Capítulo 3
Ahora comienzan las exhortaciones directas, fundadas en la verdad que ha sido presentada y adaptadas al estado en el cual son considerados los colosenses, es decir, como resucitados con Cristo, pero no como sentados en lugares celestiales.
Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios
Como resucitados con Cristo, debían pensar en las cosas de lo alto, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, y no en las que son de la tierra. Las cosas celestiales y las cosas terrenales no pueden ir juntas. Mirar a lo alto y a lo bajo, tener nuestros intereses en el cielo y en la tierra al mismo tiempo, es imposible; ser tentado por las cosas terrenales y tener que combatirlas, está bien; pero eso no es tenerlas por objeto. Sin embargo, la razón de este desprendimiento de las cosas de aquí abajo se encuentra en nuestra posición: “habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. El apóstol no dice que nos haga falta morir, pues ello no depende de la voluntad del hombre, ya que no puede negar la voluntad por medio de la voluntad; además, la voluntad de la carne no lo logrará nunca; cuando ella actúa, no abdica. Somos muertos: tal es la preciosa y consoladora verdad, relativa al cristiano, en virtud de que Cristo murió por él. Él recibió la vida de Cristo y todo lo que Cristo hizo por él en esta vida le pertenece. De modo que él murió pues Cristo murió por él; la vida con la que se relacionaba la fuerza de la tentación, la culpabilidad, los ataques del pecado, no existe más para la fe. Por medio de la muerte, todo lo que se relacionaba con esta vida llegó a su fin. Y lo que se relacionaba con la vida del viejo hombre –es decir, el pecado, la condenación, la debilidad, el temor, la impotencia contra los ataques del Enemigo– ¡todo eso pasó! Tenemos una vida, pero en Cristo; esta vida está oculta con Él en Dios. Aún no nos hemos manifestado en su gloria, tal como seremos manifestados ante los ojos de todos en los cielos y en la tierra; nuestra vida está escondida, pero segura, en su eterna fuente. Ella corre la misma suerte de Cristo, en quien la poseemos. Él está oculto en Dios, y también lo está nuestra vida; cuando Cristo aparezca, nosotros apareceremos con Él.
Se notará que el apóstol no habla aquí de nuestra unión con Cristo, sino de nuestra vida, puesto que estamos muertos y nuestra vida está escondida con Él en Dios. No habla de la Iglesia por lo que concierne a nuestra posición; habla, sin duda, de Cristo como su Cabeza, con relación a su gloria personal, pero no con relación a nosotros. Habla de nosotros individualmente. Cada uno tiene su propia vida, en Cristo sin duda, pero cada uno la tiene como algo suyo; de ahí que el apóstol no se refiera a la unión de cada uno con los demás cristianos. Tenemos esta vida en Cristo, pero ello no constituye nuestra unión en un solo cuerpo con Él. Lo que aquí se nos presenta es el carácter individual del cristiano, para quien Cristo, Cabeza en el cielo, lo es todo.
Lo que también es muy importante destacar, en relación con esta verdad, es que, en la epístola que nos ocupa, en ninguna parte se trata del Espíritu Santo. El apóstol habla a los colosenses de una manera práctica acerca del amor de ellos en el Espíritu (cap. 1:8), pero en la enseñanza de la epístola no nombra al Espíritu. Incluso cuando dice que no hay judío ni griego, etc., es en el nuevo hombre y no porque seamos uno en Cristo. El individuo debía estar asido a la Cabeza. Ya no estaba vivo en este mundo, sino muerto, y su vida estaba escondida con Cristo en Dios, pero esta verdad era para él una verdad personal, lo que debía conocer y mantener para sí mismo como verdad necesaria para estar a salvo de las astucias del Enemigo. En una palabra, la vida en Cristo es la gran verdad que se nos presenta. En otras partes, muchas de las cosas de las que el apóstol habla aquí serán mencionadas como frutos del Espíritu, por el cual son mantenidas la comunión y la unión; pero aquí ellas se relacionan simplemente con la naturaleza de la vida, en la cual tienen origen esos frutos. Es muy natural, por consiguiente, que el alcance y la reunión en uno de todas las relaciones espirituales en Cristo –temas que forman parte de la instrucción divina cuando es presentado el Espíritu Santo– falten aquí.
