Capítulo 2
Entonces este poder actuaba en la debilidad del apóstol, en un corazón humano que sentía como hombre –aunque según Dios– la necesidad de los hombres y las dificultades que se presentaban en el camino; y este poder era el fruto del amor de Dios. Quería que los colosenses comprendieran bien qué combate libraba en favor de ellos y de todos aquellos que nunca le habían visto (v. 1), a fin de que fueran alentados y unidos en amor; de manera que, con toda la riqueza de una plena seguridad, comprendieran el misterio de Dios (v. 2).
Unidos a la cabeza
El apóstol sentía que eso era lo que les faltaba, lo que sería un medio de bendición para ellos. Sabía que la unión con Cristo, conocida en el corazón, era lo que garantizaba contra las astucias del Enemigo, a las cuales los colosenses estaban expuestos; sabía cuál era el indecible precio de esta unión e incluso el de su realización por la fe. Él trabajaba, combatía en sus oraciones –pues ello es verdaderamente un combate– para que la plena conciencia de esta unión con la gloriosa Cabeza fuese hecha en sus corazones, de modo que el Cristo que está en lo alto estuviera en ellos por la fe. En el misterio estaban comprendidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Los fieles de Colosas no tenían por qué buscarlos en otra parte; la falsamente llamada Ciencia podía pretender proporcionarles grandezas intelectuales a las que no alcanzaba la sencillez de la doctrina de Cristo; pero, realmente, la sabiduría de Dios y la profundidad de sus designios dejaban esos nebulosos esfuerzos del espíritu humano a una distancia infinita; por eso ellas eran verdad, realidad, en lugar de ser sólo creaciones de la imaginación inspiradas por el Enemigo.
Por eso el apóstol había emitido esas maravillosas revelaciones de Dios en cuanto a la doble gloria de Cristo y en cuanto a Su persona. Hablaba a fin de que nadie engañase a los colosenses con palabras persuasivas (v. 4); se prevalía del orden que imperaba entre ellos, de su fe (v. 5), para ponerlos en guardia contra los peligros a que les habrían expuesto pensamientos deslizados en sus espíritus subrepticiamente, inadvertidamente, mientras todo iba bien y la conciencia de la fe permanecía aún sin ser alcanzada. Es lo que ocurre a menudo: uno tiene fe en Cristo, anda bien, y no advierte que ciertas ideas trastornan esa fe; uno admite esas ideas, manteniendo simultáneamente la profesión de fe, pero la fuerza de la verdad, la conciencia de la unión con Cristo y la sencillez que hay en Él se pierden. El Enemigo, en cierta medida, logra su propósito. Lo que se ha recibido no es el despliegue de Cristo, sino algo ajeno a Él.
Andar en el Señor
Por eso el apóstol dice: “De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados” (v. 6 y 7). Cuando se ha recibido a Cristo, todo el resto es sólo un despliegue de lo que Él es y de la gloria que los designios de Dios han relacionado con su persona. Los conocimientos –o pretendidos conocimientos– fuera de eso, no hacen más que desviarnos de Él, sustraer nuestros corazones de la influencia de su gloria, nos conducen a lo falso y colocan nuestras almas en relación con la creación sin Dios y sin poseer la clave de sus designios. De modo que, como el hombre es incapaz de sondear lo que existe y de darse cuenta de ello, sus esfuerzos para hacerlo le llevan a inventar una masa de ideas sin fundamento y a intentar llenar el vacío que hay en sus conocimientos –a causa de su ignorancia de Dios– con especulaciones en las que, como el hombre está alejado de Dios, sin que lo sospeche permite que Satanás desempeñe el papel principal.
