Capítulo 3
“Después le dijo su suegra Noemí: Hija mía, ¿no he de buscar hogar a para ti, para que te vaya bien? ¿No es Booz nuestro pariente, con cuyas criadas tú has estado? He aquí él avienta esta noche la parva de las cebadas” (v. 1-2).
El capítulo anterior se desarrolla enteramente en la época de la siega. Pero el último versículo termina con el fin de la siega del trigo. Ahora solo quedaba la cosecha del vino al final del año. Pero esta no da sustento; solo vino, figura de la alegría. ¿Qué debían hacer ahora Noemí y Rut? Los “jóvenes” no podían dejar caer más manojos.
Sin duda alguna Rut por su activo espigar había juntado una provisión. Pero, ¿alcanzaría esta para todo el año? Supongo que la mayoría de nosotros sabemos lo que significa, en tiempos cuando era imposible visitar las reuniones, vivir de la provisión que habíamos juntado antes. Pensemos solamente en enfermedad, encarcelamiento en la guerra o por persecuciones. ¿Alimentarse de la provisión? Eso no puede durar indefinidamente; desnutrición, agotamiento y por fin la muerte serían el resultado.
Es un hecho bendito que las Escrituras nos enseñan que no dependemos de “medios” sino del Señor, aunque Él, en las circunstancias normales, utiliza los medios que Él mismo da. A veces se oye a la gente gemir diciendo que no pueden ir a los llamados “medios de gracia”. Pero este período ¿no es a veces el período más bendecido, porque nos obliga a ir directamente al Señor quien es “lleno de gracia y de verdad”? La gracia es mucho más que los “medios de gracia”. Pues bien, el dispone siempre de abundancia de gracia. Si andamos por el camino de la obediencia nunca padeceremos escasez.
¡Qué diferencia hay entre la Noemí del capítulo 1:9 y la Noemí de aquí! Entonces deseaba que el Señor diera descanso a Rut y a Orfa, en unión con –y en la casa de– un hombre moabita. Y en efecto, durante un corto tiempo hubiesen podido tener descanso exterior, si lo hubiera permitido el Señor. Pero eso habría significado que Rut nunca conociera a Booz y Belén, y en vez de Jehová hubiese servido a los ídolos. Nunca se habría satisfecho las verdaderas necesidades de su corazón. Y ¿cuál habría sido el resultado, cuando compareciera ante el tribunal de Cristo?
Ahora Noemí estaba de vuelta en Belén, y había comido de la cebada de los campos de Booz. El que come de esta, ya no es el mismo y ya no juzga las cosas de la misma manera. Ahora busca el descanso de Rut en una relación con Booz, en la relación más íntima que pueda haber. Informa a Rut que aquel hombre “poderoso en riquezas”, en cuyos campos ella había espigad y quien había sido tan amable con ella, es un pariente.
¿Acaso no es un descubrimiento tremendo, cuando la Palabra de Dios nos enseña que hemos nacido de Dios (1 Juan 5:1) y así hemos venido a ser participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4) y que el Señor no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hebreos 2:11)? Esto despierta en nuestro corazón el anhelo de acercarnos aún más a Él, y de aprender a conocerle todavía mejor. Ahora bien, la Palabra de Dios nos indica el camino para satisfacer esta ansia. Y los creyentes ancianos a menudo pueden ayudarnos, al mostrarnos lo que la Palabra tiene que decir sobre ello. Tienen su experiencia, ganada a veces con perjuicio suyo.
“He aquí que él avienta esta noche la parva de las cebadas”. No leemos que el mismo Booz sembrada y segaba; al contrario, está escrito que eran sus criados los que segaban. ¡Cuán importante ha de ser en sus ojos el aventar, para que él mismo lo haga! Sembrar es llevar la palabra, ante incrédulos o creyentes. Segar es traer el fruto, sean la persona convertida por la predicación del evangelio, o sean los mismos pensamientos de Dios que se han aprendido al buscar en las Escrituras, en comunión con el Señor, y que permiten al creyente crecer en la gracia y en la verdad. Aventar es quitar el tamo. Tamo es aquello para lo cual Dios solo tiene fuego inextinguible (Mateo 3:12).
Aventar no es lo mismo que trillar. Por el trillar los granos de trigo se sueltan de la espiga y de la paja. Es un trabajo que tiene que efectuarse con dureza: con bueyes o trilladoras (Deuteronomio 35:4). Creo que el trillar representa más bien los ejercicios del alma de Romanos 7 o también la disciplina del Señor, cuando permitimos a la carne regir en nuestras vidas. Por esta disciplina hemos de llegar a considerarnos como una nueva creación, tal como la Epístola a los Efesios nos la presenta, y a tomar posesión personalmente de la muerte y la resurrección del Señor. Esto es, no la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros, como lo dice Romanos 4:25 – lo que se ve en figura en el Mar Rojo. Sino nuestra muerte con Cristo (Colosenses 3:3; Gálatas 2:20) y nuestra resurrección con Él (Efesios 2:6), lo que en figura se ve en el Jordán.
Cuando hemos pasado por el proceso de trillar, empieza el aventar para quitar el tamo que todavía está mezclado con el grano. Son dos los que nos quieren aventar (o zarandear): Satanás (Lucas 22:31) y el Señor Jesús. La meta de Satanás es que se vaya el grano y solo quede el tamo. Pero el Señor quiere hacer desaparecer hasta la última partícula de tamo, todo lo que no tiene valor para Él.
El aventar sucede de noche, cuando sopla el viento. En la noche del rechazo de Cristo, vino el Espíritu Santo sobre la tierra para morar en cada creyente personalmente y en la iglesia como conjunto (en el griego y en el hebreo, “viento” y “espíritu” es una misa palabra). “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:17). Si ya no hacemos lo que nosotros queremos.
Es posible de ella ya sobre esta tierra? Y el que ama el Señor Jesús ¿acaso no desea que su corazón se alegre cuando Él mire desde arriba sobre nosotros, sobre mí personalmente? Su deseo será el de no tener nada en él ni en su vida que no agrade al Señor. Anhela ser manifestado y en esa ocasión verlo todo tal como el Señor lo ve. Desea, ya ahora sobre la tierra, serle agradable. Extenderá sus pies hacia el Señor para que Él se los pueda lavar. Con gusto irá a la era para que el Señor le aviente y pueda quitarle el tamo. Y por amor al Señor y a los creyentes jóvenes y más viejos, les animará a hacer lo mismo.
“Te lavarás, pues, y te ungirás, y vistiéndote tus vestidos, irás a la era; más no te darás a conocer al varón hasta que él haya acabado de comer y de beber” (v. 3).
El deseo de ser aventados por el Señor, ¿no tendrá ya una influencia purificadora sobre nuestra vida práctica? Alguien que ora la oración del Salmo 19:12-14 y del Salmo 139:23-24, ¿acaso puede ser indiferente hacia su revelación diaria? Imposible. Así como la esperanza del pronto del Señor Jesús tiene como consecuencia que el que tiene esta esperanza se purifique a sí mismo, (1 Juan 3:3; Apocalipsis 22:11-12), así también el ir al Señor Jesús para ser limpiado tendrá como consecuencia que uno se limpie a sí mismo.
