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La justificación de vida

Hasta ahora hemos visto la justificación en relación con nuestros pecados (los actos cometidos). Otro aspecto de este tema es el que se refiere a “la justificación de vida” (Romanos 5:18) en relación con el pecado, es decir, con la raíz del mal en nosotros.

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La justificación por medio de la fe

La fe es el eslabón que nos une al Señor Jesús y que nos hace partícipes de las bendiciones que su muerte proporciona. La fe, pues, es necesaria; únicamente los creyentes son justificados. En ese sentido, somos “justificados… por la fe” (Romanos 5:1).

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La justificación por medio de la sangre

La justicia de Dios así manifestada se despliega para “todos” los hombres. La gracia de Dios es ofrecida a todos. Es uno de sus aspectos maravillosos. Ella pone a todos los hombres en el mismo nivel, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).

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La liberación del dominio de Satanás

Satanás es el jefe de este mundo. Para él, todos los medios son buenos para reinar sobre el hombre. Utiliza tanto las obligaciones religiosas como las mundanas detrás de las cuales se esconde. “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Colosenses 2:21) o, por el contrario, siguiendo “la corriente de este mundo” (Efesios 2:2; véase también Colosenses 2:8).

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La liberación respecto de la ley y del mundo

La obra redentora de Cristo es presentada igualmente en la epístola a los Gálatas: Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13).

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La necesidad de reconciliación

La ruptura era total entre Dios y el hombre pecador. ¿Cómo restablecer la relación? El Evangelio responde: por medio de la reconciliación. Pero ¿quién debe ser reconciliado? Por cierto el hombre, puesto que su voluntad se opone a Dios. La Escritura no habla de que Dios deba reconciliarse, pues él es amor y no cambia. Nada puede detener su designio de amor, ni siquiera el pecado del hombre.

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La necesidad del nuevo nacimiento

Nicodemo formaba parte de aquellos que estaban convencidos de que Jesús era un maestro venido de Dios. Mientras algunos se contentaban con creer superficialmente, él dio un paso más y mostró su inquietud al procurar informarse personalmente mediante la enseñanza del Señor (Juan 2:23-25 y 3:1-2). Nicodemo era un jefe de los judíos, un “maestro de Israel”.

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La plena restauración

Para darse cuenta de la manera en la cual el alma de David fue restaurada, es necesario considerar el Salmo 51. Otros salmos hacen alusión a las mismas circunstancias, pero no citaremos más que este salmo 51, cuyo título es: “Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta”.

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La reconciliación de todas las cosas

Al principio de la epístola a los Colosenses, la Escritura despliega en pocas palabras la excelencia de la persona del Señor y la extensión de su obra: Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas (Colosenses 1:19-20).

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La reconciliación del creyente

Dios ha hecho lo necesario para que nuestra reconciliación sea posible sobre una base de santidad. En cada uno de nosotros debe cumplirse una obra, puesto que para Dios éramos “extraños y enemigos” en todos nuestros pensamientos. Hace falta, pues, un cambio fundamental en nuestras disposiciones. Nuestro corazón debe volverse hacia Dios.

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La redención de nuestros cuerpos

La redención hecha por Cristo tiene resultados eternos (Hebreos 9:12) que solo son visibles por medio de la fe. Satanás, aunque fue vencido en la cruz, todavía ejerce su dominio sobre el mundo y la creación aún gime bajo la “esclavitud de corrupción” (Romanos 8:21).

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La redención por la victoria o por el pago de un rescate

El Antiguo Testamento habla frecuentemente de la redención, en particular en los libros del Éxodo, de Rut y de Isaías. A menudo ella consiste en una liberación que se obtiene por una victoria o por un pago. En efecto, para liberar a un prisionero de guerra, hacía falta vencer a aquel que le tenía en su poder, mientras que, para liberar a un esclavo, se necesitaba pagar el rescate.

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La salvación diaria

Estamos en un mundo lleno de seducciones. En lo interior, la carne quiere obrar; en lo exterior, el diablo nos tiende toda clase de trampas. ¡Cuántos peligros rodean al creyente! Tenemos necesidad de ser salvados de ellos cada día; precisamos una salvación prácticamente continua. Felizmente, la Escritura habla con claridad de esta salvación presente.

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La salvación en el Antiguo Testamento

La salvación es mencionada muy frecuentemente en la historia del pueblo de Israel.

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La salvación futura

Nos queda por considerar otro grupo de pasajes que hablan de la salvación como de una cosa que esperamos (Hebreos 9:28; Romanos 13:11). Efectivamente, todavía debemos ser salvos de la ira de Dios en su sentido terrenal, es decir, salvos de los juicios apocalípticos. También debemos ser salvos de la muerte física de nuestro cuerpo. Todo esto forma parte de la esperanza cristiana.

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La salvación inicial

Como el pecado es la raíz de todos los peligros que nos amenazan, el Nuevo Testamento, deliberadamente, comienza por la salvación relativa a los pecados. Desde el primer capítulo de Mateo se habla de Jesús como de aquel que “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Ello sitúa la cuestión a un nivel mucho más elevado que el de las liberaciones temporales.

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La salvación ofrecida a los que perecen

“¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25). Este angustioso grito de los discípulos en medio de la tempestad muestra claramente que la salvación responde a la perdición, como lo confirman otros varios pasajes. En 1 Corintios 1:18 se establece un contraste entre “los que se pierden” y “los que se salvan”.

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La santificación de posición

¡Cómo el hombre ha sido profanado por el pecado! Su espíritu, su corazón, su ser entero han sido invadidos por el mal. Felizmente, la gracia se dedica a ganarlo. Para ello, separa a los creyentes para Dios, les santifica, les da el título de “santos”.

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La santificación práctica

Cuando hemos comprendido nuestra posición de “santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2), estamos en condiciones de hacer frente a nuestras responsabilidades relativas a la santidad práctica. Estas responsabilidades derivan del hecho de ser puestos aparte para Dios.

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La seguridad de la justificación

“Jesús, Señor nuestro… fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:24-25). Hace falta comprender las dos partes de este versículo para gozar de una total seguridad respecto a nuestra justificación.

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La vida de los creyentes muestra, en su conjunto, caracteres muy diferentes

Se ve a creyentes, o cristianos, que empiezan mal su carrera, pero al aprender a juzgarse bajo la disciplina, terminan bien su curso, y a veces de una manera gloriosa. Este fue el caso de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9), pero cuya vida termina con plena visión de la gloria (cap. 49).

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La vivificación del cuerpo

En Cristo hemos sido vivificados, pero todavía conservamos nuestros cuerpos mortales. La vivificación de estos –así como su redención– es todavía futura. Dios vivificará nuestros cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en nosotros (Romanos 8:11).

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La vivificación por medio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Juan 5 empieza por la curación de un hombre enfermo. Una corriente de vida parece penetrar en sus miembros, toma su lecho y anda. El Señor, viéndose entonces obligado a responder a la oposición de los judíos, habla de las obras que él hará y que serán mucho más grandes que esta curación. Primeramente, vivificará a aquellos que él quiera (v.

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La vivificación y el nuevo nacimiento

Así como Ezequiel 36 da una idea del nuevo nacimiento, el capítulo siguiente presenta más la vivificación. Encontramos allí la visión de los huesos secos que se juntan, son cubiertos de carne y vuelven a la vida. Esto representa a Israel en su estado de muerte espiritual y la futura acción de Dios para vivificar antes de impartir las bendiciones milenarias.

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