El hombre, hijo de Adán, no es el centro del inmenso sistema de los propósitos de Dios. Fuera de Cristo, y sin Cristo, él no conoce ese centro; especula sin fundamento y sin fin para extraviarse cada vez más. Su conocimiento del bien y del mal, la energía de sus facultades morales, sólo le conducen a extraviarse más aun, porque aborda cuestiones más elevadas que las que tienen mero vínculo con el orden físico, las que producen en él la necesidad de conciliar principios aparentemente incompatibles que no se concilian sin Cristo. Por lo demás, la tendencia del hombre es siempre la de hacer de sí mismo –tal como es– el centro de todo, momento desde el cual todo es falso. Los cristianos, pues, deben andar con sencillez en las sendas del Señor como las han recibido, y sus progresos deben cumplirse en el conocimiento de Cristo, verdadero centro y plenitud de todas las cosas (v. 6).
El sistema pagano y el judaísmo
Cuando el hombre lo enfoca todo filosóficamente, la insuficiencia de sus propios recursos le pone siempre entre las manos de un conductor intelectual y de las tradiciones, y, cuando se trata de religión, se somete a tradiciones que desarrollan la religión de la carne y se adaptan a las fuerzas y a las tendencias de ésta.
En el tiempo en que el apóstol escribía, el judaísmo tenía las pretensiones más elevadas en ese género de religión. Se aliaba con especulaciones humanas y las adoptaba; incluso las procuraba asiduamente, ofreciendo al mismo tiempo pruebas del origen divino de ellas, las que hacían creíbles tanto la ausencia de las groserías de la mitología pagana como las necesidades que satisfacen la conciencia del hombre en cuanto a la existencia de un ser divino. Esta relativa pureza tendía a quitar, para los espíritus instruidos, lo que había de desagradable en el sistema pagano. El judaísmo, a causa de la muerte de Jesús, había perdido todo derecho a la pretensión de ser el verdadero culto de Dios, y así resultaba adecuado, por las ventajas que ofrecía en virtud de la pureza comparativa de sus dogmas, para servir de instrumento a Satanás en su oposición a la verdad. Ese culto siempre había estado adaptado a la carne y fundado sobre los elementos de este mundo, porque, cuando era reconocido por Dios, Dios probaba al hombre por ese medio en la posición en que se encontraba. Ahora Dios no estaba más en el judaísmo; los judíos, movidos por la envidia, impulsaban a los gentiles a la persecución, y el judaísmo se aliaba a las especulaciones paganas para corromper y minar al cristianismo y destruir su testimonio.
En principio, siempre es así. Por un tiempo, puede parecer que la carne menosprecia las tradiciones, pero lo que es puramente intelectual jamás se mantendrá en medio de la humanidad sin algo de religioso. La carne no tiene la verdad ni el mundo lo que pertenece a la fe; y, para la inmensa mayoría, hacen falta la superstición y las tradiciones, es decir, una religión que la carne pueda captar y que le venga bien. Dios aún puede conservar, por su poder, una parte de la verdad o dejar que todo se corrompa; pero, en uno u otro caso, la verdadera posición cristiana y la doctrina de la Iglesia están perdidas.
En el sistema gnóstico había muy bellas leyendas que contenían verdades parciales; pero los gnósticos habían perdido a Dios y a la verdad, como así también la realidad de la conciencia ante Dios.
Es posible encontrar Filosofía separada de la religión de la carne, y a esta separada de la Filosofía, pero en ese caso la Filosofía es impotente y atea, y la religión de la carne estrecha, legal, supersticiosa y, si le es posible, persecutoria.
Los rudimentos del mundo en oposición con Cristo
En nuestro capítulo vemos a la Filosofía y al vacío de la sabiduría humana reunidos con la tradición de los hombres, caracterizados como “los rudimentos del mundo”, en oposición a “Cristo”, pues nosotros tenemos un Cristo celestial que constituye un perfecto contraste con la carne en el hombre que vive en la tierra, un Cristo en el que se halla toda sabiduría, toda plenitud y la realidad de todo lo que la ley pretendía darnos –o que ella presentaba en figura– y, al mismo tiempo, tenemos una respuesta a todas nuestras necesidades. Es lo que el apóstol despliega aquí, mostrando la muerte y la resurrección con Cristo como el medio para participar de ello.