Se lavará, es decir, aplicará la Palabra de Dios a su corazón y a su conciencia (Efesios 5:26; 1 Pedro 1:22; Salmo 119:9, 11, 176; Salmo 19:7-11). ¿Probamos nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestros conceptos por la Palabra? ¿La leemos para nosotros mismos, pero no solo eso, la aplicamos también a nosotros mismos?
El ungimiento indica la posesión del Espíritu Santo como viviendo en nosotros y dándonos luz y penetración en los pensamientos de Dios (1 Juan 2:20, 27; 2 Corintios 1:21-22). Es la porción de todos los que han creído “el evangelio de vuestra salvación” (Efesios 1:13; 1 Corintios 15:1-4). Pero aquí en Rut, naturalmente, no se refiere a este ungimiento interior. Aquí se trata de un ungimiento exterior, de modo que el ungimiento interior sea completamente visible en el comportamiento. Y ese es un asunto de responsabilidad personal. A los efesios se les dice: “Sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18), y de Esteban leemos que estaba lleno del Espíritu Santo (Hechos 6:5; 7:55). Esto quiere decir que toda su vida estaba llena del Espíritu Santo, sí, caracterizada por ello. Nada hacía según su propia voluntad, sino que se dejaba guiar plenamente por el Espíritu Santo (Gálatas 5:17). Pues bien, semejante vida es para gloria del Señor Jesús, y en ella Él encuentra su gozo (Juan 16:14-16).
“¡Vístete tus vestidos!”. En las Escrituras la ropa es figura de nuestras costumbres, nuestra manera de vivir, todo nuestro porte; en pocas palabras lo que los demás ven de nosotros. ¿Tenemos puesta nuestra ropa, esto es las ropas verdaderas del creyente? Efesios 1:6 nos da el vestido en el cual nos encontramos ante Dios: “hechos aceptos en el Amado”. Así como en un tiempo Dios cubrió a Adán y Eva con la piel del animal que había sacrificado (Génesis 3:21), así nos ha vestido a nosotros con la preciosidad de Aquel que es el Amado, sí, nos ha revestido de Él mismo.
Pero en Efesios 2:10 hallamos los vestidos que Dios nos ha dado para que nos los pongamos nosotros mismos aquí en esta tierra: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Vemos que Rut no llevaba puestos estos vestidos, pues Noemí le dice que se los ponga. Cuán a menudo nosotros también llevamos ropa de telas variadas lana y lino juntos (Deuteronomio 22:11); un caminar de principios mezclados: unos celestiales y otros terrenales. En estas ropas, sin embargo, no podemos comparecer ante el Señor en la era para ser aventados. ¡Entonces nos tendría que trillar! Ojalá permita el Señor que se pueda decir de nosotros lo que puede decirse en Apocalipsis 7 de la gran multitud en vestidos blancos, a saber, que hemos emblanquecido nuestras ropas, lavándolas en la sangre del Cordero. “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad” (Apocalipsis 22:14).
Cuando así nos hemos lavado y ungido y revestido de nuestra ropa, estamos dispuestos para bajar a la era. ¡Es Cuestión de bajar, de presentarse ante el Señor para dejarse aventar por Él! El orgullo del hombre no quiere eso. Solo después de haber aprendido de Él, que es humilde de corazón, estamos preparados y aptos para ello.
“Más no te darás a conocer al varón hasta que él haya acabado de comer y de beber. Y cuando él se acueste, notarás el lugar donde se acuesta, e irás y descubrirás sus pies, y te acostarás allí, y él te dirá lo que hayas de hacer” (v. 3b-4).
El verdadero sentido del “bajar” solo queda claro cuando entendemos lo que representa el comer y el beber y el acostarse de Booz. Citas como Juan 4:32-34; Mateo 28:1, 6b; 1 Pedro 1:2b nos dan la aclaración. El alimento del Señor era hacer la voluntad del Padre. Y cuando hubo cumplido esta voluntad, yació muerto en la tumba (Hebreos 10:5-10). Según 1 Pedro 1, cada creyente es llevado a la obediencia y al rociamiento de la sangre de Jesucristo; esto es, a la vida y la muerte del Señor. En el lugar adonde hemos sido llevados según el consejo del Padre por medio del Espíritu Santo, está la obediencia de Jesucristo, para que está también sea vista en nosotros, y el rociamiento de sangre, para que no haya condenación. Aquí en Rut vemos el aspecto práctico de esta verdad, la aceptación para el propio corazón y la propia vida. Rut tenía que ver (en figura) la vida del Señor en esta tierra, en su obediencia y en el cumplimiento de la voluntad del Padre, para que supiera hasta qué punto debía ser obediente. ¡Pero el viejo hombre no es obediente! Solo el hombre nuevo quiere y puede obedecer. Es, pues, preciso que realicemos prácticamente nuestro morir con Cristo, para que la vida nueva pueda obrar libremente. En Colosenses 3:3 tenemos la enseñanza “habéis muerto”. En Romanos 6:2-11 se nos apremia a ocupar esta posición de modo práctico. En 2 Corintios 4 encontramos la realización: “Llevando en el cuerpo siempre por todas la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos”. Si captaos esto, comprendemos que es un descenso a la era; un quebrantamiento de la propia voluntad y el reconocimiento práctico: Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien (Romanos 7:18). Por eso Rut (y nosotros) tuvo que apartar la manta de los pies de Booz, para acostarse allí a sus pies. Para nuestro propio corazón, tenemos que hacernos uno con el Cristo muerto.
Y ¿cuál sería el resultado para Rut? “Y él te dirá lo que hayas de hacer”. Esta es, en efecto, la hermosa consecuencia para cada uno que así, conscientemente, ocupa el sitio de 1 Pedro 1:2. No solo para que podamos ver en la vida del Señor cómo hemos de ser obedientes, sino que Él nos lo dirá! En comunión personal nos mostrará cómo hemos de obrar en todo. Cuán precioso para el corazón es ser instruido y guiado así. ¿Lo conocemos por experiencia? Es la guía por el ojo, de la que habla David en el Salmo 32:8; solo que para nosotros es en la comunión personal con Él, quien se dio a Sí mismo por nosotros en la muerte. Se nos presenta la cosa aquí como si desde la tumba, adonde ha descendido por amor hacia nosotros, el Señor nos guía personalmente. Es con el Hijo de Dios, el que me amó y se entregó a Sí mismo por mí, con quien puedo tener comunión y Él es quien quiere guiarme en esta comunión. La voz que me habla es la voz que exclamó por mí: “¿Por qué me has desamparado?”. ¿No deseamos ocupar este sitio? ¿Podría presentarse de forma más tractiva nuestro deber de ser obedientes? No extraña, pues, que Rut diga a Noemí: “Haré todo lo que tú e andes” (v. 5).
Y sin embargo, qué satisfacción habrá dado a Noemí el oír esta obediencia. Y qué satisfacción tendrá el corazón del Señor Jesús, si ve esta obediencia en nosotros. Se ve que Noemí estaba bien enterada de dónde estaba Booz y qué hacía. Y también lo que convenía para alguien que deseaba estar en su cercanía para recibir de él. También entre los creyentes hay aquellos (quiera Dios que sean muchos y que yo también pertenezca a ellos) que están tan cerca del Señor y lo que conviene para su pensamientos de Dios los que nos están expresando. Qué alegría para el Señor, cuando jóvenes creyentes escuchan estos consejos y contestan: Haré todo lo que tú me mandes. Y que alegría para los que dan este consejo cuando oyen semejante contestación (1 Juan 2:28; 2 Juan 4; Hebreos 13:17).
