Rut
Rut

H.L. Heijkoop - 1999

En la confusión que reinaba en Israel en el tiempo de los Jueces, vemos cómo Dios actúa para cambiar la prueba de Noemí y de Rut en bendición, y esto por medio de Boaz. Boaz representa a Cristo que, por su obra, redime a todos los que se reconocen indignos de semejante amor.

Pedir en la tienda

Capítulo 4

“Booz subió a la puerta y se sentó allí; y he aquí pasaba aquel pariente de quien Booz había hablado, y le dijo: Eh, fulano, ven acá y siéntate. Y él vino y se sentó. Entonces él tomó a diez varones de los ancianos de la ciudad, y dijo: Sentaos aquí. Y ellos se sentaron” (v. 1-2).

La ciudad de Dios (Salmo 87:3) es el sitio donde mora Dios. No es exactamente el mismo pensamiento que el templo de Dios. Dios mora en el templo, y este templo está en la ciudad de Dios. Pero en la ciudad viven también todos los que moran con Él, los que están reunidos en torno a la casa de Dios. Allí encontramos toda la vida, con todo lo que hacen, de aquellos que viven en la presencia de Dios.

En la ciudad se hallan las sillas del juicio (Salmo 122:5); “jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará… los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio” (Deuteronomio 16:18). Por eso creo que donde en las Escrituras se habla de la ciudad de la “ciudad”, vemos a la iglesia en su carácter administrativo y gubernamental sobre la tierra, como lo encontramos representado a la perfección en la santa ciudad de Jerusalén, descendiendo del cielo, de Dios (Apocalipsis 21:9 y sig.); la iglesia glorificada en el milenio. Allí vemos presentare este carácter, entre otras cosas, en el repetido uso de la cifra 12 (doce es la cifra de la soberanía ejercida, como, por ejemplo, se ejercía por el Señor en medio de Israel).

Allí es adónde va Booz cuando quiere terminar definitivamente con el asunto de Rut. Ahora lo puede hacer, ya que esta le ha entregado todo el asunto a él y ella misma se mantiene quieta. Pero lo hace en la puerta de la ciudad en relación con los ancianos de la ciudad. Y él sube a la puerta, porque es un lugar elevado. No lo mismo que la era, hacia la cual es preciso bajar.

De esto podemos aprender mucho. Booz no llevó el asunto de Rut directamente a la puerta, cuando por primera vez trató con ella, sino que esperó hasta que ella estuviera lista para recibir de él seis medidas (cap. 3:15), por haber estado sentada mucho tiempo a sus pies en el lugar de la muerte. Cuánto daño se ha causado ya, cuánta molestia y disgusto se ha ocasionado por llevar un asunto al círculo de los hermanos antes de haber terminado personalmente con él; un asunto de un hermano al que solo se había dado una medida, para mantenernos en el lenguaje de Rut. Y por otra parte: por mucho que, por la gracia de Dios, podamos ayudar a un alma personalmente, el último paso para la plena bendición aquí en la tierra solamente lo podemos dar cuando vamos a la ciudad, cuando llevamos el asunto ante un testimonio local como el cuerpo que dirige las cosas espirituales sobre la tierra, con una disposición espiritual, según los pensamientos de Dios.

Pero aunque Booz lleva el asunto a la puerta y trata el mismo allí en medio de los ancianos, él habla con autoridad y él indica cómo se ha de obrar. Aunque el Señor ha colocado las sillas del juicio en medio de los dos o tres que se reúnen hacia su nombre (Mateo 18:17-20; 1 Corintios 5:4, 13), Él solo tiene la autoridad entre ellos; es la autoridad del Señor en medio de los dos o tres. Nuestra actitud solo puede ser como la de los diez ancianos: escucharle a Él y confirmar su conclusión y testificar de ella (v. 11).

Entonces pasa el redentor del cual había hablado Booz. Hasta ahora aquel no ha mostrado ningún interés por Noemí o Rut, y tampoco ahora lo hace: Booz tiene que llamarle para que se ocupe del asunto.

Pero ¿acaso puede haber otro redentor que no sea nuestro Booz? ¿Puede un hombre pecador hallar redención fuera de la incondicional gracia de Dios y de la obra del Señor Jesús en la cruz? ¡Teóricamente, sí! Dice Romanos 2:6-7 que Dios da vida eterna a quienes, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad. Y Ezequiel 18:20-28 nos enseña que esto también es verdad para el que primero vivía en la impiedad. 

¡Eso no es el evangelio de gracia! Aquí no se habla de salvación con base en la fe, la buena noticia del cristianismo. Es la salvación por las obras. Es la ley vinculada con gracia, tal como fue dada a Israel por Dios, después del becerro de oro y del despedazamiento de las primeras tablas de piedra por Moisés. Aunque relacionada con la misericordia, es una salvación con base en las obras y como tal está en completa oposición con el evangelio: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (Romanos 11:6).

Por cierto, la ley solo se dio a Israel. Nadie fuera de Israel jamás fue colocado por Dios bajo la ley. Pero el principio de la responsabilidad vale para todo hombre natural, y ¿dónde se hallará la medida de la responsabilidad más claramente que precisamente en la ley? Y la misericordia de Dios hacia hombres culpables y responsables iba tan lejos, que si un pecador se convirtiera y desde entonces guardase los preceptos de Dios, haciendo según el derecho y la justicia, Dios ya no recordaría sus transgresiones. Si en el hombre hubiera alguna fuerza para hacer el bien, la ley podría librarle del juicio de Dios (Ezequiel 18:21-22). Allí tenemos al primer redentor.

Por desgracia, el hombre no tiene fuerzas. Pero no hay nada que su orgulloso corazón pueda aceptar con mayor dificultad que esto: que solo puede salvarse por gracia, que no precisa de la ley sino únicamente de Cristo. Por eso Dios primer tuvo que dar la ley para mostrar que “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:10). Solo cuando la ley hubo demostrado su impotencia para salvar, vino la gracia en la persona del Hijo de Dios. “La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

¿No es esta también la historia de cada alma convertida? Cuando vio su pecado echó mano de la ley para librarse de su poder. Romanos 7 nos pina esta terrible lucha. Y Dios permite esto, incluso guía al alma a esta lucha desesperada, para que se haga consciente de su estado de completa perdición y clame: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Ya no pregunta: “¿Qué me salvará?” sino “¿Quién?”. Ve que una Persona tiene que libertarla, si quiere ser redimida. Y entonces Dios le presenta al único Redentor: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.

Aquí vemos en Rut, que Booz toma el asunto en las manos. Llama al redentor más cercano, para mostrar que este no puede redimir. Booz tiene un amoroso interés por Ruy y Noemí, pero el otro no. Este hasta ahora no se ha preocupado por ellas y aun ahora no lo hace, hasta que Booz le hace venir. El Señor Jesús se entregó a sí mismo por amor a nosotros, su iglesia, para unirla a Él. La ley no tiene amor, y por eso tampoco es la revelación de Aquel que es amor (1 Juan 4:8, 16).

Pero también la verdad vino por Jesucristo. La gracia nunca puede obrar en contradicción con la justicia. Por eso Booz toma diez hombres de los ancianos de la ciudad, para que fuesen testigos. Los diez mandamientos, el núcleo de la ley, testificarán de que la ley no puede ser redentor. Cuán pronta y claramente quedaría resuelta la cuestión de Romanos 7 en cada alma si estos diez, y solo estos diez, fueran los testigos continuos. Cuán pronto vería un alma que está en el poder del pecado (su vieja naturaleza) sin esperanza de redención, si tan solo colocase ante su vista los diez mandamientos. Pero como Dios es lleno de gracia y de misericordia, ella generalmente comete el error de creer que Dios no insistirá de modo absoluto en las santas exigencias de la ley, sino que se contentará con una medida inferior. Pero, aunque la gracia y la misericordia de Dios son infinitas y aunque Él en su bondad es inconcebiblemente paciente, no puede rebajar sus santas exigencias. No puede negarse a sí mismo.

“Luego dijo al pariente: Noemí, que ha vuelto del campo de Moab, vende una parte de las tierras que tuvo nuestro hermano Elimelec. Y yo decidí hacértelo saber, y decirte que la compres en presencia de los que están aquí sentados, y de los ancianos de mi pueblo. Si tú quieres redimir, redime; y si no quieres redimir, decláramelo para que yo lo sepa; porque no hay otro que redima sino tú y yo después de ti. Y él respondió: Yo redimiré” (v. 3-4).

Antes de poder efectuarse la redención, había que contestar tres preguntas.

1. ¿Había algún redentor que tenía el derecho de redimir? Podía ser una persona inmensamente rica y tener la mayor simpatía hacia Noemí; pero si o era pariente, no podía redimir. Por eso el Señor Jesús tuvo que participar de carne y de sangre para poder ser Redentor (Hebreos 2:14). Solo podía serlo como hombre (1 Timoteo 2:5-6). Dios mismo, sin embargo, había constituido la ley como primer redentor, como lo vimos en el versículo 2. “Más lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual” (1 Corintios 15:46).