Y primeramente, “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (v. 9). En lugar de las nebulosas especulaciones de hombres y de los fantásticos eonesa, tenemos la plenitud de Dios, corporalmente, en un verdadero cuerpo humano –y de tal modo eficaz para nosotros– en la persona de Jesucristo. En segundo lugar, estamos “completos en él”, es decir, no tenemos necesidad de nada que esté fuera de Cristo. Estas expresiones se relacionan con el doble carácter de Cristo ya considerado en el capítulo 1. Nos presentan lo que tenemos en Cristo de manera positiva, así como lo que sigue se aplica a todo lo que aquí abajo puede impedirnos que gocemos de ello. En Cristo está la plenitud de la Deidad, también objeto de nuestras delicias, pues en Él lo poseemos todo. Asimismo tenemos en Él una posición por encima de toda criatura conforme a la perfección que le colocó en tal posición suprema. Estamos completos (plenos) en Él, quien es la Cabeza de todo principado y autoridad. En cuanto a la fraseología, el reemplazo de una palabra por otra –la que, sin embargo, no es mejor en sí misma– permite captar el pensamiento del apóstol: en Él habita toda la perfección de la Deidad corporalmente, y nosotros estamos completos en Él.
- a"Eón": En el gnosticismo, inteligencia eterna emanada de la divinidad suprema. (N. d. E)
Perfección y plenitud en Dios
Por un lado, tenemos en Él a Dios perfectamente presentado en toda su plenitud; por otro, poseemos en Él la perfección, y la tenemos completamente ante Dios, de manera que nada nos falta en cuanto a nuestra posición ante Dios. ¡Qué verdad! ¡Qué posición! Dios, en su perfecta plenitud, en Cristo hombre; nosotros en Él ante Dios en la perfección de lo que Él es; en Él, Cabeza de todos los principados y autoridades ante los cuales el hombre, en su ignorancia, estaría dispuesto a doblar sus rodillas. Nosotros en Él, en quien, como persona, habita la plenitud de la Deidad; en Él, quien, en cuanto a su posición y a sus derechos como hombre elevado a lo sumo, está por encima de toda autoridad y principado.
A continuación el apóstol entra en detalles de aplicación para demostrar que los fieles lo tienen todo en Cristo, considerado en la posición que había tomado, sin tener nada que buscar aquí abajo. La circuncisión, signo divino del pacto de Dios con los judíos y del despojamiento de la carne, exigido para formar parte del pueblo de Dios, tenía su concreción en Él. Los cristianos, hechos partícipes de la eficacia de su muerte por el poder de la vida que hay en Él, y que es la de ellos, se consideran muertos y por la fe se han despojado del cuerpo del pecado. Es la verdadera circuncisión de Cristo, no hecha a mano. La circuncisión hecha a mano no era más que el signo de ese despojamiento del cuerpo de carne, que es el privilegio del cristiano en Cristo. Al tener una nueva vida en Cristo, se ha despojado eficazmente del viejo hombre.
Sepultados y resucitados con Cristo
Somos sepultados con Cristo por el bautismo (pues éste es el significado de tal ceremonia), en el cual también somos resucitados con Él, por la fe en esta operación del poder de Dios, mediante la cual Él fue resucitado de entre los muertos. El bautismo era el signo y la expresión de ello; la fe en la operación de Dios que le resucitó, el medio por el cual se efectúa en nosotros esta maravillosa resurrección con Cristo para entrar en un nuevo estado y una nueva escena. Algunos no relacionan el término “resucitados” con el bautismo. En este caso, me parece que el pasaje debe leerse: «En quien fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, con el despojamiento de la carne por la circuncisión de Cristo, habiendo sido sepultados con él en el bautismo, en quien también fuisteis resucitados juntos (en el sentido de: con Cristo) mediante la fe», etc. El bautismo significa claramente la muerte; y no es el hecho de ser bautizado, sino el de salir del agua, lo que puede aplicarse a la resurrección. El sentido del bautismo, incluso como figura, no es de ningún modo el don de la vida, sino el hecho de dejar la vida de Adán mediante la muerte (la muerte de Cristo) y de entrar por esa puerta en una posición enteramente nueva.
