Capítulo 3
La ley trae la maldición
El plan general de la epístola puede delinearse así: capítulos 1 y 2: testimonio personal del apóstol Pablo; capítulos 3 y 4: doctrina de la salvación por la fe; capítulos 5 y 6: vida práctica del redimido bajo la gracia.
El corazón del apóstol estaba consternado; su celo por la verdad era duplicado por su entrañable amor hacia los pobres gálatas. ¿Qué espíritu de extravío pudo haberlos seducido hasta el punto de olvidar la gracia de Dios? ¡Por desdicha, muchos creyentes hoy en día se les parecen! Cristo crucificado les fue presentado (v. 1). Creyeron en él y mediante el Espíritu Santo recibieron la seguridad de la salvación. Pero no le han confiado la conducción de su vida cristiana. “Habiendo comenzado por el Espíritu”, acaban por la carne (v. 3). Y ¿piensa usted que Dios, después de habernos justificado, pueda contar con nosotros para acabar su obra? No, y por eso la misma fe que nos salva es también la que necesitamos para vivir (v. 11). La justa ley de Dios, en cambio, solo podía hacernos morir, maldecirnos, pues éramos incapaces de cumplirla. Fue necesario que Cristo nos sustituyera bajo esa maldición de la ley. Él pagó el terrible precio para rescatarnos; llevó esa maldición cuando tomó en la cruz el castigo que nosotros merecíamos. ¡Por siempre sea bendecido!
No hay contradicción entre las promesas de Dios y la ley
El apóstol Pablo explica por qué la ley no cambia en nada las promesas divinas. Éstas son anteriores a aquélla y Dios no se retracta. Y, sobre todo, han sido hechas a la simiente de Abraham, es decir, a Cristo (v. 16). Nada podría anular o contradecir lo que Dios garantiza a su Amado… y a los que le pertenecen. “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” (v. 19). Se la ha comparado a un espejo: la ley me muestra mi suciedad moral, pero es tan incapaz de quitármela como un espejo lo es de lavarme. Ésta no es su función. La ley solo me convence de pecado y por eso mismo me lleva a Cristo (v. 24). Después de haber conseguido esto, ha acabado su papel, al igual que ocurre con el instructor que ha preparado a su alumno para ascender al grado superior. ¡Qué penosa escuela la de la ley! Me enseña que soy pecador pero no me vuelve justo; me revela que estoy muerto pero no tiene el poder para hacerme vivir; me hace ver que carezco de fuerza pero no me provee ninguna. Sin embargo todo lo que me falta lo encuentro entonces en Jesús.
El bautismo es la señal pública de que el redimido ha sido puesto aparte para Cristo por medio de Su muerte. Usted que ha sido bautizado, ¿es realmente un hijo “de Dios por la fe en Cristo”? ¿Está verdaderamente revestido de Cristo? (v. 26-27). Llevar un uniforme al que no se tiene derecho es un fraude y un abuso de confianza.