2. Este redentor ¿tenía medios para redimir? Booz podía haber tenido el derecho y también la buena disposición para redimir; pero si no hubiese podido pagar el precio, de nada habría valido. La ley podía redimir la heredad (v. 5), pero no estaba en condiciones de redimir al heredero (v. 6). Pero Booz era un hombre “poderoso en riquezas” (cap. 2:1). Él podía pagar el precio. El precio que el Señor tuvo que pagar por la redención fue indeciblemente alto, porque “ninguno de ellos (los ricos de la tierra) podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)” (Salmo 49:7-8). Pero “conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Pero vemos en Mateo 13:36 cuál fue el precio que pagó. Vendió todo lo que tenía. Se despojó a sí mismo (Filipenses 2:6-8); después abandonó su posición como Hijo del Hombre; se desprendió (dicho con mucho cuidado) de su santidad, al llevar nuestros pecados en su cuerpo y ser hecho pecado por nosotros; perdió por eso su comunión con Dios; y al fin entregó su vida. De hecho, vendió todo lo que tenía para redimir a la iglesia. ¡Qué Salvador!

3. El redentor ¿estaba dispuesto a redimir? Si Booz hubiera tenido tanto el derecho como los medios para redimir y no estuviese dispuesto a hacerlo ningún poder del mundo habría podido obligarle a redimir a la pobre Rut y la heredad. ¡Por eso las Escrituras hablan tanto del amor de Cristo! No era solamente la simpatía o compasión de Cristo lo que le llevó a redimirnos, sino su amor. Su amor fue capaz de vencerlo todo, incluso a la muerte bajo el juicio de un santo Dios que no podía dejar sin castigo al pecado (Cantares 8:6-7). La ley desconoce el amor, solo conoce la justicia, y por eso no está dispuesta a redimir.

Según el texto masoreta, Noemí ya había vendido la tierra. No obstante, los más de los traductores escriben “Noemí… vende” (tiempo presente), ya que por ejemplo los versículos 5 y 9. Eso es muy posible, puesto que en el hebreo la diferencia estriba en una sola vocal (makera o mokera), y sabemos que originalmente solo se escribía en consonantes y las vocales se agregaron algunos siglos más tarde. En lo que atañe al significado espiritual, las dos maneras son correctas.

La iglesia romana en la edad media (Tiatira), desde hacía largo tiempo había vendido el carácter celestial de la iglesia por una posición dominante sobre la tierra. Sin embargo retuvo la verdad (aunque muy desnaturalizada) de la única iglesia. En esto incluso fue más allá de las Escrituras, por su enseñanza de que fuera de la iglesia no hay salvación. Para ella todo es en común y no hay nada personal. Sin embargo, por grande que sea el sitio que ocupa la iglesia en las Escrituras, también hay muchas cosas personales. Cada uno ha de convertirse personalmente, tener paz para con Dios, recibir el Espíritu Santo, reconocer la autoridad del Señor de modo práctico en su vida. La iglesia está fuera de estas cosas. La iglesia no conoce al Señor como Señor, sino como cabeza. Y solo después de que uno haya sido convertido, tenga paz para con Dios y esté sellado con el Espíritu Santo, viene a ser miembro del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13).

Como reacción a la doctrina romana, el protestantismo (Sardis) desechó casi todo lo común e hizo todo personal. No solo que cada uno había de creer personalmente, sino también en lo que se refiere a la iglesia, formaron muchos grupos (congregaciones), y cada uno se unía al grupo de su elección, en donde encontraba personas que pensaban de igual manera que él o que vivían en la misma tierra o la misma provincia.

En efecto, Noemí había vendido la tierra de Elimelec, la tierra en donde se mantenían los derechos del Señor (Elimelec: mi Dios es rey), y la sigue vendiendo. El verdadero punto de vista cristiano ya no se conocía (Apocalipsis 3:1-2) y la verdad de la única iglesia del Dios viviente fue rechazada. La posición cristiana quedó relegada a la de un judío bajo la ley, de suerte que los que se llamaban cristianos, prácticamente ya no tenían ni una sola característica del cristianismo y tuvieron que ser llamados por Dios “muertos”. Y la división entre los creyentes, que la Palabra de Dios llama carnal, del viejo hombre (1 Corintios 1:10-13; 3:3-5), se presentó como algo bueno, por ejemplo: “Las diversas iglesias reflejan cada una algo de la gloria de Dios, porque una sola iglesia no lo puede hacer”, o “son como los radios de una rueda, todos unidos en el punto central”.

La ley, el principio de la responsabilidad, puede redimir la heredad y también quiere hacerlo. Puede presentar la verdad de Dios a las conciencias y exigir que sea mantenida. Puede advertir a las almas convertidas que no deben ser esclavas del pecado sino que han de estar firmes en la libertad (Gálatas 5:1). Puede decirles que en Cristo han sido sentadas en los lugares celestiales y que tienen que realizar esto de modo práctico. Pero, ¿cómo puede alguien que se ha colocado bajo la ley, aunque haya nacido de nuevo, estar firme en la , libertad, si la posición de los que están bajo la ley es la de esclavos (Gálatas 3:23-4:7)? ¿Cómo puede uno que ocupa el sitio de un hombre viviente y natural (pues ese es el sitio del hombre bajo la ley: Romanos 7:1-6), vivir en la práctica como una persona resucitada que ha sido sentada en los lugares celestiales (Efesios 2:5-6)? ¿Cómo puede un esclavo del pecado (Romanos 7:23), que en realidad no pertenece a la iglesia del Dios viviente porque no ha sido aún sellado por el Espíritu Santo, ocupar en la práctica un sitio como miembro del cuerpo de Cristo, aun cuando se llamara mil veces un cristiano? No solo ha de redimirse la heredad, sino también al heredero. Eso se presenta en los siguientes versículos.

“Entonces replicó Booz: Él mismo día que compres las tierras de mano de Noemí, debes tomar también a Rut la moabita, mujer del difunto, para que restaures el nombre del muerto sobre su posesión. Y respondió el pariente: No puedo redimir para mí, no sea que dañe mi heredad. Redime tú, usando de mi derecho, porque yo no podré redimir” (v. 5-6).

Aquí llegamos al fondo del asunto. No se trata solamente de la heredad, sino que ha venir un heredad, sino que ha de venir un heredero. El propietario legal, a quien Dios la había dado en préstamo (Levítico 25:23; Apocalipsis 2:5), había muerto (Levítico 25:23; Apocalipsis 2:5), había muerto (Apocalipsis 3:1). La única por medio de que podría venir un heredero, es Rut la moabita. ¿Cómo puede la ley relacionarse con Rut? La misma ley había dicho que ningún moabita hasta la décima generación podía entrar en la congregación de Jehová. Un casamiento entre este redentor y Rut estropearía su propia heredad. Si la ley hacía impotentes sus propias ordenanzas, ¿dónde quedarán sus fuerzas y su autoridad?

En las Escrituras encontramos dos grandes líneas: la línea de la responsabilidad y la línea de la gracia. Nunca la Palabra de Dios junta estas dos cosas. Nosotros sí lo hacemos a menudo, y los resultados más fatales han procedido de ello. Cuando las Escrituras hablan de gracia, todo es seguro y firme, puesto que allí todo es la obra del Señor. “Verán a Dios en Sion” (Salmo 84:7). Pero tan pronto como se trata de la responsabilidad, encontramos el fallar del hombre. Adán transgredió el único mandamiento que Dios le había dado. Israel quebrantó la ley, por la cual estaba separado de todos los demás pueblos y por la cual hubiese podido poseer de manera duradera las bendiciones de Dios. La iglesia dejó su primer amor y se corrompió de tal forma que el Señor tiene que anunciar el juicio a Tiatira. Y cuando Dios después de eso da a un remanente un nuevo sitio como testimonio –en la Reforma–, pronto tiene que decirle: Tienes nombre de que vives, y estás muerto.

En Apocalipsis 2 y 3 hallamos representada proféticamente a la iglesia como cuerpo responsable sobre la tierra. Aquel que anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho (Isaías 46:10), ha expuesto de antemano a Israel cuál sería su historia (Deuteronomio 31:16; 32:43); y de la misma forma a la iglesia.

