1 Samuel
1 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 1 Samuel

Pedir en la tienda

Capítulos 1-3: Elí o la ruina del sacerdocio

Capítulo 1

En Ana se ve algo notable: su carácter es el del creyente en todas las edades. Su nombre significa “gracia”; pero antes de corresponder a este nombre, ella representa la carne incapaz de llevar fruto para Dios. Siempre es necesario empezar por ahí. La Palabra de Dios nos enseña que el hombre natural tiene dos caracteres: la maldad y la incapacidad; y la ley no tiene otro propósito que el de convencernos de esto. Pero nos es más fácil confesar nuestra culpabilidad que admitir nuestra incapacidad, ya que reconocer la impotencia de nuestra carne es profundamente humillante para nosotros. Ana sentía eso, pero su prueba era más que esto. Como Sara antiguamente, ella era el blanco del odio y del desprecio de la esposa según la carne. Esta se hallaba en plena prosperidad, porque Penina “tenía hijos”, pero Ana no. El odio de Penina era tanto más fuerte por cuanto el amor de su esposo se dirigía hacia la mujer miserable y estéril.

La pobre Ana, llena de amargura, lloraba mucho. Sin embargo le quedaba un recurso: llevar su aflicción a Dios. Solo el corazón de Dios podía responderle con gracia; se presentó, pues, ante él en Silo. Una nueva prueba le esperaba allí: la falta de inteligencia del jefe espiritual de su pueblo, quien, confundiendo la acción del Espíritu de Dios con la de la carne, creyó que ella estaba ebria, cuando en realidad estaba angustiada. ¡Qué sufrimiento! En sí misma no tenía ningún recurso; el corazón del mundo le era hostil. ¡Los que llevaban el nombre de Dios la juzgaban y no la comprendían! ¿Cómo podía comer, beber y regocijarse cuando el único deseo de su alma no había encontrado respuesta? Ella no estaba empeñada en tener un hijo para sí misma; se hallaba muy dispuesta a “dedicarlo a Jehová todos los días de su vida”, a hacer de él un nazareo para Dios; pero lo que le hacía falta era una señal del favor de Dios, ¡la “gracia”! ¿Acaso Dios le había dado este nombre en vano, a ella, una mujer estéril? Solo le quedaba la gracia, y este era el punto al cual necesitaba llegar.

Elí tenía bastante conciencia, porque después de todo era un verdadero siervo de Dios, de modo que el lenguaje de la verdad se impuso a él y le hizo volver de su primera impresión. Bendijo a Ana de parte de Dios: 

Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho 
(v. 17)

Inmediatamente la fe de Ana se apropió de la gracia antes de haber recibido sus efectos. “Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste” (v. 18). Esta seguridad de la fe bastó para fortalecer su corazón y para llenarla de un gozo que se manifestó a los ojos de todos.

Ahora estaba llena de gratitud. No se contentaba con haber encontrado la alegría y el reposo después de la angustia. ¿Qué le devolvería a Dios por un bien tan grande? Lo que le había prometido en el versículo 11: una consagración completa de su hijo, una verdadera separación para Dios. Concedida su petición con el don de Samuel, ella no retiró su oferta: Que “sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre”. Esta humilde mujer del levita llevó al Señor un sacrificio costoso –“tres becerros, un efa de harina, y una vasija de vino”–, pero nada comparable con el don de Samuel. Ella se separó de su hijo único –dado por Dios mismo–, de aquel que ella había “pedido” al Señor, mostrando así que para ella Dios era más precioso que este hijo tan deseado.

¡Que el Señor nos conceda tener semejante fe! A fin de manifestarla, Dios pone a prueba nuestros corazones. Como para Ana, esta prueba no será, primeramente, motivo de gozo, sino de amargura y tristeza; “pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).

