Gálatas
Gálatas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 5

Libertad cristiana

El hombre siempre ha considerado la libertad como el más valioso de los bienes. Pero, ¿dónde puede gozar de ella verdaderamente? Como un pobre esclavo de sus pasiones, nace y muere con cadenas remachadas a su corazón. Solo Jesús puede liberarlo (v. 1; Juan 8:36). Entonces surge otra pregunta: ¿Qué uso hará de su libertad el redimido del Señor? ¿Volverá a ponerse deliberadamente bajo el riguroso yugo de la ley? Sería una actitud tan absurda como la de un presidiario que expresara el deseo de volver a la cárcel. Entonces, ¿usará su libertad “como ocasión para la carne”? (v. 13). Sería hacer el camino inverso al de los tesalonicenses, dejar de estar al servicio de Dios para volver a someterse a la tiranía de los ídolos de este mundo (véase 4:8-9; Lucas 11:24-26; 1 Tesalonicenses 1:9). No, esa libertad tan costosamente pagada por su Salvador en la cruz, el creyente debe usarla para servir a su prójimo. De ese modo, finalmente cumplirá la ley, ya que ésta se resume en una palabra (v. 14): amor.

El que ama al prójimo, ha cumplido la ley 
(Romanos 13:8-9).

Cumple así también con el mandamiento del Señor Jesús, cuyo último y más precioso anhelo fue que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó (Juan 13:34; 15:12, 17).

Obras de la carne – Fruto del Espíritu

En el capítulo 7 del evangelio según Mateo, el Señor explica cómo reconocer si una obra es de la carne o si proviene del Espíritu:

No puede el buen árbol dar malos frutos 
(v. 16-20; Juan 3:6).

Los de los versículos 19 a 21 del presente capítulo solo pueden proceder del árbol malo: la carne. Y ella está en cada uno de nosotros con las mismas temibles posibilidades. Pero, si somos “de Cristo” (v. 24), en nosotros mora otro poder activo: el Espíritu Santo. Este nos hace vivir y andar (v. 16, 25); se opone a la carne y nos conduce (v. 17-18); hace madurar su propio fruto, el cual es imposible que sea confundido con otro; precioso racimo cuyos nueve exquisitos “granos” enumera el versículo 22: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Pero un árbol puede permanecer estéril si toda su fuerza se malgasta en inútiles retoños que brotan de su pie. ¿Qué hace entonces el hortelano? Corta esos retoños para que la savia circule de nuevo en abundancia por las ramas injertadas. Ese es el alcance del versículo 24. “Los que son de Cristo” han crucificado la carne en el momento de su conversión. Por la fe han sometido a sentencia de muerte toda su naturaleza (el árbol silvestre ha sido cortado para ser injertado). De ahí en adelante tienen que juzgar las manifestaciones de su vieja naturaleza: pasiones y codicias. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (v. 25).