“Descendió, pues, a la era, e hizo todo lo que su suegra le había mandado” (v. 6).
Rut no solamente dice que hará lo que Noemí le manda, Sino que también lo hace. En ella esto no es un impulso de los sentimientos, sino que de verdad es el deseo de corazón. Y fíjese que le basta un solo dicho de la Palabra escrita de Dios.
En citas como Éxodo 17:14; 24:3-7 y Deuteronomio 31:24-26 vemos que las leyes y los preceptos de Dios fueron escritos por Moisés. El Señor Jesús confirma esto con su infalible autoridad en Juan 5:46-47. Ahora que Noemí ya no está bajo la influencia entontecedora de Moab y se acuerda de Booz, vuelven a su memoria los preceptos de Dios. Levítico 25, Números 35 y Deuteronomio 25 le aseguran que Dios en su gracia y sabiduría ha provisto para sus circunstancias. Y la Palabra escrita de Dios. Y también para esta pobre moabita recién convertida basta un dicho de la Palabra de Dios. No pregunta más, no necesita más confirmación, la Palabra le da mandato divino para lo que va a hacer: ir inmediatamente, echarse a los pies de Booz, rogarle a él mismo que sea su redentor, con todas las gloriosas consecuencias de amor y poder salvador. La recatada espigadora, en un abrir y cerrar de ojos se transforma en pedidora audaz. Eran cosas grandes las que pedía, pero según la voluntad revelada de Dios, era justa y santa en su petición de estas cosas. ¡Qué verdad más maravillosa! ¡No había mediador! ¡No había mediador! La Palabra de Dios en sí sola bastaba.
Y observe que la Palabra de Dios también bastaba para Booz. Él no formula objeciones, no tiene que pensarlo primero, sino que accede en seguida al ruego de Rut, ya que su deseo se basaba En la Palabra de Dios. ¡Y así ocurre siempre! Un solo versículo de las Escrituras bastó para que actuase y fíjese, un solo versículo de la Escrituras bastó para nuestro Booz, cuando estuvo sobre la tierra, para que actuase. Y fíjese, un solo versículo le bastó a Satanás, y ya no tenía contestación (Mateo 4:1-11, etc.). ¡Qué enseñanza para nosotros! Para Dios y para el Señor Jesús basta un dicho de la Palabra escrita. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Salmo 119:89). ¿También nos basta a nosotros? ¿Y estamos conscientes también de que basta un versículo de la Palabra para responder a Satanás cuando nos tienta? ¿Y qué asimismo un versículo de la Palabra de Dios es suficiente para contestar a los incrédulos cuando estos inquieren acerca de nuestros actos, nuestra actitud, etc.? Nosotros pensamos tan pronto: Ellos no creen en la Palabra, y por eso no tiene sentido contestar con ella. Pero la Palabra de Dios tiene una fuerza viva; convence a todo el que la oye, aunque ni el diablo ni los que le pertenecen confesarán esto.
Rut va hacia Aquel que solo puede colmar sus deseos. Pero el camino hacia Él va bajando, hasta la era. Y la Palabra de Dios da instrucciones sobre lo que conviene para su presencia. En el versículo 4 vimos lo que significa la bajada: el condenar al “yo” y el hacerse uno con el Cristo muerto. Es el descender del trono sobre el cual la carne nos coloca, y la aceptación de la sentencia de muerte que Dios ha pronunciado contra nosotros. No solo sobre nuestros actos, sino la muerte sobre todo lo que somos en nosotros mismos: todo el hombre. Rut no lo aceptó solamente como doctrina, sino que lo aplicó a su vida práctica. Y eso hizo también con las instrucciones de la Palabra de Dios. En aquellos que se acercan a Él, Él ha de ser santificado.
“Y cuando Booz hubo comido y bebido, y su corazón estuvo contento, se retiró a dormir a un lado del montón. Entonces ella vino calladamente, y le descubrió los pies y se acostó” (v. 7).
El versículo 3 nos ha hecho ver que el comer y el beber son figura del hacer la voluntad del Padre por el Señor Jesús (Juan 4:32-34). Aquí se agrega que el corazón de Booz se puso contento. Qué gozo habrá sentido el corazón del Señor cuando hubo acabado la obra en la cruz. En Hebreos 12:2 está escrito que Él, por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz y menospreció el oprobio. Cómo se habrá regocijado su corazón ahora que quedaba resuelta para siempre la cuestión del pecado; que Dios, quien había sido tan deshonrado por los hombres, ahora estaba plenamente revelado, y por tanto, plenamente revelado, y por tanto, plenamente glorificado; que había acabado la obra por la iglesia a la que tanto amó (Efesios 5:25) y que ahora podría venir a ser suya; que toda su creación podría volver a ser llevada a Dios en perfecta armonía (Colosenses 1:20). Después de que en el Salmo 22 son presentados los sentimientos del Señor en su más profundo sufrimiento –mientras fue abandonado por Dios, mientras llevaba nuestros pecados y fue hecho pecado por nosotros–, encontramos en el versículo 22: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré”, y en el versículo 25: “De ti será mi alabanza en la gran congregación”. Si verdaderamente, como Rut, estamos solos con Él de noche en la era, de modo que solo le vemos a Él en su obra, entonces también veremos su alegría. Si contemplamos la obra del Señor solamente desde nuestro lado, lo que nosotros hemos recibido por ella, nunca llegaremos hasta allí. ¡Cuán egoístas son nuestros corazones!
Pero aquí podemos ver también otra cosa. Booz había terminado de aventar; la cebada quedaba limpia de tamo. ¿No creemos que el Señor Jesús está alegre cuando nos ve sin tamo? Su meta es presentarse a Sí mismo la iglesia, cuando haya sido glorificado y no tenga ancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin mancha. Para eso se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola en el lavamiento del agua por la Palabra (Efesios 5:25-27). Qué gozo será para Él ver pronto a la iglesia de esta forma, en la gloria. Pero, ¿no sería una alegría para su corazón si aquí, sobre esta tierra, ya la viera así? ¿Aun cuando solo fueran unos cuantos, o quizás un solo miembro de su cuerpo?
El corazón de Booz se siente feliz, ahora que ha terminado de aventar, y viene para acostarse junto al montón de grano limpiado. ¿No vemos en este montón de trigo a la iglesia como una masa nueva, de la cual se ha limpiado la vieja levadura (1 Corintios 5:7-8)? ¿No es una figura de los vasos para honra que se han limpiado de los vasos para deshonra y ahora siguen la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón limpio invocan al Señor? Él no puede estar donde hay injusticia y donde no se le da ninguna ocasión de quitar el tamo (2 Timoteo 2:19-22).
Ahora bien, allí va Rut hacia Él; allí donde está como el muerto, como aquel que prefirió morir antes que dejar subsistir el pecado (Hebreos 9:26). Aquí vemos el lugar de Cristo en la tierra, en nuestro tiempo. Él fue rechazado, crucificado y enterrado por el mundo. Este ha acabado con Él y le considera enterrado. De esta forma (en figura) Rut se identifica con Él. Echa hacia atrás su manta para los pies y debajo de esta se acuesta a sus pies. En figura esto representa a Romanos 6:4 “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”; pero no tanto al acto del bautismo como más bien a la realización práctica de él en la vida diaria. Y quizás todavía más en la vida de la iglesia (asamblea). A la realización práctica del fin total del viejo hombre y la separación total del mundo, en la vida práctica de la asamblea.