Capítulo 2:1-11

La conciencia de su estado irremediable, el quebrantamiento y la humillación, habían preparado a Ana para recibir la gracia que Dios le concedía dándole a Samuel. Pero apenas lo tuvo entre sus brazos maternos, debió separarse de él para consagrarlo a Dios. Su vida iba a ser más solitaria que nunca, sobre todo en un tiempo en el cual la condición del pueblo acumulaba las ruinas. Sin embargo, el gozo que la llenaba desbordó en un cántico de triunfo: 

Mi corazón se regocija en Jehová… por cuanto me alegré en tu salvación 
(v. 1)

Dios se le había revelado por gracia, y se revelaba todavía a su fiel sierva quien, habiéndolo recibido todo de él, no había guardado nada para sí misma y lo había devuelto todo a él. Habiéndose privado de su hijo, Ana comprendió mejor todo lo que Dios es en sí mismo, apreció más lo que él era para ella. Abraham, al sacrificar a Isaac por petición de Dios, había tenido una experiencia semejante. Fue entonces cuando Dios le reveló todo el alcance de las promesas que le había hecho, y cuando las confirmó para su simiente (Génesis 22:15-18; Gálatas 3:15-16).

Con el gozo, Ana encontró la fuerza: “Mi poder se exalta en Jehová” (v. 1). Este poder “se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9); habiendo desechado todo lo que era ensalzado, todo lo que tenía renombre en Israel, Dios hace participar en este poder a una débil mujer, humillada y despreciada. Este hermoso cántico de Ana tiene, pues, como punto de partida sus dolorosas experiencias personales, aunque va mucho más lejos. En el curso de este libro veremos que lo mismo se produjo en David. Los salmos inspirados son el fruto de sus experiencias, pero el alcance que el Espíritu les da va mucho más allá y se concentra proféticamente en los sufrimientos y glorias de Cristo, en la persona de Aquel que es el cumplimiento de todas las promesas, los caminos y los consejos de Dios.

Es así como debemos interpretar el cántico de Ana. Sus circunstancias personales son como la introducción a cosas no reveladas, guardadas hasta entonces en los consejos de Dios.

El tema principal del cántico de Ana, el gran principio presentado allí, es la gracia soberana y el poder de Dios, que humilla al orgulloso y al que pone su confianza en la carne, y reanima al débil y al que siente su impotencia, “porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él afirmó sobre ellas el mundo”. Sobre su gracia y su poder ha establecido todo el orden de las cosas creadas. Israel, miserable y caído, incluyendo un pobre y débil residuo fiel, tenía necesidad de saber estas cosas. Debía aprender que todo depende solo de Dios, que solo él puede guardar los pies de sus santos, hacer callar a los malos, reducir a la nada toda la fuerza del hombre, quebrantar a sus adversarios, dar la fuerza a su Rey y levantar el cuerno de su Ungido, ya que interviene en favor de Israel al dar poder a su Cristo. No da poder a su pueblo, sino a su Ungido. Suscita al Rey de quien todo depende, el eje alrededor del cual gira todo, el único medio para mantener relaciones entre su pueblo y él.

Veamos unos detalles del cántico de Ana. El versículo 1 celebra la salvación del Eterno Dios. Todo es pura gracia de su parte, porque “la gracia… se ha manifestado para salvación”. El versículo 2 celebra la santidad de Dios. El creyente no puede separar estos dos caracteres; aquel que ha encontrado a Dios como Salvador comprende que “no hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti”. Pero hay que ser santo para pertenecerle; por eso él nos ha santificado para sí mismo. Toda nuestra conducta debe, en adelante, mostrar este carácter. Esta gran verdad salió a la luz en la Pascua. Los israelitas habían sido protegidos por la sangre del cordero, sometido al juicio en lugar de ellos. El pueblo se apropiaba de este sacrificio al comer el cordero con los panes sin levadura que figuraban la santa humanidad de Cristo. Luego debían celebrar durante siete días la fiesta de los panes sin levadura. Como Aquel que los había llamado era santo, ellos también debían ser santos en toda su conducta (1 Pedro 1:15-16).

