta actividad, en el propósito de dar a su amo el sitio que le corresponde y que los malvados le han quitado. Husai, el amigo de David, es el primero en el peligro también el primer instrumento de la victoria. Los sacerdotes son sus primeros confidentes. Sus hijos Jonatán y Ahimaas llevan el mensaje que debe salvar a David y su tropa. Una sencilla y desconocida criada (v. 17) se presta para hacérselo llegar. La mujer de Bahurim, igualmente desconocida, tan poco nombrada como la María de Mateo 26:6-13, tan respetuosa como esta del dominio que Dios ha confiado a su responsabilidad, una mujer que guarda la casa, cumple su servicio para con los enviados y les prepara un escondrijo que el enemigo no puede descubrir. Su servicio es “una buena obra” hacia David, aunque tenga a los dos mensajeros por objeto inmediato. Hay allí una cadena ininterrumpida de servicio que concurre al mismo fin. De faltar un solo eslabón, David llegaría a ser la presa de Absalón. La abnegación de la pobre sirvienta tiene tanto valor para el rey que el hermoso desinterés de Husai. Ninguno es despreciable, y los más humildes tendrán quizás el mejor sitio cuando se diga: “Este y aquel han nacido en ella” (Salmo 87:5).

El Señor dice: 

Dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella
(Mateo 26:13).

No solamente los diferentes servicios, sean los que sean, forman un todo, porque tienen solo un propósito y un objeto; es digno de señalar todavía que el servicio del uno llama, por así decirlo, al servicio del otro. De un extremo al otro de este relato, cada agente se pone a la obra suscitado por el agente que le precede. A menudo, en momentos de cansancio y de desánimo espiritual, nos quejamos de la poca prisa que se dan aquellos que nos suceden en servir eficazmente al Señor, en arriesgar algo: comodidad, ganancia, reputación, para mantener frente al mundo los derechos de nuestro Amo. Esta clase de quejas no tiene eficacia, y mucho se asemejan al grito de Elías: “¡Solo yo he quedado!”. Lo que tenemos que hacer es redoblar el celo, un celo sin desmato para servir al muy amado. Como las ondas del sonido, de la luz y el calor, esta sacudida pronto se hará sentir más allá de nuestra esfera restringida.

Advertido David, todo su pueblo pasa el Jordán, sin que falte ni uno a. Gracias al servicio, el verdadero pueblo de Dios pone una barrera entre él y el enemigo. ¡Ahitofel, herido en su orgullo, pero sobre todo temiendo el triunfo final de David, se quita la vida, precipitándose en el juicio eterno, para escapar de la venganza futura! (v. 23).

David, perseguido por Absalón, llega Mahanaim. Es allí donde Jacob, al regresar de su exilio, encontró el ejército de Dios para protegerle de las empresas de Esaú. Es allí donde David, volviendo a tomar bajo la disciplina el camino del exilio, se encuentra bajo la misma égida. ¡Cuán tranquilizador para el alma! Nuestras circunstancias pueden cambiar: trátese de la fuerza o de la flaqueza, del crisol o de la restauración del alma; en uno u otro caso, siendo el peligro el mismo, venga este de un Esaú o de un Absalón, los recursos de nuestro Dios permanecen inmutables.

Amasa reemplaza a Joab en la cabecera del ejército del hijo rebelde. Era primo de Joab por parte de las mujeres, pero también por la deshonra de su madre. Joab, lo veremos, nunca perdona nada, ni una mancha sobre su familia, ni su sitio usurpado, ni el peligro de una rivalidad por el mando supremo.

En Mahanaim encontramos el servicio al pueblo de David, como anteriormente al rey mismo. Es conmovedor ver que el mismo celo trae tres personajes tan diferentes de posición, de nacionalidad y de carácter. Un objeto de interés común hace caer todas las barreras. Sobi amonita, hijo de Nahas, hermano de este Hanún que había ultrajado a los enviados de David (cap. 10), hombre de raza real, está asociado con Maquir, hijo de Amiel, de Lodebar, sencillo siervo de Saúl y anteriormente guardián del pobre Mefi-boset (cap. 9:4). Barzilai galaadita, de Rogelim, se une a ellos; este tenía la autoridad de la edad y el prestigio de las grandes riquezas (cap. 19:32); pero la edad no pone fin a sus servicios, y todas sus riquezas se emplean para mantener y a su pueblo. El pueblo atrae muy especial ente la simpatía de estos hombres; decían: “El pueblo está hambriento y cansado y sediento en el desierto” (v. 29). Nada les cuesta cuando se trata de los compañeros del rey fugitivo; obran por fe; su interés ni siquiera se tiene en cuenta en su servicio. La autoridad del uno, la actividad del otro, las riquezas y la consideración del tercero, se colocan a los pies de David, representado por sus compañeros. Todos estos hombres desean, como Abigail, lavar los pies de los siervos de su señor, y este rebajamiento no es tal, porque exalta y glorifica a un David rebajado hoy, pero establecido mañana en gloria por encima de todos los reyes de la tierra.