Las tres primeras iglesias (Éfeso, Esmirna y Pérgamo) llevan el carácter de la Iglesia como conjunto; representan en tres períodos consecutivos a la iglesia en su totalidad: la época en la que se recibió la revelación, las persecuciones después de eso y el tiempo cuando la cristiandad se hallaba bajo la protección de los emperadores romanos. A estas tres, el Señor se presenta con las características con las que se le ve en Apocalipsis 1 en medio de los candelabros. En el caso de las últimas tres ello no es así. Allí tampoco se hace distinción entre el ángel y la iglesia, como en el caso de las primeras tres. Tiatira (el sistema papal) lleva un carácter mixto. Al principio muestra –como sucesor d Pérgamo– un carácter de conjunto, porque allí representa a toda la Iglesia. Sin embargo, cuando la corrupción llega a ser tan grande que el Señor ya no puede aguantarla, Tiatira es puesta a un lado, sin transformarse, no obstante, en la iglesia siguiente, como las primeras tres. El Señor puso a un lado a la iglesia romana y obró por medio de la Reforma algo nuevo, que sin embargo había de coexistir al lado de la iglesia romana y por lo tanto no representa a toda la Iglesia. Por eso Sardis (como también Filadelfia y Laodicea) lleva más bien el carácter de testimonio.

Pero luego vemos que Sardis también se corrompe. No encontramos el gran mal evidente por el cual se pone a un lado a Tiatira. El mal es más bien negativo: la carencia de vida, el olvido de lo que una vez se había recibido y oído. En cuanto se refiere a la responsabilidad, la iglesia lo ha estropeado todo. ¿Qué puede hacer ahora el principio de la responsabilidad, representado por el primer redentor? Lo único es el juicio y una puesta a un lado de Sardis también. El principio de la responsabilidad no puede despertar vida de la muerte. ¡No puede engendrar un nuevo heredero para la heredad, dada a la Iglesia pero vendida por ella! Tiene que decir: “No puedo redimir para mí, no sea que dañe mi heredad”. Igual como Moisés, el legislador no podía llevar al pueblo a través del desierto con seguridad (tan solo el sacerdocio podía hacerlo, Números 16:44-50), tampoco puede el principio de la responsabilidad volver a conducir a la herencia, si esta ha sido vendida y ha muerto el heredero. El dar vida de la muerte, solo lo puede hacer Aquel que tiene las llaves de la muerte y del Hades (reino de los muertos – Apocalipsis 1:18) y cuya voz da vida a todos los muertos que la oyen (Juan 5:25). Él da vida de resurrección (Romanos 8:1-13).

“Había ya desde hacía tiempo esta costumbre en Israel tocante a la redención y al contrato, que para la confirmación de cualquier negocio, el uno se quitaba el zapato y lo daba a su compañero; y esto servía de testimonio en Israel. Entonces el pariente dijo a Booz: Tómalo tú. Y se quitó el zapato. Y Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos hoy, de que he adquirido de mano de Noemí todo lo que fue de Elimelec, y todo lo que fue de Quelión y de Mahlón. Y que también tomo por mi mujer a Rut la moabita, mujer de Mahlón, para restaurar el nombre del difunto sobre su heredad, para que el nombre del muerto no se borre de entre sus hermanos y de la puerta de su lugar. Vosotros sois testigos hoy” (v. 7-10).

El otro redentor confiesa abiertamente que es impotente para redimir. El zapato es el símbolo del poder y la posesión; compárese con, por ejemplo, Juan 1:27; Josué 10:24; Salmo 60:8 y 108:9. Así y todo, no hay entre él y Booz ninguna enemistad. Aunque la responsabilidad y la gracia son completamente opuestas, no obstante no hay disensión. Operan sobre líneas distintas, pero la justicia y el amor de Dios nunca se riñen. Cada uno tiene su propia esfera. La responsabilidad es lo que el hombre debe hacer con todo lo que Dios le ha dado. La gracia es lo que Dios es para el hombre que lo ha estropeado todo y que en su responsabilidad ha fallado del todo. La ley domina sobre el hombre mientras este vive (Romanos 7:1). Al introducirse la muerte, termina la autoridad de la ley (Romanos 7:4, 6; 6:13-14). Pero entonces puede obrar Aquel que de la muerte puede dar vida, vida de resurrección. Por eso dice el primer redentor: “Redime tú”.

El que a Sardis le presenta su responsabilidad y le dice: “Arrepiéntete” (Apocalipsis 3:3), y que tiene las siete estrellas en su diestra y que anda en medio de los siete candeleros de oro, le dice a Juan que Él tiene las llaves de la muerte y del Hades (Apocalipsis 2:1; 3:1; 1:16-18). Y a Filadelfia se presenta como Aquel que tiene la llave de David el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre (Apocalipsis 3:7). ¡El Booz de la Iglesia puede redimir y lo hace!

De hecho todo parecía perdido en Sardis. No solamente porque se habían perdido completamente de vista los pensamientos de Dios sobre la Iglesia y ya no se veía nada de esta sobre la tierra como testimonio, sino que también la posición cristiana de cada creyente personalmente ya no se conocía. Ya era mucho si alguien supiera que sus pecados eran perdonados, pero aun este conocimiento era raro. Como Iglesia, Sardis estaba muerta.

Entonces, ¿estaba la heredad definitivamente perdida? ¿No se podía ya disfrutar sobre la tierra de todas las preciosas bendiciones y de la maravillosa posición que Dios había dado a los suyos personalmente y a la Iglesia en conjunto? En Filadelfia vemos la respuesta de nuestro Redentor.

Booz compra todo lo que perteneció a Elimelec, Quelión y Mahlón. Nosotros opinaríamos que sería suficiente si él hubiera dicho que compraba todo lo que había sido propiedad de Elimelec. Pero entonces se hubiera podido pensar que todavía se podría perder algo. Y Booz no quiere que se pierda algo de la herencia del pueblo de Dios. Todo lo que se ha dado a la Iglesia en el principio, y todo lo que todavía había de bueno en la época de la desviación, lo compra para dárselo a Noemí y a Rut. De hecho, la Palabra de Dios ha sido terminada. Después de las palabras inspiradas del Nuevo Testamento no hay ninguna verdad nueva. Pero durante la estancia en Moab, se han hecho muy visibles las influencias de Moab y del dios de Moab. Tan solo pensemos en el arrianismo, el pelagianismo, la reconciliación universal, la destrucción de los impíos y todas las demás enseñanzas falsas que en el curso de los siglos lograron introducirse en la Iglesia. El Espíritu de Dios siempre volvió a alzar un estandarte contra el enemigo. Aunque no ha sido dada ninguna nueva verdad que vaya más allá de lo que ya está dado en la Palabra de Dios, sin embargo el Espíritu Santo, a veces, en algún tiempo cuando de modo general el conocimiento de los pensamientos de Dios a la herejía de Satanás, la cual podemos aprovechar todavía ahora. Nada de lo que es de Dios, no es perdido. Nuestro Booz lo ha comprado todo para regalárselo al débil testimonio.

Esto fue posible solamente después de haberse puesto a un lado al primer redentor. No hay verdadero conocimiento de la posición cristiana, de la Iglesia como cuerpo de Cristo y casa de Dios, mientras un creyente se haya colocado bajo la ley. La ley fue el año para conducir al creyente a Cristo. Quien se coloca bajo la ley, vuelve a la posición de un creyente antes de la cumplida obra en la cruz, antes de la resurrección y el derramamiento del Espíritu Santo. La ley domina sobre el hombre todo el tiempo que este vive (Romanos 7:1). Pero el cristiano es alguien que ha muerto con Cristo (Colosenses 3:3), que ha sido vivificado y resucitado con Él, y sentado en Él en los lugares celestiales (Efesios 2:5-6). La Iglesia está unida al Hombre glorificado en el cielo, el cual como tal es su Cabeza (Efesios 1:20-23). Ningún creyente bajo la ley puede comprender o siquiera saber esto. En el momento en que empieza a comprender que ha muerto y resucitado, ve que ya no está bajo la ley.

Lo primero que obró el Señor por medio del Espíritu de Dios, cuando puso a un lado a Sardis, fue la conciencia del perdón de los pecados y de la perfección de su obra en la cruz. Entonces pudo regalar además todo lo que había pertenecido a Elimelec, todo lo que la iglesia en Éfeso –que en las Escrituras es el prototipo de la Iglesia– conscientemente poseía, tal como el apóstol se lo había presentado en su epístola. Entonces había llegado Filadelfia.

Pero la posición cristiana, la posición de la Iglesia, no es solamente una posición de sublime gloria y bendiciones sin fin. Por supuesto, somos bendecidos con toda bendición espiritual, pero “en Cristo” (Efesios 1:3). Hemos sido escogidos antes de la fundación del mundo, pero “en Cristo” (Efesios 1:4). Somos predestinados para ser hijos, pero “por medio de Jesucristo” (Efesios 1:5). Somos herederos del universo, pero “en Cristo” (Efesios 1:10-13). Hemos sido sentados en los lugares celestiales, pero “en Cristo” (Efesios 2:6). Y la Iglesia es el cuerpo de Cristo y la esposa de Cristo (Efesios 1:23; 5:25-27).