El versículo 3 es una advertencia a los malos, de quienes Penina es figura. Son colocados en la presencia de Dios, quien conoce todo y sopesa las acciones de los hombres.

En los versículos 4 a 8 encontramos la razón de la disciplina hacia los fieles. Era para que el carácter de la gracia saliera a luz elevándolos a un sitio de honor, y el carácter de la justicia se manifestara al dar su retribución a los malos. Esta gracia llega hasta dar siete hijos a la mujer estéril, número perfecto que Ana no alcanzó (v. 21) –pues solo tuvo seis hijos– porque las bendiciones prometidas no alcanzarán su plenitud sino en la gloria reservada al residuo restaurado de Israel.

El versículo 10 predice, como lo hemos visto, la venida del Mesías, del verdadero Rey. Dios exaltará el poderío de su Ungido. Ser asociada directamente con él, tal es el poder concedido a Ana en el versículo 1: “Mi poder se exalta en Jehová”.

Capítulo 2:12-36

La continuación de este capítulo nos muestra el estado de ruina en el cual había caído el sacerdocio. “Los hijos de Elí eran hombres impíos”. ¡Terrible afirmación cuando se trata de lo que, en Israel, estaba más cerca de Dios! El pecado de estos hombres tenía dos caracteres: hacían caso omiso de los derechos de aquellos que iban a adorar a Dios, adueñándose de su porción (v. 13-14), e ignoraban los derechos de Dios, poniendo una mano profana sobre la porción del Señor, haciéndose servir antes que él y adelantándose al mismo Dios (v. 15-16). Se engordaban con las ofrendas de Jehová y las hacían despreciables a los ojos de los hombres.

¿No son estos los principios de todo clero, sea pagano, judío o cristiano? Sin duda son más o menos groseros y odiosos según el caso, pero al fin de cuentas son los principios que rigen a todos los que se atribuyen autoridad o privilegios sobre otros hombres en materia religiosa (Mateo 24:48-49). Pretenden tener derechos sobre los fieles, se hacen servir a sus expensas, e incluso, a sus ojos un siervo del sacerdote tiene más autoridad que los mismos adoradores. Usurpan, en cierta medida, las prerrogativas de Dios, y en suma hacen que Dios sea menospreciado a fin de que ellos sean honrados en su lugar. Esto era así hasta el más alto grado en el caso de los malvados hijos de Elí. Ellos no tenían conocimiento de Dios (v. 12); “no había temor de Dios delante de sus ojos”. Sin este temor no se odia el mal. ¿Era de extrañar que la más horrible corrupción se mostrase en ellos? (v. 22).

En medio de estas ruinas, el piadoso Elí carecía de discernimiento espiritual. Sin embargo se mostró capaz de enseñar los pensamientos y los caminos de Dios al joven Samuel. Además pronunciaba un justo juicio sobre el mal, y su corazón sufría viendo la vida licenciosa de sus hijos. Y no se lo ocultaba. Nadie, sin duda, les había expresado su desaprobación tan claramente como su padre: “¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová. Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?” (v. 23-25).

¿Qué le faltaba –dirá usted– a este hombre de Dios? Carecía de esto: juzgaba el mal, pero no se separaba de él. Es triste y humillante comprobar que este es el caso de la mayoría de los hijos de Dios en la cristiandad. Sus parentescos, sus relaciones, sus afectos, costumbres a las cuales se aferran más que a la gloria del Señor, les impiden reconocer que uno es solidario con un mal al que juzga, pero sin separarse de él.

Esto fue lo que el varón de Dios declaró a Elí. Este no seguía personalmente, de ninguna manera, la conducta impía y desordenada de sus hijos, sin embargo fue a él a quien se dirigieron estas solemnes palabras: “¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?” (v. 29). ¡“Has honrado a tus hijos más que a mí”! ¡Pobre Elí! A pesar de su piedad, había algunos hombres, sus hijos, a quienes honraba más que a Dios; su conducta lo demostraba. Dios había tenido paciencia con él, pero ahora iba a cosechar los frutos amargos de la falta de santidad en su marcha, ya que la santidad no es otra cosa que la separación del mal con miras a servir a Dios. La casa de Elí, descendiente de Itamar, llegaba a su fin; no podía, en las condiciones en las cuales estaba, andar delante de Dios “perpetuamente”. “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”, dice el Señor (v. 30). Este hombre justo, Elí, ¿despreciaba, pues, a Dios? Sí, porque 

ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro 
(Lucas 16:13).