El bautismo era también el signo de la preciosa participación en la muerte de Aquel que lo cumplió todo por nosotros. Y cuando digo «la fe», me refiero al poder del Espíritu de Dios obrando en nosotros. Pero es el propio poder de Dios, tal como obró en Cristo, el que actúa en nosotros para darnos la nueva posición en la vida. Esta vida, considerada en relación con nuestra resurrección con Cristo, implica, por el hecho mismo de recibirla, que somos perdonados perfectamente y para siempre. Estábamos muertos bajo el peso de nuestros pecados y muertos en ellos, pero Cristo se colocó bajo ese peso y murió por nosotros, cumpliendo así la obra que quitó nuestros pecados por el hecho de haber descendido a la muerte. Nosotros, como resucitados con Él, en calidad de partícipes de la vida de la que Él goza como resucitado de entre los muertos, hemos dejado –como Él y con Él– todo ese peso de pecados y condenación detrás de nosotros, con la muerte de la que hemos sido librados. Por eso dice el apóstol: “perdonándoos todos los pecados”.
Al resucitar, Cristo dejó tras sí la muerte y el peso de la condenación bajo el cual estábamos. Y nosotros también hemos resucitado con Él. Es evidente que Dios, al resucitarnos así del estado en que estábamos, no nos resucitó para condenarnos o dejarnos bajo una condenación ligada a esta nueva vida que es el propio Cristo, pues Él ya había soportado la condenación, satisfecho la justicia de Dios y abolido el pecado en su muerte antes de comunicarnos la vida. Dios nos hace salir de la muerte y la condenación, con Cristo, quien la soportó por nosotros. Pero esto se relaciona con otro aspecto de esta obra de gracia de la cual se habla aquí, como así también en la epístola a los Efesios e incluso en Juan 5 y 2 Corintios 5. Aquel que está vivo en los pecados está, ante Dios, muerto en los pecados. Si lo considero como vivo en los pecados, es preciso que intervenga la muerte, y ella intervino en la cruz (ver Romanos 6). Este aspecto no es considerado en Efesios; únicamente la muerte es considerada en Romanos; y en Colosenses son consideradas la muerte y la resurrección en Cristo, a lo cual ya nos hemos referido. Esto no se trata en Efesios; allí somos considerados como muertos en nuestros pecados, muertos ante Dios, y todo lo que hay de bueno es una nueva creación conforme a los designios de Dios. Fuimos vivificados junto con Cristo cuando estábamos muertos en nuestros pecados. Esto es presentado también en Colosenses, pero no es mencionado como una nueva creación. Sin embargo, en las dos epístolas hay una nueva vida dada cuando estábamos muertos, sólo que en Efesios se comienza por esta vida en Cristo resucitado y exaltado y por el mismo poder en nosotros. En Colosenses, ella es presentada como complemento de la enseñanza sobre la administración de esta doctrina de nuestra muerte en el bautismo y de nuestra resurrección por la fe en la operación de Dios en Cristo. En Efesios, la gracia nos encuentra muertos y nos vivifica con Cristo. En Colosenses, ella nos encuentra vivos en nuestros pecados, introduce la muerte y la resurrección y completa esta obra vivificándonos con Cristo.
Asimismo, todas las ordenanzas, las cuales pertenecían a los rudimentos de este mundo y se aplicaban al hombre en la carne, pesando como un yugo insoportable sobre los judíos (ordenanzas a las cuales ellos querían someter a los demás), esas ordenanzas –que colocaban a la conciencia bajo el continuo peso de un servicio no cumplido por el hombre, de una justicia no satisfecha en Dios– estaban borradas. El judío, en esas ordenanzas, había puesto –por así decirlo– su firma a su culpabilidad; pero la obligación fue destruida y clavada en la cruz de Cristo. Nos es dada la libertad, así como la vida y el perdón.