  • a

    Encontramos aquí la imagen del remanente huyendo de Jerusalén, perseguido por el dragón, la bestia y el falso profeta, y guardado fuera de los límites de Israel, a pesar del río desbordante, sin que caiga un solo cabello de su cabeza (Apocalipsis 12:16).

La muerte de Absalón y el corazón quebrantado de David, capítulo 18

David pasa revista a la gente y la coloca bajo Joab, Abisai y también Itai geteo, el único juzgado digno por el rey de conducir el ejército en el mismo rango que los jefes acreditados desde hace mucho tiempo. Sin embargo Itai “había venido ayer”, un extranjero sin lazos con el pueblo de Dios. ¿Qué motivo le ha hecho subir, en este momento crítico, a un puesto de tal importancia? Su apego sin reserva a David. De igual manera, el Señor nos confía un servicio prominente, según la medida de nuestro amor por El.

David quisiera salir con su pueblo para la batalla. Todos responden: “No saldrás”. Por ambas partes, estos sentimientos son según Dios. Anteriormente, en vez de salir con el pueblo David se había quedado en Jerusalén (cap. 11:1) y había tenido que llevar las consecuencias de esto; ahora comprende que su sitio está con el ejército; pero la gente también tiene razón, pues aprecia el valor de David: 

Tú ahora vales tanto como diez mil de nosotros
(v. 3). 

Lo que el odio de Ahitofel comprendía bien cuando dijo: “Mataré al rey solo. Así haré volver a ti todo el pueblo” (cap. 17:2-3), el amor del pueblo lo comprende mucho mejor todavía. Por ambos lados hay la convicción de que todo depende de David; solo que en la gente se trata de la fe, por la cual David, ausente del campo de batalla, es lo mismo que David presente. Dicen: “Será, pues, mejor que tú nos des ayuda desde la ciudad”. David cede a su ruego: “Yo haré lo que bien os parezca” (v. 3-4). Es así como obra el Señor Jesús para con nosotros. Como antiguamente lo hizo para el centurión y la sirofenicia, cede a la fe, se deja convencer, puesto que no puede hacer otra cosa que responder a lo que su propia gracia ha producido en el corazón.

El pueblo desfila delante del rey. En presencia de todos, David recomienda a los jefes: “Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón” (v. 5). ¡Qué ternura para este hijo rebelde! Quizás mezclada con debilidad, pero nos hace pensar en el amor sin reserva del Señor por sus enemigos. ¡Ah! ¡Si tan solo pudiesen volver, arrepentirse en la undécima hora! Su paciencia para con ellos, ¿no alcanza hasta los últimos límites? Tan solo cuando está completamente agotada, Dios vierte su ira en la copa donde ya no queda nada de misericordia.

Lo que sigue no precisa comentarios. El hijo impío es suspendido en el árbol para maldición y vergüenza suyas. El cabello del que se gloriaba es el instrumento de su ruina. Este hombre que, desde su juventud, antes de que tuviese hijos (v. 18, véase también cap. 14:27), había erigido un monumento “para conservar la memoria de su nombre”, es enterrado bajo un montón de piedras desconocido en el bosque de Efraín, mientras que su monumento, que permanece hasta ese día, recuerda su humillación y su terrible juicio. Sucederá igual con el Anticristo y la bestia que se levantarán contra el Señor. Su caída será tanto más terrible por cuanto se habrán exaltado hasta Dios (Isaías 14:12-20).

