Rut
Rut

H.L. Heijkoop - 1999

En la confusión que reinaba en Israel en el tiempo de los Jueces, vemos cómo Dios actúa para cambiar la prueba de Noemí y de Rut en bendición, y esto por medio de Boaz. Boaz representa a Cristo que, por su obra, redime a todos los que se reconocen indignos de semejante amor.

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Capítulo 1

La primera frase: “… En los días que gobernaban los jueces” indica en que época se desarrolló el relato de nuestro libro. La época de los jueces fue un tiempo largo. Empezó tras la muerte de Josué (Jueces 2:6-23) y duró hasta el fin de la vida de Samuel, cuando el pueblo deseaba un rey (1 Samuel 8). Esta indicación, pues, no ofrece ninguna fecha precisa, evidentemente con el propósito de dirigir nuestros pensamientos gracia la condición de ese tiempo.

Al estudiar el libro de los Jueces vemos claramente que, en cuanto a la secuencia histórica, este termina con el capítulo 16. Los capítulos 17 a 21 nos dan después dos sucesos en los cuales se destacan la idolatría y la inmoralidad que caracterizaban al pueblo. Y Dios se preocupó por mostrarnos que esto no era así solamente en la época de los Jueces, como consecuencia del desorden y de la dominación de pueblos extraños si no ya enseguida después de la muerte de Josué y de los ancianos; y asimismo, que la caída fue general y no reducida al pueblo común y corriente. El joven levita de Jueces 17 y 18 era un nieto de Moisés (cap. 18:30). Fue él quien introdujo la idolatría en Dan, y esta se mantuvo allí hasta que seiscientos años más tarde las diez tribus fueron llevadas en cautiverio. Y la historia del capítulo 19 al 21 ocurre cuando Finees, el nieto de Aarón, era sumo sacerdote. ¿Adónde se había ido el celo por su Dios que mostró en el desierto (Números 25:1-13)? Pero el hecho de que se citen estos nombres también pone en claro que estos acontecimientos tuvieron lugar al principio de la época de los jueces.

En estos últimos capítulos de los Jueces se dice cuatro veces que en aquellos días no había rey en Israel (cap. 17:6; 18:1; 19:1; 21:25), y dos veces se agrega: “Cada uno hacia lo que bien le parecía.

¿Ese de maravillarse que en aquellos días hubiera hambre en la tierra? Por supuesto que no era una situación normal. Dios había dicho al pueblo que era una tierra que fluía leche y miel, “tierra en la cual no comerás el pan con escasez”. ¡Una tierra “que bebe las aguas de la lluvia del cielo; tierra de la cual Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin” (Deuteronomio 8:9; 11:11-12)! Pero Dios había dicho en ese mismo capítulo y en otros, que si ellos se apartaban de Él, Él cerraría el cielo, para que “no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto y perezcáis pronto de la buena tierra que os da Jehová”.

¿Acaso no se vio obligado Dios, en su justo gobierno, a mandar hambre, cuando el pueblo se apartó de Él y servía a otros dioses?, ¿no tuvo Él que hacer esto, para despertar las conciencias y llevarles a dar media vuelta?

En aquel entonces, la familia de la que hablan estos versículos vivía en Belén de Judá. Eran los efrateos Elimelec, su esposa Noemí y sus hijos Mahlón y Quelión. En ningún otro sitio en la Palabra de Dios se citan los nombres de estas cuatro personas. ¿No nos dicen los primeros versículos de Hebreos 7 cuál es el propósito de Dios al darnos hombres en su Palabra que de otra manera no tendrían significado alguno para nosotros? Belén significa Casa del Pan; Judá: Él será alabado; Efrata: lugar de fecundidad; Elimelec: mi Dios es Rey; Noemí: mi deliciosa, mi encanto, mi dulzura o mi delicia.

Estos nombres ¿no dan un cuadro maravilloso de lo que Dios ha regalado a su pueblo, al pueblo de Israel, pero también a la iglesia? Hay un lugar en donde el Señor, si puedo decirlo así, tiene su despensa y donde hay pan en superabundancia (Miqueas 5:2; Juan 6:32-58). Este sitio es también el lugar de adoración, donde se dan al Señor alabanza y acciones de gracias. Y ¡cuán fértil es ese lugar! ¡Qué frutos nacen allí! Y allí vive un nombre que reconoce en su propio nombre que su Dios es Rey –aunque en Israel no hay rey, incluso rechaza a su Rey (1 Samuel 8:7)– y una mujer que es la dulzura y la delicia de Dios.

¿Está usted consciente de los maravilloso que es el lugar en donde el Señor reúne a los suyos a su alrededor (Mateo 18:20)? ¿Dónde Él tiene su despensa, para alimentar siempre nuestras almas consigo mismo? ¿Dónde le ofrecemos el loor y el agradecimiento de nuestros corazones, sí, donde podemos adorarle? ¿Dónde está Él en medio de aquellos que le reconocen como Señor (Romanos 10:9)? ¿Se da cuenta de lo que significa para Él, encontrar en este lugar a los que están allí de corazón? En ello halla Él su delicia; ¡ello es su dulzura!

Pero Dios desea la verdad en lo íntimo. Cuando nos encontramos en el lugar de Bendición y nos deleitamos en lo que el Señor regala, cantando acerca de ello y dándole gracias por ello, entonces Él ve si nuestros corazones son sinceros, o si nuestras palabras van mucho más allá de nuestra condición práctica de corazón. ¡Él nos conoce y nos escudriña! Y entonces en su gobierno a veces nos tiene que enviar el hambre, para hacernos volver en nosotros y colocarnos en su luz para que nos juzguemos a nosotros mismos.

¿No conocemos esto por experiencia? ¿No lo hemos experimentado alguna vez, que estando en Belén –en la despensa– quedamos insatisfechos y no recibimos alimento alguno? ¿Qué hicimos entonces? No es una situación normal cuando, estando en el lugar en donde nos reunimos en torno al Señor, nos quedamos con hambre. ¿Nos hemos dirigido entonces al Señor, para oír de Él por qué había ocurrido eso? Si lo hemos hecho así, de seguro no los habrá dicho. O mi corazón se había alejado de Él y por eso no gozaba ya del Pan celestial que Él suele dar, o nos habíamos apartado conjuntamente de Él, de modo que Él, en su gobierno, tuviera que “quebrantar el sustento del pan”.

¿O acaso hicimos como Elimelec, quien a pesar de su precioso nombre –mi Dios es Rey– escogió su propio camino y huyó de la despensa, donde ahora reinaba el hambre? Elimelec no inquirió cuál era el motivo del hambre. Y ahora que Dios le mandó una prueba, se demostró lo que valía su profesión. No preguntó por la voluntad de Dios, sino que buscó por sí mismo un lugar en donde creía poder encontrar alimento.

Podemos hacer una confesión maravillosa, de que el Señor Jesús es nuestro Señor. Podemos confesar estar reunidos haciaa el nombre del Señor Jesús (al tomar nuestro sitio allí o quizás testificar de ello, o acaso gloriarnos un poco en ello); que estamos reunidos hacia su nombre, esto es, donde Él es el anfitrión, donde por lo tanto solo su voluntad tiene autoridad y nosotros no tenemos nada que decir. Pero, ¿es eso la realidad? ¿Reconocemos en la práctica del reunirnos, en la práctica de la vida de asamblea (y en la práctica de nuestra vida privada), que Él es Señor y que a nosotros solo nos incumbe hacer la pregunta: “Señor, ¿qué quieres que hagamos (que haga yo)?” y entonces hacer tan solo lo que Él nos encomienda que hagamos? ¡Dios busca la verdad en el corazón!

En el caso de Elimelec, Dios –y también el israelita piadoso– ya había visto que en su vida espiritual algo no andaba bien. ¿Por qué había llamado a sus hijos Mahlón (enfermedad) y Quelión (dolo, consunción, desgaste)? Aquella no era ninguna expresión de fe. Tampoco era señal alguna de un estado sano. ¿Cuántas veces no se manifiesta en nuestra familia, que hay algo que no anda bien? ¿En cuántos casos no empieza la abierta desviación en la familia, en lo que se permite hacer a los hijos? Pero en primerísimo lugar, esto testifica que hay algo que falta en los padres. Compárese con Números 11:10: “Y oyó Moisés al pueblo, que lloraba por sus familias”.

Y entonces Dios manda la gran prueba: hay hambre en la tierra. ¿Qué hará Elimelec? ¿Obrará en armonía con el testimonio que ya desde hace tanto tiempo, a través de toda su vida, había profesado, a saber: Mi Dios es Rey? Se demuestra que era un testimonio de boca, ¡pero que no era ninguna realidad del corazón! No pregunta cuál es la voluntad del Señor. Se marcha de la despensa, del lugar de adoración y del verdadero fruto.

Sí, puede señalar cosas maravillosas que prueban que lo que él hace no es malo. ¿No hacía poco tiempo que el nieto de Moisés, el levita, también había abandonado Belén de Judá (Jueces 17:8)? ¿Puede, acaso, ser malo algo que hiciera el nieto del gran Moisés, un hombre que él mismo también era levita? Y el mismo Abraham, el padre de los creyentes, ¿no salió de la tierra –¡y a Egipto!– cuando había hambre en la tierra (Génesis 12:10)? Y por razones de comodidad, Elimelec olvida las tristes consecuencias de este acto de Abraham y de Jonatán.

Pero además, él no va a Egipto, sino a los campos de Moab, que distaban solamente unos 40 o 50 kilómetros. ¿Acaso no es Moab familia de Israel? ¿No son los campos de Moab lugares bendecidos? ¿No dijo Balaam, inspirado por el Espíritu de Dios, cuando vio al pueblo en esos mismos campos de Moab: “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como áloes plantados por Jehová, como cedros junto a las aguas” (Números 24:5-6), y “Jehová su Dios está con él, y júbilo de rey en él” (Números 23:21)?