“Y aconteció que a la medianoche se estremeció aquel hombre, y se volvió; y he aquí, una mujer estaba acostada a sus pies” (v. 8).
Aquí llegamos a un momento decisivo en la vida de la iglesia, tal como el Señor lo describe en Apocalipsis 2 y 3. La última parte del capítulo 2 describe a la iglesia en Tiatira, la iglesia romana en su poder en la oscura Edad Media. Todo esta estropeado, y el Señor solo tiene juicio para ella porque no quiso arrepentirse. Pero hay un remanente fiel, que tiene amor, fe, servicio y perseverancia, y sus últimas obra son mayores que las primeras.
La totalidad es puesta de lado, el Señor ya no reconoce a Tiatira, pero esta subsistirá hasta que Él venga. Al lado de esto, Dios da un nuevo principio como testimonio (ya no como figura de toda la iglesia, como las primeras cuatro), en la Reforma. Pero la condición de este nuevo testimonio, como llegó a ser tras la muerte de los reformadores, la vemos representada en Sardis: “Tienes nombre de que vives, y estás muerto”. Y del residuo en Sardis solo se puede decir: “Unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras”. No hay cosas positivas como en el caso de Tiatira, solo lo negativo, que no se han manchado sus vestidos. Tal fue el estado del protestantismo justo antes, durante y después del tiempo de Napoleón.
Pero entonces vemos una obra nueva del Espíritu Santo. En todos los países, pero especialmente en los protestantes, vemos almas que se convierten, se separan de la ortodoxia muerte y del mundo manifiestan vida viniendo de Dios en la práctica. Es eso, creo, lo que está representado por el descubrimiento de Booz de que había una mujer acostada a sus pies. Ya antes hemos visto que lo femenino en las figuras de las Escrituras tiene relación con la posición que se ocupa. Y esta posición se hizo aquí: “con el Señor”: En los años después de la Revolución Francesa, el Señor vio en muchos el deseo de estar con Él. Y a esas personas las pudo llevar más lejos hasta lo que nos viene representado a Filadelfia.
“Entonces él dijo: ¿Quién eres? Y ella respondió: Yo soy Rut tu sierva; extiende el borde de tu capa sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano” (v. 9).
¿No conocía Booz a Rut? ¿No conocía el Señor a los creyentes del siglo? Por cierto, Él sí los conocía, pero ellos no se conocían a sí mismos. Para poder contestar a Booz, Rut tenía que darse razón de sí misma, acerca de quién era ella. Ese era el propósito de la pregunta. Y el resultado lo vemos si leemos más o menos cronológicamente los escritos de aquella época de despertamiento. Vemos cómo se viene a estar cada vez más consciente de los maravillosos privilegios de la posición cristiana. Primero, que Dios queda satisfecho por la obra del Señor Jesús, de modo que cada uno que cree en Él, tiene paz para con Dios y es un hijo de Dios. Después la plena suficiencia de la obra del Señor para toda la situación del hombre, no solo para sus pecados, sino para su pecado. Luego el haber muerto con Cristo, pero también el haber resucitado con Él y el ser trasladado en Él a los lugares celestiales. La maravillosa relación de Cristo con su cuerpo, la iglesia, y la certidumbre de que pronto ha de venir. El verdadero carácter y la verdadera posición de la iglesia (asamblea), etc. Oh, es bueno ser llevado por una pregunta del Señor a meditar en nuestra verdadera posición, para que podamos decirle quiénes somos por su gracia.
¡Cuán hermosa es la respuesta de Rut! En ella vemos maravillosa características morales: humildad, sumisión, modestia. Mas al lado de esto, un corazón que anhela todo lo que la bondad y las riquezas de Dios pueden dar. En el versículo 2, Noemí ha hablado de “nuestro pariente”, y el corazón de Rut se ha aferrado a ello. Su respuesta encierra que ella está consciente de que Booz la conoce. Más aún, ella también está consciente de los lazos familiares y apela a ellos. Recurre a las promesas que Dios ha dado en su Palabra, y con ello a los deberes de Booz. Y con esto se llama su sierva, confiesa su estado de impotencia y reconoce que si él accede a su ruego, esto solo será gracia.
Rut no se llama la moabita; está consciente del parentesco con Booz. Esto es lo primero que un creyente ha de aprender: que ya no es un pobre pecador, sino que pertenece a la familia de Dios. No es señal de humildad cuando un creyente dice al Señor que es pobre y pide el perdón de pecados. Tan solo demuestra que no cree en la Palabra de Dios y que carece de conocimientos del valor infinito de la obra del Señor en la cruz. Y el Señor no puede mostrarle todas las riquezas que tiene para él, no puede enseñarle su unión con el Hombre glorificado en el cielo mientras no tenga verdaderamente paz para con Dios y no sea libertado. Solo cuando el corazón ha hallado perfecta paz, tanto en cuanto a los pecados como en cuanto al pecado, puede comprender los demás puede comprender los demás pensamientos de Dios.
Pero incluso en la plena conciencia de su posición, Rut se llama la sierva de Booz. Su corazón no desea ser otra cosa para aquel que ha conocido en su bondad y gracia. Nosotros decimos con ella: “Tú eres mi Señor; por tu gracia me glorió de ser tuyo”. “Ser tu esclavo es más honor que reinar sobre toda la tierra”.
Y mientras ella apela a su redención, le hace ver a él que ella en sí misma está desamparada. Cuando amenaza el peligro, un pájaro extiende sus alas sobre sus desamparadas crías. Cuando David huye ante Saúl, clama a Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; porque en ti ha confiado mi ala y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos” (Salmo 57:1). Véase también Salmo 36:17; 61:4; 91:4; Mateo 23:37, etc.
¡Qué ejemplo maravilloso de fe y del camino de la fe vemos en Rut¡ La fe vence al mundo (1 Juan 5:4), y luego va enteramente y con plena confianza a Dios. Ocupa el sitio fuera del campamento, pero al mismo tiempo dentro del velo (Hebreos 13:11-13). En el capítulo 1 hemos visto que Rut se junta con Noemí su estado de forastera, como pobre viuda. Como verdadera hija de Abraham, por amor hacia ella quiere abandonar la casa de su padre, su familia y su patria para trasladarse a una tierra desconocida. El pueblo de Noemí ha de ser su pueblo y el Dios de Noemí su Dios. Su fe vence al mundo y ocupa el sitio fuera del campamento.
Pero aquí en el capítulo 3 encontramos el otro aspecto. Para la fe de Rut, las grandes cosas de Booz no son demasiado grandes para ella. En cuanto a posición riquezas, ella está tan alejada de Booz cómo es posible serlo, era una espigadora en su campo que no se consideraba digna de compararse con las criadas de Booz (cap. 2:13). Y sin embargo es él mismo lo que ella pide; la espigadora quiere ser su esposa y de este modo no solamente recuperar la herencia de Elimelec, sino también tener parte en todos los bienes de este hombre “poderoso en riquezas”.