Se ve la mano de Dios en este desastre, pero –esto es algo horrible– también se ve la mano asesina de Joab. Siempre hace lo malo. Aquí muestra su respeto a la voluntad y la persona del rey. Su interés le lleva a suprimir a Absalón que una vez humilló su orgullo (cap. 14:32-33) y que podría perjudicarle algún día reemplazándole por Amasa. Matará al mismo Amasa cuando el asesinato de Absalón no habrá surtido los efectos apetecidos. Un hombre del pueblo tenía más respeto por la voluntad del rey que el jefe mismo de su ejército (v. 12-13).

La derrota es completa; Israel huye ante Judá victorioso. Ahimaas quisiera ser el primero en llevar la buena nueva a David. El que había expuesto su vida para advertirle de un peligro amenazador, ahora no quiere dejar a nadie el privilegio de anunciarle su triunfo. Joab, siempre político y conociendo los sentimientos del rey por Absalón, procura disuadirle de ello, pero en vano. Que eso le perjudique personalmente o dé al traste con su carrera, poco le importa a Ahimaas; la política de Joab no es la suya. Suceda lo que sea, él quiere, prosternado ante el rey, ser el primero en reconocer la dignidad que le es devuelta. En eso gasta toda su energía, porque todo su corazón pertenece a David. A lo mejor también tiene el pensamiento de amortiguar y suavizar el golpe que la muerte de Absalón va a darle al corazón de su amo muy amado; lo cierto es que solo tiene en vista su gloria. Adelanta al mensajero enviado antes que él. ¡Ojalá corriésemos como Ahimaas, para encontrarnos primero a los pies de nuestro Salvador victorioso, sin dejarnos adelantar por nadie!

Cuando el etíope anuncia la fatal noticia, se le parte el corazón a David con un dolor inconsolable: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío”! (v. 33).

“¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti!”. David no podía. Eso estaba reservado a uno solo que murió por los impíos, el único que fue contado con los pecadores y que llevó el pecado de muchos (Isaías 53:2). Pero David podía dar rienda suelta a su dolor con respecto a la pérdida definitiva de aquel cuya salvación tanto había anhelado.

En todo este duelo sin duda se mezclaban sentimientos humanos; por eso, David tuvo que tener el corazón quebrantado. Aun siendo mucho, el espíritu quebrantado (Salmo 51:17) no basta. Con un espíritu quebrantado, la propia voluntad no puede obrar. Antes de tener el espíritu quebrantado, David había seguido su voluntad, que le había conducido al adulterio y al asesinato de Urías. Un espíritu quebrantado produce el abandono de la propia voluntad para depender de Dios (cap. 15:25-26; 16:10-12; 18:4). No fue necesario que fuera quebrantado el espíritu de Jesús. ¿Acaso no dice al entrar en el mundo: 

He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad?

Pero tarde o temprano hace falta que nuestro corazón sea quebrantado, así como nuestro espíritu. Dios empieza a veces por el uno, a veces por el otro. Pedro, cuando lloró amargamente, realmente tenía el corazón quebrantado y humillado, pues el quebrantamiento del corazón no va sin humillación (Salmo 51:17). Solo más tarde Pedro tiene el espíritu quebrantado: “Cuando eras joven”, le dice el Señor, “te ceñías, e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras” (Juan 21:18).

Frecuentemente el corazón no se quebranta de una vez; el de David lo hizo en tres ocasiones; en la corte de Aquis, cuando vio que había deshonrado al Señor y que él mismo estaba en el polvo (Salmo 34:18); después de la pérdida de su hijo (Salmo 51:17); por fin, en nuestro capítulo. Aquí la humillación ya estaba completa, y sin embargo aún hacía falta que los afectos naturales fuesen consumidos y reducidos a cenizas, para que únicamente los afectos divinos ocupasen el corazón de David. Dios no obtiene este resultado sino por este medio. Tan solo en un corazón quebrantado el Señor puede ocupar todo el sitio.

El corazón de Cristo también fue quebrantado, pero de una manera completamente diferente del nuestro. Su amor menospreciado, he ahí lo que le quebrantaba a Él el corazón. Cuanto más se mostraba este amor, tanto más se levantaba el odio contra Él. 

El escarnio ha quebrantado mi corazón
(Salmo 60:20). 

Él no tenía necesidad, como nosotros, de este quebrantamiento para ser despojado. Él era el amor mismo, pero su corazón humano era quebrantado por la imposibilidad de mostrar este amor frente al odio del hombre, cuya única respuesta a tanta gracia era el oprobio y la ignominia de la cruz. Y a pesar de eso, el corazón quebrantado del Salvador ha sostenido la maldición y todo el peso del juicio de Dios, a fin de salvar a aquellos que le injuriaban y le escupían en el rostro.