En la epístola a los Efesios la operación del Espíritu Santo se encuentra por todas partes y caracteriza al conjunto de lo que es presentado en comunión con la Cabeza –Cristo–, con la cual estamos unidos en un cuerpo por el Espíritu. Así vemos que estamos individualmente sellados con el Espíritu de la promesa, arras de nuestra herencia; que todos nosotros tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu; que también somos juntamente edificados para ser morada de Dios en el Espíritu; que por el Espíritu es ahora revelada la unión de gentiles y judíos en un solo cuerpo; que los santos son fortalecidos por el Espíritu en el hombre interior; que hay un solo cuerpo y un solo Espíritu; que no se debe contristar al Espíritu; que se debe estar lleno de Él; que incluso la Palabra es la espada del Espíritu. La unión del cuerpo con Cristo, nuestra resurrección con Él, el hecho de que estamos sentados con Él en lo alto –en una palabra: todo lo que se desprende de esta unión– está plenamente desarrollado, pero, al mismo tiempo, el Espíritu Santo que nos une a Él y a todos juntos en un solo cuerpo, el Espíritu Santo que aquí abajo caracteriza la presencia de Dios en la Asamblea, el Espíritu Santo que obra en nosotros, que asegura nuestro porvenir y constituye nuestra fuerza para el presente, ese Espíritu Santo se encuentra por todas partes en la epístola para completar la verdad y darle su fuerza actual para nosotros aquí abajo.
Exhortaciones específicas
Varias de las exhortaciones de la epístola a los Efesios son casi las mismas que las dirigidas a los colosenses. Pero, en la primera, ellas se relacionan con el Espíritu, mientras que en la segunda se vinculan con la acción de la Palabra y de la gracia en el corazón. Ello confiere un inmenso alcance y mayor unidad a la doctrina de la epístola a los Efesios en lo relativo a nuestra posición aquí abajo, pues el apóstol presenta a Dios mismo, morando por el Espíritu en nosotros y llenándonos como individuos o en la unidad del cuerpo. También ella nos da a conocer toda la extensión de los designios de Dios.
Pero la posesión de la vida es, por otra parte, tan importante como la presencia del Espíritu Santo y su morada en el cristiano. Ella hace que la bendición recibida consista en nosotros mismos; no es tan sólo una operación en nosotros, y, como lo hemos visto, el carácter de la vida divina está mucho más plenamente desarrollada en la epístola a los Colosenses, mientras que la epístola a los Efesios hace ver más bien el contraste con el estado precedente.
En la epístola a los Romanos encontramos, en el capítulo 8, la acción y la presencia del Espíritu Santo manifestadas de una manera muy notable en cuanto al individuo. El Espíritu nos caracteriza vitalmente en el principio de nuestra resurrección; es quien testifica en nosotros que somos hijos de Dios y nos colma de gozo y de la esperanza de la gloria como herederos; es el apoyo de nuestra debilidad y la fuente de nuestras oraciones y suspiros. En la epístola a los Romanos, el Espíritu está vinculado a nuestra relación personal con Dios. En Efesios, está caracterizado como la presencia de Dios en nosotros, en relación con nuestra unión con Cristo en un solo cuerpo.
Hay otra cosa que destacar aquí, la cual arroja luz sobre la intención del Espíritu en estas epístolas. El punto de partida en la que se dirige a los Efesios son los designios de Dios; el hombre es allí considerado tal como es, sin un movimiento de vida con respecto a Dios; está muerto en sus delitos y pecados y, por propia naturaleza, es un hijo de ira; Dios es rico en misericordia, le resucita con Cristo –quien descendió por gracia a la muerte– y le coloca, según sus designios, en la misma posición en que se encuentra Cristo. Nosotros somos obra suya, creados de nuevo en Cristo Jesús. Dios quiere colocarnos ante sí, conforme a sus propios designios y según Su naturaleza. No se dice que hayamos muerto con Cristo; el hombre no es considerado vivo en la carne, de modo que de una u otra manera tenga que morir; no era necesario desarrollar esta parte de la verdad. Los efesios se hallaban en el caso de captar, por un lado, el pleno contraste entre Dios y el hombre según Sus designios, y, por el otro, el estado de pecado en que el hombre se hallaba por naturaleza. En la epístola que les es dirigida, todo es obra de Dios mismo, conforme al designio original de Su propio corazón, de Su naturaleza y de Su voluntad. Por eso en Efesios no encontramos la justificación. Esta epístola se refiere a una nueva creación. El hombre ya está muerto y el mismo Cristo no es presentado en relación con su lugar en la gloria antes de haber sido visto primeramente como muerto y luego resucitado y elevado a lo sumo.
