Capítulo 2
Una amalgama peligrosa
El relato que Pablo hace de las circunstancias de su apostolado completa lo que sabemos de él por medio del libro de los Hechos. El Señor había confiado a Pedro la predicación del Evangelio a los judíos, mas Pablo había sido elegido para predicar ese mismo Evangelio a las naciones (gentiles) (v. 8). Su encuentro con los demás apóstoles no podía, pues, anular un llamamiento recibido del Señor. Pero sí, tomó tan a pecho la recomendación que ellos le hicieron de que se acordara de los pobres que esto llegó a ser, indirectamente, el motivo de su encarcelamiento en Jerusalén (Hechos 24:17). ¿Qué nos enseñan esas relaciones de los apóstoles entre sí? Que debemos estimar el servicio de los demás y velar para no excedernos en el nuestro, sino cumplirlo sin desfallecer y sin hacer “acepción de personas” (v. 6).
El libro de los Hechos confirma hasta qué punto los primeros cristianos de origen judío habían tenido dificultad para desligarse de los mandamientos: circuncisión y observancia de la ley. En Jerusalén había tenido lugar una conferencia para tratar esas cuestiones (Hechos 15). Pero Satanás no renuncia gustoso a un arma de la cual ya se ha valido con éxito. A su vez los gálatas, aunque no eran judíos, habían caído en esa trampa, y Pablo se esfuerza en mostrarles el terrible peligro que eso conlleva.
Justificado solo por la fe en Jesucristo
¿En qué consistía la gravedad de aquel retorno a la ley? ¿Por qué Pablo lo toma tan a pecho hasta el punto que va a reprochar públicamente a Pedro su actitud equívoca? (v. 11-14). Porque el hecho de alentar a los creyentes a judaizar y a hacer obras quería decir que la obra de Jesús no era suficiente. Es lo que parecen pensar aún innumerables cristianos. Reconocen, en principio, el valor expiatorio del sacrificio de Cristo, pero al mismo tiempo fundamentan su salvación en sus propias obras y la práctica de la religión. «Hacen lo que pueden», como dice la expresión, y cuentan con Dios para el resto. Les replicaremos con el versículo 16:
El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo.
¿Un medio tan simple? ¡Sí, pero proporcionado por una persona tan grande! Es “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (v. 20). ¿Qué parte me corresponde en esta obra? La que puede tener un muerto, es decir, ninguna. Como estoy crucificado con Cristo, estoy liberado de la ley; “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Amigo lector, a quien el Señor ama, ¿puede verdaderamente apropiarse de esas dichosas declaraciones?