Peligros que pueden quitar el gozo
Pero eso no es todo. Teníamos en contra la fuerza de los principados y las autoridades, el poder espiritual de maldad, y Cristo los venció y despojó en la cruz, triunfando sobre ellos. Él puso a un lado todo lo que estaba contra nosotros, a fin de introducirnos, perfectamente liberados de todo, en nuestra nueva posición. Aquí se observará que el apóstol, en lo que dice acerca de la obra de Cristo, no va más allá de lo que Cristo hizo para liberarnos y colocarnos en lugares celestiales. En el versículo 10 habla de los derechos de Cristo, pero no como de quien está sentado en lugares celestiales ni como habiendo conducido cautivos a los enemigos; no nos ve sentados en Él en lugares celestiales. Cristo hizo todo lo necesario para introducirnos allí, pero los colosenses son considerados como quienes están en la tierra, aunque resucitados, y cuando menos como en peligro de perder el sentimiento de su posición resultante de estar unidos a Cristo, como también en peligro de recaer bajo los rudimentos del mundo y de la carne, del hombre que vive en la carne, que no está ni muerto ni resucitado con Cristo. El apóstol procura hacerles volver mostrándoles cómo Cristo había cumplido todo lo que se exigía y había quitado del camino todo lo que le impedía conseguirlo, pero no puede hablarles de la posición misma, pues los colosenses no estaban en ella de una manera consciente. En las cosas de Dios, no se comprende una posición sin estar en ella. Dios puede revelarla y mostrarnos el camino hacia ella. El apóstol lo hace aquí con respecto a lo que atañe a la persona de Cristo, lo único que podía hacer volver a los colosenses. Al mismo tiempo despliega la eficacia de Su obra para liberar a los santos de las ligaduras que les sujetaban y mostrarles que todo obstáculo quedaba quitado. Pero, en detalle, está obligado a aplicar su doctrina a los peligros a que estaban expuestos los colosenses, más bien que a exponer los gloriosos efectos en el cielo.
No debemos dar homenaje a los ángeles
Las ordenanzas judías sólo eran sombras; Cristo era el cuerpo (v. 17). Al presentar a los ángeles como objeto de homenaje y colocarlos así entre Cristo y ellos, se separaba a los miembros del cuerpo de la Cabeza que estaba por encima de todo principado. La sencillez de la fe cristiana se asía de la Cabeza, de la cual todo el cuerpo extraía directamente su alimento y así crecía con el crecimiento que da Dios. Podía parecer que era humildad colocarse así en relación con los ángeles, como seres superiores y eminentes, quienes podían servir como mediadores; pero en tal aparente humildad había dos vicios de un inmenso alcance:
Era un verdadero orgullo la pretensión de penetrar en los secretos del cielo, del cual no se sabe nada. ¿Qué sabían de una posición de los ángeles que hiciera de éstos un objeto desemejante homenaje? Era una pretensión subir al cielo para medir por sí mismos su relación con las criaturas de Dios sin contar con Cristo y colocarse incluso a su gusto en relación con ellas.
Era negar su unión con Cristo. Si eran uno con Él, nada podía haber entre ellos y Él; si lo había, estaban muertos y dos veces muertos. Además, merced a su unión con Cristo, eran uno con Él, quien está por encima de los ángeles. Unidos con Él, recibían, como lo hemos visto, la comunicación –por medio de todos los miembros del cuerpo– de los tesoros de gracia y de vida que estaban en la Cabeza. Los lazos mutuos entre los miembros del cuerpo mismo resultaban, por consiguiente, fortalecidos, de modo que el cuerpo podía crecer.