Booz no solo compra la heredad, sino que compra también a Rut. Y no la compra para ser esclava suya sino para ser su esposa. El lugar en su corazón es el lugar de ella. Ya no será más una pobre despreciada viuda moabita, como tampoco una modesta espigadora o respetuosa solicitante. El sitio a su lado, en su casa, en el corazón de él, es el sitio de ella. Los jóvenes ya no dejarán caer manojos para ella, por precioso que eso haya sido para ella en un tiempo (cap. 2:16), pues ahora toda la cosecha es para ella. Y no solamente la pertenece ahora toda la herencia de Elimelec, Quelión y Mahlón, sino que todas las riquezas, está a su disposición. Ese es el sitio de la que ha sido redimida por Booz. Esa es la verdadera posición de Filadelfia.

¿No nos ha conmovido a menudo en Apocalipsis 3:7-13, cómo el Señor lo relaciona todo consigo mismo? Él no se presenta a ellos en una posición que Él ocupa, como en las demás cartas, sino tal como es: El Santo y Verdadero. Es su Palabra la que ellos han guardado, y su nombre el que no han negado. Han guardado la Palabra de su paciencia. Él les ha dado una puerta abierta, y Él hará que hasta sus enemigos tengan que reconocer que Él les ha amado. Y la recompensa para el vencedor está enteramente relacionada con Él mismo.

La riqueza espiritual de Filadelfia es abrumadora. Incluso en los tiempos de los apóstoles probablemente no hubo, en general, tanta luz en los pensamientos de Dios como la que el Señor dio hace unos cien años. Naturalmente el apóstol Pablo la tenía y probablemente también los demás apóstoles y quizás también algunos colaboradores cercanos de los apóstoles, pero el conjunto de los creyentes probablemente no. No poseían cada uno personalmente toda la Palabra. Incluso cuando todos los libros habían sido dados por Dios –y la decadencia hacía decenas de años ya había empezado– probablemente por mucho tiempo todavía ni una sola iglesia local tenía todo el Nuevo Testamento, y muchas posiblemente tan solo unos cuantos libros. Y era cosa muy poco corriente el que un creyente personalmente poseyera varios libros de la Biblia. Nosotros tenemos cada uno personalmente toda la Palabra de Dios. En virtud de la imprenta, la luz que Dios dio a unos de sus siervos pudo ser propagada al mismo tiempo a miles de personas. Pero lo que más nos conmueve es la relación con la Persona del Señor que se veía en todo. Él estaba ante los corazones. Él era presentado en la predicación; se le esperaba a Él. Es eso lo que hace que tantos de los escritos de esos hermanos del principio de Filadelfia sean tan preciosos para el corazón que ama el Señor.

¿De dónde procedió Filadelfia? ¿Eran la perspicacia y el celo con que esos hombres escudriñaban la Palabra, lo que les dio esa luz? Por cierto, examinaban la Palabra con un celo y oración en dependencia del Señor, que desgraciadamente ya no se encuentra entre nosotros. Pero en lo siglos desde el tiempo de los apóstoles, ¿no habrá habido otros que lo hicieron? ¿Era gracias a su fidelidad que volviesen a lo del principio? Ciertamente, eran fieles hasta tal punto que nosotros solo podemos avergonzarnos al comparar nuestra fidelidad con la suya. Pero aun en lo más oscuro de la Edad Media, ¿no había creyentes que, en proporción a la luz que poseían, dedicaban toda su vida al Señor?

No, no fue obra de hombres, por fieles, diligentes y consagrados que hubiesen sido. Fue la obra de nuestro gran Redentor, del Señor Jesús. En el caso de Filadelfia fue redención por poder. No una redención por poder como un día la obrará cuando redimirá a Israel y cuando limpiará la tierra, sí, el universo, de todo mal. Esta redención la encontramos presentada en el Apocalipsis y en muchos libros proféticos del Antiguo Testamento. En el caso de Filadelfia fue una redención por el poder del Espíritu de Dios. Era la entrega de una nueva simiente; se despertó nueva vida allí donde no había más que muerte. Fue, no obstante, una obra pública. Se llamó a los ancianos y a todo el pueblo para ser testigos, para ver y oír lo que Él hacía.

No, no se resucita a Elimelec, Mahlón y Quelión. Tiatira y Sardis no son restauradas a la posición y a la condición de Éfeso, sino que siguen subsistiendo como grupos en la cristiandad, aunque puestos a un lado por el Señor. Y en nuestra época se ha agregado Laodicea. Filadelfia no es lo que la Iglesia era en el principio. En el justo gobierno de Dios, no puede posesionarse de la herencia y tal como Dios la había dado al principio a su pueblo. Pero tal como Moisés no pudo entrar en la tierra en el justo gobierno de Dios, y sin embargo, en comunión con Dios y con los ojos de Dios, vio toda la tierra mejor y más extensa que cualquier israelita que más tarde llegó a ella jamás la haya visto (Deuteronomio 32:52; 34:1-4), así también Filadelfia. La maravillosa condición original no ha sido reconstituida y no lo será. Nosotros todos debemos experimentar también en esto las consecuencias del justo gobierno de Dios. Pero si no podemos pisar personalmente la tierra, sin embargo, en comunión con el Señor y con los ojos del Señor, la podemos ver. La Iglesia, su verdadero carácter, sus bendiciones, su relación con su Cabeza y Esposo, su porvenir, su orden divino, sí, todo lo podemos ver tal como lo ve el Señor y como pronto será perfectamente develado en la gloria, cuando Cristo se la presentará gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, santa y sin mancha. Y nos es permitido ver esto en completa comunión con Él, quien en su amor y gracia ilimitados nos lo deja ver. ¡Oh, qué Salvador eres, Señor!

“Y dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los ancianos: Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra en tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel; y tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén” (v. 11).

Booz había hablado a los ancianos y al pueblo. Los ancianos y al pueblo. Los ancianos forman el poder de gobierno. Siempre cuando se trataba de un asunto de derecho y de justicia, solo se menciona a los ancianos (v. 2) o, cuando también se menciona al pueblo (v. 9), aquellos se nombran primero. Ahora que el derecho de Booz hace, y le desean que –como consecuencia de su actuación llena de gracia– sea ensalzado su nombre; y los ancianos se unen con ellos en esto.

Son los habitantes de Belén, la Casa del Pan, los que dan a Booz este testimonio. Ellos, que diariamente disfrutan las bendiciones de esta ciudad y están cada día en la cercanía de Booz, reconocen inmediatamente lo que él y en el acto aceptan a Rut en la posición y dignidad que hace gracia y amor le transfiere. Alguien que diariamente tiene comunión con el Señor en la maravillosa posición cristiana de Filadelfia, a las que ha sido llevado por su gracia, ¿no dará la más calurosa bienvenida a cada uno que también viniere a ese lugar? ¡Él solo puede admirar y alabar la gracia que también bendice así a otras personas y las relaciona consigo! Nadie puede tener comunión diaria con el Señor sin que la gracia llene también su corazón.

¡Cuán proféticas y perspicaces son las palabras del pueblo! Ellos ven que es un nuevo principio. Raquel y Lea, el principio original, en cierto modo son puestas a un lado. Sabemos que Raquel y Lea, en su relación con Jacob (Génesis 29), son figura de Israel y las naciones. Raquel, aunque la amada de Jacob, es estéril mientras que Lea, figura de las naciones, es fructífera y da a luz seis hijos. Cuando Raquel llega a dar fruto, primero da a luz a José, figura del Señor como Aquel que es rechazado por sus hermanos (los judíos) pero que en la época de su rechazamiento alcanza la posición de dominio sobre las naciones (véanse los Salmos 2 y 8, y Efesio 1:20-23), y después de eso a Benjamín, “hijo de la mano derecha” para Jacob, pero “hijo de mi dolor” (Génesis 32:17-19) para ella. Benjamín es figura del Señor como reinado en medio de Israel. Pero su nacimiento es el fin del antiguo Israel según la carne. Y cuando él y José se reúnen, ha llegado el tiempo de paz y prosperidad para el mundo: el milenio de paz. Lea es figura de las naciones, que, aunque no amada por Jacob, durante el tiempo de la infecundidad de Raquel es bendecida por Dios y lleva fruto (Génesis 29:30-35) que conduce a la adoración de Jehová: Dios que se ha puesto en relación con los hombres. Judá significa: “Él será alabado”.

En el llamamiento de Rebeca vemos cómo Israel es puesto a un lado, y a Rebeca como figura de la Iglesia que vive en la tienda de Sara que ha muerto (Génesis 23 y 24). La hora en que se formó (Hechos 2; 1 Corintios 12:13), fue la hora en que Israel fue puesto a un lado. La Iglesia ocupó el lugar de Israel como testimonio sobre la tierra. Pero aquí en Rut también se aparta a Lea. También las naciones han despreciado las bendiciones y para Dios prácticamente han venido a ser sin fruto. La hora del juicio abierto no ha venido todavía (Romanos 11:13-22). Por eso habla aquí el pueblo, y no los ancianos. Y sin embargo, lo que había sido para Dios el testimonio de entre las naciones (Éfeso hasta Tiatira y Sardis) ha sido puesto a un lado. Un nuevo comienzo; no por la excelencia del instrumento –que era una moabita– sino por la gracia y el poder del Redentor, el que tiene la llave de David.