Y casi todos los preceptos en Números después del capítulo 22:1 y todo el libro de Deuteronomio, ¿no los dio Moisés en los campos de Moab? Además, ¡Elimelec no quiere irse para siempre de Belén y de la tierra! Tampoco quiere unirse con los moabitas. Tan solo quiere morar allí un corto tiempo como forastero, mientras dure le hambre en su tierra y luego regresar allá.

Todas estas cosas son verdad, y con todo eso, es absoluta desobediencia a Dios. Elimelec no preguntó por la voluntad de Dios, pues de haberlo hecho jamás se hubiese marchado. Dios había dado la tierra a su pueblo, para que la habitara para siempre. Y aunque los campos de Moab podían hallarse a muy poca distancia de Belén, entre los dos corría el Jordán que los separaba. Para llegar a Canaán y por tanto a Belén, es preciso pasar por el Jordán: en figura, ser muerto y resucitado con Cristob. Para ir a Moab, esto no es necesario. Allí puede entrar el hombre natural. Y efectivamente Moab tiene parentela con Israel, tanto del lado materno como del lado paterno. Pero era el fruto de una relación contranatural, concebida en embriaguez e incesto (Génesis 19:30-38). ¡El dios Quemos de Moab no era Jehová! El nombre “Moab” significa “del padre”, pero también “¿qué padre?”. ¿A quién pertenecía Moab? Desde luego, no a Jehová. Este tenía tal horror de ellos, que había prohibido a Israel el permitir entrar a un moabita en la congregación de Jehová, ni siquiera hasta la décima generación. Por el contrario, al egipcio, que no tenía parentela con él, no debía detestarlo y podía dejarle entrar en su tercera generación en la congregación de Jehová (Deuteronomio 23:3-8). Y aun cuando los moabitas acogiesen amistosamente a un israelita que huía de su tierra para vivir entre ellos, en realidad eran los mayores enemigos del pueblo de Dios. ¿Acaso no habían hecho todo lo que había en su poder para destruir al pueblo de Dios por hechicerías, seducción a la inmoralidad, a la idolatría y a la guerra (Números 22-25; Jueces 3:12-14)? ¡Y en el futuro lo volverán a hacer! El Salmo 83 los nombre entre los pueblos que dirán unos a otros: “¡Venid, y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel!”. ¿No oímos ya en nuestros tiempos estas palabras amenazadoras de los pueblos árabes, que pronto formarán esta poderosa liga? “No procurarás la paz de ellos ni su bien en todos los días para siempre”, había dicho Dios.

Cierto, las campiñas de Moab eran lugares bendecidos, los últimos días antes de penetrar el pueblo en la tierra. Pero ahora ya no lo eran. Dios había conducido al pueblo hacia adelante, a la plena herencia, a la tierra. Volver a lo antiguo, después de que Dios ha conducido hacia adelante, es un desprecio al amor y a la gracia de Dios. “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección” (Hebreos 6:1).

¿Somos mejores que Elimelec? ¿No pensamos a veces docenas de motivos, por los que no sería malo abandonar “el sitio”? Pero ninguno de estos motivos puede sostenerse ante Dios. Precisamente aquello que parece estar emparentado con el pueblo de Dios, lo que tiene la forma del testimonio de Dios pero no lo es –porque proviene del hombre natural, y la autoridad del Señor Jesús allí no es la única norma–, lo que exteriormente parece tener relación con el testimonio de Dios odia más que todo; ¡eso no lo puede tolerar en relación con su pueblo!

¡No hay ningún motivo que se pueda sostener ante Dios, sino solo su mandato! ¡No nos toca hacer otra cosa que obedecer! Elimelec no fue a Moab para que si familia o él mismo creciesen en el conocimiento de Dios; tampoco para que allí, en medio de las costumbres y los caminos de mundo (cristiano), él glorificarse al Señor. Él fue para satisfacer su propio deseo natural. Si examinásemos nuestros motivos a la luz de Dios, muy pronto se haría claro cuáles son nuestros verdaderos motivos; si es realmente solamente obediencia. Si Dios retiene su lluvia de Belén, porque allí no se le honra a Él, ¿acaso en Moab le honrarán? Precisamente el hambre hubiera dado a Elimelec la oportunidad de demostrar su fe por medio de sus obras (Santiago 2:18).

Además, en las ordenanzas y los decretos de la Palabra de Dios, ¿no se había provisto para los pobres? Véase, por ejemplo, Deuteronomio 15:7-11; 24:12, etc. Y en Belén, ¿no vivía un rico y poderoso redentor, dispuesto a ayudar? ¡Lo conocían tanto a él como a su modo de pensar! Cuando más tarde Noemí mediante la disciplina de Dios vuelve a la tierra, vemos qué reacción se opera en ella cuando Rut pronunció el nombre de Booz. Se marcharon de allí porque no pensaban en él y porque no depositaban confianza alguna en él. ¿No nos ocurre lo mismo? ¿Alguna vez andaríamos en nuestros propios caminos para salir de apuros, si pensáramos más en Él, nuestro verdadero Booz, y tuviéramos más confianza en Él?

¿Cuál fue la verdadera razón por la cual Elimelec y Noemí se fueron Moab? En aquellos tiempos angustiosos, cuando se amontonaban dificultad sobre dificultad y los vecinos no eran de ninguna ayuda, se mostró que esas dificultades eran demasiado grandes para su fe. Ellos no son los únicos. Cuánto, que son salvados por la fe, fracasan en tiempos de prueba en la marcha por la fe, fracasan en tiempos de prueba en la marcha por la fe. Cuántos, que en lo que atañe a la salud de su alma confían en Dios, son temerosos y preocupados cuando se trata de las necesidades de su familia. ¿Acaso ya no está Él, quien ha dicho: “No te dejaré ni te desampararé”? ¡Cuán grande es la pérdida de conocimiento, aun de conocimiento que una vez teníamos cuando se olvida al verdadero Redentor y el corazón anhela al mundo!

Elimelec, como todos nosotros, necesitaba el sustento de Dios. Puede ser que en Moab haya alimento, pero la vida, el aliento y todas las cosas están en la mano del Señor. Abandonarle a Él y perder la vida y el aliento buscando alimento, es una necedad y más que eso. Con todo, de hecho era este el camino que tomó Elimelec. Y por desgracia es el camino de muchos más. Su propósito solo era morar en los campos de Moab “como forastero”. Pero allí murió, y sus hijos se establecieron allí y se cesaron con muchachas moabitas. El padre buscaba las cosas del mundo; los hijos, al mundo mismo. Llegó la muerte y frustró todas su planes. ¿No es esta la experiencia de muchos? ¿Quién no ha sido testigo de cosas parecidas? “Hay caminos que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12; 16:25). ¡Cuán diferentes resultan las cosas cuando obramos como los israelitas en Números 9:15-23!

Elimelec procuró huir de la disciplina de Dios, y cayó en el lazo de Satanás. Esto siempre será así. “Como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra”, dice Dios a Israel (Amós 5:19). Si obramos por propia voluntad experimentaremos esto: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:7-8). Elimelec se alejo de la fuente de bendición y experimentó que la copa que había preparado para sí mismo estaba llena de muerte, de una muerte infeliz, como también una vez lo experimentaría Jonás. Es el colmo de la necedad suponer que podemos andar en comunión con Dios, mientras andamos en caminos propios y no preguntamos por sus caminos. “No os engañéis; ¡Dios no puede ser burlado!”.

¡Cuán grande diferencia con el Señor Jesús! Cuando Él tenía hambre y Satanás quería convencerle que anduviese en un camino propio –como lo hizo Elimelec– haciendo pan de las piedras, contestó: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Estas palabras expresadas hace tan poco tiempo por Moisés, ¿las había olvidado Elimelec? Las Escrituras nos dicen que debemos seguir las pisadas del Señor Jesús (1 Pedro 2:21).

En Moab se podía encontrar pan y también vino, figura de alegría. Véase 2 Reyes 3:4; Isaías 16; Jeremías 48. Había allí grande rebaño y por lo tanto pastos, tierra laborable y viñedos. Por eso, ¿no armonizaba mucho con Canaán, con la tierra que fluía leche y miel, donde crecían enormes racimos de uvas (Deuteronomio 11:10-15; Números 13:23)? Pero había más. Moab era muy orgulloso y altivo. Y aparentemente sus buenos pensamientos respecto a sí mismo eran fundados. Pues desconocía tanto el cautiverio como las pruebas que había experimentado Israel. “Quieto estuvo Moab desde su juventud, y sobre su sedimento ha estado reposado, y no fue vaciado de vasija en vasija, ni nunca estuvo en cautiverio; por tanto, quedó su sabor en él, y su olor no se ha cambiado” (Isaías 16:6; Jeremías 48:11). El corazón que no se mantiene en la cercanía del Señor Jesús, ¿no anhela que no haya dificultades y pruebas de fe, sino tranquila quietud?

Pero ese no es el camino de Dios. “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardas, y no hijos” (Hebreos 12:5-11). ¿Y dónde existen más pruebas y ejercicios de la fe, que precisamente en el sitio en donde lo hijos de Dios se reúnen hacia el Nombre del Señor Jesús?