Muerte a las ordenanzas y al ascetismo
De la doctrina según la cual ellos estaban muertos y resucitados con Cristo se extraen dos aplicaciones (2:20). El apóstol aplica el principio de la muerte a todas las ordenanzas y al ascetismo que trataba al cuerpo como algo vil en sí mismo, todo lo cual debía ser rechazado. En el capítulo 3, versículo 3, Pablo emplea la resurrección para elevar los corazones de los colosenses a una esfera más eminente y llevarles a Cristo impulsándolos a mirar a lo alto, estando muertos en cuanto al viejo hombre.
Estas aplicaciones son la consecuencia del capítulo 2:11 y 12. Es conveniente destacar que la epístola a los Romanos, desde el capítulo 5:12, trata de la muerte al pecado, en la cual el hombre, como hijo de Adán, estaba permaneciendo. En Efesios el hombre es considerado como muerto en sus pecados ante Dios. Colosenses trata los dos temas; el capítulo 2:11-12 añade la resurrección con Cristo. El versículo 13 continúa la doctrina de Efesios. El capítulo 2:20 y el 3:1 son la prosecución del capítulo 2:11-12 y nos presentan las exhortaciones relativas al hecho de que el creyente se despojó del viejo hombre y se vistió del nuevo.
Para hacer más claras estas instrucciones mostrando su continuación, podemos destacar que el apóstol señala el contraste que hay entre Cristo y el doble peligro que constituyen la Filosofía y las tradiciones humanas (2:3; ver los versículos 9 a 15). Si bien nos identifica con Cristo, él habla más bien del alcance de la obra del propio Cristo que de esta identificación. En los versículos 16 a 19 se aplica esta obra:
1) en el versículo 16, a la sujeción a las ordenanzas, es decir, al lado judío del peligro que ellas implican;
2) en el versículo 18, a la filosofía gnósticaa que se vinculaba al judaísmo (o a la que se aliaba el judaísmo) en el seno del cual ella se reproducía bajo nueva forma.
Desde el versículo 20, el apóstol aplica nuestra muerte y nuestra resurrección con Cristo a los principios de los que acabamos de hablar o a la liberación de los colosenses por medio de la exhortación a elevar sus pensamientos a lo alto.
- aSi bien esta palabra tiene la apariencia del saber y tal vez no parece bíblica, no es así. "La falsamente llamada ciencia", de la cual el apóstol habla en 1 Timoteo 6:20, es llamada en griego «gnósis», de donde proviene el nombre de «gnóstica» que se ha dado a esta filosofía presuntuosa y corruptora, como así también el nombre de «gnósticos» que se ha dado a sus seguidores. Ese sistema desempeña un inmenso papel en la historia de la Iglesia, tema con el cual nada tengo que hacer aquí; pero esos principios se vuelven a encontrar constantemente en el Nuevo Testamento, enunciados por los apóstoles para combatirlos. Los judíos se habían dejado llevar considerablemente a creer en la mediación de los ángeles, aunque no exactamente bajo la misma forma que la filosofía gnóstica.
La actividad del ministerio de iniquidad
Pero los colosenses no eran los únicos que corrían este peligro. En el fondo, esos mismos principios han sido la ruina de la Iglesia en todos los tiempos, a saber, el misterio de iniquidad que tanto maduró desde entonces y ha producido efectos tan variados, con modificaciones muy diversas como resultado de otros principios que también han actuado, y esto bajo la soberana providencia de Dios. Este misterio de iniquidad estaba activo en el tiempo de los apóstoles. Pablo lo resistió con la energía del Espíritu Santo. Después de su partida, este poder fracasó. La Iglesia histórica jamás tuvo los dos grandes principios fundamentales del cristianismo: la perfección en Cristo (“con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre” - Hebreos 10:14) y la presencia y el poder director del Espíritu Santo aquí abajo. Estos principios fueron suplantados por los sacramentos y el clero.