Pero no olvidemos que para nosotros es necesario un quebrantamiento continuo. Cada vez que Dios quiere mostrar en nosotros algún nuevo carácter de Cristo, quebranta nuestro corazón para hacerlo aparecer. Así sucedió en el caso del apóstol Pablo. La luz y la vida de Jesús, saliendo de un vaso roto, calentaban y vivificaba el alma de sus hermanos.

De aquí en adelante Dios ya no necesita quebrantar a David. El sol por fin se levanta radiante; su corazón está lleno de una gracia que sale de su cruel prueba, y va a ser para otros el dispensador de esta gracia divina.

La gracias, capítulo 19:1-40

Joab reprende a David por su debilidad; ¡Joab exhortando a David! Pero ¿quién, pues, había traído este mal y arrancado las entrañas de este padre sino él solo? Sin duda, ello era según los caminos de Dios que daba libre curso al castigo anunciado (cap. 12:11-12), y David había de reconocer en ello su mano; pero ¡ay del instrumento inicuo por el cual se cumplían estos caminos! Solamente que aún no era el momento de la retribución. Ni siquiera permite Dios que Joab sea reemplazado por Amasa, según la intención de David en su enojo (v. 13).

David sigue el consejo de Joab. No dudo que es porque reconoce la justicia de Dios a su respecto. Cuando más tarde entrega el juicio de Joab a Salomón, no le acusa propiamente de la muerte de Absalón, sino sobre todo del asesinato de Abner y de Amasa en tiempo de paz (1 Reyes 2:5). David se sienta, pues, en la puerta de la ciudad, donde todo el pueblo se presenta delante de él.

Ahora la disciplina ha terminado. En 1 Samuel, había ocurrido para guardar a David en el camino de la dependencia. No había amargura entonces, sino la feliz conciencia del favor divino. En 2 Samuel la disciplina es amarga, pues va acompañada de la conciencia de haber deshonrado al Dios santo. Pero también, ¡qué frutos lleva! Dios llena el corazón quebrantado como El solo puede hacerlo, y la vida de Jesús se manifiesta exteriormente. Entramos en una escena de gracia, de perdón y de paz, expresión de lo que ocupa ahora el corazón del rey.

En los versículos 9-15 se ve la gracia. Las diez tribus habían traicionado y abandonado a David para seguir al inicuo Absalón; son las primeras en volver y hablar de hacer volver al rey. David tiene conocimiento de ello, y abre los brazos hacia Judá, tan lento tan perezoso hasta ahora para reconocer el trono de su rey, y que debería haber llevado el castigo por esto. “Mis huesos y mi carne sois”, le dice (v. 12). Amasa había sido el jefe del ejército que perseguía a David, tanto más culpable por cuanto, era como Joab, sobrino del rey. “¿No eres tú también hueso mío y carne mía?” le manda decir (v. 13). Su gracia no pide nada; muy al contrario, encuentra su felicidad en hacer bien a sus enemigos.

En los versículos 16-23 encontramos el perdón. El rey lo concede a Simei quien, para evitar la suerte que el espera, llega para fingir su sumisión: 

No me culpe mi señor de iniquidad, ni tengas memoria de los males que tu siervo hizo… reconozco haber pecado
(v. 19-20). 

Abisai, siempre el mismo (véase cap. 16:9), quisiera vengarse de Simei. David le detiene: “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia, para que hoy me seáis adversarios? ¿Ha de morir hoy alguno en Israel?”. No, hoy es el día de gracia y de perdón. Sea cual sea la realidad de los sentimientos expresados por Simei, David no se detiene en ellos; no los juzga ahora; más tarde se le pedirá cuenta de ellos, cuando su conducta lo manifieste (1 Reyes 2:36-46). “No morirás”, le dice David al culpable.

