Epístola a los Colosenses
Epístola a los Colosenses

Comentario bíblico

J. N. Darby - 2026

La epístola a los Colosenses considera al cristiano como resucitado con Cristo: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sen- tado a la diestra de Dios" (Colosenses 3:1). Una esperanza le está reservada en los cielos; debe pensar en las cosas de arriba y no en las que están en la tierra. Aquí ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él. Tenemos en esta epístola una prueba de la preciosa manera en que nuestro Dios, en su gracia, lo transforma todo para el bien de los que le aman. La epístola a los Colosenses nos revela que toda la plenitud de la Deidad habita corporalmente en Cristo, y nosotros estamos completos en Él, la Cabeza. "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Colosenses 3:3).

Pedir en la tienda

Capítulo 1

Las dos epístolas (a los Efesios y a los Colosenses) empiezan casi de la misma manera, sólo que el nombre de Timoteo no se encuentra en la carta dirigida a los efesios.

Ambas fueron escritas desde Roma –mientras el apóstol estaba prisionero en esa ciudad– y enviadas por el mismo mensajero y en la misma ocasión, como probablemente también la carta a Filemón, de lo cual dan fe los nombres y saludos. La epístola a los Efesios quizás pone más de inmediato a los santos en relación con Dios mismo, en vez de colocarlos, como la epístola a los Colosenses, en la comunión fraternal en la tierra. Los santos de Éfeso no son llamados hermanos (Efesios 1:1), sino “santos y fieles en Cristo Jesús”. En Colosenses se les ve como quienes andan en la tierra, aunque resucitados. De ahí la larga oración del apóstol respecto al andar de ellos, aunque como libertados estén en un terreno santo y elevado. La epístola a los Efesios comienza con el pleno propósito y el fruto de los designios de Dios. En esa epístola, el corazón del apóstol se explaya en seguida sobre el sentimiento de las bendiciones que disfrutaban los efesios. Eran bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Para los colosenses había una esperanza reservada en los cielos. Un prefacio de varios versículos referidos al Evangelio que habían oído sirve de introducción a su oración en favor del andar de ellos y de su estado aquí abajo. Esto nos lleva al mismo punto que Efesios 1:7, pero con un desarrollo mucho más extenso de la gloria personal de Cristo. También encontramos allí la reseña de los propios designios de Dios. Entre las cartas dirigidas a asambleas, Colosenses tiene un carácter más personal que la dirigida a los efesios.

Resucitados, pero aun en la tierra

Pero consideremos más detenidamente lo que dice la epístola a los Colosenses. Ese caudal de gloriosos privilegios de los que habla el apóstol en el primer capítulo de la epístola a los Efesios (v. 3-10) y los privilegios de la herencia (v. 11-14) no se ven aquí. Están resucitados, pero se hallan en la tierra, no están sentados en los lugares celestiales, de manera que todas las cosas vienen a ser su herencia. Aquí no son ellos en Cristo, sino Cristo en ellos, la esperanza de gloria, y la oración mencionada más arriba llena el capítulo hasta que lleguemos al terreno común de la gloria de Cristo (Colosenses 1:15); e incluso aquí es presentada la gloria de Cristo, mientras que, en la epístola a los Efesios, tenemos simplemente el propósito de Dios en cuanto a Cristo. En Colosenses no sólo no hallamos la herencia de Dios como nuestra, sino que ni siquiera se habla en ella del Espíritu como arras. Ello, como lo hemos visto, es una característica de Colosenses. En ella no se habla del Espíritu, sino de la vida. Se insiste más sobre la persona y la gloria divina de Cristo y sobre nuestra condición como completos en Él, pero no así sobre la posición de los santos ante Dios. Además, como el santo es visto en la tierra y no sentado con Cristo en los lugares celestiales, se menciona su res­ponsabilidad (1:23). El versículo 3 del capítulo 1 de la epístola a los Colosenses corresponde al versículo 16 del capítulo 1 de la epístola a los Efesios. La fe en Cristo y el amor por todos los santos se encuentran, como motivo del gozo del apóstol, en las dos introducciones.

Su andar sea dirigido divinamente

El tema de la oración de Pablo es otro en la epístola a los Efesios, en la cual había podido desarrollar los designios de Dios con respecto a la Iglesia. El apóstol pide que los santos comprendan esos designios, como así también la fuerza por medio de la cual participan en esos planes. Aquí, en la epístola a los Colosenses, pide que el andar sea dirigido por la inteligencia divina; pero esto obedece a otra causa, a saber, al punto de vista desde el cual considera a los santos en su discurso. Hemos visto que en la epístola a los Efesios el apóstol les considera como sentados en lugares celestiales; por lo tanto, la herencia de ellos contiene “todas las cosas”, pues todas las cosas deben estar reunidas en Cristo como Cabeza. En la epístola a los Colosenses, a los santos les está reservada en el cielo una esperanza. La oración del apóstol en esta epístola se relaciona, pues, con el andar de los santos, a fin de que el mismo esté en armonía con la meta que ellos se proponen alcanzar. Como los fieles de Colosas estaban en la tierra y no se habían mantenido asidos a la Cabeza, se encontraban en peligro de apartarse de tal meta. Por eso Pablo oraba en favor de ellos en vista de esta esperanza celestial. Ellos habían oído hablar de esta esperanza perfecta y gloriosa, pues el Evangelio la había anunciado por doquier.

