Capítulo 3
Hijos de Dios e hijos del diablo
En una familia normal, lo que constituye el vínculo entre sus miembros es el amor. Los hijos lo reciben y lo aprenden de sus padres, luego se lo devuelven y lo experimentan entre ellos. ¡Ésta es una débil imagen del amor que el Padre nos demostró al hacer de nosotros sus hijos! No somos llamados a comprender ese amor, sino a verlo (v. 1) y, comprobándolo, corresponder a él.
Algunos creyentes podrían deducir del versículo 9 que no tienen la vida de Dios, ya que les ocurre pecar (cap. 5:18). Comprendamos bien que el verdadero yo del creyente es el nuevo hombre y que este no puede pecar.
La división de la humanidad entre “hijos de Dios” e “hijos del diablo” está establecida de la manera más absoluta en los versículos 7 a 12 (comp. Juan 8:44). Hoy día, en muchos ambientes religiosos se desconoce esa diferencia. Se está de acuerdo en que hay cristianos más o menos practicantes, pero a aquellos que se declaran salvos, mientras que otros estarían perdidos, se los tilda de orgullosos y de estrechez de miras. Pues bien, la incomprensión del mundo, que puede ir hasta el odio, nos da la oportunidad de parecernos un poco a Jesús aquí abajo (v. 1, al final; Juan 16:1-3). Pronto en la gloria también “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (v. 2).
Amor en la práctica – Una buena conciencia
El odio del mundo hacia los hijos del Padre no tendría que sorprendernos (v. 13; comp. Juan 15:18…). Su amabilidad más bien podría parecernos sospechosa. En cuanto al amor, el mundo solo puede concebir falsificaciones; sus motivos nunca son puros ni totalmente desinteresados. Solo el amor de Dios es verdadero; este halla su fuente en Sí mismo y no en el objeto de ese amor. Necesitábamos ser amados con semejante amor, ya que en nosotros no había nada que mereciese afecto (véase Tito 3:3). La cruz es el lugar en el que aprendemos a conocer lo infinito de ese amor divino (v. 16).
Los versículos 19 al 22 subrayan la necesidad de tener buena conciencia y un corazón que no nos condene. Si practicáramos solo lo que es agradable al Señor, él podría satisfacer, sin excepción, todas nuestras oraciones. Los padres que aprueban la conducta de su hijo le concederán gustosos lo que él les pida (v. 22; comp. Juan 8:29; 11:42). Permanecer en él, es obedecer. Él en nosotros es la comunión que resulta de ello (v. 24; cap. 2:4-6; 4:16; Juan 14:20; 15:5, 7). Si se sumerge en el mar un recipiente sin tapa, lo hallaremos lleno y empapado a la vez. ¡Que ocurra así con nuestros corazones y el amor de Cristo!