En los versículos 24 al 30 tenemos una escena de paz. Mefi-boset desciende al encuentro de su bienhechor; había llevado luto desde la salida de David. Siba lo había engañado y calumniado. Aquí se descubre un nuevo rasgo del carácter de Siba. Había pasado el Jordán en compañía del malvado Simei para ir al encuentro del rey (v. 16-17). El silencio de David a su respecto es característico, pero, en apariencia, es a Mefi-boset a quien reprende David. Quizás, para seguir al David fugitivo, su achaque no era un obstáculo tan invencible como lo había pensado. Quizás, como su padre Jonatán, carecía de cierto valor oral para asociarse con los peligros que corría su bienhechor. El motivo no nos es revelado, y quedamos sujetos a conjeturas. Pero lo que sí es cierto es que, durante la ausencia de su rey, su vida había sido una vida de aflicción, de duelo, de votos y de ardientes deseos para su retorno (v. 24). ¿Por qué, pues, David puede tratarle con tanta rudeza? “¿Para qué más palabras?” (v. 29). Estas palabras recuerdan un poco aquellas, aparentemente tan duras, que Jesús le dirige a la mujer sirofenicia. El Señor las pronuncia para poner a prueba la fe de esa mujer. Cuando un ingeniero ha construido un puente, hace pasar cargas muy pesadas sobre él para probarlo. Sucede así con las palabras de David. Se pone a prueba la preciosa fe de Mefi-boset, y solo se desprende un perfume de dependencia y de renunciación a sí mismo. Esta fe tiene tres características: Mefi-boset acepta la voluntad de David como la voluntad de Dios: 

Mi señor el rey es como un ángel de Dios; haz, pues, lo que bien te parezca
(v. 27). 

Esta voluntad, sea la que fuere, es buena en los ojos de Mefi-boset, porque lo es en los ojos de David (véase Romanos 12:2). Reconoce, en segundo lugar, que no tiene ningún derecho al favor del rey por su descendencia o su valor personal: “Porque toda la casa de mi padre era digna de muerte delante de mi señor el rey, y tú pusiste a tu siervo entre los convidados a tu mesa. ¿Qué derecho, pues, tengo aún para clamar más al rey?” (v. 28). Por fin, cuando David prosigue: “Yo he determinado que tú y Siba os dividáis las tierras a”, Mefi-boset contesta: “Deja que él las tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa” (v. 30). Renuncia a todas sus ventajas temporales; le basta que su señor haya recuperado el sitio que le corresponde.

¡Ah! ¡Ojalá nuestra fe, puesta a prueba, produzca siempre frutos así!

Al contrario de Mefi-boset, Barzilai (v. 31-40) es probado por la oferta de bendiciones temporales. Era muy rico, pero, muy diferente del joven al que “Jesús amó”, había puesto su fortuna a la disposición del rey durante su estancia en Mahanaim (v. 32). Su edad avanzada no le había impedido darse, cuerpo y bienes, al servicio de David. Este le ofrece una recompensa proporcional a si abnegación: “Pasa conmigo, y yo te sustentaré conmigo en Jerusalén” (v. 33). Pero Barzilai no había trabajado por una recompensa y, no juzgándose digno de ella, la rechaza. “¿Cuántos años más habré de vivir, para que yo suba con el rey a Jerusalén? De edad de ochenta años soy este día. ¿Podré distinguir entre lo que es agradable y lo que no lo es? ¿Tomará gusto ahora tu siervo en lo que coma o beba?… ¿Para qué, pues, ha de ser tu siervo una carga para mi señor el rey?” (v. 34-35). Que se aproveche su hijo Quimam del fruto de su trabajo, lejos de oponerse a ello, le regocija (v. 37-38). Más tarde, como Mefi-boset a la mesa de David, los hijos de Barzilai comerán a la mesa de Salomón (1 Reyes 2:7).

Tres cosas le bastan a este hombre de Dios, además de la felicidad de ver los derechos del rey reconocidos al otro lado del Jordán y de verle reintegrado en su reinado. La primera es la bella promesa del versículo 38: “Pues pase conmigo Quimam, y yo haré con él como bien te parezca; y todo lo que tú pidieres de mí, yo lo haré”. La segunda es que en el momento de despedirse de él, David le deja la prueba de su amor: “El rey besó a Barzilai”. Como Enoc, recibe (por un beso) el testimonio de haber agradado a Dios, en la persona de su ungido. La tercera es que el rey “lo bendijo” (v. 39). Jesús también, al dejar a sus discípulos, extiende sus manos para bendecirles y hoy todavía guarda la misma actitud frente a nosotros. Sus manos, aunque invisibles, permanecen extendidas sobre nosotros, dejando en nuestros corazones la certidumbre de toda la eficacia de su obra. Barzilai vuelve a su lugar con el calor del amor, el gozo de las bendiciones, la promesa de David: “Todo lo que tú pidieres de mí, yo lo haré”, y esta otra promesa gloriosa de que su hijo, sus hijos incluso, ¡pasarán con el rey para no dejarle más y estar sentados para siempre a la mesa del rey de gloria!