Raquel y Lea, las dos, edificaron la casa de Israel. Israel significa “príncipe de Dios” o “luchador de Dios”. Sabemos quién es el verdadero príncipe y luchador de Dios: el que ha vencido a Satanás y al mundo y que ahora ha sido puesto por Dios como Cabeza sobre todas las cosas. Su casa tiene que construirse (Hebreos 3:6). Esa es la meta de Dios con Filadelfia. Hasta el nombre indica esto: Filadelfia significa “amor fraternal”. Y ¿no es el amor fraternal aquello que hace sentir a los hijos de Dios su unión? ¡El amor fraternal no es el lazo que les une! Por el Espíritu Santo son bautizados en un cuerpo (1 Corintios 12:13). Esa es la unidad del Espíritu, que debemos conservar (Efesios 4:3). Pero el amor fraternal nos hace conscientes de que somos una sola cosa. La gran característica de Filadelfia era que se volvía a ver el verdadero carácter de la iglesia como cuerpo de Cristo y Casa de Dios: la unidad de todos los verdaderos creyentes como miembros del Cuerpo de Cristo, y el verdadero carácter de la iglesia como Casa de Dios, como el lugar en donde mora el Espíritu Santo y donde, bajo la autoridad de Cristo y al guía del Espíritu Santo, ha de revelarse el orden divino.

Efrata significa “lugar de fecundidad” Y Belén “casa del pan”. El pueblo de la ciudad de Dios desea que Booz, por medio de su relación con Rut, sea ilustre en el lugar de fecundidad y se haga un nombre en la casa del pan. ¿En qué otro lugar está el lugar de fecundidad en la tierra, sino allí donde unos verdaderos hijos de Dios están reunidos en torno al Señor Jesús y lo esperaban todo de Él? Donde de modo práctico reconocen que Él solo tiene autoridad y por eso preguntan: Señor, ¿qué quieres tú que hagamos? ¿Y dónde consecuentemente se colocan bajo la guía y la disciplina del Espíritu Santo, que ejerce la autoridad del Señor en las reuniones?

Desde Éxodo 40 hasta Números 10 encontramos eso presentado figuradamente. Cuando se erigió la casa según los pensamientos de Dios (Éxodo 40:16.34), se llenó con la gloria del Señor. Y en seguida el Señor empieza a revelar sus más preciosos pensamientos, desde Levítico 1 hasta Números 10, para que su pueblo pueda producir con inteligencia preciosos frutos. En Números 7 tenemos entonces los preciosos sacrificios que los jefes, como representantes del pueblo, ofrecen. En Números 8 encontramos la luz del candelero y después de eso cómo los levitas, en calidad de representantes del pueblo, son ofrecidos a Dios como ofrenda mecida, para desempeñar el servicio del Señor. Luego sigue la celebración a la boca de Dios y el continuo seguir la guía de la nube (figura del Espíritu Santo) a través del desierto (Números 9).

¿Se ha hecho poderoso, en nosotros, nuestro Booz? ¿Se ha hecho, en relación con nosotros, un nombre en la Casa del Pan? ¿Se ha dado a conocer su nombre, en relación con nosotros, por la abundancia de pan tanto para creyentes como para incrédulos? Ese es el deseo del pueblo de Dios en la Casa del Pan. Es el deseo del Espíritu de Dios, el que obró en el corazón del pueblo este deseo y les dio que lo expresaran. Es el deseo para el conjunto y el deseo para cada individuo que traba relaciones con Booz.

“Y sea tu casa como la casa de Fares, el que Tamar dio a luz a Judá, por la descendencias que de esa joven te dé Jehová” (v. 12).

Es de notar que aquí no se dice “la casa de Judá”. Aunque el nombre de Judá (Él será alabado) es nombrado y así queda relacionado con ello, aquí el énfasis cae sobre Tamar (“palmera”). Ella le dio a luz a Fares. Sabemos que la iniciativa salió de ella. Y a pesar de muchas cosas vergonzosas que encontremos en Génesis 38, aquí su nombre se menciona con honores. Cuando Judá no quiso dar a Sela como redentor, para que no se apagara el nombre de su hermano difunto, Tamar renunció a su honra para que naciera una simiente. El resultado es que nacen gemelos, que los dos vienen a ser jefes de casas. Pero no solo eso. Fares, que según el juicio humano debía nacer el último, viene a ser el primero (Génesis 38). Y de él salen dos linajes (Números 26:21). Fares significa “irrupción”, “rotura”. En él y Tamar vemos la imagen de la fuerza divina que obra en nosotros, y que por medio de nosotros produce frutos y glorifica el nombre del Señor (Colosenses 1:10-11). A Rut se le llama aquí “esa joven”. El que como Rut viene a Booz, y así es redimido por Él, en todo tiempo lleva el carácter de juventud y frescura. En su cercanía nunca se envejece ni se queda sin fruto.

“Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer; y se llegó a ella, y Jehová le dio que concibiese y diese a luz un hijo” (v. 13).

¡Mire lo que hace Booz! Toma a la pobre muchacha moabita, que no posee nada, de su bajeza y dice ante todo el pueblo: “Vosotros sois testigos hoy… a Rut la moabita, mujer de Mahlón, la he adquirido para que sea mi mujer”. El hombre más ricos de la tierra toma a una pobre mendiga y dice: “La he adquirido para hacerla mi mujer”.

Después de que el otro redentor se hubo quitado el zapato, y Booz hubo declarado ante los ancianos y el pueblo que él quería redimir, la cuestión quedó definitivamente resuelta. Ya no se podía deshacer.

Por cierto, Rut en adelante también tenía responsabilidad. Pero era la responsabilidad de comportarse en consonancia con la maravillosa y elevada posición que, como Esposa de Booz, ocupaba ahora. ¿Usted podría imaginarse que Rut tuviese vergüenza de su esposo? ¿Qué se avergonzara de reconocer ante los demás Booz como su esposo, a ese hombre poderoso en riquezas, que la había salvado de una vida de pobreza y que no quedaba satisfecho con regalarle cosas materiales, sino que se dio a sí mismo con todo lo que poseía? Por eso no se dice nada del tiempo que transcurre entre la declaración de Booz ante los ancianos y el pueblo en los versículos 1-12 y el casamiento en el versículo 13. Como tampoco se dice nada del viaje del viaje de Rebeca a través del desierto en Génesis 24:61, hasta que ella se encuentra con Isaac.

¿Cuál es la esperanza de la Iglesia; la de usted y la mía? ¿Una casa? Gracia a Dios, hay algo mejor que una casa. ¿Una calle de oro y un muro de jaspe (Apocalipsis 21:18-21)? No; es el bendito Señor mismo. La gracia nunca se daría por satisfecha al darnos una vivienda, una magnífica casa. Cristo da nada menos que a sí mismo. Él, “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Hermano, hermana, padre, madre, pronto estaremos para siempre con el Señor. ¿No merece la pena vivir aquí una vida de abnegación? ¿No merece la pena decir al mundo: “Estoy fuera de ti; no quiero tener nada que ver contigo si no es testificar contra tus malos actos”? ¿Para recibir por eso una sonrisa de nuestro amado Señor y oírle decir: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel… entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21)? Madre, Él vuelve pronto; ¿vive usted para Él? Hermana, Él vuelve pronto; ¿vive usted para Él? Padre, Él vuelve pronto; ¿vive para Él? Hermano, Él vuelve pronto; ¿vive usted para Él? Padre, Él vuelve pronto; ¿vive para Él?

¡Oh, nunca se avergüenza de Cristo, ese bendito Señor que quizás ya vuelve hoy! Cuando Él venga, nunca más tendrá usted el privilegio que tiene ahora: vivir para Cristo y no para sí mismo, en un mundo que solo vive para sí y rechaza los derechos de Él!

Ahora que se ha cumplido la redención, las cosas profundas de Dios pueden ser reveladas. Rut ya no es una pobre espigadora en los campos de cosecha de Booz, sino que tiene parte en todo lo que este hombre “Poderoso en riquezas” posee. Ya no es más la mujer del difunto, sino que ha sido comprada por Booz para ser su esposa; es una con el viviente en quien hay fuerza. Ella sabe que sus lazos anteriores con Moab y con la muerte han terminado para siempre. La pobre forastera de Moab ha venido a ser la primera de todas las madres de Israel. Raquel y Lea pueden olvidarse, puesto que en su lugar ha entrado una que edificará la casa de Israel. Introducida en el linaje real viene a ser la Madre de Obed, el abuelo de David, de quien, según la carne, nació el Señor Jesús: Emanuel, el Heredero de todas las cosas. Así se cumplen los designios de Dios. El pequeño arroyo de la gracia que hemos seguido en la historia de Rut, desemboca en esta océano sin orillas de eterna gloria. ¿Quién sino tan solo el Dios vivo podía obrar semejante cosa en Moab? Pues allí inició su obra en esta pobre viuda, que llegó a una elevada posición.