Era este Evangelio, predicado con miras a una esperanza reservada en los cielos, el que había producido frutos entre los hombres, frutos caracterizados por su origen celestial. La religión de los cristianos que gobernaba sus corazones en esas relaciones con Dios, era celestial. Y los colosenses estaban en peligro de volver a la corriente de ordenanzas y hábitos religiosos de hombres que, viviendo en el mundo, tenían una religión relacionada con el mundo en que vivían, no esclarecida por la luz celestial ni llena de ella. Sólo la unión consciente con Cristo puede mantenernos firmes. Las ordenanzas como medio de llegar a Él no pueden tener lugar si estamos unidos a Él; la Filosofía humana tampoco puede tenerlo si mediante la energía de la vida estamos en posesión de los pensamientos divinos.

Pablo dirige los ojos hacia arriba

Sin embargo, cuán precioso resulta –incluso cuando no estamos a la altura de nuestra vocación– que sea puesto ante nuestros corazones un objeto que nos libere de este mundo y de las influencias que nos ocultan a Dios. Tal es el objetivo de la carta del apóstol, pues dirige las miradas de los colosenses hacia el cielo, a fin de que vean a Cristo y reencuentren la conciencia de su unión con la Cabeza, conciencia que habían perdido o estaban a punto de perder. No obstante, no habían perdido el fundamento, a saber, la fe en Jesús y el amor hacia todos los santos. Sólo les faltaba la fe práctica resultante de su unión con la Cabeza. Pero sólo esta fe podía mantenerles en el elemento celestial por encima de las ordenanzas de la religión humana y terrenal.

El apóstol, con el propósito de rehabilitarles y siguiendo su costumbre, toma como punto de partida lo bueno que veía en los santos a quienes escribe. Esta esperanza celestial les había llegado y había producido frutos. Es lo que distingue al cristianismo de cualquier otra religión y, en particular, del sistema judaico, el cual (aun cuando por gracia los individuos suspiraban por el cielo) ocultaba a Dios tras un velo y envolvía la conciencia en una serie de ordenanzas que la alejaba de Él.

Y, fundado en esta esperanza –la cual colocaba la vida interior del cristiano en relación con el cielo–, el apóstol pide que los colosenses sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios en toda sabiduría e inteligencia espiritual (v. 9). Ése es el fruto de la relación que un hombre resucitado en la tierra mantiene con Dios. Ello es algo muy distinto de los mandamientos y las ordenanzas. Es el resultado de la comunión íntima con Dios y del conocimiento de su carácter y naturaleza en virtud de tal comunión; y, por más que las bendiciones que el apóstol pide se relacionan en su totalidad con la vida práctica, como el género de inteligencia que es motivo de su oración va dirigido a la vida interior, deja las ordenanzas completamente de lado. El apóstol tuvo que comenzar, por así decirlo, por ese extremo: la vida cristiana. Tal vez los colosenses en un primer momento no hayan comprendido el alcance de esta instrucción, pero ella contenía un principio que, ya plantado y capaz de ser despertado en sus corazones, debía conducirles a lo que el apóstol deseaba y, al mismo tiempo, era un muy precioso privilegio cuyo valor estaban a punto de captar. Así es la caridad. El apóstol desarrolla, con fuerza y claridad, los privilegios de los cristianos desde el punto de vista que le preocupa, y lo hace como quien sabe qué es ese andar y como quien, por lo demás, lo hace con el poder del Espíritu de Dios. Ellos no están en el cielo, sino en la tierra, y ése es el camino que conviene a quienes han resucitado con Cristo y tienen la mirada vuelta de la tierra hacia el cielo. El hecho de que Cristo habite por la fe en el corazón resulta de la vida divina en la tierra y no, como en Efesios 3, de la acción del Espíritu Santo que emplaza al alma del creyente en el centro de los consejos divinos.

Conocer la voluntad de Dios

El primer principio de esta práctica de la vida celestial es el conocimiento de la voluntad de Dios; es estar lleno de tal conocimiento, no de correr tras él como si fuera algo inalcanzable, ni con indecisión o incertidumbre en cuanto a lo que es, sino de estar lleno de él por un principio de inteligencia que viene de Dios y que produce esta inteligencia y la sabiduría del cristiano en el alma misma. El carácter de Dios se traduce así vitalmente en la manera por la cual el cristiano aprecia todo lo que Él hace. Y hagamos notar que el conocimiento de la voluntad de Dios tiene por base el estado espiritual del alma, la sabiduría y la inteligencia espirituales. Esto es muy importante en la práctica. Los mandamientos humanos particulares en cuanto a la conducta no podrían reemplazarlas en absoluto. A lo sumo podrían impedir que se probara la necesidad de la inteligencia espiritual. Sin duda alguna un espíritu más espiritual puede ayudarme a discernir la voluntad de Dios, pero Dios ha ligado el conocimiento de la senda que es según su voluntad –una senda que le pertenece– al estado interior del alma, y nos hace pasar por circunstancias –la vida humana aquí abajo– a fin de poner a prueba ese estado, de revelarnos a nosotros mismos cuál es ese estado y de ejercitarnos en él. Es uno de los engaños del corazón que, cuando conocemos perfectamente la voluntad de Dios, vayamos a pedir el parecer de alguien que no es más espiritual que nosotros. Por su estado espiritual, el cristiano debe conocer los recursos de Dios. El medio a emplear es la Palabra (comp. Juan 17:17 y 19). Dios tiene un camino que el ojo del águila no alcanza a distinguir, un camino conocido sólo por el hombre espiritual, ligado al conocimiento de Dios, procedente de este conocimiento y que conduce en él (comp. Éxodo 33:13). Así, en cuanto a su conducta, el cristiano anda de un modo digno del Señor; sabe lo que conviene al Señor, y anda así para agradarle en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo por medio del conocimiento de Dios (v. 10).