  • a

    David no lo había dicho (véase cap. 16:4), lo que parece indicar que reconocía haber errado en alguna medida.

Conflicto entre hermanos, capítulos 19:41-20:26

Lo mismo que David, el remanente de Israel volverá en realidad a encontrar, tal como el pueblo en tiempos pasados lo hizo en figura, un camino para entrar nuevamente en Canaán. El Jordán, el río de la muerte, es este camino. Hace falta haber muerto con Cristo para entrar en la heredad y en las bendiciones de las promesas. Luego viene Gilgal (cap. 19:40), el lugar de la circuncisión, donde el oprobio de Egipto fue quitado del pueblo. Por primera vez, estos fieles del fin sabrán en realidad lo que es la verdadera circuncisión de Cristo, “el despojamiento del cuerpo de la carne”. Entrarán en el reino de Dios como seres nacidos de nuevo.

Este pasaje que se aplica al remanente se aplica también, aunque de otra manera, a nosotros mismos. Sin duda, ahora somos muertos con Cristo; hemos sido circuncidados, una vez para siempre, con una circuncisión no hecha a mano, que es la circuncisión de Cristo (Colosenses 2:11); no podemos ser ahuyentados de los lugares celestiales que son nuestra herencia; pero necesariamente nuestra infidelidad tiene por consecuencia la disciplina del Señor. Es así como podemos y debemos perder el gozo de las cosas celestiales por una caída, y si no somos echados de Canaán como David o el remanente, por lo menos hemos venido a ser extranjeros, al volver al mundo del cual la gracia de Dios nos había sacado.

Nos basta para eso olvidar por un instante, al volver a las cosas de las cuales la cruz nos ha separado, que la muerte de Cristo, así como el Jordán y Gilgal, nos separa del mundo y de la carne. Entonces, para recuperar el poder de lo que nuestra locura había despreciado, somos obligados a volver a hacer en la práctica el camino ya recorrido anteriormente, a renovar el conocimiento con nuestro Jordán y nuestro Gilgal y, por el arrepentimiento, a volver a encontrar el propósito de la cruz y el poder de esta muerte con Cristo, por la cual habíamos sido crucificados al pecado y al mundo. Ojalá nos dé Dios que tengamos estas experiencias por su Palabra y no por caídas positivas. La historia de David nos enseña la inmensa pérdida que una caída ocasionó a su alma, a pesar de la perfección de la gracia que se glorificó al restaurarle.

Desde el capítulo 19:41 al 20:2 asistimos al disentimiento entre Israel y Judá. En realidad, ni uno ni el otro partido tenían plenamente razón. Israel había traicionado en masa, pero había vuelto primero después de la muerte de Absalón (cap. 19:10); Judá se había mostrado lento y perezoso primeramente, pero había compensado este poco apresuramiento respondiendo al llamado de la gracia, mientras que Israel aún deliberaba (cap. 19:11-15).

Celosos de esta decisión de Judá, las diez tribus se quejan de ello al rey. Judá contesta haciendo valer sus lazos estrechos con el hijo de Isaí e insinúa que haciendo volver al rey no tenía, como los otros, motivos interesados (cap. 19:42). Israel replica diciendo: “Nosotros tenemos en el rey diez partes, y en el mismo David más que vosotros. ¿Por qué, pues, nos habéis tenido en poco? ¿No hablamos nosotros los primeros, respecto de hacer volver a nuestro rey?” (v. 43). Todos estos discursos son de la carne. La ambición de jugar un papel en las cosas de Dios, los celos ante la actividad de nuestros hermanos, el amor propio herido, la preocupación por nosotros mismos, por cierto no son el fruto del Espíritu ni afecto divinos. Judá, a pesar de su posición mejor, no vale más que la diez tribus. “Y las palabras de los hombres de Judá fueron más violentas que las de los hombre de Israel” (v. 43). Los que tienen razón obran sin amor, y de esto no puede resultar sino una división. Esta se lleva a cabo en el capítulo 20:1-2. A instigación de Satanás que emplea a Seba hijo de Bicri para esta obra, Israel que acababa de decir: “Nosotros tenemos en el rey diez partes”, ahora exclama: “No tenemos nosotros parte en David, ni heredad con el hijo de Isaí” (v. 1).