“Y las mujeres decían a Noemí: Loado sea Jehová, que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel” (v. 14).

Hasta este momento Rut había quedado estéril. No solo en su viudez, sino tampoco en su matrimonio con Mahlón tuvo hijos. Es solo ahora cuando es hecha una con Booz, que llega a ser fecunda. Esto vale para cada creyente: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5). Pero también vale para la iglesia en su conjunto. Sardis, que se ha colocado bajo la protección y el poder del mundo, no puede llevar fruto. Sus obras tan solo testifican de que está muerta (Apocalipsis 3:1). ¿Cómo podría aquella que se ha unido con el mundo ser un verdadero testimonio del Señor rechazado? ¿Cómo podría producir frutos que hablan de vida de resurrección y que son de carácter celestial? Solo cuando la Iglesia está consciente de su unión con su Cabeza glorificada en el cielo (Efesios 1:22-23), y realiza esto de forma práctica, puede llevar verdadero fruto. Entonces puede andar en las buenas obras que Dios ha preparado de antemano para aquellos que han resucitado con Cristo y han sido sentados en Él en los lugares celestiales (Efesios 2:6-10).

Eso lo vemos en Rut. Unida con Booz recibe preñez de Jehová y da a luz un hijo. Y fíjese en que desde este momento ya no se menciona su nombre. Ha logrado una verdadera posición aquí en la tierra. El nombre de Rut significa “satisfecho”. Ahora, en la posición que ahora tiene, está perfectamente satisfecha. Una posición más elevada, más perfecta que la de estar unida con el Señor glorificado en el cielo, no la hay para la Iglesia sobre la tierra. Estar consciente de esto y disfrutarlo también dan al corazón una completa satisfacción. Cuando se ocupó este lugar, había llegado Filadelfia. Entonces vino el fruto. Y a partir de este omento ya no hay una búsqueda del verdadero sitio de la Iglesia y de cada uno personalmente que pertenece a ella. Ahora tenemos la realización de aquello hacia lo cual el Señor ha conducido. Por eso ahora se vuelve a fijar la atención en Noemí; como vimos en el capítulo 1, ella es una figura del lugar que se ocupa.

¿Podría existir una posición que pareciera más desesperada e irreparable que la que ocupaba Noemí en Moab? Sus palabras a Orfa y Rut tenían su origen en la imposibilidad (humanamente hablando) de una redención, y de suscitar el nombre de los difuntos sobre la herencia (cap. 1:11-13). Pero la palabra “Imposible” nunca se debe emplear en relación con Dios, a menos que hablásemos de lo imposible que es para Dios el mentir, o el obrar de modo indigno de Él. Es bueno para nosotros ser compenetrados de nuestra completa impotencia. Pero no es admisible fijar límites a su poder y a su amor.

Sin duda alguna es justo y puede ser útil para nosotros si somos llevados al lugar más bajo. Pero qué gozo habrá llenado el corazón de la anciana Noemí, cuando puso al niño de Rut en su regazo.

¿Quién hubiera podido imaginar, hace ciento cincuenta años y mirando, con ojos abiertos por Dios, la condición completamente corrompida en la iglesia romana y la muerte en las iglesias protestantes, que para el testimonio de Dios sobre la tierra fuera posible una redención? Pero el Señor la llevó a cabo. El fruto del conocimiento de la verdadera posición de la Iglesia fue la separación del mundo y de la cristiandad nominal; una práctica en armonía con el ser forasteros aquí sobre la tierra y ciudadanos del cielo.

Y también ahora, si hay creyentes que –como Rut– no conocen las riquezas y el disfrute de la porción que Dios ha dado a la Iglesia, o –como Noemí– la han abandonado para ir a Moab, la puerta hacia el Redentor queda abierta. Experimentarán que es su placer el darles, como el Resucitado y Glorificado, todas las riquezas que han abandonado.

La razón por la que hay tantos que no tienen el disfrute de la herencia estriba en esto: que ni siquiera están conscientes de poseer una herencia. Les faltan los profundos ejercicios del corazón que vimos en el caso de Noemí. Su medida espiritual no va más allá de la seguridad de que sus pecados están perdonados, que en su vida terrenal experimentan la fidelidad de Dios y que pronto irán al cielo. No tienen la menor sospecha de que existe un caudal de bendiciones espirituales que ahora pueden disfrutar. La causa es –además de enseñanza defectuosa o equivocada– la carencia de un interés amoroso en las cosas del Señor. Sus pensamientos giran en torno a ellos mismos y sus interés. Si el glorificado Señor fuera el objeto de su corazón y su ojo se dirigiese hacia Él, Él les mostraría sus riquezas, y éstas atraerían todos los deseos de su corazón. Experimentarían, como Noemí y Rut, que Cristo es capaz de regalarles el pleno disfrute de la herencia y de satisfacer cada deseo de nuestro corazón por las cosas de Dios. Y también que Él nos puede hacer aptos para andar como es digno de nuestra vocación, por medio del Espíritu Santo que nos ha dado. Le conocerían a Él como fuente de todas las cosas y como restaurador de todo cuanto Dios originalmente dio a su pueblo. ¡Porque todo está en Él y, por eso, bien conservado!

“El cual te será restaurador de tu alma, y sustentará tu vejez; pues tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz; y ella es de más valor para ti que siete hijos” (v. 15).

Es digno de notar que las mujeres llaman también un redentor al hijo de Rut. La redención se mira aquí bajo un aspecto un poco distinto que en la porción anterior. En Booz vemos a Cristo como el Redentor que en la porción anterior. En Booz vemos a Cristo como el Redentor que, allí donde ha muerto el testimonio (Elimelec = mi Dios es rey) y cuando en Moab no ha quedado sino una posición completamente empobrecida y condenada a morir (Noemí), puede librar enteramente la herencia; y, por vida proveniente de la muerte, llevar el linaje del testimonio a una vida, posesión y disfrute nuevos de la herencia. En Obed vemos que el fruto de haber sido hecho uno con el Señor resucitado y glorificado –y de la consiguiente recuperación de la herencia– puede redimir la posición de la Iglesia de su pobreza y su muerte.

Las palabras “restaurar tu alma” también pueden ser traducidas como “restaurar tu vida”. Allí tenemos la confirmación de lo que acabo de decir. ¡Qué influencia tuvo el retorno “al principio” en el siglo pasado sobre el comportamiento práctico de los creyentes! El retorno hacia el punto de vista celestial de la Iglesia condujo al estado práctica de forasteros sobre la tierra y a la separación del mundo en todas sus formas. Y no solo se encontró eso en los que abandonaron Sardis y Tiatira, sino que su ejemplo tuvo influencia sobre la cristiandad en general. Y eso era según los pensamientos de Dios.

Cuando, en el primer mes del año cuarenta del peregrinaje en el desierto, Israel llegó a Cades, murió María (Números 20:1). El viaje había durado mucho, las fuentes de ayuda estaban agotadas, y la voz de la profecía y del canto de alabanza (María) murió. Entonces nuevamente Dios volvió a dar agua de la Roca, para que no muriera todo el pueblo.

En 1 Reyes 1 vemos a David al final de su vida. Él “era viejo y avanzado en días; le cubrían de ropas, pero se calentaba. Le dijeron por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey”. Vino Abisag la sunamita y “abrigaba al rey, y le servía”.

Estos dos ejemplos nos aclaran el significado de las palabras: “Él será restaurador de tu alma (o tu vida), y sustentará tu vejez”. El Señor dio Filadelfia a toda la Iglesia, para restaurarla en su posición, volverla a lo que había sido en el principio, y para sustentarla en su vejez. Por “toda la Iglesia” entiendo, naturalmente, a todos los creyentes juntos, dondequiera que puedan hallarse. Un pensamiento maravilloso. Pero qué cosa más seria también para los que han sido llevados al sitio de Filadelfia y son responsables de manifestar los caracteres de esta. Este pensamiento nos guardará de ideas sectarias y nos hará sentir nuestro deber para con todos los creyentes. El Señor desea que traigamos calor y sirvamos a una profesión moribunda, tal como lo hizo Abisag a David. Como lo veremos en el versículo 17, el nombre Obed significa “siervo”. También es esta la característica de Filadelfia. Las mujeres llaman a Rut “tu nuera que te ama… ella es de más valor para ti que siete hijos”. Siete hijos son una bendición perfecta para una mujer en Israel (1 Samuel 2:5).