Se dan tres medidas del andar del cristiano: digno de Dios, quien nos llama a su propio reino y a su propia gloria (1Tesalonicenses 1:12); digno del Señor, aquí; y digno del llamamiento con el cual hemos sido llamados (Efesios 4:1), es decir, del Espíritu Santo que habita en la Iglesia (Efesios 2:22), tema que seguidamente es desarrollado al final del capítulo 3 de la misma epístola.

Fortalecidos con todo poder

Sin embargo, no lo es todo que la vida tenga ese carácter; ella lleva fruto a medida que crece, y ello en relación con el creciente conocimiento de Dios. Pero esta relación del cris­tiano con Dios nos conduce a otra muy preciosa consi­deración. No sólo el carácter y la energía vital del cristiano dependen del conocimiento de Dios, sino que la fuerza del Señora se desa­rrolla también merced a tal cono­cimiento. Se extrae fortaleza de Él. Él la da a los fieles para andar así: “forta­lecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria”, dice el versículo 11. Tal es la medida de la fortaleza del cristiano para llevar una vida armónica con el carácter de Dios; por eso el carácter de esta vida es revelado en la gloria celestial, en Jesucristo; en la tierra, su manifestación –así como tuvo lugar en Jesucristo– se concreta en toda paciencia y longanimidad con gozo, en medio de las penas y aflicciones que implica la vida de Dios en este mundo. Esta forma de vida es también muy sorprendente, pues toda fortaleza divina, según la gloria de Dios, es acordada de modo que el cristiano sea paciente y capaz de soportar. ¡Qué carácter reviste así su vida en este mundo! Además, ese carácter nos coloca en condiciones de mostrar en todo tiempo un generoso sostén para los demás. Ningún fruto del poder es más evidente que éste. La voluntad también queda vencida. Así, pese a todo lo que tenemos que soportar, disfrutamos de un gozo constante ante Dios. Es un hermoso cuadro de la manera en que se manifiesta la vida divina.

Y aquí el apóstol vincula esta vida de paciencia a lo que es su fuente, su meta, y a lo que ella posee actualmente por la fe. Sentimos pleno gozo al andar así y damos gracias al Padre que nos ha hecho aptos para participar de la herencia de los santos en luz (v. 11-12). Nótese bien que aquí Pablo no dice: «Nos hará aptos», como algo futuro y en lo que se hicieran progresos. He aquí a los santos establecidos en sus relaciones propias con Dios (su Padre), en el cielo, en la luz, pues Dios es luz y habita en ella. Tenemos aquí, pues, el estado del alma, el carácter del andar y la fuerza por medio de la cual andamos. En cuanto a la aptitud para ser recibidos ante Dios en la luz, la poseemos. Además, somos trasladados al reino de su amado Hijo.

El medio empleado para colocarnos en la luz y el carácter práctico de la obra que nos introduce en ella son presentados a continuación, haciéndonos conocer (con las limitaciones de esta epístola) los designios de Dios, pero de una manera práctica –en sus resultados venideros o actuales– y no en Su pensamiento o como siendo el misterio de su voluntad.

  • aCreo que el antecedente aquí es el Señor; pero el pensamiento del Señor y de Dios no forman más que uno solo.

Liberados del poder de las tinieblas

El Padre nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo (v. 13). No ocurre por medio de una regla judaica para un hombre, sino que es una operación del poder de Dios, quien nos trata como siendo un conjunto y, por naturaleza, esclavos de Satanás y de las tinieblas, colocándonos, por efecto de tal poder, en una relación totalmente nueva con Él. Se vuelve a encontrar aquí, si se examinan los principios en su origen, lo que se expresa en Efesios 1:4-5 y 2:1-6 en cuanto a nuestra posición anterior; pero es evidente que falta la plenitud y nitidez de una nueva creación. También veremos más adelante que la base o punto de partida de la epístola a los Colosenses es un poco diferente y que, aunque haya en ella alguna alusión a las verdades fundamentales de la epístola a los Efesios, se refiere más al hombre tal como se halla realmente viviendo en el pecado, y menos absolutamente a los pensamientos de Dios mismo, quien halla al hombre ya muerto en sus pecados y le forma de nuevo según sus propios designios. Pero de esto hablaremos más adelante. Además, en Efesios 1:6 nuestra posición es la gracia perfecta en Cristo; en Colosenses 1:13, estamos ya realmente liberados del poder de las tinieblas y trasladados al reino de su amado Hijo.

“La herencia de los santos en luz” y “el reino de su amado Hijo” nos recuerdan Efesios 1:4-5; pero aquí no se trata de lo mismo, tal como está en el pensamiento de Dios, sino del hecho de que ya aquí abajo hemos sido hechos aptos para participar en eso. Tampoco se encuentra, por consecuencia, el desa­rrollo de una posición con la cual se está familiarizado, como si fuera aquella en la que uno se halla. El poder y el amor del Padre nos han dado derecho a estar allí. El carácter de Dios, como luz y amor, se halla revelado necesariamente en esta gracia, según su relación con su Hijo. Sin embargo, lo que dicen estos versículos no se refiere a nuestra relación con Dios mismo, dejando de lado la cuestión del estado del que nos sacó, sino a la obra en general que nos coloca en tal relación en contraste con nuestra situación precedente. Él nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo; tenemos participación en la herencia de los santos en luz; pero ¿dónde están los “santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”? (Efesios 1:4). ¿Dónde está nuestra relación con Dios, según los designios de Aquel que sólo veía el bien que se proponía en su propio corazón, o la adopción para Él por medio de Jesucristo, por su pre­destinación eterna desde los siglos de los siglos?