Pero, por mucho que se extienda la fe, no obstante es guiada por el Espíritu de Dios. Porque Dios, en tiempos remotos, conservó estas cosas elevadas para la fe. Los maravillosos secretos de la superabundante gracia de Dios, los designios de Dios, las ordenanzas en cuanto al Redentor y la fidelidad del Redentor, garantizan que la fe recibe lo que anhela. El atrevimiento de la fe nunca irá más allá del derecho de la fe.
“Y él dijo: Bendita seas tú de Jehová, hija mía; has hecho mejor tu postrera bondad que la primera, no yendo en busca de los jóvenes, sean pobres o ricos” (v. 10).
Así como en Rut hemos visto el camino de la fe, en Booz vemos el camino de la gracia. La gracia alienta el alma, le proporciona confianza inspiradora y luego corresponde a esta. Ella recompensa la confianza que ella misma ha despertado.
Esta característica de la gracia la encontramos en toda la Escritura. Cuando el Espíritu Santo convence a un pecador de su culpa, le lleva a acusarse a sí mismo ante un santo y justo Dios. El pecador hace esto porque en su corazón se ha despertado confianza en la bondad de este severo Dios. Si solo viera sus pecados huiría lo más lejos posible de ese Dios que es demasiado santo para ver el pecado, y en consecuencia, solo puede tener un juicio eterno para él.
Así también es el camino del Señor para con los suyos. ¡Cómo vemos este despertar confianza, por ejemplo en el llamamiento de Moisés, de Gedeón y de Jeremías para el servicio para el cual el Señor quería emplearles (Éxodo 3 y 4; Jueces 6; Jeremías 1)! Él encontró corazones temerosos y de poca fe, pero los preparó para las bendiciones que su gracia quería darles. Y cómo brilla este rasgo de la gracia en Juan 4: a una pecaminosa samaritana Él revela todo su bondad y la bondad de Dios como dador, para atraer su corazón, para que ella viniera a Él con sus pecados.
Vemos lo mismo en el caso de Booz. El tacto y la justicia con que en el capítulo 2 anima a Rut, son admirables. Y ahora está dispuesto a corresponder a todos los anhelos de la fe que ha despertado en ella. No ha atraído su corazón de esta manera para luego desilusionarla.
Por su nacimiento ella estaba “sin Cristo, alejada de la ciudadanía de Israel y ajena a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Pero ahora que se ha convertido a Jehová, el Dios del pueblo de Dios, Booz la reconoce como alguien que pertenece a esto pueblo, y que de esta manera está en relación con Jehová, y por eso tiene cierto derecho a su bendición, un derecho que por gracia ilimitada había dado a su pueblo: “¡Bendita seas tú de Jehová!”. Y también la lleva a una relación personal consigo mismo, al llamarla “hija mía”. Es como si la adopta como una hija de Israel. Formalmente, ella no tenía todavía ninguna herencia y no estaba todavía relacionada con él. Aún había pasos que dar, dificultades que vencer, antes que pudiera ocupar abiertamente su sitio como tal. Pero el corazón de él reconoce los derechos de ella, y eso se lo dice. ¡Cuán alentador para ella!
La bondad que había mostrado Rut al principio, ya la había mencionado Booz en el capítulo 2:11. La última bondad de ella es que no ha seguido el deseo de su propio corazón y de sus propios gustos, sino que reconoce que Booz tiene sobre ella, según las declaraciones de la Palabra de Dios, y obra de conformidad. Eso es también lo que el Señor aprecia en nosotros.
Nuestro corazón quiere ir por sus propios caminos. Anhela las cosas del mundo y las de la naturaleza. Pero el Señor tiene derechos sobre nosotros; derechos de amor, como consecuencia del precio que ha pagado por nuestro rescate. Él amó a su iglesia y se entregó por ella, para que le perteneciese enteramente a Él, y fuese así como su corazón deseaba que fuera (Efesios 5:25-27). Para eso ha pagado el precio completo, vendió todo lo que tenía para poseerla (Mateo 13:46). Él “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Tal precio, pagado para rescatarnos de la condenación eterna y para darnos las más elevadas bendiciones, ¿no da derechos al Señor sobre nosotros? Él tiene derecho sobre nuestro amor, nuestra dedicación, nuestra obediencia. Tiene derecho sobre nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu. Tiene derecho sobre todo lo que somos en nuestra vida entera.
Pero la Palabra de Dios da todavía otros motivos para sus derechos sobre nosotros. Tiene un derecho absoluto sobre nuestra obediencia, porque Él es el Creador. Colosenses 1:16 nos dice que todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para. Él hizo el universo, pero también al hombre, para que fuesen para su servicio, para su agrado. Eso significa también que el hombre, en todas sus características, en todas sus capacidades espirituales y corporales, ha sido creado así para servirle a Él; que todas sus aptitudes físicas y espirituales solo encuentran su destino y su plena aplicación cuando sirve al Creador en perfecta obediencia; sí, que solo de este modo hallará verdadera satisfacción. Como lo dijo Agustín: “El hombre no encuentra descanso hasta que haya descanso en Dios”. Por eso está escrito en Deuteronomio 6:5: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”; y el Señor, al citar estas palabras, añade: “y con toda tu mente” (Marcos 12:30).
Pero Hebreos 1:1-2 nos dice que el Señor también como el Hijo de Dios tiene derecho sobre el señorío. Y el Salmo 8, Hebreos 2:5-8 y Colosenses 1:15 nos nombran un cuarto derecho: según el designio de Dios, todas las cosas le están sujetas a Él, como Hijo del Hombre.
¿Reconocemos este cuádruple derecho del Señor Jesús sobre nosotros? ¿Y vamos por eso a Él con todos nuestros deseos y con todas nuestra preguntas, con el gran pregunta en todas las cosas: “Señor, ¿qué quieres tú que yo haga?”. Con la pregunta de qué trabajo hemos de hacer, cómo hemos de preparar nuestro porvenir, con quién hemos de relacionarnos, dónde vivir, cómo amueblar nuestra casa, cómo educar a nuestros hijos, para qué oficio o profesión prepararlos; sí, con la pregunta sobre todas las cosas en nuestra vida, tanto en relación con nuestro cuerpo como con nuestra alma y nuestro espíritu. Preguntando de hora en hora, de minuto en minuto: “Señor, ¿Qué quieres Tú que yo haga?”.
Respecto a este punto, la Palabra de Dios no es confusa. “A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). Rut había aprendido de la Palabra de Dios que Booz era el redentor y que por consiguiente ella tenía que pertenecerle a él. Por eso fue a él y se entregó ella misma con todo su asunto, con todo su porvenir a él. Vemos qué bien hizo esto al corazón de Booz. La alaba en su misma presencia.
¡Cómo debe satisfacer al corazón del Señor Jesús, cuando venimos a Él de nuestra propia voluntad para reconocer sus derechos sobre nosotros y para entregarnos a Él enteramente! No que quedamos libres para no hacerlo. Dios exige del hombre que reconozca la autoridad del Hijo (Filipenses 2:9-11; Romanos 10:9; Salmo 2). Pero si lo hacemos con un corazón voluntario, porque le amamos en respuesta a su maravilloso amor (1 Juan 4:19), entonces recibiremos también el testimonio de su agrado. Él alaba en nosotros lo que su gracia ha obrado en nosotros y lo que está en armonía con sus pensamientos. Es nuestro deber que se encuentren deber que se encuentren estas cosas en nosotros; pero si están presentes, Él las cuenta a nuestro favor y nos asegura su aprobación. ¿Conocemos esa voz aprobadora por experiencia?