Cuando se posee un orden eclesiástico estructurado por los hombres y una confesión y una confesión redactada también por los hombres y una confesión redactada también por los hombres y una confesión redactada también por los hombres (aun cuando uno estuviera persuadido de que ambos son según la palabra de Dios), entonces uno tiene reglas a las cuales se puede recurrir en todos los casos que se presenten, y ante todas las objeciones que se levanten. Pero cuando se está reunido hacia su nombre y por esto mismo se reconoce solo Él tiene autoridad y que únicamente nos incumbe ejecutar lo que Él recomienda en cada caso particular, entonces cambia el asunto. Entonces en cada petición para ser admitido a la mesa del Señor hemos de preguntar: “Señor, ¿qué quieres Tú que hagamos?”. Entonces en cada asunto, sea grande o pequeño, ha de formularse la pregunta de ¿qué quieres Tú que hagamos?”. Entonces en cada asunto, sea grande o pequeño, ha de formularse la pregunta de ¿qué es lo que el Señor quiere que se haga en este caso? Entonces cada decisión de la reunión de hermanos con respecto a los asuntos “domésticos”, solo debe ser una expresión: “Ese es el pensamiento del Señor”. Entonces las deliberaciones no se transforman en un intercambio de unas cuantas opiniones propias, sino en una indagación común para saber la voluntad del Señor. Esos son ejercicios del corazón, para que no dejemos de correr pensamientos nuestros, sino que verdaderamente aprendamos los pensamientos del Señor en este determinado caso.

Cuando se ha determinado en un orden eclesiástico cómo han de desarrollarse las reuniones y quién ha de participar activamente en el servicio, entonces ya no hay dificultades respecto a eso. Pero donde se entrega la dirección al Espíritu Santo, donde nadie tiene el derecho de hacer nada sino solo el Espíritu Santo, para que se haga aquello que Él quiere y por medio de aquel que Él quiere, entonces vienen los ejercicios del corazón. ¿Cómo podemos reconocer la guía del Espíritu Santo si no estamos cerca del Señor y no nos sometemos conscientemente a su dirección? ¿Cómo sabe cada cual, así el Espíritu Santo quiere utilizarle en ese momento y para qué? Para ello es preciso una dependencia bien despierta, pero también un “disponerse para el Espíritu Santo, para ser utilizado por Él”. Y ¿cómo sabe una asamblea si algo que hace un hermano, verdaderamente lo hace por el Espíritu Santo? Para eso uno ha de estar cerca del Señor y ser también espiritual, para que uno pueda discernir la guía del Espíritu Santo. Y ¿cómo ha de obrar uno cuando se manifiesta la carne? Y ¿dónde tiene la carne más oportunidad de manifestarse, sino allí donde se deja la plena libertad al Espíritu Santo? No existe ningún lugar en donde la carne tenga más ocasión de obrar, que allí donde todo ha de ser del Espíritu y espiritual. No hay lugar donde Satanás intente más estropearlo todo, que precisamente allí donde los creyentes reconocen que tan solo el Señor Jesús tiene autoridad y que ellos mismos no tienen nada que decir. Y los que están reunidos así, siguen siendo hombres sobre la tierra. Todavía tienen la carne y a veces, desgraciadamente, aún son carnales. Y sin duda también entre ellos –como consecuencia de su falta de dependencia del Señor– se han introducido siervos de Satanás, disfrazados de ángeles de luz.

¿Cómo ha de obrar la asamblea, cuando se manifiesta la carne? ¿Cómo se sabe si quizás se trata de la ignorancia o la debilidad de un hermano bien intencionado, o es la actividad de la voluntad propia? Con la ignorancia y la debilidad hace falta tener paciencia y procurar instruir con todo amor; a la voluntad propio no se la debe admitir de ninguna manera, pero también esto debe hacerse de un modo espiritual.

¿Cómo sabe cada uno personalmente, cómo ha de obrar en cada caso de modo responsable hacía el Señor, cuando entre los creyentes se manifiestan debilidades u obras de la carne y voluntad propia? ¿Dónde está el límite entre tener paciencia y separarnos de unos vasos de deshonra, según su voluntad?

Esos son los ejercicios de fe y de la vida espiritual que se encuentran en Belén de Judá. Y Dios lo ha querido así. Él conocía la necedad de nuestros corazones, que son propensos a la independencia. Por eso no nos ha dado ningún libro de leyes para la iglesia, en el cual para cada caso se encuentra un artículo sobre cómo hemos de obrar. Por eso el Nuevo Testamento encierra sobre todo principios, de manera que una y otra vez le pregunta es, qué principio hay que aplicar, y cómo aplicarlo en el presente caso. Por eso el Espíritu Santo mora en cada creyente y en la iglesia, para que podamos recibir la contestación divina con perfecta claridad, pero tan solo si estamos atentos para oír la suave voz del Espíritu Santo. Y eso lo podemos solamente cuando en nuestro corazón o nuestra vida no quedan cosas sin juzgar, cuando nos hallamos en comunión práctica con el Señor.

Estos ejercicios no existen en Moab. Moab ha estado reposado sobre su sedimento desde su juventud, ha estado en tranquilo descanso lo hemos leído. El corazón natural ¿no anhela este descanso, sobre todo cuando la lucha ha sido recia y persistente, cuando nos hemos cansado ya? Elimelec huyó de las dificultades al descanso de Moab, y creía, además de esto encontrar allí pan, leche y vino (es decir alegría).

Ahora bien, en Moab existen vides. Pero no son el vino y el aceite que el Señor da en su tierra a su pueblo (Deuteronomio 11:14). Las frutas de la parra silvestre pueden usarse como alimento, pero solo producen la muerte (2 Reyes 4:38-40). En Moab hay pan, pero ¿es alimento para el hombre nuevo? Es el pan para el hombre natural, para los que no han atravesado el Jordán, es decir, no han muerto y resucitado con Cristo. El hombre nuevo, el hombre de la resurrección, precisa otra alimentación, el trigo que Dios da, cultivado en la tierra hecha fructífera por la lluvia del cielo (el Espíritu Santo) (Deuteronomio 11:11-14; Josué 5:2-12; 2 Reyes 4:41).

Elimelec no vio la diferencia entre el pan de Moab y el de Belén. ¿Cómo puede alguien ver correctamente y con claridad, si sus ojos ya no están fijos exclusivamente en el Señor? Si el ojo es sencillo, entonces todo el cuerpo está iluminado; pero tan solo entonces todo el cuerpo está iluminado; pero tan solo entonces. Elimelec lo experimentó; por desgracia ya era demasiado tarde para él. Pero ¿estas cosas no están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos (1 Corintios 10:11)?

En los ejemplos de las Sagradas Escrituras, suele estar relacionado lo femenino con la posiciónc y lo masculino con la situación práctica. Aquí lo volvemos a ver en Elimelec y en Noemí. Elimelec –la confesión de que “mi Dios es Rey”– se muere muy pronto. Cuando en desobediencia práctica y de propia voluntad abandonamos el sitio, al principio podemos mantener todavía la apariencia de una hermosa confesión. Pero si andamos en un camino de una hermosa confesión. Pero si andamos en un camino que conduce lejos de Dios, ¿adónde llegaremos, si Dios en su gracia, mediante su disciplina, no nos detiene y nos conduce de vuelta? El primer paso puede ser una desviación pequeña, tan pequeña que nuestros corazones duros no se dan cuenta de que un obstáculo se ha interpuesto entre el Señor y nosotros. ¡Pero el fin será la perdición eterna, la eterna separación de Dios, si el Señor no nos detiene antes de ese tiempo!

La vida del testimonio languidece en cuanto esté en Moab y trate de alimentarse con el pan de Moab. Y después de eso desaparece por completo; ¡se muere! Lo que queda es lo femenino, la posición. Y cuán baja es está: viudez, sin esperanza, sin revelación de vida, sin la menor posibilidad de fruto, sin esperanza de modificación. Qué cambio, cuando pensamos en Belén de Judá: la casa del pan como lugar de adoración y el testimonio vivo de la autoridad de Dios, del Señor, en un ambiente donde “No había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”; allí la posición se caracterizaba por “Noemí”: mi dulzura, mi delicia. Ahora se ha convertido en “Mara”: amargura.

En cada creyente habita el anhelo de Moab. Una vez leí de una oveja que siempre quería escaparse del rebaño en cuanto oía una cabra. Contó el pastor que había sido amamantada por una cabra, hasta que podía comer hierba sola. Entonces fue añadida al rebaño, donde vivía entre las ovejas. Pero siempre que volvía a oír la voz de una cabra, quería abandonar el rebaño. ¿No nos ocurre lo mismo a nosotros?

Ojalá Dios nos guarde de escaparnos lejos del Pastor. Cuando un verdadero creyente se aparta del camino, suele volver; aunque siempre lleva una gran pérdida para sí mismo, para lo que ama y para el testimonio. Piense en Abraham en Génesis 12. ¿No tuvo que tomarle el Faraón por un hombre embustero e irresponsable? ¡Qué perjuicio para el testimonio del Dios de Abraham! Si Lot se dirigió hacia la llanura de Sodoma y Gomorra, ¿no fue la consecuencia del hecho de haberle llevado Abraham a Egipto? A Lot le parecía que la llanura del Jordán era como el huerto de Jehová, como la tierra de Egipto. Ya no vio la diferencia entre Egipto y el Paraíso. Y toda la triste historia de Agar e Ismael, ¿no era la consecuencia del traslado de Abraham a Egipto y sus mentiras frente al Faraón? Hasta hoy los judíos sufren las tristes consecuencias del acto de Abraham. Cuán poco pensamos en el peligro que encierra el primer paso en falso y sus consecuencias.

Los padres creyentes pueden volverse cuando se han desviado; sus hijos, pocas veces o nunca lo hacen. Elimelec quería quedarse como forastero por poco tiempo en Moab. Sus hijos se afincaron allí y tomaron mujeres moabitas. Para el pueblo de Dios estaban perdidos. Si hubiesen nacido hijos –Dios lo impidió– entonces hubieran pertenecido a los enemigos de Dios, pues ningún moabita ni hasta la décima generación podía entrar en la congregación de Jehová. Pero además, habitaban en Moab (véase entre otros pasajes Nehemías 13). También la herencia quedó perdida para siempre.

