Capítulo 4
El apóstol termina su epístola con algunas importantes exhortaciones de carácter general.
Quiere que los santos se mantengan, por medio de la oración (v. 2), en comunión con Dios, teniendo el sentimiento de que dependen de Él y la conciencia de Su proximidad y de su disposición a atenderla, pues lo que se dirige al corazón no basta para andar, siendo preciso que el alma conozca sus propias relaciones con Dios mediante el ejercicio de esas relaciones, y que ella reciba directamente de Él lo que le da la seguridad de su amor. Se debe perseverar en la oración. Si no tenemos la fuerza de Dios, estamos en lucha contra el mal, el que hace presa de nuestros corazones. Hace falta, pues, mantenerse en contacto con Dios. Se debe velar en oración, entonces, con decisión de corazón, no en determinada ocasión solamente –cualquiera puede clamar cuando pasa por necesidad–, sino también para que nuestro corazón, separado del mundo y de todo lo que a él se refiere, esté ocupado con Dios de todo lo que toca a la gloria de su nombre, según la medida en que nos interesamos en ella. Se combate en la oración con espíritu de gracia y desapegado de todo, no teniendo por objetivo, en el andar individual y en la Iglesia, más que la gloria de Dios. Así se comprende que Dios obra y que no nos abandona, de manera que las acciones de gracias se hallan siempre en las oraciones que le dirigimos.
Pablo sentía que él dependía de Dios para tener esta bendición, por lo que pedía a los colosenses (v. 3-4) que le tuvieran presente en sus oraciones, para que Dios le abriese los labios para anunciar el Evangelio como era debido.
El dentro y el fuera
Nosotros estamos en un mundo hostil, en el cual la hostilidad se despierta con facilidad cuando todavía no existe abiertamente y en el que la gente se escandaliza pronto de las cosas en las cuales tal vez el cristiano no ve ningún mal. Es preciso no dar ocasión incluso a aquellos que la buscan; es necesario que los santos anden sabiamente (v. 5) respecto de aquellos de fuera.
¡Cuán claramente están diferenciados aquí el dentro y el fuera! El dentro que Dios reconoce es su familia, su Iglesia, son los suyos. El fuera es el mundo, aquellos que no están unidos al Señor. La distinción está nítidamente trazada, pero el amor está activo para con los de fuera, de suerte que, si bien goza de la comunión con Dios, es cuidadoso de no hacer nada que pueda impedir que los demás gocen de esa comunión.
Pero hay más que eso: se debe aprovechar el tiempo (v. 5 - V.M.) o redimir el tiempo (versión R.V.). El hombre natural, preocupado por sus negocios y poco dispuesto a ocuparse en cosas más serias, no ofrece ocasión para que el amor cristiano le presente la gracia y la verdad y le comprometa a atender las necesidades de su alma, sirviendo así al Señor y aprovechando la ocasión en su nombre. Pero el corazón del hombre no puede sustraerse siempre a la influencia de las circunstancias que le rodean. A menudo éstas testimonian a su conciencia y a su corazón que él está bajo la dominación del pecado; ellas le muestran que él come ya los amargos frutos del pecado; esas circunstancias recuerdan a su conciencia que hay un Dios demasiado olvidado y hablan con la poderosa voz de la aflicción a un corazón quebrantado. Entonces ese corazón al menos es dichoso de tener un recurso en Dios cuando la caña rota sobre la cual se apoyaba le horada la mano. Dios mismo obra en el hombre por medio de esas ocasiones que le son ofrecidas. Satanás bien puede engañar al hombre, pero no puede impedir que Dios hable al corazón. Uno es dichoso de andar bastante con Dios como para servirle de portavoz ante los pobres pecadores (v. 6); por eso nuestra palabra debe ser siempre la expresión de esta separación del mal, del poder de la presencia de Dios que nos aparta del mal interiormente, de manera que nuestra conversación haga sentir a los demás la fuerza de tal presencia de Dios y que –en todas las cuestiones planteadas en el corazón del hombre extraviado de su camino en la confusión de las tinieblas, e incluso extraviando así a los demás– sepamos dar una respuesta que provenga de la luz y que despida esta luz.
El papel de algunos hermanos
Tíquico (v. 7-8) debía asegurar a los colosenses el interés que el apóstol sentía por el bienestar de ellos, como así también la confianza del apóstol respecto del interés que ellos sentían por él. Pablo gusta de dar testimonio del amor de los demás y del interés que por eso sienten en cuanto a la propagación del Evangelio y a la dicha de los fieles.