Los colosenses estaban dispuestos a sujetarse a las ordenanzas y, por lo tanto, estaban en el caso de tener consideración del hombre como vivo en el mundo. El apóstol les hace ver que estamos muertos con Cristo; él estaba forzado a extenderles la gracia allí donde ellos se encontraban, pues el peligro que corrían era el de tener al hombre en consideración como vivo en la tierra; su finalidad, pues, era mostrarles que el cristiano ya está muerto con Cristo y que vive en la tierra como resucitado con Él.
En Efesios, el hombre no muere con Cristo; él está muerto en sus pecados cuando Dios comienza a obrar a su respecto; ningún hombre está vivo desde el punto de vista de Dios; el cristiano es vivificado junto con Cristo, quien primeramente es visto como muerto.
Diferencia entre las epístolas
Sin embargo, para todos nosotros el punto de vista de la epístola a los Colosenses tiene su valor –gran valor–, puesto que la vida, la nueva naturaleza y la gracia operante en ella son mucho menos expuestas en la epístola a los Efesios. En esta última se trata de la energía de Dios que crea hombres en Cristo y los une a Cristo, llena al fiel y a la Iglesia; aquí, se trata de la naturaleza y del carácter del nuevo hombre y, por consiguiente, de Cristo; sí, de Dios mismo.
Esta diferencia es profundamente interesante y hace resaltar de manera notable el alcance de la epístola a los Efesios, en la cual todo se experimenta desde el punto de vista en que se coloca el Espíritu y en la que todo deriva de los originales y eternos designios de Dios, de su operación para llevar a la perfección sus designios y el propósito determinado por su propio corazón. Dios quiere tener algo que sea conforme a su corazón. Lo crea con el fin de manifestar las inmensas riquezas de su gracia. Tomó a los hombres perdidos y muertos, pero ellos no son más que objetos de sus operaciones, adecuados para poner en evidencia esas operaciones a causa del estado en que se encontraban. Dios no actúa sobre la naturaleza del hombre, ya que ella es contraria a la suya; y, para destruir esta contradicción, vivifica lo muerto y crea. En Colosenses, se trata de la muerte del viejo hombre que era necesario tomar en cuenta. Gracias a Dios, se tiene el derecho de considerar al viejo hombre como ya muerto porque Cristo murió por nosotros. Puedo agregar a lo dicho acerca del Espíritu Santo que, cuando en esta epístola a los Colosenses el apóstol habla de la fuerza de la esperanza en nosotros, no habla de las arras del Espíritu, sino aún de Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. En todos lados es Cristo, y Cristo como vida.
Habríamos podido suponer que sólo el Espíritu Santo obraba con la plenitud de su fuerza y llenaba al individuo y a la Iglesia, pero en la epístola a los Colosenses vemos que hay una nueva naturaleza, un cambio intrínseco, no de la carne seguramente, sino del hombre, pues somos considerados no sólo como vivificados por el Hijo sino como muertos y resucitados con Cristo, el Hombre que murió, de modo que hemos salido de la antigua posición de hijos de Adán para entrar en la de hombres resucitados con Cristo, habiéndonos despojado del viejo hombre y revestido del nuevo. Ésta es, a la vez, una posición y un estado ante Dios, una fuente de disposiciones, de sentimientos, de deseos, de razonamientos y de capacidades morales que están en relación con la propia naturaleza de Dios, la cual hace que esa fuente brote en el corazón. Somos renovados en conocimiento según la imagen de Aquel que nos creó; pero esta fuente es una vida que tiene necesidad de que el Espíritu Santo le revele los objetos que corresponden a ella, que despierte esas disposiciones y esos sentimientos, que los satisfaga y los haga crecer. Tenemos necesidad de que el Espíritu de Dios actúe en esta vida para darle fuerza; pero es una verdadera vida, una naturaleza que tiene sus disposiciones ligadas a su existencia misma. Esta vida, instruida por el Espíritu Santo, es consciente de su existencia, en la cual somos hijos de Dios, nacidos de Él.