A veces damos con personas que rinden un testimonio maravilloso. Uno podría pensar que son ángeles del cielo. Pero entonces caen, y parecen no volver a levantarse nunca. Pero los verdaderos creyentes vuelven a levantarse. Esto lo veremos en el caso de Noemí. El cuervo y la paloma en Génesis 8:6-9 salieron ambos del arca. La paloma regresó, pero no el cuervo, porque este poseía una naturaleza distinta de la de la paloma. Podía encontrar tanto el descanso como el alimento en los cadáveres, que flotaban sobre las aguas del juicio.

No crea que entre los que son llamados “los hermanos”, no existe ningún peligro de que se introduzcan cuervos. La persona que fue quizás el mayor de los incrédulos de la segunda mitad del siglo pasado estuvo unos años en comunión a la Mesa del Señor, y su ministerio se apreciaba mucho. Fue alumno de J. N. Darby. Acompañó a uno de los primeros hermanos que se fueron como misioneros a Persia. Cuando algunos años más tarde regresó de allí, se le recibió con reticencia, porque circulaban rumores. Al hacérsele pregunta para obtener una información más exacta, él contestó tal como lo haría un incrédulo. Cuando a raíz de esto no lo admitieron a la Mesa del Señor, estalló una tempestad de indignación entre muchos que opinaban que era un creyente tan amable y que hablaba de manera tan agradable. Se fue entonces a unas iglesias independientes, las que le recibieron con brazos abiertos, y no en último lugar porque no escatimaba sus críticas contra los hermanos. Allí predicó todavía algunos años, hasta que con un libro de total incredulidad, con título: “Fases de la Fe”; se quitó la máscara. Cayó en completo racionalismo (la llamada “clarificación”) y, hasta donde se pude saber, en tal estado murió. Era el hermano del (en Inglaterra) conocido cardenal Newman.

Allí vemos a Noemí. Su brasa se ha apagado: no tiene nombre ni heredero en la tierra. ¡Qué testimonio de la pérdida de la bendición que era toda la creación! ¿Hubiese sido posible semejante situación antes del pecado original? Hoy día, ¿hay algo más general? Para una creación arruinada hay bendición únicamente sobre la base de redención. Noemí hubiera debido saber eso por el libro del Éxodo. Pero Dios en su gracia se sirve de su fracaso para introducirla en una verdad mucho más profunda. No solamente conocerá la redención, sino en figura al miso Redentor.

Cuando la vemos así, ¿no pensamos inmediatamente en las palabras del Señor a Sardis en Apocalipsis 3: “Tienes nombre de que vives, y estas muerto. Sé vigilante, y afirma las cosas que están para morir”? ¿Acaso no son estas palabras una acertada descripción de la situación de la familia puede seguir siendo Elimelec: Mi Dios es Rey. Pero todos los hombres, tanto Elimelec como sus hijos, murieron. Quedaba nada más una viuda con ningún otro porvenir que una muerte solitaria. Ese es el fin de una estancia de diez años en Moab. Sabemos que diez es el número del hombre (4), sostenido y controlado por Dios (la cifra 1), en otras palabras la responsabilidad de la criatura frente al Creador, que quiere ayudar al ser creado a cumplir su responsabilidad, pero que también lo exige. Diez es dos veces cinco, o sea la plena revelación de la responsabilidad.

¿Acaso el completo fracaso no es siempre el resultado, cuando Dios confía algo a nuestra responsabilidad? Únicamente la gracia es capaz de guardarnos. Qué agradecidos podemos estar de que la gracia siempre vuelva a intervenir cuando nosotros lo hemos estropeado todo, y nos dé una puerta abierta. No, no para volver a lo que ya estropeamos. Sino que la gracia siempre quiere dar otra cosa, generalmente algo mejor que lo que poseíamos anteriormente. Cuando Sardis no se arrepintió, Dios dio una puerta abierta, pero no una puerta hacia el principio de Sardis, sino una puerta hacia Filadelfia.

La apertura de la puerta de Filadelfia no significa tener libertad para predicar el Evangelio. No tiene nada que ver con eso. Aun cuando se trata del Evangelio. No tiene nada que ver con eso. Aun cuando se trata del Evangelio, una puerta abierta no quiere decir que no haya resistencia; al contrario. El apóstol Pablo escribe: “Porque se me ha abierto puerta grande y eficaz, y muchos son los adversarios” (1 Corintios 16:9). Una puerta abierta quiere decir que el Señor está indicando en qué camino hemos de andar. Y en un mundo donde rige Satanás, esto siempre significara que hay mucha oposición y grandes dificultades que enfrentar.

En Apocalipsis 2 y 3 es cuestión del lugar de la iglesia como testigo responsable del Señor Jesús y de Dios. Y precisamente las tres últimas iglesias: Sardis, Filadelfia y Laodicea llevan de modo particular este carácter. Con eso se relaciona la puerta vierta. Es la luz que Dios dio en Filadelfia, respecto a cómo puede ser esta un verdadero testimonio sobre la tierra, en una época cuando Tiatira y Sardis, que se jactan de ser la asamblea (iglesia), como tal son puestos a un lado por Dios.

Así lo vemos aquí en el libro de Rut. En los primeros versículos hallamos una indicación del lugar que la iglesia debería haber ocupado en esta tierra, pero que sin embargo había abandonado. Y ahora en la tierra de Moab, después de que Noemí ha experimentado las consecuencias de su camino, Dios abre la puerta para la restauración: deja llegar hasta ella un rumor de que Dios había visitado a su pueblo al darles pan.

Sí, hay restauración cuando nos hemos desviado, pero solamente cuando hemos aprendido que el fin de un camino propio es la muerte, cuando quedaos humillados ante la faz de Dios y nuestros pobre corazones han aprendido que solamente se encuentra pan allí donde está Dios.

¡Qué ejercicios de corazón hallamos en la pobre Noemí! Cuando se fue de Belén, creía que era pobre e iba al encuentro de un buen porvenir. Ahora ha experimentado qué precio piden el mundo y Satanás por lo que ofrecen. Y el precio se paga por adelantado. “Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías” (v. 21). En aquel tiempo ella tenía a su marido y a sus hijos, tenía su herencia en medio de su pueblo, vivían en Belén de Judá, su nombre era Noemí –mi dulzura–; estaba consciente del favor de Dios. Ahora lo ha perdido todo, y su nombre es Mara: amargura. Todas sus fuentes naturales se han agotado, y su mirada hacia el futuro está oscurecida por sus tristes experiencias. Apenas puede hablar de otra cosa que de su aflicción, su edad y su desamparo. No tiene ni una palabra de ánimo para aquellas que quiere y quienes al igual que ellas son viudas.

En general apreciaos lo que una vez hemos poseído, solamente después de haberlo perdido por nuestra propia culpa. “Los labios de la mujer extraña destilan miel, y su paladar es más blando que el aceite; más su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos. Sus pies descienden a la muerte; sus pasos conducen al Seol. Sus caminos son inestables; no los conocerás, si no considerares el camino de vida… Aleja de ella tu camino, y no te acerques a la puerta de su casa; para que no des a los extraños tu honor, y tus años al cruel” (Proverbios 5:3-13). ¿No es esta una descripción exacta de las consecuencias que tiene apartarnos del Señor y el abandonar el sitio en donde estamos con Él? ¡Cuántos han tenido que repetir estas palabras! ¿Estamos conscientes de los maravillosos privilegios que hemos recibido? ¿De que por gracia tengamos un sitio en donde podemos reunirnos alrededor del Señor Jesús? ¿Un sitio, donde ya sobre esta tierra podemos estar con Él, porque Él personalmente está presente? ¿Dónde podemos llevarle el agradecimiento de nuestros corazones por todo lo que Él ha hecho por nosotros, y nuestra adoración por lo que Él es, por lo que en ese lugar vemos de Él, y donde Él siempre abre su despensa, para darnos de sus riquezas, para que nos alimentemos? ¿De que por gracia vivimos en Belén de Judá (en la casa del Pan, donde Él es alabado)?

¡Sí, hay restauración! Cuando en la disciplina de Dios hemos aprendido que lo hemos perdido todo, y nuestros corazones recuerdan con dolor aquellos días cuando éramos ricos, es entonces cuando Dios abre una puerta. No, en Moab Dios no da pan. Cuando Dios da pan, lo hace en Belén, en la Casa del Pan. Pero eso sí, deja llegar hasta Noemí el rumor de que Él ha visitado a su pueblo al darles pan. Su presencia personal no se encuentra en ningún otro sitio fuera d Belén de Judá. Pero en su previsión Él obra en la circunstancias, para animar a nuestros corazones a volver.

Y entonces vemos algo maravilloso. Las dos nueras de Noemí la acompañan. Diríamos nosotros: “¿Qué clase de testimonio podría proceder de esta mujer?”. Y de hecho, el verdadero testimonio – Elimelec: mi Dios es público de pobreza y muerte. Pero entonces vemos la fuerza del testimonio personal. Después de todo, Noemí es la figura de un creyente, aunque sea la figura de un residuo, “a punto de morir”.

La gracia de Dios obró en su corazón. Ella vuelve a pensar en los días de bendición, de antes, cuando era la agradable, consciente del favor de Dios. Se acuerda de todas las cosas preciosas que la gracia de Dios había dado, y daba aún, a su pueblo. Habló de ello a sus nueras, aunque con honda tristeza, porque ella ya no tenía parte en ellas. Sin duda alguna ha hablado de Belén de Judá, del pueblo de Dios que allí vivía, del Dios de Israel. ¡No, lo que ella decía no era un verdadero testimonio de Dios! Vemos en los versículos siguientes cuán equivocadamente juzga a Dios. Incluso le echa a Él la culpa de sus tristes circunstancias. Pero lo que cuenta, y el hecho de que quiera volver, deja una profunda impresión en esta jóvenes mujeres. Ven que ella misma cree en lo que va contando.

