Capítulo 1
Advertencias claras e incisivas
El apóstol Pablo dirigió a las iglesias de Galacia una epístola severa. No se trataba de un pecado moral como el de los corintios, sino un mal doctrinal de los más graves. Estos desdichados gálatas, engañados por falsos maestros, estaban abandonando la gracia, único medio de salvación, para volverse a una religión de obras. Pablo reafirma el carácter absoluto de la Verdad divina. Es una, es completa, es perfecta, porque la Verdad es Cristo mismo (Juan 14:6).
A veces se oyen espíritus fuertes que sostienen –en el fondo para justificar su incredulidad– que cada pueblo ha recibido su propia revelación, es decir, la religión que mejor se adapta a su carácter y civilización. ¡Nada más falso! Existe un único Evangelio, el que proclama que “nuestro Señor Jesucristo… se dio a sí mismo por nuestros pecados”. ¿Cuál es la consecuencia de ello? “Librarnos del presente siglo malo…”, prosigue el apóstol (v. 4).
El versículo 10 nos recuerda otra verdad capital: la preocupación por agradar a los hombres nos hace perder la calidad de siervos de Cristo.¿Verdaderamente deseamos agradarle a él, y solo a él? (1 Tesalonicenses 2:4).
Fuente divina del ministerio de Pablo
¡Qué dicha para nosotros poder depositar toda nuestra confianza en la Palabra de Dios! Si el Evangelio anunciado por Pablo hubiera sido “según hombre”, entonces los gálatas habrían tenido motivo para aceptar complementos o modificaciones. Pero no había nada de eso. Y para atestiguar bien la fuente divina de su ministerio, el apóstol cuenta la extraordinaria manera en que le había sido confiado. Dios lo había apartado (v. 15), Dios había revelado a su Hijo en él, Dios incluso le había formado en Su escuela, sin maestros humanos, en el desierto de Arabia. Además, Cristo lo había llamado directamente desde el cielo (Hechos 9).
Por su conducta anterior a su viaje a Damasco, el apóstol Pablo nos enseña que se puede ser completamente enemigo de Dios pese a ser absolutamente sincero (Juan 16:2). Pero, ¡cuánto quería ahora esa Iglesia de Dios a la que, en otro tiempo, “perseguía sobremanera”! ¡Imitemos esa consagración al Señor y a los suyos, ese celo para predicar la fe! (v. 23). Pero notemos que antes de pedirnos que hablemos a otros de su Hijo, Dios se agrada en “revelarlo” en nosotros (v. 16), y quiere producir en nuestro corazón el incomparable conocimiento de Cristo para que nuestro testimonio emane de él (2 Corintios 4:6).