Por eso se pronunció un terrible juicio sobre la casa de Elí (v. 31-34). Pero Dios, el Dios de gracia, no se limitó a aquel juicio; se sirvió de este para establecer un sacerdocio definitivo delante de sí. Confió el sacerdocio a la descendencia de Eleazar. “Y yo me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón y a mi alma; y yo le edificaré casa firme, y andará delante de mi ungido todos los días” (v. 35). Al tiempo que establece un sacerdote según su corazón, Dios también da a conocer el cambio de régimen que vendrá a continuación. Pero, proféticamente, esto sobrepasa mucho al sacerdocio de los hijos de Eleazar durante el reinado de David y Salomón. El Ungido es Cristo y, mientras él esté arriba como Rey y Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, sobre la tierra habrá, durante el milenio, un sacerdocio fiel de la familia de Sadoc, cuyas funciones estarán dirigidas a glorificar al Rey elegido, al Hombre que está a la diestra de Dios (Ezequiel 44:15).

Que el ejemplo de Elí nos sirva de lección. Atravesamos días caracterizados por cierta actividad en el servicio. Esta actividad a menudo nos engaña a nosotros mismos y a otros, porque tiene la apariencia de un gran celo por el Señor y su obra. Puede, incluso, ir acompañada de dones eminentes, pero los dones y la actividad son poca cosa si el carácter moral no corresponde a ellos. Este carácter moral dolorosamente estaba ausente en Elí; y sin él no puede haber verdadero servicio según Dios.

Samuel ofrece un contraste notable con este estado de cosas. En él podemos seguir el desarrollo ininterrumpido de una vida de santidad, pese a tener más de una debilidad, puesto que la perfección solo se encuentra en Cristo.

Cuando aún era niño, se dice de él: “Y adoró allí a Jehová” (1:28). Un “recién nacido” en Cristo debe ocupar inmediatamente su sitio de adorador delante de Dios. En el capítulo 2:11 tenemos el segundo acto: 

El niño ministraba a Jehová delante del sacerdote Elí. 

Esta actitud caracterizaría toda la vida de Samuel, pero aquí servía bajo la dirección de Elí, porque, al ser tan joven todavía, necesitaba aprender antes de poder enseñar a los demás.

En el tercer acto (v. 18) Samuel no ministraba delante de Elí, sino más directamente “en la presencia de Jehová, vestido de un efod de lino”, es decir, con un carácter sacerdotal, siendo el efod de lino la vestidura por excelencia del sacerdote (cap. 22:18). Habiendo decaído el sacerdocio, Dios revistió de él, temporalmente por así decirlo, a este joven levita. Lo mismo sucedió más tarde con David, quien llevaba un efod delante del arca (2 Samuel 6:14). Sin embargo, tratándose de los cristianos, el asunto es distinto ya que estos son, de manera definitiva, reyes y sacerdotes ante Dios el Padre.

En el cuarto acto (v. 21), “el joven Samuel crecía delante de Jehová”, cerca de Dios. Aquí se trata de su intimidad con Dios, sin la cual el servicio no puede ser eficaz.

En el quinto acto (v. 26), “el joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres”. Yo llamaría a eso la intimidad de favor. Las relaciones de afecto entre Samuel y Dios hacían que su camino llamara la atención de los hombres como algo agradable. La intimidad con Dios se reflejaba en el rostro de este joven. Esto también se nos dice de Juan el Bautista (Lucas 1:80), y con mayor razón de Jesús: 

Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres 
(Lucas 2:52). 

