Esdras
Esdras

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Diversas estratagemas del enemigo

La toma de posición de los hombres de Judá no dejó de atraer la atención de los pueblos circundantes. He aquí que vienen con un seductor ofrecimiento. “Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios…” (v. 2). ¿No era muy amable de parte de ellos? El trabajo avanzaría mucho más rápido. Y con un rechazo se correría el riesgo de herir a esa gente. Pero los jefes de los judíos no se dejan engañar. Firmemente rehúsan la proposición, al contrario de Josué y los príncipes, quienes en otros tiempos habían caído en semejante trampa (Josué 9). Para trabajar en la obra de Dios se debe necesariamente pertenecer al pueblo de Dios. Contrariamente a lo que sugeriría un falso amor o simplemente el deseo de no causar pena a alguien, no temamos mantener una clara separación con los ambientes religiosos cuyos principios son confusos.

Lo que sigue revela quiénes eran esos benévolos ayudantes: ¡enemigos! Como su ardid no tiene éxito, descubren su juego y recurren a las amenazas. Luego, cambiando aun de táctica, dirigen una carta acusadora a Artajerjes, el nuevo jefe del imperio.

La construcción se detiene y luego se reanuda

Para hacer cesar el trabajo de los hijos de Judá, sus enemigos emplearon sucesivamente la astucia (v. 2), la intimidación (v. 4-5) y las acusaciones (v. 6-16). Ahora que han obtenido del rey el apoyo deseado, recurren a una nueva arma: la violencia. Se apresuran a ir a los judíos para obligarlos “con poder y violencia” a cesar su trabajo. Pero la verdadera causa de la detención de la obra es diferente. El profeta Hageo nos la da a conocer en su primer capítulo: es la falta de fe y la negligencia del pueblo mismo. En el curso de los años (quince más o menos) que transcurrieron desde la colocación de los fundamentos, poco a poco decayó el interés por la casa de Dios y cada uno comenzó a preocuparse por su propia casa. ¡Ay! creyentes, ¿no conocemos también semejantes períodos de bajón espiritual? El Señor y su casa (la Asamblea o Iglesia) pierden valor para nuestro corazón. En la misma proporción aumenta el cuidado que tenemos por nuestros propios asuntos. Pero Dios no quiere dejarnos en ese estado. Él nos habla como lo hace aquí con Judá. A la voz de Hageo y de Zacarías el pueblo se despierta, sale de su indiferencia y vuelve a poner manos a la obra.