1 Juan
1 Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 2

Obediencia a Dios y amor fraternal

Respecto al pecado, estos versículos reúnen varias verdades de mucha importancia:
1) Durante toda nuestra vida tendremos el pecado en nosotros(cap. 1:8); es la carne o la vieja naturaleza;
2) Hasta nuestra conversión, produjo los únicos frutos que se puede aguardar de él: hemos pecado (cap. 1:10);
3) La sangre de Jesucristo nos limpia de todos esos actos pecaminosos (cap. 1:7); 4) Podemos dejar de pecar por medio del poder de la nueva vida que nos ha sido dada (cap. 2:1) y 5) Si a pesar de todo caemos en el pecado –y, por desdicha, nuestra cotidiana experiencia lo confirma– el Señor Jesús aún interviene, ya no como un Salvador cuya sangre fue derramada, sino como un Abogado para con el Padre, para restablecer la comunión.

La obediencia (v. 3-6) y el amor por los hermanos (v. 7-11) son las dos pruebas de que la vida está en nosotros. La segunda, además, es el resultado de la primera (Juan 13:34). Sin embargo, si amamos al Señor, sus mandamientos nunca nos serán “gravosos” (cap. 5:3). Pero en el versículo 6 Dios nos da aún una medida más alta. Andar como él anduvo es más que obedecer sus mandamientos. En el evangelio de Juan hallamos lo que es verdadero en Cristo, y en su epístola lo que es verdadero en nosotros (v. 8). Es la misma vida y debe mostrarse de la misma manera (cap. 4:17, al final).

Tres niveles de crecimiento

Pablo considera a los cristianos como quienes forman la Iglesia de Dios. Para Pedro, constituyen Su pueblo celestial y Su rebaño. Para Juan, son miembros de Su familia, unidos por la misma vida recibida del Padre. En general, en una familia los hermanos y las hermanas tienen diferentes edades y desarrollo, aunque la relación filial y la parte de la herencia del menor sean las mismas que las del hijo mayor. Sucede lo mismo en la familia de Dios. Se entra en ella por medio del nuevo nacimiento (Juan 3:3), el cual normalmente es seguido por un crecimiento espiritual. El niño que solo sabía reconocer a su Padre (Gálatas 4:6; Romanos 8:15-17) pasa luego a la condición de joven y al libramiento de los combates. En estas luchas lo que se juega es su corazón: ¿será a favor del Padre o a favor del mundo? “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” son las tres llaves de las cuales el “maligno” se sirve para hacer penetrar el mundo en todo corazón en el que encuentre lugar. Finalmente el joven llega, o tendría que llegar, a ser un padre que tiene una experiencia personal de Cristo.

Es a los “hijitos” a quienes el apóstol escribe más extensamente. A causa de su inexperiencia están más expuestos a “todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). ¡Temamos permanecer como “hijitos” toda nuestra vida!

Para no desviarse de la fe cristiana

“Ésta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna” (v. 25). Juan se refiere a estas palabras del buen Pastor: “Mis ovejas oyen mi voz… y yo les doy vida eterna” (Juan 10:27-28). Lector, ¿la recibió usted? ¿Es usted un hijo de Dios? Otra promesa del Señor era la del don del Espíritu Santo (Juan 16:13). Esa “unción del Santo” descansa hoy no solo sobre los “padres” sino también sobre los “hijitos” en Cristo para conducirlos “a toda verdad”. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, dijo el Señor Jesús (Juan 14:6). Aquí el apóstol confirma que quien niega al Hijo tampoco tiene al Padre (v. 23; Juan 8:19). El Padre no puede ser conocido fuera de Jesús (Mateo 11:27). Por eso el enemigo despliega tantos esfuerzos contra la persona del santo Hijo de Dios, especialmente para hacer dudar a los hombres de su existencia eterna y de su divinidad.

Sepamos reconocer la voz del mentiroso (v. 22). Lo que es “desde el principio” es valedero hasta “el último tiempo” (v. 24, 18). En presencia de todas las «novedades», nuestra seguridad consiste en atenernos a la enseñanza del principio (Gálatas 1:8-9).