“Y tomando Noemí el hijo, lo puso en su regazo, y fue su haya. Y le dieron nombre las vecinas, diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí; y lo llamaron Obed. Este es padre de Isaí, padre de David” (v. 16-17).

Noemí reconoce al niño como suyo y lo lleva consigo. Y entonces las vecinas le dan un nombre y lo reconocen como hijo de Noemí. Aquí no son las “mujeres”, sino las vecinas. El círculo se estrecha y el entendimiento se profundiza. Cuanto más interés tenga uno por el pueblo de Dios y por el Redentor dado por el Señor y cuanto más esté ligado con ello, tanto más luz recibe acerca de los caminos y la operaciones del Señor, también en lo que atañe a la vida práctica.

Obed significa “siervo” o “adorador”. Parece que los dos significados se encierran en el nombre. Y ambos parecen estar en relación con Dios, de modo que podemos decir: Obed = siervo y adorador (de Dios). Son los dos deberes del hombres para con Dios (Deuteronomio 6:13; Mateo 4:10).

Qué digno fruto de nuestro Booz, que vino para servir y se dejó horadar las orejas para ser esclavo para siempre (Éxodo 21:5-6). Él sirvió en la cruz, Él sirve ahora, y servirá en la eternidad. Dijo: “Yo amo a mi Señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre”.

El hombre natural debería servir y adorar a Dios, pero sabemos que no lo hace. “No hay quien busque a Dios; todos se desviaron” (Romanos 3:11-12). Donde se encuentren servicio y adoración a Dios, son señales de verdadera redención. “Oh Jehová; ciertamente yo soy tu siervo; siervo tuyo soy, hijo de tu sierva; tú has roto mis prisiones” (Salmo 116:16).

Esto se cumple en todas las dispensaciones. Cuando Israel estuvo en Egipto, servía al Faraón y no a Dios (Éxodo 2:23-25; 3:18; 5:1; 8:1, 8, 20, 27-28, etc.). Israel allí no es figura de incrédulos sino de creyentes que se encuentran en la condición de Romanos 7. Es el pueblo de Dios, pero a la fuerza sirve al pecado y al mundo; está bajo el poder del pecado y del mundo. Pero cuando por el poder de Dios y en virtud del cordero pascual es redimido de Egipto, viene a ser adorador y siervo de Dios (Éxodo 15). Así será también en el porvenir, cuando Israel sea redimido de todos sus enemigos (Salmos 22:26-31; 110:3). Pero el servicio y la adoración son más perfectos allí donde la redención lleva el carácter más elevado; ¡donde los redimidos son hijos de Dios y hechos uno con Él que es el Redentor! “Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24).

Para poder servir, uno tiene que ser libertado del poder del pecado y de la muerte. Quien todavía confía en la carne, no puede servir a Dios. La persona renacida de Romanos 7 sirve al pecado y no a Dios (Romanos 7:15-16, 19, 23-24). “Nosotros somos la circuncisión, lo que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). Las palabras “servir a Dios” tienen aquí más bien el sentido de “ejercer el culto”. Esta es la palabra que se emplea entre otras en Lucas 2:37; 1:74, Hechos 7:42; 26:7. ¿Quién puede ejercer el culto, adorar, sino aquel que ha sido libertado de todo lo que le ataba y oprimía, y que ahora es libre para ocuparse de su Redentor? Adorar significa ocuparse de las excelencias del objeto de adoración, y expresar esto en admiración.

Sabemos que este servicio no se encuentra en la iglesia romana ni en las iglesias de la Reforma. Roma tiene un servicio de adoración, un culto, pero no en espíritu y en verdad. Ha vuelto al servicio material y natural de Israel, que fue puesto a un lado por Dios porque no armonizaba con la maravillosa posición de los que han sido redimidos por Cristo. Las iglesias de la Reforma no conocen el servicio de adoración en absoluto. Tan solo tienen la predicación de la Palabra y llaman a eso “culto”: No ven en absoluto que es una cosa muy distinta si se trata de un hombre hablando a la congregación –aunque sea en el nombre de Dios– para instruirles o exhortarles, o si es la congregación que le habla al Padre para dar expresión a su loor y su agradecimiento por lo que Él ha hecho por ellos, como también expresar la admiración y adoración que llena sus corazones cuando contemplan y meditan en su maravillosa Persona, o en la obra y la Persona de su Redentor. Y esto no en forma terrenal, material, sino en espíritu y en verdad. “En verdad” significa en armonía con la revelación que Dios ha dado de sí mismo en el Señor Jesús, a saber, como el gran Dador, que es el Padre de todos aquellos que han aceptado al Señor Jesús como su Redentor y Señor. “En espíritu” significa en armonía con el verdadero carácter de Dios, esto es, no de manera material y natural como lo hacía Israel, sino un carácter espiritual; véase por ejemplo Hebreos 13:15 (Juan 4:10, 21-24).

Cuando el Señor en su gracia volvió a poner en claro la perfecta redención y liberación a corazones humildes, volvió a nacer también el culto de adoración, la reunión de toda la Iglesia con el único propósito de llevar loor, acciones de gracias y adoración al Padre y al Hijo bajo la guía del Espíritu Santo.

En el cielo ya no seremos instruidos y exhortados. Allí ya no precisaremos consuelo, fortalecimiento, edificación, corrección ni crecimiento en conocimiento y sabiduría (1 Corintios 13:3-12). Las reuniones con ese propósito cesarán, pues, por necesarias y bendecidas que puedan ser aquí. Pero el ofrecer loor, acciones de gracias y adoración nunca cesarán en el cielo. Allí la Iglesia, reunida alrededor del Cordero inmolado, rendirá adoración de manera perfecta. ¿Acaso eso no demuestra que la adoración es lo más elevado que pueda existir en las reuniones de la Iglesia? El Señor desea llevarnos también allí. Él nos instruirá y exhortará por su Palabra, mientras estemos aquí en debilidad sobre la tierra. Pero Él desea llevarnos desde ya a aquello que nos está descrito del cielo en Apocalipsis 5: la iglesia agrupada en torno al Cordero inmolado, para ofrecerle a Él y al Padre el loor, las acciones de gracias y la adoración de sus corazones. Y este servicio, para los que le conocen, ¿no es ya el gusto anticipado del cielo?

Y este servicio practicado de modo espiritual, volverá a tener consecuencias para la vida práctica. De Obed nace Isaí. El nombre Isaí significa “Él que es” o “Jehová es”. Cuando en el culto nos ocupamos con el Padre y para el Señor Jesús? De Isaí hace David. David esto tendrá como consecuencia de toda nuestra vida será penetrada de ello y vendrá a ser para nosotros una realidad viva el ver en todo al Padre y al Hijo. ¿No ha de imprimir eso un sello en nuestra vida? La viva consciencia en nuestros corazones de que el Padre y el Hijo, que vemos en toda su maravillosa gloria, poder y amor, son, que son, pues, los Inmutables, los Eternos (Hebreos 13:8), ¿no ha de elevarnos por encima de las circunstancias terrenales? Sabemos entonces –no solo con nuestro entendimiento sino también con nuestro corazón y nuestros sentimientos– que no puede ocurrir nada fuera de lo que el Padre (que ha contado hasta los cabellos de nuestra cabeza) permite y lo que el amor del Señor Jesús ha escogido para nosotros. Qué tranquilidad y perfecta confianza obrará eso en nuestro corazones.

Y ¿acaso creemos que eso no tiene valor para el Padre y para el Señor Jesús? De Isaí nace David. David significa “amigo”, “amado”. Entonces hemos venido a ser amigos, amados para Él. Igual como ese gran Hijo de David, del cual David es figura; Aquel que es llamado por el Padre el Amado (Efesios 1:6) y el Hijo de su amor (Colosenses 1:13, V. M.), en el cual Él ha hallado toda su complacencia. Entonces tenemos prácticamente comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3). Qué maravilloso debe ser, el ser los confidentes del Padre y del Hijo, a quienes ellos revelan su pensamientos (Juan 15:15).

“Estas son las generaciones de Fares: Fares engendró a Hezrón, Hezrón engendró a Ram, y Ram engendró a Aminadab, Aminadab engredó a Naasón, y Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró a Booz, y Booz engendró a Obed, Obed engendró a Isaí, e Isaí engendró a David” (v. 18-22).

En el versículo 17 llegamos en realidad al final del libro de Rut. El verdadero sitio ha sido alcanzado. En cuanto atañe a la posición, es el ser hecho uno con el Cristo resucitado y glorificado, del cual Booz era una figura. Y en lo que se refiere a la condición práctica, es el tener comunión práctica (como adoradores) con el Padre y el Hijo.

La genealogía a la que ahora llegamos, es un apéndice, y por lo tanto debe tener un significado especial. El significado histórico será para mostrar que Rut ha sido admitida en la genealogía del Señor Jesús, como lo dice expresamente Mateo 1. Y el significado espiritual tendremos que deducirlo, en relación con el significado espiritual del libro, de las palabras y del significado de los nombres.