Es esa la fuerza del testimonio personal. ¡Cierto, la Palabra de Dios tiene fuerza viviente! Ella hace todo lo que Él quiere. Pero nuestro testimonio tan solo tiene fuerza cuando se siente que vive en nuestros corazones. ¿Acaso cree usted que sus hijos van a creerle cuando les dice que es tan necesario conocer al Señor, que esto hace tan feliz, cuando en la práctica de su vida no notan nada de ello? ¿O es que supone que nuestro hermano en la fe creerá mucho en ello, cuando usted le muestra lo precioso del lugar que por la gracia de Dios podemos ocupar, y la necesidad de ser obedientes a su Palabra, si ve que en nuestra vida práctica estas cosas no tienen ninguna influencia?

Juan 1:29-37 habla un lenguaje claro. En el versículo 19 dice Juan: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Es esa una verdad de excepcional significado que supera a todo. Va más allá de lo que van los pensamientos de la mayoría de los creyentes, ya que nos conduce hasta la eterna condición: al nuevo cielo y a la nueva tierra, en los cuales oran la justicia; hasta el momento en que cielo y tierra y todas las cosas que en ellos hay, sean reconciliados con Dios y muestren la armonía y a la gloria divinas. Juan nunca olvidó esta verdad. Decenas de años más tarde consigna estas palabras. Y en el Apocalipsis siempre vuelve a presentar al Cordero, “como inmolado”. Pero en el momento en que Juan el Bautista profiere esas palabras, no vemos ninguna consecuencia para sus oyentes. Cuando no obstante, al día siguiente se limita a decir: “He aquí el Cordero de Dios”, sin añadir a ellas verdad alguna, sus oyentes le abandonan a él para seguir al Cordero. Sus últimas palabras les había convencido de cuán maravillosa debía ser esta Persona, la cual ejercía una influencia tal sobre el corazón de este gran profeta.

Esto lo vemos aquí en el caso de Noemí. Cuando se levanta para volver a Belén, Orfa y Rut van con ella. Cómo debe haber sido alentado el corazón de Noemí por eso. ¡Qué apego y qué buena disposición de parte de estas jóvenes moabitas, para abandonarlo todo con el fin de unirse al pueblo de Dios, y volverse de los ídolos al Dios vivo!

Pero entonces vemos la devastadora repercusión del desviarse uno de Dios. Cuanto más se acercan a Belén tanto más despacio se hace el paso de Noemí. Solo podemos ser maldición o bendición; quedarse neutral resulta imposible. Podemos invitar a otros para que vayan al Señor Jesús, o los ahuyentamos de Él. Orfa quería ir (v. 7, 10), y una persona que había estado en Moab la rechazaba. ¡Y bien sabía Noemí a dónde la volvía a enviar! En el versículo 15 dice a Rut: “He aquí tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses”. ¿Quién hubiera creído antes que fuera posible que Noemí alguna vez hablara de esta forma? Cuando se ha iniciado el principio de un desvío, no se sabe en dónde será el fin.

¿Por qué no quería llevar consigo hasta Belén y hasta el Dios de Israel a Rut y a Orfa? ¿Es que a sus antiguos amigos les quería ocultar su vergüenza y su pecado de permitir a sus hijos que se casasen con jóvenes moabitas? ¡Oh, miserable orgullo que hay en nosotros, que prefiere arrojar a otros en la perdición antes de dejar que nuestra propia deshonra salga verdaderamente a la luz! ¿Acaso no es lo mismo lo que veos en el caso de David en 2 Samuel 11? Mejor asesinar a un justo y fiel siervo antes de permitir que se revele su propio pecado.

¡Cuántos han sido arrancados lejos del Señor por el celo falso de sus amigos o padres, que buscaban ventajas terrenales o la satisfacción carnal! Y eso bajo el abuso de su Nombre y bajo la máscara de la “verdad”. “Con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:18). ¡Cuántos, en su empeño por lograr una situación terrenal más elevada para sus hijos, les colocan en la misma boca del león, y al mismo tiempo imploran al Señor pidiéndole que, por favor, el león no les haga ningún daño!

Cuán necesario es que nosotros, que vivimos en medio de una cristiandad caída, estemos alertas, porque nuestras palabras y nuestros hechos son para los que nos rodean o una ayuda o un obstáculo. Que tengamos cuidado de no dejar ningún lugar en nosotros para la actividad de la carne, y que no la alentemos en nuestros hijos y amigos, sabiendo que, si en esto servimos a Cristo, agradamos a Dios y somos aprobados por los hombres (Romanos 14:18). Porque el reino de Dios no es comida y bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Noemí estaba consciente de que la posición de sus nueras era totalmente distinta a la suya. Ella misma era una israelita que volvía a su pueblo, a su lugar de nacimiento y a su Dios, pero que llevaba las consecuencias de su propia infidelidad y que las habría de seguir llevando en el futuro. Orfa y Rut tenían que abandonara su nación, a sus padres y a sus Dioses, para trasladarse a una tierra y a una nación en la que no tenían parte, y a un Dios que solo conocían por el débil testimonio de Noemí. No bastaban el afecto y el apoyo de Noemí para semejante renunciación a todo aquello en que hasta la fecha habían vivido y encontrado las fuentes de su existencia.

Luego podemos ver cuán hondo puede hundirse un creyente por debajo de los principios de Dios. Noemí está llena de quejas sobre su suerte, y procura evitar que sus nueras tengan parte en ella. Les hace ver que en Moab tendrán mejores perspectivas que si van con ella. En Canaán y en medio de su pueblo no serían más que extranjeras, y ella ya no tenía hijos para restablecer la relación que la muerte había roto. ¿Para que ellas habían de ir allá? ¿Jehová no les bendeciría si se quedaban en Moab?

¡Qué enseñanza más peligrosa! ¡Qué servicio de envenenamiento! No se tiene en cuenta al alma, se olvida la eternidad, y Dios –su bondad y su gracia– quedando conforme con ello, pero, ¿no significaba esto su perdición? ¡Cuántas convicciones de pecado se acallan, cuán a menudo se ha vencido a una conciencia despertada! ¡Cuántos corazones jóvenes se han extraviado y desencaminado por padres cristianos, que por este medio pensaban alcanzar algunas ventajas terrenales para sus hijos!

Como ya se ha hecho constar, en las figuras de la Palabra de Dios lo femenino se relaciona con la posición y lo varonil con la condición práctica. ¿Por qué Noemí habla tan solo de la casa de la madre? Con respecto al orden divino en la familia, es algo normal hablar de la casa del padre, o si no de la de los padres. La “casa del padre” se relaciona con la condición espiritual y la actividad de la fe que allá se encuentran. Por eso, en el capítulo 2:11, Booz empieza con el abandono del padre. Allí había una acción fatal para su bienestar espiritual. La “casa de la madre” habla del lugar, visto desde su lado atractivo: el amor natural y las relaciones que se hallan allí. Noemí evita recordar la actividad del padre, pues las prácticas paganas que nacen de la muerte y de las tinieblas podrían precisamente animar a los jóvenes a ir a Belén de Judá, a la casa del pan, en donde se alaba a Dios. ¿Cómo podría la comparación entre las obras de las tinieblas y la bendición de la luz, la comparación entre un esclavo de Satanás que está bajo el juicio de un Dios santo y justo, y un hijo de Dios hecho acepto en el Amado, desanimar jamás a un pecado de buscar refugio en los brazos del Señor Jesús? ¿Cómo podría la comparación entre lo que está representado por Tiatira y Sardis, y lo que representa Filadelfia, conducir jamás a un creyente a escoger a una de aquéllas, cuando ve el juicio del Señor sobre ellas, por pequeña y débil que pueda ser Filadelfia?

Para convencer a las jóvenes de quedarse en Moab, Noemí habla de aquello que en sí mismo no es malo, al contrario, es atractivo y que originalmente fue dado por Dios; pero que no obstante ha de servir para retenerlas en Moab. Bien puede que el vino sirva para alegrar el corazón de Dios y de los hombres, y por tanto, en sí mismo sea algo bueno; pero el que quiera ser nazareo y dedicarse enteramente a Dios, no podrá tomar vino o bebida fuerte (Números 6; Lucas 22:18). En un mundo donde el Señor es rechazado, cada uno que quiere estar con Él tendrá que abstenerse muy a menudo de cosas que en sí no son malas y quizás aún son buenas, pero que impiden que uno esté enteramente dedicado a Él.

Ya que no surten efecto el recuerdo de la casa materna y la mención del casamiento para asustar a las jóvenes, Noemí amplía para su argumentación el último punto. Ella conoce el lado débil de las jóvenes moabitas. Toda la existencia de Moab es la consecuencia del hecho de que la fundadora de Moab anhelaba a toda costa tener relaciones con un hombre y tener hijos (Génesis 19:30-38). Y sus hijas mostraban la misma inclinación (Números 25:1). ¡Qué impresión habrán hecho las palabras de Noemí, en los versículos 11-13, sobre Orfa y Rut!

¿Cuántos jóvenes creyentes hay, que no han ocupado el sitio de separación, o lo han abandonado, por motivo de un casamiento? ¿Cuántos padres o amigos han engañado a jóvenes creyentes empleando el mismo argumento, para que no tomasen su sitio? ¡El que ama a padre y madre o a mujer e hijos más que a mí, no es digno de mí!

Y entonces Noemí alude al lugar adonde ella misma ha llegado ahora: ¡Ya no tiene marido! La viudez no es una posición que Dios desde el principio había intencionado; es una consecuencia del error, del pecado, de la muerte. No hay ninguna esperanza; y la culpa de todo esto se la echa a Dios. ¿Acaso no conocía las citas en la Palabra de Dios, en donde se describen los tiernos cuidados de Dios, en donde se describen los tiernos cuidados de Dios en favor de las viudas y de los extranjeros? ¿Es que había olvidado la existencia y el carácter de Booz, hombre poderoso en riquezas? Y no solamente procurar espantar a Rut y a Orfa al quitarles la esperanza de cualquiera ayuda de su parte, sino que al hacerlo traza un retrato completamente falso de Dios: “La mano de Jehová ha salido contra mí”. La culpa de todas sus dificultades y de su situación desesperada la echa a Dios, en vez de reconocer que ella misma se había atraído todo esto al abandonar a Dios y a la posición y la bendición que Él había dado. Desde luego, no fue la mano de Él la que la había conducido a Moab. Fue su propia voluntad la que le había incitado a abandonar su sitio, donde hubiera podido tener las mismas experiencias del salmista: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre” (Salmo 33:18-19).