Todo Israel, por una cuestión personal, se separa así de él; es eso lo que desea el enemigo. A menudo es difícil adivinar al principio sus intenciones, pero siempre llega el momento cuando se quita la máscara y arrastra tras sí a los pobres santos cegados. ¡Qué locura: preferir en vez de David a un “hombre perverso”, un Seba, hijo de Bicri, benjaminita! Siempre ocurre así en las luchas internas del pueblo de Dios. El propósito de Satanás es desviar las almas de Cristo. Poco le importa luego que Judá siga al ungido de Jehová. Este pequeño número ¿acaso no queda desacreditado por haber sido más violentas sus palabras que las de Israel? Es humillante para Judá haber fracasado en el conflicto, pero una cosa le queda; la gracia de David lo había previsto. “Mis huesos y mi carne sois”. Era él quien había inclinado sus corazones como el de un solo hombre al despertar en ellos el sentimiento de su íntima unión con él (cap. 19:14). Todo el mérito de ello volvía a David. Por su gracia “los de Judá siguieron a su rey desde el Jordán hasta Jerusalén” (v. 2). La bendición es, pues, para Judá, a pesar de su culpa, porque es guardado allí donde se encuentra David.

Habiendo vuelto a ocupar su sitio en medio del residuo de su pueblo, David purifica su casa de la corrupción que se había introducido en ella. No echa de ella a sus mujeres mancilladas, para volver a edificar sobre una base nueva, porque él mismo era culpable de toda esta ruina. El mal, los vasos para deshonra, la mancha, ahí están. David lleva el castigo y la humillación de ello, aunque se purifica personalmente de estas cosas, para ser un vaso de honra para Jehová. No traba alianza alguna con el mal que, sin embargo, él había provocado. Al contrario, sus separación es pública. Comprende que en adelante debe ser un “instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21).

Estas cosas, querido lector, se aplican a nosotros también. Atravesamos el tiempo de ruina, proclamado en la segunda epístola a Timoteo. No podemos restablecer la casa de Dios, ni romper los vasos para deshonra; pero sí podemos apartarnos de la iniquidad, llevando así el sello del “fundamento firme de Dios” (2 Timoteo 2:19-21).

David, decidido a despedir a Joab, procura mantener su promesa hecha a su sobrino Amasa, haciéndole jefe del ejército (véase cap. 19:13); le encarga que reúna a los hombres de Judá para que persigan al hijo de Bicri. Amasa tarda en cumplir su misión. Quizás a David le falta paciencia, pues Amasa no era traidor y ya había llegado a Gabaón, no lejos de Jerusalén, cuando los hombres de Abisai y los valientes salían de la capital (v. 8). El hecho es que, por temor al mal que Seba podría hacer, David vuelve a caer por Abisai en las manos de Joab. ¿No debería antes consultar a Jehová en esta renovación de su reinado? Dios, quien una vez había inclinado el corazón de Israel, ¿acaso no lo podía hacer una segunda vez?

Joab, ambicioso sin escrúpulos, para quien todo acto que sirve a sus intereses es legítimo, vuelve a hacerse asesino por tercera vez, a fin de reconquistar su sitio.

Delante de la ciudad de Abel, la sabiduría de una mujer detiene el derramamiento de sangre. La guerra fratricida termina por la muerte de Seba, el verdadero culpable. Joab mismo tiene una palabra de Sabiduría; acusa a Seba de haber “levantado su mano contra el rey David” (v. 21). Esto era, en efecto, entrar en el meollo de la cuestión, porque el ataque de Seba estaba dirigido contra el rey. La mujer de Abel se da cuenta de que lo único que hay que hacer para volver a traer la paz es juzgar al culpable: “He aquí su cabeza te será arrojada desde el muro” (v. 21). No se trata, como se dice tan menudo, de que cada uno reconozca sus errores y se humille por ellos; eso no quita el mal; pero aquel que había levantado su mano contra David debía ser cortado.

¿No es esto lo que siempre debería suceder en los conflictos entre hermanos respecto a la doctrina? Los unos juzgan, y los otros aceptan al herético; y la paz no puede volverse a establecer sino por la supresión del malvado.

Este capítulo termina, como el capítulo 8:15-18, por la enumeración del orden restaurado en la administración del reinado. Lo que sigue es como el epílogo