Liberación del alma
Con esta diferencia entre la acción del Espíritu Santo y la existencia de la nueva vida se relaciona la liberación del alma. Cuando soy nacido de Dios, necesariamente siento el deseo de la santidad, pues el amor actúa en mí, la justicia de Dios me regocija; pero, en razón de esos sentimientos, aunque mi corazón aprecia el amor en Dios y este amor me atrae y me inspira cierta confianza, mi conciencia me condena y siento que no soy lo que me agradaría ser. Estoy bajo la ley e inseguro de mi relación con Dios. Cuando conozco el valor de la sangre de Cristo, cuando sé que Cristo es mi justicia, el Espíritu Santo que mora y actúa en mí me hace consciente de mi relación con Dios. Tengo conciencia de ello en mi alma y el Espíritu Santo me da testimonio de esa relación. Hay libertad.
En cuanto a la vida de la carne, cuando pensamos en esta vida ya no es algo sin importancia para nosotros enterarnos de que estamos muertos –por más que ése sea el lado negativo de la verdad–, que Dios no reconoce nada que provenga del viejo hombre y que, en cambio, halla su agrado en una nueva naturaleza que es la nuestra, merced a la gracia, pero que es de Dios mismo y reflejo moral de la suya.
Despojar al viejo hombre
Estamos muertos, pues, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Tenemos miembros en la tierra –punto de vista reconocido– y debemos hacer morir todos esos miembros del viejo hombre. Hacer morir y morir al pecado son dos cosas muy diferentes. La segunda supone el mal en la cosa que muere (salvo, por supuesto, en el caso de Cristo, quien murió por aquellos que tenían el mal en ellos), mientras que hacer morir es un acto voluntario que es cumplido por lo bueno, es decir, por el nuevo hombre.
El cristiano debe negar los miembros en la práctica, como pertenecientes al viejo hombre, en tanto su vida está allí donde está Cristo. Lo que producen esos miembros provoca la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia (v. 6). Los cristianos andaban en esas cosas, tenían su vida, pero ya no es así; no sólo repudian los pecados groseros, frutos de codicias positivas (v. 5 y 6), sino todas las expresiones de una voluntad no quebrantada y de un corazón indómito, todos los indicios de la operación de la voluntad de esta naturaleza que no conoce a Dios y no obra con el debido temor a Él, produciendo toda ira, toda malicia y toda mentira como resultado del egoísmo o del temor al hombre (v. 8). La verdad reina en el corazón de quien se despojó del viejo hombrea, según la sencillez del nuevo hombre, el cual se renueva en conocimiento, “conforme a la imagen del que lo creó” (v. 9 y 10). El nuevo hombre anda en la luz. No solamente que tenga una conciencia que juzga el bien y el mal según lo que el hombre debería ser, según su naturaleza como criatura responsable, sino que hay un nuevo hombre que juzga al viejo hombre por entero, juzgando acerca del bien y del mal conforme al conocimiento de Dios. Ése es el sentido de despojarse.
Antes del cristianismo, el cual es la plena revelación de Dios, había por cierto, desde luego, almas nacidas de nuevo; pero su regla –cuando hubo sido dada definitivamente una regla– era la responsabilidad del hombre (por más que pudieran inspirar la piedad y la gracia) y la ley, la cual era la perfecta medida de lo que el hombre, como ser responsable ante Dios, debía ser. Los santos de entonces no distinguían un viejo hombre y un nuevo hombre, aunque en el fondo ellos tuvieran, en cierta medida en muchos aspectos, las disposiciones del nuevo y la conciencia del viejo. El sentimiento, por ejemplo, acerca del mal que hay en la mentira de ninguna manera ocupaba el lugar que tiene para el cristiano. Ahora el nuevo hombre es renovado en inteligencia “conforme a la imagen del que lo creó” (v. 10). Destaquemos la diferencia de la frase de Efesios (4:23) que corresponde a ésta de Colosenses. Allí el cristiano es creado según Dios en justicia y santidad de la verdad. Aquí son las nuevas percepciones de la vida divina las que conocen a Dios. Es nuestro estado y no el acto creador de Dios. No es que haya contradicción en el pensamiento de Efesios; al contrario, “renovado” (anakainoö), aquí es lo enteramente nuevo, lo que nunca estuvo allí anteriormente. En Efesios, “renovado” (ananeoomai) se refiere a lo que es mantenido nuevo y fresco.