¡Oh, que no besemos y descaminemos a los que nos rodean cuando estos desean elegir, de modo positivo, el lado del Señor, procurando nosotros hacerles volver para que encuentren descanso en lo que sabemos perfectamente que jamás puede darlo!

Es bueno ocuparse de ellos para probar su rectitud, para que calculen los gastos. Para ver si sus conciencias están limpias de obras muertas, para que sirvan al Dios vivo (Hebreos 9:14). Pero no los desaliente mediante vaticinios sombríos. Si les habla de la noche llena de dolores, hábleles también de la mañana llena de alegrías. Si les habla del oprobio que hay fuera del campeonato, entonces no acalle las glorias que se encuentran dentro del velo. Si habla del número reducido de lo que se reúnen en derredor de la Persona del Señor Jesús y de sus debilidades y equivocaciones, hable entonces también de la gloria de Aquel que está en el centro y del maravilloso privilegio de poderse colocar allí bajo la guía del Espíritu Santo y de ser utilizado por Él con el propósito para el cual quiere usarnos. Si habla de separación, tanto del mundo religioso como del no religioso, y de la necesaria de apartarse de muchas cosas que en sí quizás no son malas y que incluso han sido dadas por Dios mismo en su creación, entonces hable también de lo precioso que es estar conscientes de tener la aprobación del Señor Jesús, y de la comunión con el Padre y el Hijo, que solo en este camino se disfrutan de modo práctico. “Porque la gracia de Dios nos enseña que, renunciado a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14). Instruidos de esta manera serán capaces de soportar la tentación y, cuando hayan resistido la prueba, recibirán la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman (Santiago 1:12).

Las palabras y la manera de obrar de Noemí hicieron una impresión profunda en Orfa y Rut. Las dos lloraron, y para Orfa la prueba fue demasiado grande. Había empezado bien, igual que Rut. Parecía que amaba a su suegra y hasta el pueblo de su suegra, pues también ella había dicho: “Ciertamente nosotras iremos contigo a tú pueblo”. Pero ahora, cuando vio lo que ello costaría, le resultó ser el precio demasiado alto. La fe que ve al Invisible (Hebreos 11:27), le faltaba. “Y vemos que no pudieron entrar a causa de la incredulidad” (Hebreos 3:19). Había llegado la gran prueba de su vida, y ella falló; era el momento de la decisión, y ella lo pasó por alto. ¡Y con la máxima confesión de amor rompió los lazos con los objetos de ese amor y volvió atrás, definitivamente atrás!

La Palabra de Dios no da muchos detalles sobre Orfa, sino que consagra el libro a la historia de su cuñada. No obstante, no se le hace ninguna injusticia. Se nos comunica el buen testimonio que Noemí da de ella. Esta reconoce plenamente y con agradecimiento lo que ha hecho y lo que ha sido para los vivos y los muertos. Cual esposa y nuera, en el matrimonio y en la viudez, se comportó bien y como una señora. Es justo en los ojos de Dios reconocer y apreciar cualquier cosa atractiva que posea alguien. ¡Qué ejemplo tenemos de esto en nuestro bendito Salvador! Solo una vez dice la Escritura que el Señor Jesús amase a un incrédulo, a saber, cuando mira al joven rico y ve cuán simpático es (Marcos 10:17-21). Pero la bondad natural, por muy sincera que sea, jamás ha llevado a la voluntad a someterse a Dios. La carne siempre se opone al Espíritu (Gálatas 5:17).

El sufrimiento de Noemí había fortalecido su anhelo por algo mejor que Moab. Quería modificar su camino y volver al Señor, el cual, en su inmutable amor, había vuelto a dar pan a su pueblo. Esto puso a prueba o Orfa. Su corazón estaba en Moab, y allá podía andar su camino con Noemí. Pero cuando el corazón de Noemí se dirige hacia Dios, hacia su pueblo y su morada, entonces se manifiesta la verdadera posición de Orfa. Rompe el lazo con todo lo que aparentemente apreciaba y vuelve a su pueblo y a sus dioses, pero, amable como siempre, con las más tiernas manifestaciones de cariño. El Yo salió con la victoria, por inesperado que esto fuera. Y lo mismo sucedió con el joven rico, aunque él mismo sintió tristeza por esto. Pues la incredulidad, por amable y simpática que pueda ser, nunca se eleva por encima de los principios de este mundo.

Cuántas veces hemos visto lo mismo en nuestros días. Cuántos creyentes hay que vieron algo de la verdad de Dios en lo que atañe a la reunión de los creyentes, y que daban la impresión de querer ser obedientes, y se volvieron atrás porque el precio era demasiado alto. Y generalmente con carácter definitivo. Cuando por falta de fe uno se niega a pasar por la puerta abierta de Apocalipsis 3:8. Por lo general ya no hay más retorno. Cuánto importa pues, en el día de la decisión, decir con fe: “Señor ¿qué quieres que yo haga?” y caminar en este camino “como viendo al Invisible”.

Orfa probablemente significa “su cuello”. No tenía la voluntad quebrantada. Por eso regresó a Moab, al lugar donde no se toma en cuenta la voluntad de Dios y en el cual podía satisfacer sus deseos naturales. Y su fin será que tendrá su parte en el juicio que caiga sobre Moab. Sardis se apoya en el mundo y se ha unido a él; por eso también será tratado como el mundo: el Señor vendrá por ella como ladrón en la noche, exactamente como vendrá por el mundo (Apocalipsis 3:3; 1 Tesalonicenses 5:4).

Orfa podía volver, pero Rut se aferró a Noemí. Y entonces Noemí suelta su último argumento: la soledad que sufriría Rut.

Estas no fueron palabras huecas. ¿Acaso existe algo pero que quedarse uno solitario y solo? El Señor se lamentaba cuando estuvo sobre la tierra, de que fuese un pájaro solitario sobre el tejado, que había esperado compasión sin encontrar ninguna. “Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre” (Salmo 69:8). ¿Si Él lo sintió tan profundamente, Él, quien en todo tiempo estaba en comunión con el Padre acaso no hemos de experimentarlo hondamente nosotros?

Y esa soledad será nuestra porción, cuanto más andemos nuestro camino en obediencia. “¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. Estarán dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre…” (Lucas 12:51-53).

Pero nada pudo retener a Rut. Rut quería ídolos, sino satisfacción de las necesidades de su corazón. El nombre “Rut” significa “satisfacción”. Esta era la satisfacción que buscaba, no la satisfacción de los deseos de sus sentidos, de su cuerpo, de su naturaleza, sino de su vida nueva. ¿Esto lo podría dar un ídolo? ¿Se lo daría un casamiento o una familia propia? Muchos jóvenes se convencen de esto. El dolor por su necedad viene después de su desencanto. Pero entonces ya es demasiado tarde. Rut no cayó en esa trampa de Satanás.

Tampoco se deja retener por la conciencia del estado de su suegra: una pobre viuda. Hemos visto que Noemí en esta condición es figura del testimonio de Dios sobre la tierra. Ha abandonado su lugar original, y en ese paraje extranjero lo ha perdido todo; y como remanente pequeñísimo vuelve ahora al sitio donde debe estar establecido el testimonio de Dios. Y la disciplina de Dios pesa sobre ella. Rut ve todo eso, por cierto, y le duele: ella también llora. Pero ve la puerta abierta que da el Señor (Apocalipsis 3:8); y cualquiera que vea esta puerta, no puede ser retenido por nada.

Filadelfia es pequeña y tiene poca fuerza. La sinagoga de Satanás, los que basándose en la tradición y en las formas pretenden ser el pueblo de Dios, no la reconocen. No tiene grandes obras. Los que le pertenecen, personalmente no son mejores que los demás; al contrario, se sienten débiles e insignificantes, y se doblegan bajo el juicio de Dios sobre la iglesia. Para la carne para el hombre natural, no hay nada atractivo en ella. Pero aquel en cuyo corazón hay este deseo: “¡Oh Señor, concédeme solo esto: que siempre ande yo contigo!”, un tal no se deja retener cuando el Señor enseña la puerta abierta.

Qué maravillosa confesión hace Rut. Y las palabras indican claramente que no se trata de una mera profesión de labios, sino del lenguaje de un corazón que está bien decidido y que ha calculado los gastos. Esto no quiere decir que Rut sabría explicar el alcance de sus palabras a otras personas. Aún no conoce personalmente a Booz como Aquel que vive en Belén, el Hombre poderoso en riquezas. Ni siquiera conoce Belén y todo lo que se relaciona con ella. Rut es atraída por lo que vio en Noemí; porque vio que Noemí poseía algo que debía ser precioso y que ella misma no tenía. Sus palabras no son el fruto de una esmerada investigación en los pensamientos de Dios, o de una profunda experiencia de todo lo que se encuentra en Filadelfia. Más bien se trata del instinto de la fe, que percibe profundas verdades sin poderlas mostrar en la Palabra de Dios o conocerlas por experiencia. Es cuestión de la “unción del Santo”, mediante la cual un bebé en Cristo sabe todas las cosas y no necesita que le enseñen (1 Juan 2:20, 27).

Ella dirige sus palabras también a Noemí. Es a ella a quien se quiere unir. Pronto se entera de que ello significa que se verá ligada con Booz y unida a él. Y solo entonces reconocerá con claridad el alcance de sus propias palabras.