Todo el poder de nuestro testimonio cristiano depende de una vida pasada en la presencia del Señor.

¡Que Dios nos ayude a parecernos al joven Samuel más que a Elí, por entendido que este fuera –debido a su edad y sus funciones públicas– en el conocimiento de los pensamientos de Dios!

Capítulo 3

Prosigamos todavía, en este capítulo, el paralelo entre Elí y Samuel. El primero continúa en el camino del descenso; el segundo va ascendiendo, hasta que todo Israel conozca que Dios lo ha establecido como profeta.

En el versículo 1 Samuel tiene caracteres similares a los del comienzo de su carrera: “El joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí” (véase cap. 2:11). En este pasaje no se trata de una progresión, sino que el Espíritu de Dios vuelve a colocar aquí la base de lo que va a seguir.

En el capítulo 2, el servicio de Samuel tuvo como consecuencia que se le confiasen ciertos atributos del sacerdocio que se le iba a quitar a Elí. En un tiempo de ruina, las funciones de la casa de Dios no son tan definidas como en tiempos prósperos. Sucede lo mismo respecto a los dones en la Iglesia. Cuando todos los miembros de Cristo no cumplen las funciones que les fueron asignadas, frecuentemente el Señor confía a uno solo lo que, en estado normal, hubiera repartido entre varios. Aquí no hablo, en absoluto, del principio clerical que pretende acumular sobre la cabeza de un hombre unos dones adquiridos a través de sus estudios y confirmados por exámenes.

En nuestro capítulo, el servicio de Samuel le conduce a la profecía. A través del servicio uno gana para sí un grado honroso (1 Timoteo 3:13). Si hacemos como Samuel, quien no salía del santuario, por así decirlo, Dios nos confiere otros servicios. Cuando, como Samuel, uno sirve al Señor desde la juventud y crece en su presencia, seguidamente puede ser empleado útilmente en favor de su pueblo.

Sin embargo, al desarrollo espiritual de Samuel todavía le faltaban dos cosas sin las cuales no puede haber servicio público: “Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada” (v. 7). Aquí se trata de conocer personalmente al Señor; Samuel le pertenecía, le servía y le adoraba desde su infancia, pero aún no se había encontrado con el Señor cara a cara. Puede suceder, en nuestra carrera cristiana, que tengamos cierto conocimiento de la obra en la cruz cumplida a nuestro favor, sin conocer personalmente al Señor. Conocer la salvación y conocer al autor de la salvación son dos cosas distintas. Ahora bien, no hay testimonio poderoso para quien no conoce la persona de Cristo. El secreto por medio del cual los corintios podían ser una carta de Cristo, conocida y leída por todos los hombres, era la contemplación de la gloria del Señor a cara descubierta.

“Ni la palabra de Jehová le había sido revelada”. A menudo, en tiempos de ruina, la revelación de los pensamientos de Dios es impedida por el enemigo. Por eso en el versículo 1 dice: “La palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia”. Pero, a pesar de ser impedida, la Palabra no había cesado, porque la gracia provee para las necesidades de cada época, y –cosa muy consoladora– a menudo es en los días más sombríos de la decadencia cuando Dios da más luces nuevas para guiar y animar a los suyos. En un tiempo cuando las visiones no eran comunes, Dios suscitó al primer profeta propiamente dicho en Israel. Debido a la infidelidad del sacerdocio, los medios ordinarios establecidos por Dios para acercarse a él iban a perderse, pero la gracia de Dios no podía dejar a su pueblo sin socorro y sin medio de comunicarse con él. Por lo tanto, dio a Samuel, es decir, la profecía por medio de la cual, en gracia soberana, Dios se aproxima al hombre y le da a conocer su pensamiento. Samuel fue el primero de este largo linaje de profetas que transmitían la Palabra de Dios al pueblo de Dios. Sin eso, su infidelidad los habría dejado sin recursos (Hechos 3:24; 2 Crónicas 35:18; Jeremías 15:1). Dios se reveló, pues, personalmente a Samuel y le hizo depositario de su Palabra. Este joven fue elevado a la dignidad de amigo de Dios y, tal como lo hizo con Abraham, hombre de experiencia y de fe, Dios no le escondió nada de lo que iba a hacer. Hasta entonces la enseñanza de Elí era la que iluminaba a Samuel sobre la manera de comunicarse con Dios (v. 9); ahora estaba en relación directa con Dios, quien le confió sus secretos. Samuel se mostró fiel con respecto a este depósito y, como Pablo a los efesios (Hechos 20:20), no escondió nada a Elí de las cosas que le eran provechosas. ¡Pobre Elí! Fue puesto a un lado y obligado a recibir los pensamientos de Dios por boca de un muchacho. ¡Qué humillación para este anciano, cuyo camino iba en descenso, mientras el de su alumno ascendía a regiones que los pasos del sumo sacerdote jamás habían tocado!