El nuevo hombre tiene la inteligencia de lo que es esta naturaleza de Dios, ya que él participa de esa naturaleza y tiene la luz de Dios. La participación inteligente, por la gracia, de la naturaleza de Dios es el maravilloso y preciado privilegio del cristiano. Dios obra en esta naturaleza, pero, al comunicarla, ha colocado al hombre en esta posición. Cristo es el perfecto modelo de esta imagen, la figura del nuevo hombre.
- a) Estas tres cosas componen todo el carácter del mal en el hombre, en general la violencia y la corrupción, la última de las cuales asume la doble forma de la codicia y la mentira. Así, antes del diluvio, la tierra estaba corrompida ante Dios y llena de violencia. La mentira es la forma de corrupción de Satanás, también caracterizada por la violencia. El Señor declara que él es mentiroso y homicida (Juan 8:44). El hombre añade la codicia a causa de la carne.
Revestido del carácter de Cristo
Las otras diferencias han desaparecido, sólo permanece el viejo hombre, reconocido por el cristiano como algo muerto, y luego el nuevo hombre. Para éste, Cristo lo es todo, de manera que es Él lo único que se ve y se reconoce, y Cristo está en todos los creyentes. El cristiano, pues, se reviste como tal (v. 12), como elegido, santo, amado (ya que Cristo es su vida), y se reviste también del carácter de Cristo: la ternura, la bondad, la humildad, la dulzura, la pacienciaa; él soporta, perdona a quienes le han ofendido, así como Cristo le perdonó a él (v. 13). Por último, se reviste de amor, el vínculo de la perfección (v. 14), lo que confiere un carácter divino a todas las cualidades enumeradas –las que fueron manifestadas en Cristo– y da así una prueba que impide confundir una naturaleza amable con la gracia divina, pues el amor divino es santo.
Señalemos aquí que, al revestirse de estas cualidades, el santo lo hace teniendo conciencia de la bendita posición ante Dios que expresan las palabras “escogidos de Dios, santos y amados”. Dice como tales. No podría ser de otra forma. Precisamente con el sentimiento de este maravilloso favor la gracia se desarrolla en nuestros corazones. Lo mismo sucede en Efesios: “como hijos amados” (5:1).
- aDestaquemos que la paciencia, el despliegue de la gracia y la longanimidad caracterizan al cristiano. Es notable que ése sea el caso en todas partes. Lo que debe ser en un mundo tal como éste. Así era en Cristo. En 1 Corintios 13 los rasgos del amor son todos subjetivos y tienen este mismo carácter; no es ésta una definición del amor, sino que es lo que lo caracteriza. Donde esos rasgos faltan, falta el amor.
Participando de la paz divina
En la naturaleza humana se encuentran disposiciones que pueden parecerse a varias de esas cualidades. Pero les faltan totalmente la energía, los rasgos, el vínculo del amor divino que actúa según la conciencia de la comunión con Dios. Ella da a la manifestación de esas cualidades un carácter, una conjunción, una aplicación tan justa, una perfección, una conveniencia y una energía que únicamente el amor puede dar. Por cierto que es Dios mismo quien está allí, obrando en su naturaleza –la que Él nos comunicó–, pues “el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:16). En cuanto al estado del alma, hay una corona que es el más bello adorno del cristiano cuando anda continuamente así: la paz de Cristo reina en el corazón (v. 15), esa paz inefable y dulce a la que nada la pudo turbar, pese a que su espíritu atravesó todas las pruebas posibles, pues Él andaba con Dios. Dios también nos ha llamado a participar de esa paz, pues Él es “el Dios de paz” (Filipenses 4:9). Aquí el apóstol presenta la unidad del cuerpo, no en cuanto a sus privilegios en Cristo, sino en cuanto al hecho de que los cristianos son llamados a estar juntos en la unidad, de la cual la paz es el sello y el vínculo. Y entonces habrá acciones de gracias, pues el alma es consciente del amor y de la actividad de Dios, y para ella todo se desprende de este amor.
