Capítulo 4
Probar los espíritus
La verdad siempre ha tenido sus “falsificadores”. Y, de la misma manera que cada ciudadano debe saber reconocer la moneda de su país, debemos ser capaces de discernir de dónde proceden las diversas enseñanzas que se nos presentan. Cada una de ellas debe ser probada (v. 1; 1 Tesalonicenses 5:21). La Palabra nos da el medio seguro para no confundir las “falsas monedas” con las buenas. Estas últimas llevan el sello de Jesucristo venido en carne (v. 3).
En cuanto a Su naturaleza, esta epístola nos enseña que Dios es luz (cap. 1:5) y amor (v. 8, 16). La única fuente de todo amor está en él. Si alguien ama, eso es señal de que ha nacido de Dios (v. 7). A la inversa, el que no ama no conoce a Dios. Es necesario poseer la naturaleza del que ama para saber lo que es el amor (1 Tesalonicenses 4:9). Dios tuvo la iniciativa de amarnos (v. 10, 19), y su amor respondió perfectamente al estado de su criatura. El hombre estaba muerto:
Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él (v. 9);
el hombre era culpable: “Dios… envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (v. 10; cap. 2:2); el hombre estaba perdido: “El Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (v. 14; Juan 3:17).
El amor de Dios
Estos dos hechos de indecible alcance: Cristo que pone “su vida por nosotros” (cap. 3:16) y Dios que envía “a su Hijo” (cap. 4:10) han manifestado a los hombres el amor divino. Y ahora aún se nos da a conocer ese amor de una tercera manera: en que los redimidos del Señor se aman unos a otros. Así es cómo Dios debe –o debería– ser hecho visible (v. 12) desde que Jesús dejó la tierra (Juan 1:18). Es imposible amar a Dios y no amar a sus hijos. Cuando realmente amamos a alguien, automáticamente amamos también todo lo que está relacionado con él. Por ejemplo, un marido o una esposa que ama verdaderamente a su cónyuge, también ama a la familia de este. Dios no se contenta con un amor “de palabra ni de lengua” (cap. 3:18). En esta epístola constantemente se repiten las expresiones “si decimos…” (cap. 1:6, 8, 10), “el que dice…” (cap. 2:4, 6, 9), “si alguno dice…” (cap. 4:20). “Nosotros le amamos…”, declara el apóstol (v. 19). ¡Pues bien, demostrémoslo!
En estos versículos hemos hallado:
1° El amor hacia nosotros (v. 9), que es la salvación ya cumplida;
2° El amor en nosotros (v. 12, 15-16) derramado en nuestros corazones por el Espíritu;
3° Por último, el amor con nosotros (v. 17), el cual nos da aun la seguridad para comparecer pronto ante Dios.
Tal es la perfecta actividad de ese amor divino hacia nosotros.