En la epístola a los Efesios la liberación es presentada como una consecuencia de la posición en la cual se hallan los herederos, objeto de los eternos designios de Dios. Esto se relaciona con el principio mencionado anteriormente. En esta epístola todo es considerado desde el punto de vista de los eternos designios de Dios antes que hubiera existido el mal, desde el punto de vista del bien que se proponía en Sí mismo, aunque la redención fuera necesaria una vez que el mal hubo entrado, que fuera también para gloria de Dios mismo y fuera la base de nuestra gloria en el cumplimiento de sus designios. En la epístola a los Colosenses, el hombre caído en el mal es objeto de la gracia.

Aquí la liberación es el tema principal. ¡Qué peligroso y desastroso es apartarse de la Cabeza y perder la plena con­ciencia, en la luz, de nuestra unión con Él! ¡Cuán perfecta y preciosa es esta gracia que se adapta a nuestro estado para llevarnos a Dios y hacernos gozar, según su poder y su gracia, de la inestimable posición que Él nos dio en Cristo!

El reino de su amado Hijo

El medio que el Espíritu Santo emplea aquí para cumplir esta obra de gracia es el de desplegar ante nuestros ojos la gloria del Señor, su “amado Hijo”.

Que yo sepa, solamente aquí el reino es llamado “el reino de su amado Hijo” (v. 13), lo que, según creo, se debe a que este pasaje presenta la persona del Hijo como centro de todo y nos da la medida de nuestra bendición. El reino al que somos introducidos es el de Aquel a quien le pertenece tal lugar, el reino de su amado Hijo. Por cierto que es su reino, y, para que comprendamos el carácter actual que ese reino tiene para nosotros, como también nuestra íntima relación con Dios como partícipes de él, es llamado “el reino de su amado Hijo”. Este título, que constituye ahora el fundamento de la relación entre Dios y aquellos que verdaderamente están en el reino y pertenecen a él, es el que caracteriza tal relación. Aquí está caracterizado por la relación personal del propio Hijo con el Padre, a lo que se añade aquello que nos da pleno derecho de tener parte en él, a saber, la “redención por su sangre, el perdón de pecados”. El reino del Hijo del hombre será la manifestación posterior de ese mismo reino con gloria y gobierno.

Ahora el apóstol, habiendo presentado al Hijo en su relación con el Padre como el objeto central y poderoso que debía atraer el corazón de los colosenses y liberarles del yugo de las ordenanzas, despliega las diferentes partes de la gloria de esta persona del Hijo. Si bien falta aquí, pues, la propia gloria de la Iglesia, la de Jesús adquiere tanto mayor relieve ante nuestros ojos. De este modo Dios saca el bien del mal y nutre de todas maneras a sus amados.

Jesús, imagen del Dios invisible

El Señor Jesús es “la imagen del Dios invisible” (v. 15). En el amado Hijo vemos lo que Dios es (comp. Juan 1:18 y 1 Juan 1:2). Es el primer carácter de la gloria personal del Salvador y el centro esencial de todo el resto. Y, a continuación de ese carácter propio de su persona, el Cristo toma de pleno derecho una posición que le es propia en la creación, como representando a Dios. Adán fue creado en cierto modo a imagen de Dios (Génesis 1:27) y puesto como centro de una creación que le fue sujeta; pero, después de todo, él no era más que una imagen de Cristo, de Aquel que debía venir. El Hijo, en su propia persona, en su naturaleza (y para nosotros como en el seno del Padre), es Aquel que da a conocer a Dios, pues le presenta en su propia persona y con una plena revelación de su ser y su carácter ante los hombres y en todo el universo, pues toda la plenitud de la Deidad habita en Él corporalmente. Sin embargo, Él es hombre. Como tal fue visto por los ángeles. Nosotros le vimos con los ojos o por la fe. Así que Él es la imagen del Dios invisible. En Él se ha visto el perfecto carácter y la presentación viva del Dios invisible. ¡Es ésta una maravillosa verdad para nosotros al considerar la persona de nuestro Salvador!

Jesús, primogénito de toda creación

Pero, entonces, ¿qué lugar debe tener Él en la creación, cuando se presenta según los eternos designios de Dios? Sólo uno, a saber, el de una supremacía sin objeción ni controversia: Él es “el primogénito de toda creación” (v. 16). Éste es para Él un nombre de relación y no de fecha temporal. Se dice de Salomón: “Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra” (Salmo 89:27). De manera que el Creador, cuando asume su lugar en la creación, es necesariamente el Jefe (o Cabeza) de ésta. Aún no hace valer sus derechos, porque, por gracia, quería cumplir la redención, pero aquí hablamos de sus derechos, los que son reconocidos por la fe.

Él es, pues, la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda creación cuando toma su lugar en ésta. La razón de ello merece que se le preste atención. Es una razón simple pero maravillosa: ¡Él la creó! Dios obró en la persona de su Hijo cuando por su poder creó todas las cosas, sea en los cielos, sea en la tierra, sean visibles o invisibles. Todo lo poderoso y eminente no es más que obra de sus manos. Todo fue creado por Él (el Hijo) y para Él. De modo que, cuando Él toma posesión de ese todo, lo toma de pleno derecho como herencia suya. Es ésta una maravillosa verdad: Aquel que nos rescató, que se hizo hombre –uno de nosotros en cuanto a la naturaleza– para cumplir ese rescate, ¡es el Creador! Tal es la verdad. 