Paz, gozo y adelanto espiritual
Pero, así como hay paz y acción de gracias a Dios, hay también desarrollo de la vida en el conocimiento de lo revelado, lo que es su alimento y su gozo. El alma goza, además, con la actividad de la vida y el amor hacia los demás. El disfrute de Dios y de lo que se encuentra a su lado conduce a esta actividad del alma. Cuando ésta es real, la dichosa libertad de una vida saludable en sí misma es la actividad del amor natural en tal vida, actividad que recibe su energía de la comunión con Dios, conforme a la naturaleza divina. La palabra de Cristo (v. 16) expone todo lo que es revelado al alma como aquello en lo cual ella vive y se expande libremente; aquélla es así la «norma» y el poder operante y directriz, porque es la expresión de esa naturaleza, la revelación de todos sus caminos y de su energía activa en Él a través del amor.
El apóstol, pues, exhorta a los colosenses a fin de que la palabra de Cristo more en ellos abundantemente. Esta palabra realizada en el hombre es el desarrollo –según la perfección de Dios– del nuevo hombre, y es la sabiduría de Dios para formarle y dirigirle. El apóstol quiere que este desarrollo y esta sabiduría se produzcan plenamente en el creyente. Tal desarrollo vital se cumple mediante la comunión con el Señor, sustentándose con Él a través de su Palabra, en la que está la sabiduría. También en la medida en que ese desarrollo se produce, los santos pueden enseñarse y exhortarse mutuamente. Pero entonces no sólo la sabiduría se aprende y se despliega en nosotros, sino también los afectos hacia Aquel en quien hallamos tal sabiduría, de manera que la manifestación de la vida de Cristo, como verdadera sabiduría en el mundo, halla su expresión en nuestros corazones en la alabanza y las acciones de gracias, en cánticos que exaltan la excelencia del Salvador. Todos los íntimos afectos que resultan del desarrollo de la vida espiritual se expresan según lo que hemos aprendido, pues ellos se desprenden del Espíritu de Cristo y son la expresión de las relaciones del alma con Él y de los sentimientos que son el fruto que esas relaciones producen en el corazón. La persona de Cristo, a través de la experimentación de su presencia como objeto de nuestros pensamientos y por medio de los frutos morales que resultan de esa presencia, mantiene las relaciones y comunicaciones del alma ocupada con sus alabanzas.
¿Es Cristo el móvil de nuestra vida?
Pero esta conciencia de la relación con Cristo en la vida que es de Él en nosotros se aplica a todo, ya que nada se hace sin Él. Él es la vida; todo lo que hace esta vida le tiene a Él por finalidad, por objeto del corazón; Él está presente como el primer móvil y lo que imprime a nuestros actos su verdadero carácter y el corazón está pendiente de Él al cumplirlos. Todo se relaciona con Él: no comemos sin Él (de otra manera ¿cómo haríamos, ya que Él es nuestra vida?); no bebemos sin Él; lo que decimos, lo que hacemos, es dicho y hecho en el nombre del Señor Jesús (v. 17). La conciencia de que Él está presente, el sentimiento de que todo se relaciona con Él, que no se puede hacer nada –salvo carnalmente– sin Él, porque la vida que recibimos de Él obra con Él y en Él, no se separa de Él y le tiene a Él mismo por objeto en todo, al igual que el agua que sube a la altura de donde descendió, ése es el verdadero carácter de la vida del cristiano. ¡Y qué vida! Por Él, permaneciendo conscientes del amor divino, damos gracias a nuestro Dios y Padre.
Nótese que la vida cristiana no sólo está caracterizada por ciertas cualidades subjetivas que provienen de Cristo, sino también por el hecho de que ella tiene al propio Cristo por finalidad y por objeto del corazón y del pensamiento en todo lo que ella hace en todo sentido. Cristo predomina personalmente y está presente en el corazón en todo.
La naturaleza suele confundirse a menudo con la gracia a los ojos inexpertos de los hombres, pero la conciencia inteligente que se tiene de Cristo como objeto del corazón, esa conciencia de que Él está presente, del sello de su aprobación cuando se piensa en Él, no se confunde con nada porque nada se le parece, ninguna hermosa apariencia puede tomar ese lugar. Cuando Él se revela al corazón y éste anda con Él y está pendiente de Él, no buscando más que mirar su rostro, el sello de su favor sobre el alma en todo, entonces Cristo es conocido, muy conocido. Sólo Él se comunica de esa forma con el alma que anda en la senda de Su voluntad expresada en su Palabra.