En los versículos que siguen veremos el principio profundo, sencillo y decisivo que se encuentra comprendido en el razonamiento del apóstol sobre la cuestión que nos ocupa. Los versículos ya citados, hasta el 20, habían juzgado a todo ese sistema judeo-filosófico desde el punto de vista de la obra de Cristo y de su resurrección, como también de la unión de los creyentes con Él en su posición celestial.
Lo que sigue juzga a ese mismo sistema según nuestra posición actual. Los versículos que preceden al versículo 20 habían demostrado que el sistema era falso, puesto que Cristo y su obra eran tal como son descritos en esos versículos. Lo que vamos a estudiar muestra que ese sistema es absurdo y no puede sernos aplicado de ninguna manera a causa de nuestra posición. Por una parte, es falso y nulo en todas sus partes si Cristo es verdadero y está en el cielo. Por otra parte, el sistema es absurdo en su aplicación a nosotros, si somos cristianos. Veamos porqué. Ese sistema supone la obtención en este mundo de la vida y de relaciones con Dios, relaciones que tendrían su fundamento en esta vida mediante la pretensión de mortificar la carne; y, sin embargo, ese sistema se dirige a personas que, por la fe, han muerto. Somos –dice el apóstol– muertos en cuanto a los rudimentos de este mundo, a los principios según los cuales la vida de este mundo se dirige. ¿Por qué, pues, como si aún viviéramos en este mundo, como si todavía tuviéramos vida en este mundo, nos sujetamos a ordenanzas que se dirigen a esta vida y la suponen, a ordenanzas que se refieren a cosas que perecen en tanto nos valemos de ellas y que no tienen ninguna relación con lo que es celestial y eterno? Ellas tienen, es cierto, una apariencia de humildad y desprendimiento –por lo que concierne al cuerpo–, pero no tienen relación con el cielo, esfera de la nueva vida, de todos sus motivos y de todo su desarrollo. Además, ellas no reconocen la honra de la criatura como algo salido de la mano de Dios y que, como tal, tiene siempre su propio lugar y su propia honra. Ellas colocan al hombre en la carne y bajo la carne, ya que pretenden liberarle de la carne, y separan al cristiano de Cristo al colocar a los ángeles entre el alma, su posición y su bendición celestiales, mientras que nosotros estamos unidos a Cristo, quien está por encima de todas esas potestades y nosotros estamos en Él. Esas ordenanzas se referían a cosas puramente corruptibles; no se vinculaban a la nueva vida, sino al hombre viviendo su vida carnal en la tierra, vida a la cual el cristiano está moralmente muerto. Y, por lo que concierne a esta vida, ellas no reconocían al cuerpo como criatura de Dios, como debería ser.
De modo que ese sistema de ordenanzas no poseía a Cristo. Ese sistema se vinculaba con el orgullo que pretendía penetrar en el cielo para ponerse en relación con seres a los que no se les conoce como para poder mantener alguna relación con ellos, orgullo que, al obrar así, se separaba de la Cabeza, de Cristo, y negaba toda relación con la fuente de la vida y la única verdadera posición del alma ante Dios. Ese sistema falseaba igualmente la posición del cristiano en la tierra al tratarle como viviendo la vida del viejo hombre, mientras que el cristiano está muerto. Tal sistema, además, deshonraba a la criatura como tal en lugar de reconocerla como salida de la mano de Dios.
Lo que era un peligro para los cristianos del tiempo del apóstol caracteriza a la cristiandad del tiempo en que vivimos.
De manera que la posición del cristiano es considerada aquí, pero aplicando la verdad de esta posición más bien a alejar los peligros que a presentar los privilegios celestiales del cristiano. Pero así la gracia nos ha provisto de todo lo que nuestras almas tienen necesidad. Ella se extiende sobre nuestros privilegios sirviéndose de la fe de algunos; ella nos proporciona advertencias e instrucciones inapreciables aprovechando las faltas de otros.