En relación con esta admirable verdad, cabe señalar que era una parte de los designios de Dios que el hombre dominase sobre todas las obras de Sus manos, de manera que Cristo hombre posee de pleno derecho tal dominio, el cual lo ejercerá de hecho más tarde. Esta parte de la verdad de la cual hablamos es tratada en el capítulo 2 de la epístola a los Hebreos. Volveremos a ella para considerarla con mayor detalle cuando enfoquemos el estudio de esa epístolaa, razón por la cual la presentamos aquí para que se comprendan las circunstancias en las cuales el Hijo toma posesión de su heredad. El Espíritu habla de Aquel que, siendo hombre, es al mismo tiempo el Creador de todas las cosas, el Hijo de Dios. Todas las cosas fueron creadas por Él, de manera que necesariamente ellas también fueron creadas para Él.

Hasta aquí, pues, hemos visto la gloria de la persona de Cristo y su gloria en la creación, relacionada con su persona. En Él se ve la imagen del Dios invisible; Él lo creó todo, todo es para Él y Él es el primogénito de todo lo creado.

  • aEl autor se refiere a otro de sus estudios de la Palabra.

Jesús, primogénito de entre los muertos

Ahora se presenta otro género de gloria, otra primacía: Él toma un lugar especial en relación con la Iglesia merced al poder de su resurrección. Es la introducción del poder divino, no en la creación, sino en el terreno de la muerte, para que otros participen de la gloria del Cristo, por medio de la redención y del poder de vida que hay en Él. La primera gloria era, por así decirlo, natural, ésta es especial y lograda (si bien en virtud de la gloria de su persona) pasando por la muerte y por todo el poder del Enemigo en la muerte. Por eso ella se vincula, como acabamos de decirlo, a la redención y a la introducción de otras personas en la participación de los mismos privilegios. “Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, el que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (v. 18). Una de esas primacías depende de sus derechos divinos como Creador; la otra, de su obra y del poder desplegado en su humanidad en el acto de la resurrección. Él lo posee todo como hombre y todo por el poder divino, pero se puede decir, en cierto modo, que una parte de su gloria depende de su divinidad y la otra de su victoria como hombre.

Él es el primogénito de la creación; es primogénito conforme al poder de su resurrección, en ese nuevo orden de cosas según el cual el hombre está predestinado a ocupar una posición completamente nueva, lograda por medio de la redención, en la cual participa para gloria de Dios (tanto como lo pueda hacer lo que es creado), y ello participando de la vida divina en Jesucristo, el Hijo de Dios y la vida eterna, y, por lo que incumbe a la Iglesia, como miembro de su cuerpo. Cristo es primogénito de la creación, –el Creador– y primogénito de entre los muertos: vencedor de la muerte y del poder del Enemigo (Hebreos 2:14-15). Ésas son las dos esferas en las que se despliega la gloria de Dios. La posición especial de la Iglesia, cuerpo de Cristo, forma parte de la última. Cristo debe tener esta gloria de resurrección, la primacía y la superioridad universales también (como hombre), pues toda la plenitud –la plenitud de la Deidad (véase 2:9)– se complació en habitar en Él. ¿Qué otro lugar que no fuera el primero podía tener Él en todo? Pero, antes de considerar lo que sigue, quedan por hacer algunas observaciones importantes sobre lo que ya hemos visto.

El Hijo nos es presentado aquí como Creador, sin excluir, por supuesto, el poder del Padre o la operación del Espíritu, pues los tres son uno; pero el que nos es presentado aquí es el Hijo. En el capítulo 1 del evangelio de Juan es la Palabra, el Verbo, quien lo crea todo. Aquí, y en la epístola a los Hebreos (capítulo 1), nos es revelado, bajo el nombre de Hijo de Dios, Aquel que también es la Palabra. Él es la Palabra de Dios, la expresión del pensamiento de Dios y de su poder; por medio de Él obra y se revela Dios. Él es también el Hijo de Dios y, en particular, el Hijo del Padre. Él revela a Dios, y aquel que le ha visto, ha visto al Padre. Como nacido en el mundo por la operación de Dios, por medio del Espíritu Santo, Él es Hijo de Dios (Salmo 2:7; Lucas 1:35); pero esto ocurre en el tiempo, cuando ya la creación es el escenario de la manifestación de los recursos y designios de Dios. Pero el nombre de Hijo es también el que expresa la relación propia de su gloriosa persona con el Padre antes de que el mundo fuese. Con ese carácter creó todas las cosas. El Hijo debe ser glorificado así como lo es el Padre. Si bien se humilla a sí mismo, tal como lo hizo por nosotros, todo debe ser puesto entre sus manos a fin de que su gloria sea manifestada en la misma naturaleza que tomó, humillándose hasta tomarla. Ya el poder de la vida y de Dios en Él fue manifestado por la resurrección, de modo que es determinado como Hijo de Dios por la resurrección. Ésa es la prueba de tal poder.

