Gálatas
Gálatas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Servir a Dios mediante una religión

Dios había dado otra cosa además de la ley: promesas incondicionales. Éstas emanaban de su amor y de su gozo en bendecir tanto a las naciones como a los judíos. Menospreciar semejante don es despreciar su amor. Pretender, por ejemplo, pagar el regalo que uno recibe, es ofender al donante. ¡Cuánto se aflige el corazón de Dios al ver, en particular, a tantos cristianos que olvidan la libertad del Espíritu para sustituirla por pobres y fastidiosas prácticas! ¿Qué prueba esto? Que esos hijos de Dios conocen muy poco a su Padre celestial. Es comprensible que un inconverso se contente con “débiles y pobres rudimentos” porque no conoce nada mejor. “Mas ahora” –dice el versículo 9– “conociendo a Dios” y siendo conocidos por él (1 Corintios 8:3), no nos dejemos sujetar por esas ataduras, ni toleremos nada que sea indigno de él. Confiemos plenamente en su amor.

En el versículo 12 el apóstol interrumpe su exposición para hablar al corazón de sus queridos gálatas. Les recuerda la benevolencia y abnegación de ellos hacia él. Desgraciadamente, los afectos que la ausencia entibia son débiles afectos. Las convicciones que menguan tan pronto como se va el siervo de Dios que fue utilizado para generarlos, son débiles convicciones. ¿Qué es de nuestro amor cristiano? ¿Qué es de nuestra fe?

Perplejidad de Pablo

El apóstol Pablo estaba angustiado y perplejo. ¿Había sido vano su paciente trabajo? (v. 11). Se vio obligado a enseñar nuevamente a los gálatas los primeros rudimentos del Evangelio. Aprovechemos esta ocasión para volver a aprenderlos con ellos. Pablo se lamenta por no poder enseñar de viva voz a sus hijos espirituales (v. 20), pero comprendemos la razón de ello: Dios quería darnos esta epístola. Sin embargo, usted dirá que actualmente nosotros no corremos el riesgo de volver a colocarnos bajo la ley mosaica. ¡Decir esto es conocernos mal! Cada vez que nos complacemos en nuestra conducta, con la impresión de que Dios nos debe algo a cambio, no es ni más ni menos que legalismo. Cada vez que tomamos una resolución sin contar con el Señor, cada vez que nos comparamos con otros para nuestro provecho, manifestamos ese espíritu de propia justicia, enemigo declarado de la gracia (v. 29). Para ilustrar esta enemistad, Pablo evoca a los dos hijos de Abraham: Isaac, hijo de la promesa, es el único que puede heredar. Ismael, hijo según la carne, nacido de Agar la esclava, no tiene ningún derecho a las riquezas y bendiciones paternas. ¿Pertenecemos todos a la Jerusalén de arriba? Junto con Abraham, Isaac y Jacob, ¿somos “coherederos de la misma promesa”: la Ciudad celestial? (v. 26; Hebreos 11:9-10, 16).