1 Samuel
1 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 1 Samuel

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Introducción

El libro de Samuel es la continuación del libro de los Jueces y del libro de Rut. En su comienzo, el período de los jueces aún no ha terminado: Elí el sacerdote era uno de ellos (cap. 4:18); Samuel, el primer profeta (Hechos 3:24; 13:20), también fue juez en Israel (cap. 7:6). Quiso establecer a sus hijos como jueces después de él (cap. 8:1), pero la incredulidad de ellos puso fin a este régimen. Por lo demás, el tiempo de los jueces tenía un carácter más bien transitorio: estos traían un alivio temporal a la miseria del pueblo, culpable de haber dejado subsistir a los enemigos de Dios, en vez de exterminarlos. Arrastrado a la iniquidad y a la idolatría por esas naciones, Israel había tenido que soportar su yugo como castigo por su desobediencia. Bajo su tiranía el pueblo gemía y clamaba a Dios. Este, lleno de compasión por ellos, enviaba libertadores, los cuales los libraban de la mano de sus saqueadores. ¡Ay! Nada cambiaba su corazón. “Mas acontecía que al morir el juez, ellos volvían atrás, y se corrompían más que sus padres, siguiendo a dioses ajenos para servirles, e inclinándose delante de ellos; y no se apartaban de sus obras, ni de su obstinado camino” (Jueces 2:19).

Durante el período de los jueces, el sacerdocio seguía siendo el vínculo inmediato y reconocido, el punto de contacto entre el pueblo y Dios. Representaba al pueblo en sus relaciones con Dios, quien también era el Rey de Israel. En ciertos momentos, en esos días cuando “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25), el papel del sacerdocio podía estar como tapado, pero el vínculo que formaba no dejaba de subsistir.

El libro de Rut se intercala hacia el final de la historia de los jueces, para revelarnos el pensamiento secreto de Dios respecto a una nueva forma de gobierno: la realeza. Allí se ve a Dios preparando un rey según su corazón; como el “Siloh” de la profecía de Jacob (Génesis 49:10), este rey debía salir de Judá. El libro de Rut empieza, pues, hablando de Elimelec, hombre de Judá, y termina proclamando el nombre del rey David, mostrándonos así de antemano quién sería el ungido de Dios.

Notemos aquí que la relación con Dios en la época del sacerdocio difiere de la mantenida durante la realeza. En el sacerdocio, esta relación era inmediata, porque el sacerdote representaba al pueblo ante Dios, mientras la realeza era una autoridad establecida sobre el pueblo. Este estaba sometido al rey, quien debía gobernarlo según los pensamientos de Dios. Dios esperaba fidelidad de parte del rey; él era responsable ante Dios de la infidelidad de Israel, y el destino del pueblo dependía de su conducta.

Hasta el establecimiento definitivo del rey, en el primer libro de Samuel tenemos un período de transición. El primer gran hecho, demostrado en este libro, es que el sacerdocio se había vuelto infiel, y ya no podía ser el fundamento de las relaciones del pueblo con Dios. Sin duda seguía siendo necesario y no se podía abolir, pero dejaba de ocupar el primer lugar. En la realeza se establece un nuevo fundamento de relación. Entonces Dios se suscitará un sacerdote fiel, que andará delante de su ungido todos los días (cap. 2:35), en vez de ser, como en el pasado, el vínculo entre el pueblo y Dios.

Todo esto explica por qué el primer libro de Samuel empieza hablando de la tribu de Leví y del sacerdocio, y no de Judá y la realeza, como el libro de Rut.

Elcana era levita. Elí era el sumo sacerdote; así nos hallamos sobre el terreno del sacerdocio. De haberse mantenido fiel, no hubiera dado lugar a un cambio de gobierno; era, pues, necesario demostrar su ruina antes de que el verdadero rey apareciera en la escena, porque Dios no podía seguir relacionándose con el pueblo por intermedio de un sacerdocio corrompido.