Marcos (v. 10), quien anteriormente había retrocedido ante las dificultades de la obra, recibe aquí un testimonio de parte del apóstol; más tarde, cuando sabe ser útil al propio Pablo, recibe un testimonio mejor aun (2 Timoteo 4:11). Así es la gracia. El secreto del interés que Bernabé sentía por Marcos (Hechos 15:37-40) se advierte aquí: Marcos era su pariente cercano; ese querido siervo de Dios era de Chipre, como él; Bernabé fue allá y tomó a Marcos consigo. La carne y el judaísmo penetran por todas partes. Se precisa el poder del Espíritu de Dios para superar los lazos carnales y colocarnos fuera de su influencia.
Demas no recibe ningún testimonio especial. El apóstol transmite a los colosenses los saludos de aquél, pero calla a su respecto. Únicamente en la epístola a Filemón es nombrado entre otros como colaborador del apóstol. Más tarde, Demas abandonó a Pablo (2 Timoteo 4:10). Era un hermano; el apóstol reconocía sus derechos, pero no dice nada, pues no tiene nada que decir. Las palabras “y Demas” (v. 14) revelan una singular frialdad si se las compara con el habitual estilo de Pablo.
Las epístolas tienen un carácter universal
Cabe destacar que la epístola a los Efesios fue escrita al mismo tiempo que la que nos ocupa y que fue enviada por mano del mismo Tíquico que menciona aquí. La epístola a Laodicea (v. 16) es, no lo dudo, una carta escrita por Pablo y que se debía recibir en la iglesia de Laodicea, carta que los de Colosas debían aprovechar, o tal vez la epístola a los Efesios, la que bien pudo haber sido comunicada a la iglesia de Laodicea. Sea como fuere, todo lo dicho sobre este tema es que esta epístola era aquella que estaba en posesión de la iglesia de Laodicea y de ninguna manera que hubiese sido dirigida directamente a ella, sino más bien lo contrario. Es muy posible que una carta o que cien cartas hayan sido dirigidas por Pablo a otras personas o asambleas, cartas que los designios de Dios no consideraban que debieran ser conservadas para la Iglesia universal; pero aquí no hay prueba de que una carta haya sido escrita a la asamblea de Laodicea. Tíquico estaba encargado de llevar dos cartas; puede ser que haya llevado tres, una de las cuales no difiriera más que en algunos detalles de aplicación y que sirviera a los colosenses de confirmación de la que habían recibido ellos mismos, sin que fuera otra comunicación divina, provechosa para otros tiempos. Pero, lo repito, no parece que haya sido así, según lo que se dice aquí. Se puede decir «una carta proveniente de Laodicea» (“traída de Laodicea” - V.M.) para referirse a una carta dirigida a Laodicea y traída a esa ciudad, pero por lo general uno no se expresa así. Hemos visto que la carta a los Efesios es otra comunicación del Espíritu de Dios. Ella nos ha sido conservada, pero ignoramos si la proveniente de Laodicea era la misma, sólo comunicada a los cristianos de esta ciudad, o bien si era otra carta que los de Laodicea debían dar a conocer a la iglesia de Colosas, vecina a aquélla, carta que, por no agregar nada a las revelaciones divinas, no ha sido conservada para nosotros.
Parece que los cristianos no eran muy numerosos en Laodicea. El apóstol saluda a los hermanos de esta ciudad (v. 15). Había en ella algunos que se reunían en casa de Ninfas; no estaban en condiciones de recibir una carta que les fuera remitida en particular, pero el apóstol no les olvida; sin embargo, lo que él dice aquí es prueba casi cierta de que él no les había dirigido ninguna epístola. No habría enviado, por intermedio de los colosenses, saludos a los hermanos de Laodicea si hubiese dirigido, al mismo tiempo, una epístola especial a éstos. El hecho parece muy claro: había hermanos en Laodicea, pero eran poco numerosos y no se encontraban en un estado distinto que diera lugar a una epístola. Pero esta pequeña asamblea que se reunía en casa de Ninfas no debía ser olvidada y tenía que aprovechar las epístolas dirigidas a otras asambleas más considerables en número, cuyo estado exigía una epístola o proporcionaba ocasión para escribir una. Y estas epístolas, según las órdenes del apóstol, eran transmitidas a Laodicea.
En cuanto a la epístola a los Colosenses, esto no es una suposición: el apóstol ordena expresamente a los cristianos de Colosas que la hicieran leer a la iglesia de Laodicea. Ésta había recibido otra epístola de otra iglesia y los colosenses debían aprovecharla también, de igual manera; las dos asambleas, que eran vecinas, debían gozar mutuamente las gracias espirituales que les eran acordadas.
El apóstol no olvida incluso a personas particulares cuya caridad debía recordar: Arquipo (v. 17) recibe una exhortación solemne a pensar en el ministerio que el Señor le había confiado y a cumplir su obra.
El apóstol no había visto a estas iglesias de Colosas y Laodicea (véase el capítulo 2:1).
J. N. Darby