Advertencias individuales en el círculo familiar
Después de enunciar estos grandes e importantes principios de la nueva vida, el apóstol entra (v. 18 y siguientes) en el terreno de las diversas relaciones de la vida y, al mostrar el carácter del cristiano en cada una de ellas, nos advierte acerca de lo que sería un peligro para esas relaciones. De la mujer, reclama sujeción, pues el afecto es algo natural en ella: “tu deseo será para tu marido” (Génesis 3:16). Al hombre, le pide amor y dulzura, ya que su corazón puede ser indiferente y duro. Los hijos deben ser obedientes; los padres, considerados, a fin de que sus hijos no se desalienten y vayan a buscar en el mundo una felicidad que deberían encontrar en el santuario del círculo familiar, constituido por Dios como salvaguarda de aquellos que crecen. Si Cristo es tenido en cuenta, la familia es un precioso hogar de dulces afectos, en el cual el corazón es instruido en los vínculos que Dios mismo formó –y ello en relación con el Señor–, vínculos que, al nutrir los afectos, preservan de las pasiones y de la voluntad propia. La familia, cuando es adecuadamente desarrollada, tiene un poder que, pese al pecado y al desorden, despierta la conciencia y empeña al corazón en mantenerse alejado del mal y del poder de Satanás. Es Dios mismo quien formó esos lazos.
Hace falta la gracia
Sé muy bien que hace falta otro poder para librar al corazón del pecado y preservarlo de él. La naturaleza, incluso tal como Dios la hizo, no da la vida eterna, no nos confiere la inocencia, no purifica la conciencia. Por medio de la energía del Espíritu es posible consagrarse a Dios aparte de esas relaciones, y hasta romperlas, si Dios nos llama a cumplir más poderosas obligaciones, tal como Cristo nos lo enseña en el Evangelio. Los derechos de Cristo sobre el hombre perdido a causa del pecado son soberanos, absolutos y completos, pues Él rescató al hombre; el rescatado, por lo tanto, no se pertenece más a sí mismo, sino a Aquel que se dio por él. Allí donde las relaciones naturales existen, el pecado lo ha pervertido todo y ha corrompido la voluntad; entonces las pasiones entran en juego; pero las relaciones son de Dios y ¡desdichado aquel que las menosprecia como tales! Si la gracia actúa, si la nueva vida está allí, el corazón reconoce lo que Dios formó, sabe que no existe nada bueno en el hombre, sabe que el pecado lo arruinó todo, pero lo que está arruinado no es en sí pecado. Y allí donde existen esas relaciones, el renunciamiento a la voluntad, la muerte al pecado, la intervención de Cristo, la operación de la vida en Él, confieren fuerza a esas relaciones; y si ellas no pueden darles el carácter de la inocencia, perdido para siempre, hacen de las relaciones establecidas por Dios un escenario en el cual la gracia actúa, en el que la dulzura, la ternura, el socorro mutuo y la negación de sí mismo, en medio de las penas y las dificultades que el pecado introdujo, comunican a esas relaciones un encanto y una profundidad (por lo demás, carácter de lo que Cristo hizo con respecto a todas las cosas) que la inocencia misma no habría podido ofrecer a nuestras miradas. Ése es el despliegue de la gracia que obra en la vida de Cristo que está en nosotros.
Carecer de afecto natural es un signo de la apostasía sin esperanza, del alejamiento con respecto a Dios y del completo egoísmo de los últimos días.
No pinto aquí un cuadro falso, ni hago poesía, como si el lado agradable fuese todo lo que es necesario. Digo solamente que Dios ha constituido esas relaciones y que aquellos que tienen temor de Dios las respetan. Hace falta la gracia. Ellas ofrecen, por su intimidad misma, la ocasión para manifestar todo lo penoso que hay en la naturaleza humana si la gracia no obra en ellas. El apóstol advierte aquí a los santos acerca de ese peligro. Si el Señor forma el vínculo de esas relaciones, si nuestro vínculo aun más estrecho con Él da la fuerza a nuestras relaciones según la naturaleza, entonces la gracia predomina aquí como en otras partes, y esas relaciones constituyen, para aquellos que las mantienen, el escenario del dulce despliegue de la vida de Cristo.