Es de notar que Booz dice para alabanza de Rut, que no ha ido en busca de los jóvenes, sean ricos o pobres! Es indigno del amor cuando una joven deja influenciar sus sentimientos por las riquezas del joven. Si Rut hubiera buscado un joven pobre, se hubiera podido hablar de motivos limpios y naturales; motivos que Dios mismo ha puesto en el hombre, porque el amor de la mujer hacia el hombre y del hombre, porque el amor de la mujer ha sido creado por Dios. Pero cuando se trata del Señor Jesús, ya no tienen lugar preponderante ni aun los pensamientos más nobles ni más elevados de la naturaleza. Hasta estos, como también el entendimiento, han de someterse a la obediencia a Cristo. Y en esta obediencia llegan a su más alto desarrollo; el Creador los desplegará según si sabiduría allí donde Él será glorificado por ellos, y por tanto, la criatura puede encontrar plena satisfacción.
“Ahora pues, no temas, hija mía; yo haré contigo lo que tú digas, pues toda la gente de mi pueblo de mi pueblo sabe que eres mujer virtuosa” (v. 11).
Hubiera sido posible que por la manera de actuar de Rut, el corazón del gran hombre se alejara completamente de ella, la moabita. Tanto más por cuanto lo que ella pedía iba más allá de lo que estaba expresamente prescrito en la Palabra de Dios al redentor.
Levítico 25:25, 48-49 dice que el pariente más próximo ha de rescatar si alguien por pobreza se ha vendido como esclavo, y que el hermano ha de redimir si la herencia ha sido vendida por motivo de pobreza. Y cuando en Deuteronomio se instituye el matrimonio entre cuñados, tan solo se indica al hermano del difunto para que se case con la viuda y suscite descendencia al difunto. Según las palabras d la ley, Booz no estaba, pues, obligado a casarse con Rut ni tampoco a redimir la heredad de Elimelec.
Pero la gracia de nuestro Booz es ilimitada. La fe nunca puede esperar demasiado (la carne sí, puesto que el Señor nunca da la carne lo que desea, a no ser como medida de disciplina). La gracia se alegra cuando la fe pide libremente. “¡Abre tu boca!” (Salmo 81:10). La fe puede pedir que sean alzadas montañas de dificultades, y tiradas a la mar, y eso mismo sucederá. Y sobre todo, el Señor siempre oirá una oración en la cual el creyente se entrega enteramente a Él como cantamos en un himno:
Toma por favor mi mano, Señor, contigo quiero ir.
Con sangre aquí compraste a mí; te quiero hoy seguir.
Por mucho que pueda pedir la fe, siempre la gracia responderá: “No temas”. Y no solamente eso, sino que el Señor añadirá: “Yo que haré contigo todo lo que tú digas”. Él desea que tengamos confianza en Él.
“Pues toda la gente de mi pueblo sabe que eres mujer virtuosa”. Proverbios 12:4 dice: “La mujer virtuosa es corona de su marido”. Y en Proverbios 31:10-31 hay una descripción de ella. Todo el conjunto se resume ahí en las palabras: “La mujer que teme a Jehová, esa será alabada”, puesto que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7).
Una mujer virtuosa es, pues una mujer que ocupa su sitio en la familia y con respecto a su marido de tal manera que este conforme con los pensamientos de Dios. Es la mujer según los pensamientos de Dios. Y ya que la unidad formada por hombre y mujer en la creación es figura de Cristo y la iglesia (Efesios 5:32), la mujer virtuosa es figura de la iglesia según los pensamientos de Dios.
Booz dice a Rut que es mujer virtuosa. Aunque no está relacionada con ningún hombre, él no obstante ve las características en ella. Y no solo él, sino toda la genteb lo sabe. La puerta es el lugar del gobierno. Allí se reúnen los ancianos de la ciudad, para hablar y arreglar todas las cosas. Y todos los ancianos, todo el gobierno de la ciudad había hablado de ella, y estaban de acuerdo en que era una mujer según los pensamientos de Dios. Nosotros diríamos: “En la reunión de hermanos, todos los hermanos han hablado de ella y concuerdan en que se trata de una mujer temerosa de Dios”. Ese fue el motivo por el cual Booz podía decirle: “Yo haré contigo todo lo que tú digas”.
Es bueno meditar una vez en Proverbios 31 bajo este punto de vista, para aprender allí cuáles son los rasgos característicos prácticos de la iglesia según los pensamientos de Dios, y luego preguntarnos si el Señor ve estas cosas en nosotros, si toda la puerta de su pueblo ve estas cosas en nosotros en conjunto y en mí personalmente.
El Señor vio estas características de la iglesia entre esos creyentes a principios del siglo pasado, sobre las cuales hablamos en los versículo precedentes de este capítulo. Él vio obediencia a Él y a su palabra, de modo que su corazón como Señor (el que tiene la autoridad) pudo confiar plenamente en ellos (Proverbios 31:11; Apocalipsis 3:8b). Él vio cuánto celo tenían para las cosas de Él; cómo la casa de Él era el objeto de su preocupación; cómo cuidaban a los miembros de la familia (Filadelfia = amor fraternal) y eran celosos en llevar el Evangelio a los débiles y los necesitados (Proverbios 31:20). Y toda la puerta de su pueblo lo vio. Ello era conocido en toda la cristiandad. Por eso él pudo relacionarse más con ellos y reconocerles abiertamente como testimonio suyo.
“Y ahora, aunque es cierto que yo soy pariente cercano, con todo eso hay pariente más cercano que yo. Pasa aquí la noche, y cuando sea de día, si él te redimiere, bien, redímete; más si él no te quisiere redimir, yo te redimiré, vive Jehová. Descansa, pues, hasta la mañana” (v. 12-13).
Aquí vemos que la petición de Rut no fue una sorpresa para Booz. Por su gracia había querido llevarla a venir a él, porque él era el único que podía ayudarla. Pero no había obrado ligeramente, por capricho, sin sopesar las posibles consecuencias de su actuación. Él sabía –mucho mejor que Rut– qué dificultades existían.
El Señor Jesús conoce nuestro corazón, nuestra situación y el camino por el cual andamos. En Isaías 46, Él dice: “que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero”. Y en el Salmo 139 está escrito: “Has entendido desde lejos mis pensamientos… Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda”.
Él obra por su Espíritu en nuestros corazones, para que ganemos confianza en Él y nos entreguemos enteramente a Él, para que aprendamos que Él es el Redentor de todo aprisionamiento; que solamente por medio de Él podemos alcanzar una herencia entre los santificados. Y Él sabe qué dificultades habrá que salvar antes que lleguemos allí.
Para Él no hay dificultades. Él confirma de buena gana que es el Redentor y que hará todo lo que le pidamos por fe. Pero en nosotros sí hay dificultades. Porque nuestro corazón es tan astuto y siempre vuelve a intentar ser redimido por otro redentor. El camino por Romanos 7 a menudo es un camino largo. Y Él no puede ayudarnos de modo definitivo, mientras no hayamos llegado a la exclamación: “’Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Hasta que la ley se haya mostrado impotente para llevar al hombre con una naturaleza pecaminosa a servir a Dios y librarle del poder del pecado. Pero este punto lo trataremos con más detalle en el capítulo 4.