Jesús, plenitud de la Deidad

Aquí, en la epístola a los Colosenses, nos es presentada la gloria propia de su persona como Hijo antes de que el mundo fuese. Es importante destacar que Él es Creador como Hijo. Luego, la Escritura no separa las Personas en su manifestación. Si el Hijo obró milagros en la tierra, quitó los demonios por el Espíritu, y el Padre que moraba en Él (Cristo) hizo las obras. Es preciso también recordar que lo que se dice de Cristo en el Nuevo Testamento es dicho de Él cuando fue manifestado en carne, de su persona completa, de Él, hombre en la tierra. No es que no separemos la divinidad y la humanidad en el pensamiento, pero aun separándolas tenemos que pensar en la persona única a cuyo respecto procedemos así. Decimos: Cristo es Dios, Cristo es hombre, pero Cristo es lo uno y lo otro. Digo esto no para hacer Teología, sino para atraer la atención del lector sobre la notable expresión “por cuanto agradó al Padre que en él (Cristo) habitase toda plenitud” (v. 19). Toda la plenitud de la Deidad se encontraba en el Cristo. Los gnósticosa que más tarde atormentaron tanto a la Iglesia, empleaban esta palabra “plenitud” en un sentido místico y peculiar para dar idea de la suma y fuente (sin embargo un poco local, pues ella tenía límites que la separaban de toda otra cosa) de divinidad, la cual se desplegaba en cuatro pares de seres (o emanaciones), de los cuales Cristo no era más que unob. No es necesario profundizar más en estos ensueños, salvo para destacar que, con diversos matices, esos gnósticos atribuían la creación a un dios a veces inferior, a veces maléfico, el cual era también el autor del Antiguo Testamento. La materia –decían– no procedía del Dios supremo. Ellos no comían carne ni se casaban; al mismo tiempo se entregaban a toda clase de impurezas y disolución y, cosa extraña, se asociaban al judaísmo, practicaban el culto de los ángeles, etc.

A menudo el apóstol luchaba contra esos instrumentos del diablo de los cuales Pedro también habla. Aquí deja constancia, por la Palabra de Dios, de la plenitud de la Deidad de Jesucristo. Lejos de ser algo inferior, una emanación, lejos de tener un lugar en esas genealogías interminables –por elevado que fuese ese lugar–, la propia plenitud habitaba en Él. ¡Gloriosa verdad acerca de la persona del Señor, nuestro Salvador! Podemos dejar en las sombras todos esos locos ensueños de hombres y gozar de la perfecta luz de esta gloriosa plenitud de Dios en nuestro Jefe y Señor. Toda la plenitud se hallaba en Él. Conocemos bien al Padre, pero revelado por Él, pues, habiendo cumplido nuestra redención y purificación, recibió este Espíritu para nosotros. Y el propio Dios en su plenitud fue revelado, sin reserva alguna, en la persona del Cristo, y este Cristo es el nuestro, nuestro Salvador, nuestro Señor. Él nos fue manifestado para ser nuestro. ¡Qué gloriosa verdad!

Sin duda que para su propia gloria Él debe ser conocido tal como es, como amor, pero no es menos cierto que esta revelación fue hecha en relación con nosotros. No es solamente el Hijo que revela al Padre –por dulce y precioso que sea ese hecho–, sino que es también toda la plenitud de la Deidad como tal la que se encuentra revelada y evidenciada en Cristo. El agrado de la plenitud era morar allí.

  • aGentes que pretendían conocer por la razón las cosas que solo se pueden conocer por la fe. (N. del E.)
  • bIncluso agregado a los cuatro, como suplementario.

Reconciliación por medio de Su sangre

Cristo no era solamente Jefe de la creación en virtud de la gloria divina de su persona y Jefe (o Cabeza) de la Iglesia como resucitado de entre los muertos y vencedor del poder del Enemigo. La creación y todos aquellos que debían formar la Iglesia estaban igualmente alejados de Dios, y estos últimos por propia voluntad. De modo que, para estar en relación con Dios, debían ser reconciliados con Él. Esta obra de reconciliación es la segunda parte de la gloria de Cristo. No sólo era el agrado de la plenitud de la Deidad habitar en Él, sino también reconciliarlo todo con ella por medio de Él, habiendo hecho la paz por la sangre de la cruz (v. 20). Esta reconciliación de todas las cosas, tanto de las que están en los cielos como en la tierra aún no ha sido cumplida: la paz ha sido hecha por medio de la sangre, pero el poder todavía no ha intervenido para ponerlo todo, de hecho, en relación efectiva con Dios según el valor de esa sangre.

Así en Israel la sangre era puesta sobre el propiciatorio y la expiación –la paz– quedaba hecha; pero, además de eso, la sangre era rociada sobre todo, y los pecados del pueblo eran confesados. En lo que incumbe a la creación y a Israel, la obra de la reconciliación no ha sido cumplida, ya que todo lo que está fuera de la vida espiritual permanece lejos de Dios, aunque la paz esté hecha. Sabemos que el agrado de Dios es reconciliar todas las cosas consigo mismo, en los cielos y en la tierra, por la virtud de esa sangre (v. 20). Todo volverá a estar en orden bajo un nuevo régimen. Los culpables que permanezcan en sus pecados estarán fuera de esta escena de bendición, pero los cielos y la tierra serán completamente liberados del poder del mal y, durante el milenio, estarán libres de toda manifestación exterior del mal, para estar más adelante libres incluso de la presencia del mal. El mal será excluido por la virtud de esa sangre que ha cercenado el bien del mal, según el carácter de Dios mismo y ha glorificado a Dios de tal manera que quedó hecha la paz. Dios puede obrar libremente para bendecir. Pero aquí la obra de la reconciliación es doble, como lo es también la gloria de la persona de Cristo, en relación con los mismos objetos de esta gloria. Está dentro de los designios de Dios reconciliar todas las cosas consigo mismo, en los cielos y en la tierra, por medio de Cristo; pero Él ya ha reconciliado a los cristianos. A éstos, en otro tiempo no sólo manchados como criaturas sino enemigos en sus mentes, Él les ha reconciliado en el cuerpo de su carne, por medio de la muerte. La obra perfecta que Cristo cumplió en su cuerpo, borrando nuestros pecados y glorificando perfectamente a Dios, su Padre, nos puso en relación con Dios en su santidad, según la eficacia de esta obra; es decir que esta obra es eficaz para presentarnos perfectamente reconciliados, santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él (v. 22), teniendo conciencia de todo ello, como así también del amor que llevó a cabo esa obra y del favor en el cual somos introducidos, de modo que, con el sentimiento de esas cosas, el corazón es llevado a Dios. Somos reconciliados con Dios. Ello supone que uno permanezca firme en la fe hasta el fin.

