Capítulo 6
Darío confirma el edicto de Ciro
Se ha despachado, pues, una nueva carta de los acusadores a la capital. Pero ella se va a convertir en causa de su propia confusión.
Las investigaciones que Darío hace emprender no solo permiten volver a encontrar el edicto de Ciro, sino que en su respuesta el rey mismo se interesa por la causa del remanente de Judá y de la construcción del templo. Y, para colmo, ordena precisamente a los enemigos de los judíos que brinden a estos toda la ayuda que necesiten. Finalmente, el decreto de Darío es acompañado por las peores amenazas contra aquellos que cambiaran en él lo que fuera. Tal fue, pues, el resultado de la actitud franca y valiente de los ancianos de los judíos (Esdras 5:11-12; véase Mateo 10:32). Permitió que Jehová les mostrara públicamente su aprobación.
En el versículo 10, es hermoso ver que el rey reconoce la eficacia de las oraciones dirigidas al Dios de los cielos, ya que las pide para él y sus hijos. Ahora ese Dios de los cielos es nuestro Padre; no descuidemos dirigirnos a él. Además, somos exhortados a orar “por todos los hombres”, y precisamente “por los reyes (las autoridades) y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:1-2).
Finalización e inauguración del templo
Los acusadores de los judíos comprendieron que era preferible para ellos no oponerse a las órdenes recibidas. Las ejecutaron prontamente, aunque con el despecho que uno se puede imaginar.
Así protegidos por las autoridades y disponiendo de nuevos medios, los ancianos de Judá acaban la construcción del templo. Pero, detalle muy notable, si prosperan no lo deben al decreto de Darío, sino “a la profecía de Hageo y de Zacarías hijo de Iddo” (v.14). Ocurre exactamente lo mismo con el creyente. La verdadera fuente de su prosperidad no está en las circunstancias favorables que Dios permite para él en la tierra. Reside en la sumisión a la Palabra de su Dios.
La casa de Dios se inaugura con gozo. Sin embargo, qué contraste con la dedicación del primer templo, cuando 22.000 bueyes y 120.000 ovejas habían sido sacrificados (2 Crónicas 7:5). Y aquí no es cuestión de fuego que desciende del cielo ni de gloria que llena la casa, porque el arca de Dios está perdida; no se la hallará más.
Después de esto, la Pascua y los panes sin levadura se celebraron cada primer mes. Pese a toda la debilidad de esos pobres judíos que volvieron del cautiverio, Jehová los regocijó.