En el primer capítulo vemos que Elí carecía de discernimiento espiritual; en el capítulo 2 carecía de valentía moral para separarse del mal; aquí sus ojos estaban oscurecidos y no podía ver, sin embargo la lámpara de Dios no estaba “apagada”, imagen impresionante de su estado moral. Además, este guía de los israelitas se mostraba tardo para comprender. Solo al tercer llamado “entendió Elí que Jehová llamaba al joven”. Sí, “tardo para oír”, en eso se había convertido. Samuel era sencillamente ignorante, lo que valía mil veces más. Cuando hay piedad, Dios da el remedio para la ignorancia. Si el niño recién nacido desea “la leche espiritual no adulterada”, esta no le será negada. Aquí en la tierra solo conocemos en parte. Eso no constituye nuestra responsabilidad, sino que se trata de crecer: “Para que por ella crezcáis” (1 Pedro 2:2); somos pues responsables de buscar, con este fin, el alimento espiritual.

Aquí encontramos un aspecto del debilitamiento espiritual de Elí que no se menciona en los dos primeros capítulos: “… por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (v. 13). Elí conocía el mal, y aunque tenía la autoridad para reprimirlo en sus hijos, no había hecho uso de ella (compárese con Deuteronomio 21:18-21). ¿De qué servía que Dios le hubiera confiado esa autoridad? ¡Cuántas veces el debilitamiento espiritual del jefe de familia proviene de su negligencia, cuando debía mantener orden y disciplina donde debía ejercer su autoridad! Esta es una gran fuente de ruina. Sin duda, como Lot, Elí “afligía cada día su alma justa” por la “nefanda conducta de esos malvados” (2 Pedro 2:7-8); pero, como él, mostraba un triste olvido de lo que correspondía a la santidad de Dios.

Samuel era santo en toda su conducta. Dios le confió una revelación; él administró fielmente el depósito y recibió una nueva revelación. Por eso se nos dice: “Samuel creció”, o “iba creciendo” (cap. 2:21, 26; 3:19). Su desarrollo espiritual seguía un camino gradualmente ascendente. 

Y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. 

Así todas las palabras de Samuel eran guardadas por Aquel que le asistía. Samuel era así el instrumento de Dios para expresar su pensamiento y hablaba “conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11), porque Dios estaba con él para guardarle. Así adquirió la fama de profeta en presencia de todo Israel. Una revelación conduce a otra: “Jehová volvió a aparecer en Silo”, manifestándose a Samuel por su palabra (v. 21). Samuel crecía a la vez en el conocimiento personal del Señor y en el de su Palabra revelada.

En cuanto a Elí, qué consolador es ver, al final de nuestro capítulo, la humilde sumisión de este anciano ante el juicio que había merecido. “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (v. 18). La voluntad de Dios era buena, y su alma se sometió. Que Dios nos conceda el espíritu de Elí ante Su disciplina, la humildad que precede a la exaltación, un corazón quebrantado que no se resista a la voluntad de Dios, sino que la acepte con todas sus consecuencias, porque es “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.