Peligro de apartarse

La posición de los colosenses daba lugar a esta advertencia, pues son considerados en su marcha en la tierra. Hemos visto que se habían apartado algo o estaban en peligro de apartarse al perder conciencia de su unión con Cristo.

Cuando el cristiano es considerado como estando en Cristo, no hay ningún «si», pues realmente estamos en Él. Cuando es considerado como peregrino en la tierra, está en ­camino hacia la gloria misma y debe tender hacia esa meta; ­entonces vienen los «si», los peligros y la necesidad de ser guardado. Pero entonces el cristiano tiene la más completa seguridad de que será guardado y no perecerá jamás, que será fortalecido hasta el fin y que la buena obra será terminada. El alma salvada es así mantenida en dependencia respecto de Dios y con confianza en Su fidelidad.

Se notará también que el apóstol habla de su evangelio, predicado por todo el mundo. La gracia había superado los ­estrechos límites del judaísmo y de la espera del Mesías para expandir el testimonio del perfecto amor de Dios por toda la creación bajo el cielo, del cual Pablo era el instrumento en su condición de apóstol a los gentiles. Nótese cómo aquí todo está claramente dicho y abundantemente desarrollado: en el ­versículo 14, la redención y el perdón; en el versículo 21, la ­reconciliación con Dios; en el versículo 13, la liberación y la introducción en el reino; en el versículo 12, somos hechos ­aptos para participar de la herencia de los santos en luz. Nosotros tenemos todo eso y, en consecuencia, somos exhortados a andar de una manera digna del Señor.

Hasta aquí, pues, el Espíritu de Dios nos ha presentado las dos primacías de Cristo: sobre la creación y sobre la Iglesia, como así también las dos reconciliaciones que les corresponden, a saber: 

1)         la reconciliación de las cosas sobre las cuales Cristo es colocado, como Jefe de todo en los cielos y en la tierra; y

2)         la de los propios cristianos. Ésta ya ha sido efectuada y la   primera está aún pendiente.

Pablo, servidor del Evangelio y de la Iglesia

Y ahora el ministerio del apóstol tiene ese mismo doble carácter. Sin duda, él no tiene que predicar en el cielo, sino que su ministerio se ejerce bajo el cielo por doquier haya un alma que deba oír, pues él es servidor de tal Evangelio y luego es servidor de la Asamblea, servicio o ministerio distinto, el cual da a conocer la verdadera posición de ella y sus privilegios, servicio ligado por otra parte con el anterior, ya que este Evangelio ha sido predicado a los gentiles para hacerlos entrar (v. 23 y 25). Con esta segunda parte de su enseñanza, el apóstol completaba la Palabra de Dios, lo que es un principio importante en lo que concierne a la exclusiva autoridad de la Palabra escrita y muestra que la totalidad de esta Palabra está ya ante nosotros, totalidad demostrada por los temas que ella abarca. Todos los temas que Dios quiso tratar en su Palabra están enteramente completados, con exclusión de todo otro tema que se pudiera pretender introducir en ella. El círculo de las verdades que Dios tenía que tratar, para revelarnos la gloria de Cristo y darnos una enseñanza perfecta conforme a su sabiduría, está completo cuando es revelada la doctrina de la Iglesia. No hay nada más que agregar.

No se trata aquí de las fechas de los libros, sino del círculo de los temas. La ley, el reino, la persona de Cristo, la redención y los recursos de Dios ya habían sido anticipados. Faltaba revelar la doctrina de la Iglesia para tener por completas las comunicaciones de Dios (v. 25).