Siervos y amos
Se notará cómo el apóstol, por consecuencia, presenta a Cristo, especialmente con respecto a aquellos que están colocados en posición de dependencia –esposas e hijos– para santificar por medio de un motivo tan elevado la obediencia que conviene a esa posición. Lo hace aun más cuando los lazos no son los naturales, sino que tienen origen en un mundo de pecado y han sido formados por el pecado, a saber, con respecto a las relaciones de los siervos con sus amos (v. 22-25). La gracia no trata de cambiar el estado del mundo y de la sociedad, sino que tiende a conducir las almas al cielo por medio de la renovación conforme a la imagen de Dios. No dudo de que ella haya mejorado mucho el estado social de los hombres, porque, al emplazar a la conciencia inmediatamente delante del único verdadero Dios a quien ella reveló en Sus propias perfecciones y estableciendo –por medio de la autoridad de Dios– la autoridad que gobierna a las relaciones naturales de la familia humana, ella obra sobre esta conciencia, incluso si el corazón no está convertido, y le confiere una regla moral. Pero el cristianismo, en cuanto a su doctrina, trata al mundo como apartado de Dios y gimiendo en el mal; considera al hombre como hijo de ira y perdido.
Cristo, expresión del amor y de la bondad
Cristo, el Hijo de Dios, quien, si hubiera sido recibido, habría podido rectificarlo todo, y quien más tarde establecerá por medio de su reinado la justicia y la paz, ha sido rechazado por el mundo, y la amistad del mundo es enemistad contra Dios. El estado del hombre es tratado, en el Evangelio, de una manera más profunda que desde un punto de vista del estado social del hombre, pues es considerado desde el punto de vista de la relación del alma con Dios y, por consecuencia, en relación con lo que es eterno. Dios nos comunica una nueva vida, a fin de que disfrutemos con Él de nuevas relaciones, logradas por la redención. Y como Cristo, durante su vida, era la expresión del amor y la bondad todopoderosa de Dios, en medio de la creación caída, ahora que el mundo le ha rechazado y se ha condenado al hacerlo, Cristo, habitando por gracia en el corazón de aquel que recibe la vida, es para ese corazón una fuente de dicha a través de la comunión con el amor de Dios, la cual le eleva y le coloca por encima de las circunstancias, cualesquiera sean. El siervo, al poseer a Cristo, es libre en su corazón; es liberado por Dios mismo. El amo sabe que él también tiene un Amo (4:1), y la relación en que se encuentra frente a su siervo asume la forma de la gracia y del amor en el corazón de quien ejerce la autoridad en tal relación.
Pero, así como lo dije, para el pobre siervo, Cristo es especialmente presentado como su recurso. El siervo puede servir a su amo, bueno o malo, con fidelidad, dulzura y devoción, porque al hacerlo sirve al Señor mismo, de lo que tiene conciencia. Tendrá su recompensa allá donde no es olvidado nada de lo hecho para glorificar a Cristo, allá donde todos, amos y siervos, están ante Aquel que no hace acepción de personas.
Dos principios actúan en el corazón del siervo cristiano: en toda su conducta, su conciencia está ante Dios; el temor de Dios es el que le gobierna, y no el ojo de su amo; él tiene conciencia de su relación con Cristo, de la presencia de Cristo, quien le sostiene y le eleva por encima de todo. Es un secreto que nada puede quitarle, el cual lo domina todo, porque esta presencia está dentro de él, al mismo tiempo que en lo alto, en el cielo: Cristo en él, la esperanza de gloria. Sí, de qué manera admirable el conocimiento de Cristo eleva todo lo que él penetra, y de qué manera consoladora él desciende hasta todo aquel que está desolado, abatido, hasta todo aquel que suspira, hasta todo aquel que está humillado en este mundo de pecado.
Tres veces en estos dos versículos (v. 23-24) el apóstol, al colocar la conciencia de esos pobres siervos en la presencia de Dios, presenta al Señor, al Señor Jesucristo, para llenar de Él el corazón de ellos y hacerles sentir a quién servían.
¡Así es el cristianismo!