Booz dice a Rut: “Descansa hasta la mañana”. Ella misma había venido de noche para acostarse debajo de la manta para los pies de Booz, mientras él dormía allí. Vimos en el versículo 7 que eso es una figura de bautizarse hacia su muerte, ser sepultado con Él para muerte por el bautismo (Romanos 6:3-4). Allí estamos en libertados. Allí tenemos parte en toda la obra de redención, tanto en lo que se refiere a nuestros pecados como a nuestro pecado. Desde allí podemos tomar posesión de la herencia, aceptar por la fe que hemos resucitado con Cristo y hemos sido sentados en Él en los lugares celestiales (Efesios 2:5-6). Por eso Booz dice a Rut: “Descansa hasta la mañana”. Entonces ya se vería si el otro redentor habría de ser incluido o no.
“Y después que durmió a sus pies hasta la mañana se levantó antes que los hombres pudieran reconocerse unos a otros” (v. 14).
En el capítulo 2:17 vimos que Rut espigaba hasta la noche. Aquí, que está acostada a los pies Booz hasta la mañana. Son los dos aspectos del cristianismo. En vista de nuestro trabajo (Juan 9:4) y en vista de nuestro vigilar (1 Tesalonicenses 5:4-8) es de día para nosotros y esperamos la noche. Pero en lo que se refiere a nuestro verdadero sitio aquí en la Tierra, donde estamos relacionados con un Señor rechazado, es de noche. No se contradicen estas cosas. Los que están más cerca del Señor rechazado, es de noche. No se contradicen estas cosas. Los que están más cerca del Señor, a sus pies en la noche, son los que trabajan más de día.
Aquí Rut aprendió por primera vez la lección de la plena confianza que había de tener en Booz con respecto a cada bendición que la redención podía traer. ¡Qué sitio más maravilloso! A sus pies, consciente de su aprobación en cuanto a nuestra marcha, como los recibidores y objetos de sus promesas y con la certidumbre de que Él nos ha oído y que va a arreglarlo todo para nosotros.
Y si hemos aprendido eso, el Señor nos conduce desde la tumba hacia el oro lado, alumbrado, donde está Él; hechos vivos con Cristo, resucitados con Él y sentados en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Entonces le hemos conocido de verdad en todo el valor de su obra como Redentor, Santificador y Glorificador. Entonces estamos en la posición cristiana (Juan 17:3).
Rut se marchó. No se quedó allí donde no tenía más que hacer sino descansar, porque allí estaba Booz que lo arreglará todo. Cuando abandonamos el sitio de haber muerto con Cristo y volvemos a tomar el de los que viven, entonces viene el redentor que es más cercano que Booz. La ley no tiene nada que decir sobre muertos (Romanos 7:4-6). Pero sobre gente vive y que quiere librarse a sí misma del pecado, sí tiene autoridad. Entonces dice: Haz esto y vivirás, y: El que quebranta la ley morirá. Si el hombre pudiera guardar la ley, esta sería un redentor. Pero así como Rut, hemos tenido que aprender que el mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte.
“Y él dijo: No se sepa que vino mujer a la era. Después le dijo: Quítate el manto que traes sobre ti, y tenlo. Y teniéndolo ella, él midió seis medidas de cebada, y se las puso encima; y ella se fue a la ciudad” (v. 15).
¿Por qué tanto misterio? No es una honra para Booz que Rut se separe de él de este modo. Rut se marchó de él y le dejó atrás como aquel que la ayudaría para que el redentor más cercano la redimiese. Él no era todo para ella.
No es una honra para el Señor cuando alguien, por quien Él lo ha hecho todo, solo quiere servirse de Él para cumplir la ley y mejorarse a sí mismo. Él fue hecho pecado por nosotros porque éramos irremediablemente malos, de modo que Dios solo tenía juicio para nosotros, no solo para nuestros pecados sino para nuestra naturaleza. Y después de que Él lo cumplió todo, tantos desprecian (no conscientemente, pero no por eso menos realmente) la parte más importante de su obra, en la cual Él llevó el juicio sobre nuestra mala naturaleza. Intentan mejorar esa naturaleza para, a pesar de todo, poder subsistir ante Dios como hombres que viven y toman la ley para efectuar esto. Lo único para lo cual precisan entonces al Señor es para que les dé fuerzas para cumplir la ley.
En tal empeño el Señor no puede ayudarles. Él sabe que es imposible, pues precisamente por ser nosotros imposible de mejor, Él fue hecho pecado por nosotros. Y Él no está en la gloria para glorificar la ley. Todo ello es meramente una negación de la necesidad de su obra, y de su obra misma.
No es para su honra cuando alguien para quien Él lo ha cumplido todo a fin de arrancarle del poder del pecado, de Satanás, del mundo y de la muerte, se encuentre en el estado descrito en Romanos 7, de modo que exclama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Un tal no se llama en las Escrituras un cristiano. Solo después de que un creyente haya conocido la liberación y así haya recibido el Espíritu Santo, es cristiano (Romanos 8:10). Solo entonces Dios ha puesto sobre él su sello (Efesios 1:13). Por eso hasta Romanos 8 no se habla del Espíritu Santo, con excepción de la mención incidental en el capítulo 5:5, en donde no se ha comenzado a tratar el tema de los capítulos 5:12, 6 y 7. No, no es para la honra del Señor, si se sabe que una mujer como Rut ha venido ahora a la era. Porque ya no está; ha abandonado este sitio, ha dejado a Aquel quien quería serlo todo para ella y había cumplido una obra perfecta para ella.
Pero aunque Booz no puede reconocer a Rut abiertamente como alguien que esta relacionada con él no han disminuido su bondad y su gracia para con ella. “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13). Sí, ¡qué amigo nos es Cristo! No podemos haber estado con Él, sin marcharnos cargados de riquezas.
Pero, fíjese bien en lo que Booz da! Al final del capítulo 2 hemos visto que Rut, en cuanto a su espigar, llegó hasta la cosecha del trigo. Hemos visto que el trigo es figura de los creyentes como los que son d la misma naturaleza que el Señor Jesús (Juan 12:24). Ello conduce a ser uno con Cristo, esto es, a la iglesia (Efesios 1:23; 3:6; 4:16). Pero en el capítulo 3 hemos visto que, en la práctica, ella no había llegado hasta allí. Muy a menudo nuestros conocimientos son mayores que nuestra realización práctica de ellos. El Señor mira la realidad y obra en armonía con ella. Por eso en todo el capítulo 3 se habla de cebada. Y también ahora le da cebada a Rut para que se la lleve. Por cierto no tiene, paja, como sí la tenía en el capítulo 2. Ni siquiera hay tamo, puesto que Booz la ha aventado. Pero alguien que todavía se encuentra en el estado de cosas de Romanos 7, no puede ocuparse con el iglesia. Tiene que ser librado primero del poder del pecado y de la muerte. Y para eso recibe la cebada limpia, la que, como siempre lo hemos visto, habla de la vida de resurrección, una vida que ha pasado por la muerte y ya no se puede ser tocado por ella. Esta vida nos coloca al otro lado de la muerte, donde ya no hay muerte, ni pecado ni ley.