Pero, por otra parte, era preciso mostrar que cuando Dios introdujera a su rey como intermediario entre Israel y él, esta relación no podía establecerse sobre la base de la carne. De ahí toda la historia de Saúl, desde el capítulo 9 hasta el final del libro. Dios podía, sin duda, emplear un rey según la carne como libertador de su pueblo, pero esta función no le calificaba moralmente para ser jefe de Israel. El libro de los Jueces nos presenta la misma verdad en la historia de Sansón. El don y el estado moral de un hombre son dos cosas muy diferentes. Saúl, más tarde un reprobado, pudo estar “entre los profetas”; Balaam pudo bendecir a Israel; Judas pudo obrar poderosamente con los discípulos y al mismo tiempo ser instrumento del enemigo para entregar al Señor, su Maestro.

Algunas observaciones más en cuanto a Elcana y Elí. Elcana (cap. 1:1) era levita de la descendencia de Coat, de la tribu de Leví (1 Crónicas 6:22-27, 33-38). Los levitas se agrupaban alrededor de tres jefes: Gersón, Coat y Merari, formando así tres familias distintas a las cuales se había confiado 

todo el ministerio del tabernáculo de la casa de Dios 
(1 Crónicas 6:48) 

Cada una tenía su oficio particular: los gersonitas debían llevar todas las cortinas del tabernáculo, los meraritas sus tablas y sus columnas. Los coatitas tenían un privilegio mayor y, por consiguiente, eran más responsables; su servicio era particularmente íntimo, pues llevaban todos los utensilios del tabernáculo, incluyendo el arca y el velo. Elcana era coatita. De Coat habían salido Moisés y Aarón. Los hijos de Moisés, Gersón y Eleazar, con sus descendientes, fueron contados en esta familia. Durante el reinado de David, y cuando se trataba de edificar la casa de Dios, el servicio de los levitas fue notablemente diferente de su servicio durante el camino en el desierto (1 Crónicas 23:25-32).

El sumo sacerdocio de ese tiempo estaba representado por Elí. Además de Nadab y Abiú, muertos sin dejar descendencia (1 Crónicas 24:2), Aarón tenía dos hijos: Eleazar e Itamar. De estos dos hombres debían proceder todos los que ejercerían el sacerdocio. Sus funciones consistían en:

1.  Ofrecer “sacrificios sobre el altar del holocausto, y sobre el altar del perfume quemaban incienso, y ministraban en toda la obra del lugar santísimo”.

2.  Hacer “las expiaciones por Israel” (1 Crónicas 6:49).

Eleazar, el mayor de los dos hijos de Aarón, era el padre de Finees, quien fue “llevado de celo” por su Dios entre los hijos de Israel, y a causa de su celo, Dios le dio a él, y a “su descendencia después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo” (Números 25:10-13). La descendencia de Eleazar es, pues, el linaje fiel al cual pertenece la promesa. Este linaje se continuó por medio de Sadoc, quien ejerció el sacerdocio durante el reinado de David y Salomón (2 Samuel 8:17; 1 Reyes 2:35), y a través de Azarías, “el que tuvo el sacerdocio en la casa que Salomón edificó en Jerusalén” (1 Crónicas 6:10).

Itamar tuvo por descendiente a Elí, quien aparece en el primer capítulo de nuestro libro. En ese tiempo el sumo sacerdocio pertenecía a la familia de Itamar. Luego apareció Ahimelec, a quien Saúl mató junto con todos los sacerdotes de aquel entonces. Solo Abiatar escapó y se refugió junto a David. La descendencia de Itamar fue, pues, menos numerosa que la de su hermano mayor (1 Crónicas 24:4). Más tarde Abiatar ejerció el sacerdocio con Sadoc en la época de Absalón (2 Samuel 17:15), pero anteriormente había sido útil a David, “siendo afligido en todas las cosas” en que el rey David había sido afligido (1 Reyes 2:26). Más tarde este mismo Abiatar, cuando David era muy viejo, se unió a Joab para proclamar a Adonías como rey en lugar de Salomón (1 Reyes 1:7), mientras Sadoc permaneció fiel (1 Reyes 1:8). Por último Salomón echó a Abiatar del sacerdocio, porque era digno de muerte por haber conspirado contra él, y también “para que se cumpliese la palabra de Jehová que había dicho sobre la casa de Elí en Silo” (1 Reyes 2:27).