Cuando una persona se convierte directamente del mundo y aún más cuando un creyente de Sardis ve la puerta abierta en la mayoría de los casos esto no significa un buen entendimiento de los pensamientos de Dios. Y eso no sería posible pues es solo en los caminos de Dios donde aprendemos de verdad a conocer sus pensamientos de Dios. Y eso no sería posible, pues es solo en los caminos de Dios donde aprendemos de verdad a conocer sus pensamientos, cuando lo realizamos en obediencia. Con más frecuencia es ver solo una pequeña parte de la verdad; el evangelio en su conjunto, el conocimiento de la liberación que allí encuentran. A veces únicamente son atraídos porque reciben más alimento para su alma, o quizás incluso por el vínculo entre los creyentes. Pero si sus corazones son rectos y sometidos al Señor, entonces es mucho lo que sentirán. El instinto de su fe les dejará sentir que muchas cosas son correctas, aunque todavía no todas por medio de la Escritura les sean claras.

Con el “instinto del a fe”, naturalmente no hago referencia al “sentimiento”. Aquel es espiritual, este proviene del hombre natural. Y si el reconocer por instinto los pensamientos de Dios no tiene como consecuencia el verificar y comprobar por la Palabra escrita de Dios, de seguro Satanás se valdrá de ello para que por nuestros propios sentimientos seamos llevados también a andar por caminos propios.

Mediante esta veraz confesión de fe, Rut toma su sitio entre los héroes de la fe, aun cuando no es israelita. En 2 Samuel 15 hallamos a otra persona: Itai, geteo. Cuando David tuvo que huir, porque su propio hijo se había sublevado contra él, y la gran mayoría de su pueblo le rechazaba y seguía al insurrecto, entonces el forastero, el geteo, dijo: “¡Vive Dios, y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde el rey mi señor estuviere, allí estará también tu siervo!”. Es la dedicación del corazón, tal como lo encontramos en 2 Reyes 2:2, 4 y 6 en un Eliseo; y que, a la pregunta del Señor: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” hizo contestar a Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”.

En el corazón de cada creyente hay el deseo de seguir al Señor Jesús. El caso de no existir este deseo en absoluto, sería una prueba de que no es un creyente, no es una persona nacida de nuevo. Pero la gran pregunta es, si eso que se dice de los 144.000 en Apocalipsis 14: “Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va”, también se aplica a nosotros. En Mateo 14:29 hay doce discípulos en la embarcación. Pero solo Pedro la abandona para estar cerca del Señor. Y los otros, ¿acaso no le amaban? Claro que sí, bien lo sabemos. Pero el precio de estar cerca de Él les era demasiado alto. Para eso tendrían que bajarse del barco, el único medio conocido por el hombre de mantenerse sobre el agua sin hundirse. Para eso debían abandonar todo aquello en lo cual hasta entonces habían confiado, y tener suficiente con Él solo. El precio es demasiado alto para sus pobres corazones. Pero para Rut no fue demasiado alto: “¡A dondequiera que tú fueres, iré yo!”.

Y cuán significativas son sus palabras que siguen: “Dondequiera que vivieres, viviré”.d No habla de “morar”. La iglesia no tiene morada sobre la tierra, como tampoco lo tiene su Cabeza, el Señor rechazado. Es forastera sobre la tierra, y su ciudadanía está en los cielos. El tiempo durante el cual está sobre la tierra, es llamado en las Escrituras “la noche”, la noche del rechazamiento del Hijo de Dios (Romanos 13:11-14; 1 Tesalonicenses 5:4-7; Juan 13:30; 2 Pedro 1:19). Para ella terminará la noche cuando aparezca la Estrella de la Mañana, para quitarla del lugar en donde reina la noche. Y para la tierra se acabará la noche, cuando salga el Sol de Justicia con salvación en sus alas (Malaquías 4:2).

Pero en esta época, mientras la Iglesia vive en un mundo donde el Señor es rechazado, y en el cual también el rechazamiento y el sufrimiento vienen a ser su porción, es de noche. Y cuánto más ahora que la cristiandad en conjunto ya no reconoce la autoridad del Señor y prácticamente se une al mundo. Pero Rut se une al testimonio cuando este lleva el carácter de la viudez y es de noche. Espera sufrimiento de parte del mundo. Sabe que los hermanos y las hermanas no siempre son tan amables, sino que a menudo se manifiesta entre ellos y ocasiona dificultades. Pero se trata del testimonio de Dios, y por eso quiere estar vinculada con él, sean cuales sean las circunstancias. Por eso puede decir: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. ¡Ella misma no escoge a aquellos con quienes quiere identificarse! Los que pertenecen al testimonio, que son de la familia de Dios, la posesión del Señor Jesús, esos son su pueblo. A ellos se quiere unir, no importa cómo es esa gente personalmente, cómo es su carácter, cuál es su posición social, en qué país viven. Y el Dios del remanente, podemos decir el Dios del Señor Jesús, es su Dios, tal como se habla en el Nuevo Testamento del Dios y Padre del Señor Jesús; y como el Señor Jesús mismo dice después de la resurrección: “Mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”.

“Donde tú murieres, moriré yo”. ¿Dónde muere el creyente? No se trata aquí de nuestra posición en virtud de la obra del Señor Jesús. A ese respecto, de cada creyente se dice que ha muerto con Cristo (Romanos 6:8; Colosenses 3:3). Pero es cuestión de la realización práctica de esta verdad en nuestro corazón y luego en nuestra vida. El apóstol Pablo dice en Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

No dice aquí “nosotros” sino “yo”. Es la realización personal de lo que en principio es verdad para todos los creyentes. Y en el capítulo 6:14 añade Pablo: “nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. La cruz de Cristo es el sitio en el cual se decidió la relación entre el Señor y el mundo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). Pero el mundo le quería a Él ni a la gracia de Dios. Su respuesta fue la cruz: “Quita a este; no queremos que este reine sobre nosotros”. Y después de eso la tumba, pues es así como procede el mundo para con los que para él ya acabaron: los entierra, para no tomarles ya en consideración ni pensar en ellos.

Rut se contentaba con morir y ser enterrada con Noemí. Estaba perfectamente dispuesta a ocupar el mismo lugar, aun si esto significaba la más completa separación de su vida hasta entonces, e incluso el desaparecer por completo de los pensamientos de aquellos con quienes hasta entonces había estado relacionada. ¿Nosotros también estamos dispuestos a tomar este sitio juntamente con el Señor Jesús? Es decir, el sitio de completo rechazo del Señor Jesús, y derrumbar todas las relaciones: El mundo ha roto completamente con el Señor, y Este, de momento, no tiene que ver nada más con el mundo: ¡No ruego por el mundo (Juan 17:9)! Una vez vendrá el día en que pedirá el mundo (Salmo 2:8), y entonces lo juzgará. Y en aquel día compartiremos ese sitio con Él (1 Corintios 6:2.). En el bautismo hemos confesado que hemos sido bautizados en (lit. hacia) la muerte del Señor (Romanos 6:3), y que asimismo hemos sido sepultados con Él. Ninguno de nosotros habrá captado en aquel momento el pleno significado de ese acto; tampoco Rut pudo apreciar todo el alcance de sus palabras. Pero el mismo instinto de la fe que permitió que Rut profiriese estas palabras, porque su corazón no deseaba otra cosa que estar ligada con Noemí, también puedo hacernos decir lo mismo en el bautismo, la verdadera confesión de fe según las Escrituras. ¿Fue así? Y ¿lo hemos realizado desde entonces, aunque en mucha debilidad? Y ¿es este también ahora el lenguaje de nuestro corazón al Señor Jesús: “Donde tú moriste quiero haber muerto; allí donde fuiste enterrado, quiero ser enterrado. Quiero seguir en pos de ti a donde sea que te dirijas hasta en el camino del completo rechazamiento por este mundo y la total separación de él”? ¿Es todavía este el lenguaje de nuestros corazones?:

Te ruego solo, oh Señor, que siempre ande a tu lado.

Entonces Noemí ya no procura retener a Rut. ¿Se puede acaso retener tal empeño? Así, ahora van juntas a Belén. Ambas tienen el anhelo de estar allí; aquélla por motivo de sus recuerdos, al pensar en sus estado, sus bendiciones que poseía en días pasados; esta, porque por los relatos de su suegra ha llegado a estar consciente de cuán maravilloso debería de ser vivir como pueblo de Dios en Belén de Judá y disfrutar allí de todo lo que la bondad de Dios proporciona a su pueblo. ¿Habrá alguna duda sobre qué cosa iban hablando entre ellas en el camino? ¿Rut no habrá tenido el deseo de oír siempre más sobre ello, y el corazón de Noemí no habrá contestado a todas las preguntas de Rut con sumo gusto?

Así llegan a Belén. Y allí encuentran el verdadero modo pensar que conviene a sus habitantes. Los que cada día tienen trato con Booz, los que viven con él, ¿acaso no han de compartir su forma de pensar? El que vive con el Señor y tiene trato diario con Él, será transformado según su imagen. ¡El amor de Cristo nos constriñe! Entonces los desviados que vuelven son recibidos con alegría. Entonces nuestro corazón nos constriñe para que los llamemos Noemí, esto es la amable o agradable.

Pero precisamente es en Belén donde Noemí reconoce su condición, en contraste con la de antes, y con sus antiguos amigos de Belén. Y luego vemos por sus palabras cuán triste sigue siendo el estado de su corazón. Algo ha aprendido. Reconoce que fue ella quien se marchó y que es el Señor quien la ha vuelto a traer. Efectivamente había hecho oír que Él había visitado al pueblo dándole pan. El versículo 6 dice expresamente que fue por eso que volvió.

Sabemos que es la intercesión y la gracia del Señor Jesús lo que vuelve a traer nuestras almas. “Hará volver mi alma: me guía por sendas de justicia a causa de su nombre” (Salmo 23:3, V. M.). Por nosotros mismos nunca hubiéramos vuelto. No lo queremos hacer, ni tenemos fuerzas para ello. No queremos, pues por eso mismo nos desviamos, porque dejamos obrar nuestra propia voluntad. Ahora bien, esta voluntad nos mantiene alejados del Señor, pues que está en enemistad contra Él. “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias” (Lamentaciones 3:22).