Le da seis medidas. No está escrito cómo eran de grandes esas medidas. Nuestro Booz nunca de escasamente; de lo contrario, no hubiera tenido que ponérselas encima, como está escrito. Entonces ella misma hubiera podido levantarlo. Pero el hecho de que no se mencione el tamaño de la medida, indica que la atención no ha de fijarse en eso, sino en la cifra seis.
Seis es la cifra de los días de trabajo del hombre, de la tarea que le ha sido impuesta como criatura. Las bendiciones prácticas del Señor nunca pueden ir mucho más allá de nuestro estado. Él no podía bendecir a un israelita con bendiciones cristianas. Tampoco puede dar a alguien que está gimiendo en el estado de Romanos 7, el disfrute práctico de todas las maravillosas bendiciones de la Epístola a los Efesios. Las bendiciones prácticas de un tal están vinculadas con la situación de las obras, con su intento de cumplir la ley. Por eso Rut no recibió siete medidas. La séptima medida que falta, la recibirá en el capítulo 4. Es Booz mismo. El que ha sido unido con Cristo lo posee todo; no solo las riquezas suya, sino también a Él mismo. Por eso se les dice a los padres. “Porque conocéis al que es desde el principio” (1 Juan 2:13-14). Con eso se ha dicho.
Quien desea poseerle a Él tiene que hacer lo único necesario: quedarse a sus pies (Lucas 10:38-42). Entonces recibimos siete medidas de trigo. Una porción maravillosa: el disfrute práctico de la unión con Él; comunión con el Padre y con el Hijo, que da perfecto gozo (1 Juan 1:3-4). Pero al lado de esto tenemos que contar con ser mal interpretados por todos, excepto por el Señor. Mal entendidos por Marta nuestra hermana, por Lázaro nuestro hermano, por Judás el apóstol (Juan 12), por todos los discípulos (Mateo 26:8), sí, por nuestra propia esposa: los de la casa de uno serán sus enemigos.
¿Qué elegimos nosotros? ¿No merece Él toda la aflicción y dificultades? Su comunión ¿acaso no tiene preeminencia de todo? Y, qué pensamiento más maravilloso: Él es consolado de toda su aflicción cuando hay una persona que lo abandona todo para ser solo para Él (Génesis 24:67). Rut se marcha de Él y vuelve a la ciudad. La ciudad del pueblo de Dios no es ningún lugar malo, pero no es Él mismo. Si incluso la iglesia nos aparta de Él, ello es una pérdida sin límite: pérdida para nosotros, pérdida para el Señor, pérdida para la iglesia. Por eso Booz solo puede dar a Rut seis medidas.
“Y cuando llegó a donde estaba su suegra, esta le dijo: ¿Quién eres, hija mía?c Y le contó ella todo lo que con aquel varón le había acontecido. Y dijo: Estas seis medidas de cebada me dio, diciéndome: A fin de que no vayas a tu suegra con las manos vacías” (v. 16-17).
Rut vuelve con buenas noticias a su suegra, cargada con una prueba amplia de la buena disposición de Booz. Pero no tenía el reposo para el cual había ido a Booz. Ni siquiera sabía cuándo y por medio de quién alcanzaría este descanso, mientras Booz se lo hubiese dad con tan buen agrado.
En un lenguaje hermoso Noemí le pregunta: “¿Quién eres, hija mía?”. Sin duda Rut ya no era la misma que había ido a la era la noche antes. Nadie puede haber estado con el Señor Jesús, sin ser transformado a su semejanza. Pero no creo que fuese esta la intención de Noemí. Ella sabía que Booz era el redentor y había enviado a Rut a él para que hallara paz. Veía a Rut como la novia escogida, sabía lo que haría el fiel redentor. Su pregunta significa: ¿Te has hecho una con Booz? ¿Has encontrado el reposo a su lado?
Era una pregunta escudriñadora para la conciencia y el corazón de Rut. ¿Qué había de contestar? ¿Quién es ella? En sí misma es la misma pobre, solitaria y desamparada mujer. Lo que tiene que contar de bueno es solo lo bueno de Booz. De este modo los pensamientos son quitados de ella misma y dirigidos a Booz, hacia su bondad, su fuerza, sus palabras, sus promesas. Ella puede mostrar las seis medidas de cebada, parte de sus riquezas, e incluso puede compartir con Noemí lo que ella misma ha recibido de Booz.
Noemí comprende la situación. Oye lo que cuenta Rut y sabe lo que no puede contar. Ve que son seis medidas y no siete. Sabe que Rut aún no ha encontrado el reposo. Y sabe por experiencia cuál es la causa de ello. ¿Hay algún creyente, acaso, que no conoce por experiencia el combate de Romanos 7? Pero por grande que pueda ser la desilusión para ella, qué consuelo ver que Booz todavía apreciaba la confianza de Rut en él, aunque esta confianza era débil y mal dirigida.
Sí, el Señor Jesús reconoce cada deseo espiritual, aún el del más débil creyente. Representa mucho para Él si una persona puede decir con verdad: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Romanos 7:22). Y cuánto más valor tiene para Él, si ve un anhelo sincero por Él mismo. En tal caso da una prueba expresa de su interés y una promesa de que se ocupará con la dificultad.
Noemí ve el motivo del fallar de Rut. Y ahora que Rut misma ha llegado a un mejor conocimiento de sí misma, y también de Booz, al acordarse de todo lo que él había hecho por ella, Noemí puede decirle de qué manera puede arreglarse todo: “Espérate, hija mía, hasta que sepas cómo se resuelve el asunto; porque aquel hombre no descansará hasta que concluya el asunto hoy” (v. 18).
“Espérate” es un buen consejo para los que tienen vida de Dios pero no el descanso para su alma, y esperan logran este por sus propios, inútiles esfuerzos. Sabemos por experiencia cuántos pensamientos teníamos sobre nuestra impureza y desnudez, sobre nuestra situación y nuestras vergüenza, y cómo intentábamos mejorar nuestra vida. Pero cuando descubrimos el gran misterio de la gracia, que nuestro redentor que ha convertido nuestro asunto en asunto suyo, entonces nos tranquilizamos y callamos y nos apartamos de nosotros mismos para ocuparnos con Cristo. Hemos de estar quietos y ver la salvación de Jehová (Éxodo 14:13), como Josué en Zacarías 3. Hemos de dejar que Él responda a nuestros acusadores, como la adúltera lo hizo en Juan 8. En el camino a casa podemos haber pensado en nosotros mismos y en nuestras circunstancias, pero en cuanto hemos entrado en la casa y hemos visto que el Padre ha hecho nuestras bendiciones asunto suyo no tenemos más que hacer sino sentarnos quietos y comer lo que Él ha preparado para nosotros (Lucas 15:22-24).
Es del más alto significado el hecho de que, en cuanto Booz se hubo encargado del asunto de Rut, él ya no tenía tranquilidad hasta que hubiera llevado el asunto a Buen término. ¿Qué podía hacer Rut sino dificultar el asunto aún más? Y así ocurre con nosotros. El Señor no tiene descanso hasta que nosotros tengamos descanso en Él, en la presencia de Dios. Pero todo tiene que suceder de tal modo que la honra sea solo para Cristo. Para los que le aman, Él quiere obrar todo lo que desean sus corazones. ¿Y por qué? Por la misma razón que tenía Booz: él amaba a Rut. Ese era el gran motivo de todo lo que hacía por ella. Pues bien, Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin d presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin marcha (Efesios 5:25-27).