La doctrina de la Iglesia

Pero esta doctrina de la Asamblea, en particular, exponía al apóstol a persecuciones y sufrimientos que los judíos sobre todo, y el Enemigo de todas las formas posibles, procuraban hacerle sufrir; pero él se regocijaba de ello como si fuera un privilegio (v. 24), porque Cristo había sufrido a causa de su amor por la Asamblea, por los suyos. El apóstol habla aquí, no de la eficacia de la muerte del Salvador, sino del amor que lo llevó a sufrir. Desde ese punto de vista, el apóstol puede participar de esos sufrimientos, y, en nuestra pequeña medida, nosotros también, pero el apóstol lo podía hacer de una manera peculiar, como testigo especial de esta verdad. Si Cristo hubiese querido aceptar la posición de Mesías según el hombre, habría sido bien recibido; si Pablo hubiese predicado la circuncisión, el escándalo de la cruz habría cesado; si la religión de Dios hubiera reconocido al hombre en la carne, el hombre habría podido tener su propia parte en la religión de Dios. Pero, si Dios es revelado, si su gracia se extiende a los gentiles y si, no haciendo más diferencia entre judío y gentil, Dios forma, merced a esa gracia, una Iglesia, Cuerpo de Cristo, la cual comparte la gloria celestial de su Hijo, entonces la carne no puede soportar todo eso. Ser excluida así como algo sin valor ante Dios –incluso en su religión, cualquiera sea el esfuerzo que haga– es insoportable para la carne. En este hecho se halla el origen de la enemistad del espíritu judaico que está fundado en la carne, en el hombre, y que reaparece constantemente en la historia del apóstol, sea excitando el odio de los paganos, sea corrompiendo la doctrina de Cristo y la sencillez del Evangelio. La religión de la carne se glorifica de sus privilegios particulares (véase Filipenses 3:3-11).

De manera que hemos hallado un doble ministerio, como así también una doble primacía de Cristo y una doble reconciliación, en cada una de cuyas situaciones se ven los dos mismos sujetos que se corresponden mutuamente: Cristo, Cabeza de todas las cosas en los cielos y en la tierra, y Cabeza de la Iglesia; todas las cosas en los cielos y en la tierra deben ser reconciliadas, y los cristianos lo están; Pablo ejerce su ministerio en toda la creación debajo del cielo, y es servidor de la Iglesia. Naturalmente, el ministerio de Pablo se circunscribía a la tie­rra; en todo sentido, la extensión y el alcance de la gloria de Cristo y del ministerio sobrepasaban los límites del judaísmo y contrastaban con todo ese sistema.

El apóstol insiste a continuación sobre la segunda parte de su ministerio, del cual acaba de hablar; sin embargo, se detiene muy especialmente en lo que respondía a las necesidades de los colosenses, desarrollándolo para afirmar los corazones de éstos en el disfrute del conjunto de esas preciosas verdades. Él completaba la Palabra de Dios anunciando ese misterio, el que había permanecido oculto a través de los siglos y para todas las generaciones, pero era manifestado ahora a los santos (v. 26). Ningún despliegue de los designios de Dios desde la creación, en atención a las verdades en que estaba fundado –en la revelación de Dios, de su poder o de sus pensamientos (que formaban la base de él y le imprimían su carácter)– había abarcado el misterio contenido en la doctrina de la Iglesia; no había sido comunicado a ninguno de aquellos que formaban parte de los sistemas que la habían precedido o que instruyeran a los demás como instrumentos de la revelación de la luz de Dios. Los ángeles, los hombres, Israel, los profetas, todos por igual lo ignoraban. La Iglesia, ese cuerpo unido al Hijo de Dios hecho hombre y glorificado, y el llamamiento de los gentiles a participar de esta unidad les estaban ocultos a todos.

Cristo en nosotros

Ahora que Cristo –Jefe de la Iglesia, Cabeza del cuerpo– estaba glorificado, el misterio de ese cuerpo era manifestado. El apóstol insiste aquí sobre un aspecto particular de ese tema, el cual, después de la persona de Cristo, forma el centro de todos los recursos de Dios; ese aspecto es Cristo en nosotros (sobre todo como gentiles), la esperanza de gloria (v. 27). Y en esto también vemos que los creyentes son considerados como estando en la tierra, aunque en el poder de la resurrección. Aquí, el aspecto del misterio es Cristo en nosotros aquí abajo, no la unión con Él en la gloria (Efesios 2:6), aunque no se puedan separar las dos cosas. De hecho, ese misterio era, de todas maneras, un pensamiento nuevo, una verdad nueva. Se tenía cabal conocimiento de un Mesías que debía ser manifestado entre los judíos –el cumplimiento de la gloria en medio de ­ellos– y de la participación de los gentiles en esa bendición a lo sumo como subordinados al pueblo de Dios. Pero, según la doctrina de la Iglesia, Cristo permanecía de una manera invisible en medio de los gentilesa e incluso en ellos; y, en cuanto a la gloria, no había más que la esperanza de ésta. Un Cristo morando en el corazón de hombres –hombres anteriormente rechazados y ajenos a las promesas– y llenando ese corazón de gozo y gloria, con la conciencia de su unión con Él, es el maravilloso misterio preparado por Dios para bendición de los gentiles. Era ese Cristo, semejante Cristo, al que Pablo predicaba, exhortando a todo hombre –y enseñando a cada uno– según el pleno despliegue de la sabiduría de Dios. Esta sabiduría obraba poderosamente por el Espíritu en el apóstol, para presentar a todo hombre en un estado espiritual que res­pondiese a esta revelación del Cristo como siendo el fruto de ella. Eso no significaba que cada uno quisiera recibirla, sino que no había límites en la esfera del testimonio; toda distinción era igualmente borrada tanto por el pecado como por la gracia; sólo había una cosa que hacer y procurar, a saber, que todo hombre, por el poder de la Palabra y del Espíritu, reflejara a Cristo y creciera hasta tener la estatura de su plenitud (v. 28), revelada en la doctrina confiada al apóstol. Pablo trabajaba para alcanzar esa meta, conforme al trabajo de Cristo en él; pero Cristo no era solamente el objeto, sino también el poder que actuaba para formar las almas conforme a su imagen.

  • aYa he hecho notar que en la epístola a los Colosenses los gentiles son presentados especialmente y no la otra verdad de la unión del judío y del gentil en un solo cuerpo (Efesios).