Es verdad, cuando vamos a Moab perdemos nuestro nombre de Noemí y este se cambia en Mara (amargura), porque perdemos nuestro gozo. Y demos gracias a Dios por eso, porque si no, quizás nos quedaríamos allí para siempre y al fin nos enterrarían allí. Moab es tierra de amargura para el creyente. Noemí nunca lo ha visto tan claramente como ahora, al estar de vuelta en Belén. Solamente ahora ve con claridad cuán llena había estado cuando se marcharon de Belén, y cuán vacía estaba ahora. A su marido y a sus dos hijos los había perdido, y tenía demasiada edad para casarse con otro hombre. No había ni la menor posibilidad de un cambio en cuanto a esta situación, ya que era demasiado vieja para tener hijos. Su herencia estaba perdida. Nada le quedaba sino la vida desnuda, y a su lado otra viuda, que por añadidura era moabita.

Aun siendo Dios ilimitado en su gracia, no impide, sin embargo, las consecuencias de nuestro desvió. Él es un Dios de verdad que declaró: “Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:7-8). Así tenemos que aprender de manera tristemente práctica, lo que Dios había querido enseñarnos por su Palabra y en su luz, a saber que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien (Romanos 7:18) y que la felicidad y la prosperidad solo se hallan en el camino de la obediencia. El Señor ha dado testimonio contra ella, dice Noemí. Utiliza, al decirlo, la misma palabra que encontramos en Éxodo 20:16: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. En efecto, Él había dado testimonio contra ella por sus obras en su gobierno y su testimonio no es falso. Por este medio su corazón comenzó a anhelar las bendiciones en la Casa de Dios, la Casa del Pan (Belén).

“El todopoderoso” es el nombre con el cual Dios se revelaba a Abraham (Génesis 17:1), para animarle y fortalecer su fe, cuando le hacía promesas que según el hombre eran imposibles de cumplir. Es este nombre de Dios el que Noemí toma, pero lo utiliza de modo muy distinto: “En grande amargura me ha puesto el Todopoderoso” y “el Todopoderoso me ha afligido”. A Él le echa la culpa de su amargura y de sus circunstancias, de las pérdidas que había sufrido. Su poder absoluto no es su consuelo y el fortalecimiento de su fe, sino que según su parecer es la causa de sus tristes circunstancias. Cuán necio es el corazón humano, cuando no tiene los ojos alumbrados en la cercanía del Señor. El apartarse del Señor siempre va acompañado de pérdida de luz y de sabiduría. Y cuando es por mucho tiempo, siempre vemos que la luz y el discernimiento originales no vuelven completamente después de la restauración. En el caso de Noemí lo vemos, y de forma muy clara lo vemos también en la vida de David.

El hecho de llegar a Belén al principio de la cosecha de la cebada ¿acaso no hubiera debido convencer perfectamente a Noemí de la gracia de Dios? Entre los cereales, el primero que madura es la cebada (Éxodo 9:31-32; Rut 2:23). Después viene el trigo y luego las uvas. En Moab habían oído decir que Dios había dado pan a su pueblo. Solamente entones volvieron. ¿No tendrían que esperar que una gran parte de la cosecha, si no toda, habría ya pasado? Y ahora ven que llega toda la cosecha; que Dios, al parecer, las había esperado, antes de matar al becerro gordo. ¡Cuán grande es la bondad del Dios que adoramos! 

Quisiera señalar todavía algunos particularidades. Primero, que con excepción del versículo 4, el modo de determinar el tiempo en este libro gira exclusivamente en torno a la cosecha. El versículo 4 habla de la estancia en Moab, y allí se utiliza el sistema mundano de determinar el tiempo. Pero en cuanto se trata de la vida en Belén, el único indicio de tiempo lo constituye la situación de la cosecha. Ello nos pone en relación con Deuteronomio 16, donde también vemos el año de Dios divido según la cosecha, según los frutos, pero basándose en la Pascua y terminando con la fiesta de los tabernáculos, después que toda la cosecha ha sido recogida y preparada para el uso. Así también el libro de Rut termina con la boda, después de la era.

Luego quisiera aludir al hecho notable de que en el versículo 22 está dicho expresamente que Rut volvía de los campos de Moab.e Es precisamente a ella a quien se le llama “la que ha vuelto”, como dice literalmente. Los críticos incrédulos de las Escrituras no saben qué hacer con esto y de buena gana lo tacharían. ¿Pero no es eso precisamente una afirmación digna de notar del significado profético y espiritual del Antiguo Testamento, como nos lo enseña muy claramente, por ejemplo 1 Corintios 9:9-10? Cualquier persona que sepa algo de las profecías sobre la restauración de Israel, ve en Rut la figura del remanente creyente de Israel en los postreros días, que aquí viene representado por una moabita, para mostrar cuán grande es en realidad el desvío de Israel. Pero como ya está dicho, no es mi propósito el de hablar sobre el significado profético del libro de Rut, sino sobre su significado espiritual para nosotros.

¡Qué diferencia podemos ver entre Noemí y Rut! Noemí claramente es figura de un creyente descaminado, mientras en Rut vemos a alguien que está en su primer amor. No tiene tanto conocimiento como Noemí, y lo que sabe lo ha aprendido de ella. Pero el instinto de la fe le hace percibir las cosas acertadamente. Lo que Noemí tuvo que aprender en un camino de desviación, esto es que la carne de nada aprovecha, lo aprendió Rut cuando se convirtió en comunión con el Señor. Y, ya que camina en la realización práctica de lo que ha aprendido, ella no tiene los mismos dolorosos ejercicios de corazón que experimenta Noemí. Ni una sola nota de queja oímos de su boca, aunque su situación vista desde el exterior era más dificultosa que la de Noemí. El amor y la fe rigen en su corazón, y estos se elevan por encima de las circunstancias.

Como lo hemos visto en Éxodo 9:31 y 32 y en Rut 2:23, la primera cosecha es la de la cebada. En relación con Deuteronomio 16 y Levítico 23, esto nos ofrece unas enseñanzas importantes. La cosecha de la cebada empieza en el mes de Abib. Abib significa “espigas verdes”. En esa ocasión tenía que sacrificarse la Pascua, pues solo en virtud del cordero pascual inmolado puede haber aquí sobre la tierra fruto para Dios y bendición para seres humanos. También en 2 Samuel 21 encontramos el mismo pensamiento: la muerte como expiación por el pecado al principio de la cosecha de la cebada (v. 3, 9). Pero a continuación era preciso traer la gavilla de las primicias, y el sacerdote “mecerá la gavilla delante de Jehová, para que seáis aceptos” (Levítico 23:11). Es una figura del Señor Jesús resucitado. Cotéjese también con 2 Reyes 4:40-43.

Cuando Noemí y Rut llegaron a Belén, se acababa de sacrificar el cordero pascual, y los hombres piadosos del lugar habían llevado al sacerdote la gavilla de las primicias. ¿No será que la Sagrada Escritura quiere fijar nuestra atención sobre esto, cuando dice que era el principio de la cosecha cebada? La vida en Belén está caracterizada por una vida de resurrección, que se fundamenta en la obra cumplida en la cruz.

Ahora al final del capítulo quisiera hacer un pequeño resumen. Al principio hallamos el estado de la iglesia como está representado en Éfeso (Apocalipsis 2:1-7). Exteriormente todo está bien (Elimelec: mi Dios es Rey, y Noemí: la amorosa, la agradable). Pero el Señor ya ve el abandono del primer amor (figurado en los nombres que Elimelec y Noemí han dado a sus hijos). En el versículo 3 vemos a Pérgamo (moran donde está el trono de Satanás); Elimelec –mi Dios es rey– muere. El verdadero testimonio de los derechos de un Señor rechazado, ha muerto. El versículo 4 quizás nos da el retrato de Tiatira: una plena relación de la iglesia con el Moab idólatra que, no obstante, tiene parentesco exterior. En el exterior. En el versículo 5 Sardis: Tienes nombre de que vives, y estás muerto. Y a partir del versículo 6 vemos a Filadelfia, el retorno a lo que es desde el principio, no en la antigua gloria, sino en gran debilidad y consciencia de culpabilidad por el desvío propio, que se ve representado por Noemí. Pero también el primer amor como lo vemos en Rut; e igualmente un sentir más instintivo de lo que son los pensamientos del Señor. Y luego en Belén –la casa del pan– la cosecha de la cebada: el conocimiento de la obra consumada en la cruz, pero también de la resurrección y el carácter de resurrección de la Iglesia. En los siguientes capítulos veremos luego el pleno carácter de Filadelfia, en el camino en el cual Rut llega a unirse completamente con Booz.

  • a

    Aunque normalmente se traduce por “en”, literalmente se dice “hacia”.

  • b

    El Jordán representa: la realización de nuestra muerte y nuestra resurrección con Cristo en nuestro corazón y vida, por medio del Espíritu Santo. El mar Rojo representa: la obra positiva de Dios por lo cual somos libertados: Cristo muerto y resucitado por nosotros. El Mar Rojo nos saca de Egipto colocándonos en el desierto. El Jordán no nos introduce en el desierto, sino en la tierra: los lugares celestiales de la Epístola a los Efesios.

  • c

    La expresión “posición” significa en este contexto la posición sobre la tierra, que tiene un cristiano con motivo de su confesión pública. La “condición práctica” quiere decir, hasta dónde uno realiza esta posición en su vida diaria.

  • d

    Literalmente: Pasar la noche, alojarse.

  • e

    El versículo también se traduce: “Así volvió Noemí y Rut la moabita su nuera con ella, quien volvió de los campos de Moab”.