Es maravilloso el haber sido conducido a la posición y a la condición práctica de Filadelfia, como nos lo presenta el Señor en Apocalipsis 3 y como lo encontramos en este libro. Pero por experiencia sabemos cuán fácilmente volvemos atrás. El Señor tiene que decir a los de Filadelfia: “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”, y quien hace eso es llamado por Él un vencedor. Aquellos que fueron y son llevados por el Señor a Filadelfia, no son nada mejores que los “santos y fieles” en Éfeso, a quienes el Señor, corto tiempo más tarde tuvo que decir: “Has dejado tu primer amor”.

Nuestra responsabilidad es la de quedarnos en la posición y la condición, si el Señor nos ha llevado allí. Pero ¿cómo podríamos hacer eso por nosotros mismos? Es aún más imposible que cumplir la ley del Sinaí. Hay, sin embargo, una fuerza que nos puede mantener derechos. “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría…” (Judas 24). Pero esa fuerza de Dios obra en nosotros, fortaleciendo nuestra fe (1 Pedro 1:5); y esta vence al mundo (1 Juan 5:4). Vimos en el versículo 12 que Fares es una figura de esta fuerza divina que obra en nosotros, y que por nosotros produce frutos y glorifica el nombre del Señor (Efesios 3:16, 20; Colosenses 1:10-11). Pues bien, en la genealogía se nos presentan las “generaciones de Fares”. Allí vemos el camino en el cual podemos ser vencedores.

Es el poder de Dios el que obra en nosotros. No obstante, aquí está relacionado con nuestra responsabilidad. La Palabra de Dios ha tomado diez nombres de la genealogía de Fares, para presentar eso. Cinco nombres están en relación con Egipto y el desierto, y cinco con la estancia en la tierra. Como sabemos, cinco es la cifra de la responsabilidad del hombre como ser creado, sostenido pero también controlado por el Creador. Y esta cifra se subraya aquí porque el Espíritu Santo casi seguramente omitió nombres, para llegar a este número 2 x 5. Tal como lo podemos leer en el librito del hermano Moll: “La cronología de las Sagradas Escrituras”, Salmón llegó al gobierno (y David murió 590 años después de la salida de Egipto, o sea 550 años, de lo cual resulta que el Espíritu Santo ha escogido expresamente cinco nombres, y precisamente estos nombres, para revelarnos sus pensamientos.

Fares significa “el que rompe” o “rotura”. La historia de su nacimiento muestra cuál es el resultado de la fuerza que obra en nosotros (Génesis 38:27-30). ¿No serían él y su hermano Zara una figura de la nueva naturaleza que hemos recibido con el nuevo nacimiento, y la vieja naturaleza que también está todavía en nosotros? “Más lo espiritual no es primero, sin o lo animal; luego lo espiritual” (1 Corintios 15:46). Zara saca su mano, y la partera cree que él va a ser el primogénito. Pero Fares se abre paso y es quien lo viene a ser. El hombre en Romanos 7 se caracteriza por Zara aunque ha nacido de nuevo. El hombre en Romanos 8, que anda según el Espíritu y es guiado por el Espíritu, se caracteriza por Fares. En él se cumple la exigencia de la ley, a saber, la obediencia, por la fuerza divina que hay en él. La vieja naturaleza, el yo, se considera como muerta; y así el Espíritu Santo, que obra en la nueva naturaleza, puede mantenerle en el maravilloso lugar adonde ha sido conducido.

El fruto de esto es “Hezrón” = “encerrado” o “el encerrado”, “el cercado”. Dios dice de Jerusalén: “Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella” (Zacarías 2:5). “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su `pueblo, desde ahora y para siempre” (Salmo 125:2). “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmo 34:7). En Job 1:9-10 dice Satanás que Dios ha cercado así a Job.

Si la fuerza divina puede obrar libremente en nosotros, como lo vimos en Fares, la consecuencia es que Dios nos cerca, de modo que el enemigo no pueda hacernos nada. Luego nace Ram (= alto). Entonces estamos como Moisés cuarenta días con Dios en la montaña y vemos su gloria, la gloria de su misericordia y bondad, y toda nuestra visa lo reflejará para otras personas (Éxodo 34:4-7, 29-30; 2 Corintios 3:18). Y Ram engendra a Aminadab (= “pueblo del dador voluntario” o “pueblo voluntario”). En el segundo significado la palabra aparece en Cantares 6:12, donde el esposo dice: “¡Antes que lo supiera, mi alma me puso entre los carros de guerra de mi pueblo voluntario!” (V. M.). Pero el otro significado también es verdad. ¡Cómo aprendemos a conocer al Señor como el gran Dador, cuando estamos con Él en el lugar alto! Allí conocemos nuestras riquezas como resultado de su dar. ¡Cómo ata esto nuestros corazones a ese sitio cerca de Él! Y Aminadab engendra a Naasón (= vidente). Desde el monte vemos toda la tierra ante nosotros, en toda su gloria y belleza (Deuteronomio 34:1-4), pero recibimos además la seguridad de que un día lo poseeremos todo. ¡Qué cosas maravillosas del futuro nos presenta el Espíritu Santo en las Escrituras, cuando estamos así en comunión con el Señor! A los que se encuentran en la verdadera posición de Filadelfia les dice el Señor: “Yo vengo pronto”: Eso es lo último que se relaciona con la posición en el desierto.

Entonces viene Salmón (= vestido, vestidura o revestido). Aquí estamos en la tierra, pues según Mateo 1:5 Salmón se casó con Rahab. En la tierra aprendemos que hemos el vestido. Es el Amado, “en quien tenemos redención por su sangre”. El que una vez dio su vida por nosotros, pero ahora está sentado, glorificado, a la diestra del Padre. Y vemos que no solo somos redimidos, sino que hay una fuerza activa para nosotros (Booz = “en Él hay fuerza” o “poder”), que ha demostrado lo que puede obrar al levantar de entre los muertos a Aquel que murió por nosotros y al sentarle a la diestra de Dios, sobre todo principiado y autoridad y poder y señorío, no solo en este siglo sino también en el venidero (Efesios 1:18-23). Y aprendemos que hemos sido vivificados y resucitados y sentados con Él en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 2:5-6). Este conocimiento nos lleva al servicio y a la adoración, y después a la comunión práctica con el Padre y el Hijo, y a la conciencia de ser los objetos de su amor y su agrado, como lo vimos en el versículo 17 en los nombres de Obed, Isaí y David. Y también nos conduce al glorioso conocimiento de que, seamos lo que seamos y por mucho que hayamos estropeado lo que el Señor nos ha confiado, su obra no la podemos estropear. Isaí (= Jehová es) nos habla de “Jesucristo, el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Él edificará su Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mateo 16:18). Pronto se la presentará glorificada, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa y sin mancha (Efesios 5:27). Hemos sido llevados a la inmutable seguridad de todo lo que es de Dios. Lo que todavía esperamos es que el Señor tome a su Iglesia a sí mismo, y se la presente así glorificada, y la introduzca en la casa del Padre. Allí habrá perfecto descanso, no solo para nuestra conciencia y nuestro corazón, sino también para nuestro cuerpo. Y entonces conoceremos el pleno gozo del nuevo cántico: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos ha redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:9-10).

Ese es el camino y esos son los medios por los cuales “la fuerza que obra en vosotros” nos guarda en el sitio y en la condición a los que el Señor nos ha conducido, si dejamos toda la libertad a esa fuerza para que obre en nosotros y nos guíe.

Ojalá su fe y la mía aumenten, para que alcancemos más la victoria sobre “el presente siglo (o mundo) malo” (1 Juan 5:4) y aguardemos el mundo venidero. El mundo actual ha rechazado al Hijo de Dios, pero el mundo futuro le reconocerá. Fue el presente mundo malo (o siglo, Gálatas 1:4) quien le vendió por treinta monedas de plata. Fue este mundo el que le crucificó. Fue “la vanagloria de la vida”, “el engaño de las riquezas”, el recibir “gloria los unos de los otros”, el diario comprar y vender, plantar y edificar, comer y beber de este mundo lo que crucificó. Lo que era de alta estima en el mundo lo hizo. Y todo eso se opone aún al hecho de que Él va a reinar, y quiere que no venga todavía. Pero su día vendrá sobre todo esto como ladrón en la noche.

Oh amados, no améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Acordaos de la mujer de Lot. ¡Seamos como personas que esperan en su cruz. Confesad la sangre del hijo de Dios, que el mundo ha vertido y por la cual tendrá que dar cuanta, como preciosa, estando dispuestos a ser rechazados con Él por el mundo. Y sabed que dentro de poco Él confesará nuestros indignos nombres ante los ángeles de Dios, y nos presentará sin mancha delante de su gloria con gran alegría. ¡Su Nombre, que es el único digno, sea alabado por toda la eternidad!