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Saludo de parte de las personas divinas
Juan anuncia la gracia y la paz a las siete asambleas de Asia, de parte de las tres Personas de la Divinidad:
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Sardis
Sardis, ciudad principal del reino de Lidia, antiguamente era una ciudad próspera. Creso, uno de los reyes que fundó su capital, fue el símbolo de la riqueza. En tiempos del apóstol Juan, la ciudad cayó en el olvido. El nombre de Sardis significa probablemente «un residuo»; es tal vez una alusión profética a los reformadores que debían salir de la masa infiel de Tiatira.
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Satanás atado
Esta cuarta visión del apóstol describe la suerte temporal de Satanás durante el milenio. A pesar de su rol mayor en la rebelión universal de los hombres contra Dios y contra Cristo, el nombre de Satanás y su acción no habían sido mencionados hasta allí.
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¿Son mejores que otros?
No, estos cristianos en sí no son mejores. Alaban a Dios, quien por gracia los ha salvado, los guarda y restaura cuando han pecado. Saben que “la carne”, la vieja e incorregible mala naturaleza, todavía mora en ellos y que pueden deshonrar mucho a su Señor por falta de vigilancia.
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Tiatira
En Tiatira, la cuarta asamblea, el Espíritu Santo describe la continuación y el final de la historia de la Iglesia, tal como fue formada en tiempo de los apóstoles. Su término, “hasta el fin” (v. 26), es el retorno del Señor. En Tiatira, por primera vez en una asamblea, el regreso del Señor es presentado.
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“Todo aquel que es nacido de Dios… no puede pecar”
Observemos que con el “no puede pecar” no se trata de una cosa extraordinaria que sólo se realiza en unas pocas personas que, como se dice, «tienen fe por ello». Esta afirmación abarca a todos los que han nacido de nuevo: “Todo aquel que es nacido de Dios…”
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Un joven que se apoya en sus sentimientos
Veamos otro ejemplo. Un joven debe recibir una gran fortuna; para ello la única condición que se le exige es ser mayor de edad. Una mañana el padre le dice:
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Una bienaventuranza
Debido a la inminencia de los acontecimientos futuros, una bienaventuranza (o una felicidad) es prometida al que lee, a los que oyen y guardan las palabras de esta profecía. Es necesario acostumbrarnos a leer la Palabra, a escucharla atentamente cuando nos es presentada, y luego guardarla, es decir, someternos a ella, de manera que tenga una influencia poderosa en nuestras almas.
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Una fe verdadera
Tal vez el lector diga: «¿Cómo puedo estar seguro de que tengo la verdadera fe?». A esta pregunta solo cabe responder de la siguiente manera: ¿Confía usted en el verdadero Salvador, es decir, en el bendito Hijo de Dios?
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Una ilustración doméstica
La siguiente historia nos podrá servir de ilustración: Una campesina que deseaba tener patitos, puso a una gallina a empollar huevos de pata; después de una semana se dio cuenta de que un enemigo de la clueca había destruido la mayor parte de los huevos. Entonces decidió reemplazarlos por huevos de gallina.
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Una joven y su problema
–Creo verdaderamente en él –me dijo con cierta tristeza una joven–; sin embargo, no me atrevo a decir que soy salva por temor a mentir. Esta joven era hija de un carnicero y su padre había ido aquel día a la feria.
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Una vida nueva
La fe en el Señor Jesús, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25), nos asegura no solamente que estamos al abrigo del juicio, que no pereceremos, sino también que desde ahora tenemos la vida eterna.
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Vista exterior de la ciudad
El apóstol oye las mismas palabras que había oído anteriormente (cap. 17:1; 21:9), pronunciadas por uno de los siete ángeles que tenían las siete copas de juicio. La primera vez era para ver la ciudad terrenal y escuchar la sentencia de juicio de la segunda Babilonia, la ramera. Ahora se trata de la ciudad celestial, la esposa del Cordero.
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